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domingo, 16 de enero de 2011

Oscar, personaje de cuento



Me preparo para escribir.

Abro la notebook, la enciendo.

Hay una música  de fondo apenas audible, una botella de agua mineral, cubos de hielo, la puerta de la habitación cerrada, la ventana abierta, la noche tiene estrellas y a lo lejos el sonido del mar…


Estoy escribiendo un nuevo capítulo de una nueva novela y entonces aparece:

- Me llamo Oscar- dice.
- ¿Quién sos?
- Soy Oscar el personaje de un cuento. Y vine hasta aquí para que vos escribas sobre mí.
- No entiendo
- Me escapé de otro cuento, porque siempre vivo… pero en los cuentos.
- ¿Se puede saber de cuál?
- ¡Ah, no! Tenés que adivinar…
- Dame una pista…
- Vine de un cuento donde me iban a matar, estaba a punto de recibir la pena capital y entonces..
- ¿Qué? ¿de dooonde venís?
- Estaba en una prisión, me iban a ejecutar y escapé …
- ¿Y cómo hiciste para llegar hasta aquí?
- No sé, aparecí aquí, vos tenías encendida la computadora y me metí …
- Sos un intruso, entonces…
- Sí, y además creo en el amor …
- Por favor, no necesitás decirme eso…
- ¿ Por qué no?
- ¿Tenés algún temor?
- Sí, podrías mandarme de vuelta…
- Y ¿adónde te podría mandar?

-¿Qué se yo? A otro cuento…¿serías capaz?
- Es que iba a seguir escribiendo la novela …


-         Y me metí yo en el medio.


-         Para ser un prisionero al que iban a matar esta noche…


-         Momentito … no era esta noche que me iban a matar… iba a ser al amanecer


-         Es decir, dentro de unas horas


-         Sí


-         Y decime ¿vos tenés tanto miedo de que yo te mande de vuelta al cuento anterior


-         Sí. En realidad, no. No tengo miedo, tengo ganas de cambiar. Estoy harto de esos destinos que me dan…¿Puedo meterme en tu novela?


-         ¿Te gustaría?


-         Claro


-         ¿Qué personaje serías?


-         Sería yo, Oscar, pero en otro ambiente, en otra historia, seguramente, con otro final


-         ¿Y cómo te imaginás en mi novela entonces?


-         Ya te dije que creo en el amor…


-          … jajá


-         Ja já…


-         ¡Ahhh! Te reís ¿eh?


-         Y claro… cómo no me voy a reir. Si vine para eso…¿puedo abrir la heladera?


-         Sí, ¿tenés sed?


-         Claro, el viaje fue muy largo.


-         Contame y yo escribo.


-         Vengo de una prisión de extrema seguridad, en otro país. Tal vez en otro tiempo. Vos tenés una computadora que yo no conozco…Quiero que sepas que soy inocente, jamás cometí un crimen, fui acusado y me metieron en la cárcel, no tuve una buena defensa, juro que soy inocente…el juez no me otorgó el beneficio de la duda…


-         No entiendo cómo llegaste hasta aquí.


-         El escritor se durmió, lo último que había escrito es que me iban a ejecutar, pero tuve un golpe de suerte, de buena suerte y se durmió. Entonces salté de la página y aquí estoy…


-         Y yo estaba escribiendo en la computadora y …


-         Sí, aparecí en tu …


-         Computadora


-         Esa… sí, ¿cómo se llama?


-         Notebook…


-         Es cierto, me lo habías dicho antes… Es que el escritor que me escribió por última vez lo hacía en una ibm


-         ¿IBM?, de los años …


-         ¿Te acordás?


-         Más  o menos, pero algo así no lo había visto nunca antes…


-         Decime Oscar, ya que abriste la heladera, y seguramente te vas a quedar algún tiempo aquí ¿te interesaría saber en qué lugar de la novela vas a estar?


-         A ver, dejame ver…


-         Te muestro la pantalla, lo que estaba escribiendo y te presento una linda chica… ¿querés? Es un personaje de la novela, vas a ver…


-         ¿Con esta facha?


-         ¿Qué tiene? A ella seguramente no le importa…


-         ¿Es como vos?¿Por qué no me cambia el aspecto? Me viste mejor, me describe de una manera distinta…


-         No, el personaje no es como yo, no. No tiene por qué parecerse a mí.   Es una chica más o menos como vos, de tu misma edad…


-         ¿Usted sabe qué edad tengo yo?


-         Y ... unos 27 años…


-         Sí, en su novela… pero antes….


-         ¿Cuántos años tenías antes?


-         No tengo edad, soy eterno…


-         Desde que existen los cuentos…


-         Nooo, desde que existen las historias…


-         Voy a poner 27 años y ella, la misma edad…


-         Y vos ¿qué vas a hacer?


-         Voy a seguir escribiendo…


-         ¿Mientras nosotros bailamos?


-         Sí…


-         Llevame ahí entonces…

    
                                  Ya se ven las luces encendidas en la playa y una fogata. Andrea camina lentamente por la orilla del mar. Se escucha la música de unos tambores… un hombre va caminando por la playa… algunas mujeres arrojan flores blancas al mar…
Oscar toma una de las flores blancas devueltas por el mar y se la entrega a ella.


-         No… así no, me voy a aburrir muchísimo en esa escena


-         ¿Otra vez aquí?


-         Sí


-         ¿Y ahora, qué es lo que pasa?


-         El encuentro no debe ser así.


-         Oscar…


-         ¿Qué?


-         Te estás metiendo demasiado…


-         No me gusta ese lugar…


-         ¿Por qué no? Si es una playa espléndida, con arena limpia y fina, el agua es transparente y cálida y de noche te podés bañar…


-         Es demasiado fácil todo eso, quisiera aventuras, quisiera andar a caballo, cansarme, subir montañas…


-         ¿Querés que haga magia?


-         Sí…   ¿Algún conjuro?


- No, no exactamente. Ya mismo te envío a otro lugar…

                         …  Entre las montañas se puede ver un río transparente y lleno de rocas. Más que un río parece un arroyo. Ella espera del otro lado para cruzar… Tiene el pelo oscuro como los ojos y viste un largo poncho de color rojo, azul y blanco. Detrás de ella un caballo blanco. En la casa, todavía, se puede ver el humo saliendo de la chimenea, uniéndose al cielo, esfumándose. El hombre está ahí sobre el caballo negro, en la orilla, pronto se subirá al bote…

-         ¿Sabe qué?
-         ¿Qué?
-         Me gustó más esa historia… déjeme ahí, sobre ese caballo, debo estar cansado…
-         Sí, hiciste un largo viaje para llegar hasta aquí… y ahora irás al sur, te encontrarás con esa mujer, te deseo suerte…

-         No me mate… quiero vivir…

-         Te deseo suerte, Oscar, toda la suerte del mundo, en ese hermoso lugar…

-         Le voy a pedir un favor…

-         ¿Cuál?

-         Si vuelvo…

-         ¿Qué?

-         Déjeme vivir en sus cuentos…

-         Entonces yo te pido otro favor…

-         ¿Cuál?

-         Cuando vuelvas, traeme muchas historias para escribir…



© Araceli Otamendi – Todos los derechos reservados

imagen:
 Carmelo Arden Quin

Móvil o esferas, c.1949

Móvil de madera 23 x 45 x 29 cm.

Colección Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), Buenos Aires

jueves, 2 de diciembre de 2010

El western




El western


"¿Quién me dirá las palabras inútiles, quién me compensará la sangre y la indecisión?"


Fernando Pessoa

"Porque existen muchas posibles muertes
Como existen muchas posibles vidas,
la vida de las cartas, 
la vida de los sueños, 
la vida de las imágenes,
la vida de las palabras que no se dijeron...
como siempre."



Silvina Ocampo



Florece en la ventana con fondo de noche la cara de Cisco Kid. Tiene el sombrero caído hacia un lado, la niña apenas le ve la cara. Ha venido montado a caballo para llevarla. La niña, en la cama, aprieta ahora el oso azul, mientras, afuera, en el comedor, el hombre y la mujer discuten. El corazón le hace tic-tac, tic-tac, tic-tac. Muchas veces durante el día la mujer se mira al espejo y repite: me parezco a María Félix. A veces lo hace mientras se maquilla. La niña no conoce a la actriz. A los tres años la niña tampoco sabe por qué su padre le dice gouge mientras le acaricia el pelo. Apenas él dice esa palabra la niña reacciona y dice: ¡no, no! Y aparta la mano grande de su cabeza mientras el padre sonríe.
Ahora la niña duerme o finge dormir. Casi es una experta en esos avatares de la simulación. Mientras, afuera, el viento arrastra las hojas secas de los árboles, golpea las ventanas, se desinfla sobre el techo y un gato maúlla con cierta congoja. La noche se adelanta en la habitación y la oscuridad es una buena pantalla para proyectar imágenes mientras ellos gritan en el comedor. Hace unas horas apenas la niña ha estado dando vueltas en la calesita del parque subida a un caballo de madera mientras una mujer, se besaba incansablemente con un hombre. Tal vez es necesario ahora llamar a Matt Dillon. El hombre tiene el revólver listo y ella llora, grita suplica y la niña no puede dormir. Matt Dillon es un hombre alto, de linda cara y no se parece a ningún tío ni primo. También es hora que Cisco Kid montado en el caballo blanco entre a la casa para hacer justicia. Tal vez sería mejor

Batt Masterson para salir de aquí. Batt Masterson más elegante y fino, con el sombrero hongo y el bastón. La música es más linda. ¿Sería mejor llamar al llanero solitario? Con su antifaz y con su traje negro, pedirle montar con él en su caballo y salir de aquí para siempre. Y mientras en el comedor la discusión sube de tono Cisco Kid entra en la habitación de la niña y se acerca. Ahora sí puede verle la cara. ¿Podrá salvar a alguien Cisco Kid? ¿Podrá llevar a la niña lejos de ahí? Cuando la niña pasa con su madre junto a una funeraria ve los caballos quietos, para llevar a los muertos al cementerio los adornan con plumas negras. Las terribles pisadas le dan miedo. A esos caballos de los muertos es mejor olvidarlos. La única yegua que conoce la niña es la que lo arrebató de su hogar al abuelo. Y antes de seguir preguntando alguien le explicará que no es una yegua sino una mujer, y que esas cosas ocurren a gente que se llama igual que ellos pero ellos no son, sino que son otros. Tal vez sería mejor llamar a Matt Dillon. Las voces han subido de tono, la niña se baja de la cama y con la oreja apoyada en la puerta escucha una vez más: -Te lo juro, dice ella. Te lo juro, por la nena, estuvimos toda la tarde en la calesita.
Ahora no se oye más que un sollozo ahogado de mujer implorándole a él que guarde el revólver. La niña vuelve a la cama y se tapa con las sábanas. Cierra los ojos y emprende  
el largo viaje una noche más. Esta noche lo hará con Cisco Kid . Monta con él en su caballo blanco, galopa rápido rumbo al Gran Cañón, a la espera del disparo final.







(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

viernes, 22 de octubre de 2010

La noche de John Cage - cuento

imagen: Luciana Iriart



La noche de John Cage



     Como siempre, se preguntaba Lucy, si  Paul  vendría esa noche a buscarla. Le había prometido acompañarla al concierto de John Cage aunque ella sabía que a Paul no le gustaban los conciertos. Tampoco la música, ni siquiera el teatro. Pero Paul era tan buen mozo, tan buen deportista, tan buen jugador de tenis, Paul, Paul... Pronunció el nombre en voz baja mientras se maquillaba frente al espejo. ¿Por qué debía maquillarse así? Paul  se lo reprochaba siempre: Con menos maquillaje estarías mejor, te verías natural. Sin embargo, Lucy pensaba que Paul  exageraba. El maquillaje no era demasiado complicado: base color casi rosado, azul-verde en las sombras para párpados, rimmel negro, kohol —porque así había visto cómo se pintaban los ojos las mujeres de origen árabe—, rubor rosa casi fucsia, el mismo color en los labios.  El maquillaje era todo un ritual que Lucy había aprendido viendo maquillarse a su madre y a su tía. El maquillaje era un ritual que se oficiaba a toda hora en la casa en que ella se había criado. A toda hora es un decir, el maquillaje era necesario como una vestimenta. Parpadeó durante algunos segundos mientras miraba la imagen de esa mujer joven que la miraba a su vez desde el fondo de aquel cuadro y la observó lentamente: el vestido seleccionado para esa noche estaba colgado de una percha, en la puerta del armario. La luz de la habitación se reflejaba también en la escena y algunas luces de los carteles de la calle hacían lo mismo enmarcando la cara de Lucy en el rectángulo del espejo, reflejaban en el pálido retrato algunas sombras de color verde azulado. Había trabajado todo el día en esa maldita oficina, había llevado carpetas de un lado al otro, había estado escribiendo a máquina y le dolía la espalda, había soñado muchas veces durante el día —todo el día— con asistir a ese concierto con Paul.

                Lucy se puso un pañuelo sobre la cabeza tapándose la cara, para no manchar  el vestido que deslizó sobre los hombros y luego estiró hacia abajo. El teléfono empezó a sonar en el living. Era un pequeño living en un viejo edificio de departamentos. El sonido de la campanilla se detuvo ni bien Lucy pisó la alfombra casi tropezándose. ¿Sería Paul  para avisarle que saldría más tarde del trabajo? No lo sabía. Tampoco sabía mucho acerca de Paul, a pesar de conocerlo desde hacía años. ¿Es que se podía saber algo acerca del otro?, pensaba. ¿Sabía él algo acerca de ella? Había acumulado tantas dudas durante los meses en que salía con Paul  como hojas secas se acumulaban durante  el otoño en las calles.
Lucy se detuvo de nuevo frente al espejo antes de dar media vuelta, apagar la luz y cerrar con llave la puerta del departamento. "Nos acecha el cristal", podría haber pensado si hubiera recordado los versos de Borges. Lo único que acechaba ahora era el mal tiempo, algunas nubes en el cielo gris anticipaban una tormenta y el cielo desplomándose en cualquier momento. Detuvo un taxi en la esquina y le indicó el camino al conductor. Tenía veinte minutos para llegar al auditorio y tal vez Paul  estuviera ahí, en la puerta, esperándola...
En la calle había muchos autos, se escuchaban bocinas, motores, rugidos,  alguna ambulancia,  todo tenía un ritmo febril. Los ojos de Lucy se detenían en las caras de los transeúntes: algunos tenían semblantes afligidos, casi todos iban cansados,  se levantaban las solapas de los abrigos,  había empezado a soplar un viento seco y fuerte.  Las luces encendidas de las vidrieras, los reflejos de los carteles luminosos en el asfalto, era lo que más le atraía a Lucy en esa ciudad que aún no era de ella. Esa gran ciudad nunca le pertenecería como ella tampoco pertenecería nunca a esa gran ciudad. Y sin embargo iba a escuchar esa noche el concierto de John Cage, se dijo a sí misma para cobrar fuerzas. Aunque Paul  no hubiera venido a buscarla ni tampoco estuviera ahí en la escalinata del teatro. La luz de un relámpago y el sonido de un trueno algunos segundos después recibieron a Lucy cuando bajó del auto y se dispuso a entrar al auditorio abriéndose paso entre los que aguardaban ahí, en la escalera. Si Paul hubiera llegado antes lo hubiera visto, pensaba mientras buscaba en el interior de la cartera la entrada para el concierto. Se felicitó a sí misma de ser una mujer tan moderna y tener tanta autonomía: no necesitó a Paul  para sentarse ahí en esa butaca. Mientras, miraba a los que estaban ahí como ella esperando que el concierto empezara. Había un hombre sentado en la fila anterior demasiado alto para que se pudiera ver bien el escenario. En cambio, en la misma fila en que estaba sentada Lucy, había otro hombre seguido de una mujer comiendo caramelos y luego arrojaban el papel celofán al piso. Lo hicieron tres, cuatro o más veces. Lucy pensaba que no era posible hacer algo así antes de un concierto y estuvo a punto de decírselo pero se contuvo. No quería pasar por maleducada. No quería ser como esa vecina de su madre que se la pasaba fumando cuando venía de visita y comiendo caramelos de menta para la tos y arrojaba el papel celofán en el cenicero.  Tampoco le gustaba la gente que se parecía a esa mujer. Pero ella no podía cambiar el mundo ni a la gente, se dijo.  El teatro se iba llenando y los zapatos de Lucy se comprimían alrededor de los pies cansados de andar durante el día. Recordaba en ese momento las veces en que tuvo que rehacer el informe para su jefe. Nada lo satisfacía al pequeño hombrecito cruel y descascarado como un árbol seco y Lucy llegó a preguntarse ese mismo día si ese hombre que era su jefe estuvo satisfecho alguna vez de algo. O si la madre en lugar de darle leche en el biberón lo  había criado con  vinagre. Tal vez ese hombre había crecido así, a base de puntapiés y vinagre. No era indulgente consigo misma, pensaba, porque no debería estar pensando esas cosas sino disfrutando del concierto esa noche. 
El sonido de la sala se había tornado algo infernal: la tos de algunos le había hecho perder algo, pensó Lucy. O tal vez sólo fue el papel celofán de los caramelos de la pareja sentada a su lado. O las personas moviéndose en las butacas. Algo había pasado entonces, algo se había perdido. Porque Lucy veía que los espectadores se incorporaban y se iban hacia la salida. Y los acomodadores vestidos con uniforme le indicaban ahora que el concierto había terminado. Había que salir de ahí cuanto antes, tomar un taxi y llegar a casa rápido. Le costó una media hora conseguir un taxi para volver a casa. Algunas mujeres corrían subidas a las plataformas de los zapatos, parecían torcerse como tallos empujados por algún viento fuerte, mientras la lluvia caía casi impiadosamente sobre el asfalto. Ese maldito asfalto. Lucy se había refugiado debajo del techo de un edificio de departamentos.  Un taxi se detuvo y bajó de él un hombre, parecía apurado porque el conductor se quedó con el vuelto en la mano.  Lucy le indicó el camino al conductor y se recostó en el asiento: Mañana sería otro día igual, pensó. O tal vez no, se dijo. Era raro lo que había pasado esa noche ahí, en el teatro. Abrió la cartera y sacó el programa del concierto: 

0´00´´  John Cage, decía, entre otras cosas. 

Ya en casa no podía dormir, el teléfono no sonaba, ni siquiera una breve carta debajo de la puerta como a veces acostumbraba hacer Paul. 
Marcó el número de teléfono una vez, y otra, y otra, pero la voz de Paul diciendo: —Hola,  no aparecía. Eran las dos de la mañana y a las siete tenía que estar en pie de nuevo. Se quitó el maquillaje o los restos de la máscara y se lavó la cara. Dejó correr el agua durante algunos segundos... Por la ventana del baño también se podía ver el agua; las gotas, deslizándose por el cristal, parecían aferrarse por momentos a la superficie transparente hasta seguir su curso. Cerró la canilla y fue hasta la habitación. Antes de dormir estuvo durante algunos minutos, mirando las luces de la calle. No le gustaban las cortinas, así que las había corrido para mirar el reflejo de los últimos vestigios de ese espectáculo llamado noche. Quería recordar alguna canción que  hablara del mar...Y el sonido de la lluvia se interponía en sus pensamientos como un ritmo agitado. Era el agua que caía en el patio interior del edificio y que podía escucharse cuando dejaba la ventana del living abierta. Era un ritmo parecido al que podía hacer alguien o varios con un instrumento de percusión: toc toc, toc, pmpmpmpm, tectectectec... y luego se repetía: toc toc, toc, pmpmpmpm, eso sí que era algo más que el sonido de las teclas de la máquina al escribir. 

El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos, ¿sería Paul?, ¿tal vez equivocado? Se incorporó y caminó rápido hasta el living. Levantó el tubo del teléfono y dijo: ¿Hola? ¿Hola?, pero nadie respondió.  Seguramente a esa hora, eran más de las dos de la mañana, sería equivocado, pensaba.

Volvió a la habitación y se acostó. Pensó que tal vez había hecho mal en colgar el teléfono. Si hubiera sido Paul podría haberle hablado de lo mal que lo pasó esa noche. ¿Realmente lo había pasado mal? O tal vez le hubiera dicho algo acerca de lo bien que lo pasó esa noche en el concierto de John Cage: 0´0´´. Después de todo no había sido tan malo el día, después de trabajar había conseguido cambiarse, arreglarse, tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta  llegar al auditorio en esa tarde que presagiaba una tormenta. Había asistido a un raro espectáculo y se había detenido a mirar los espectadores...

Esa noche Lucy  soñó con el mar: estaba en una habitación que luego se convertía en playa. La arena amarilla la sostenía ahora frente al agua verde y transparente donde niños con globos de colores nadaban cerca y lejos de la orilla. Parecía que estaba ahí desde hacia mucho tiempo aunque nadie podía asegurárselo. La arena era fina y limpia y ella caminaba sin dejar de mirar el mar que poco a poco se iba deslizando hacia adentro. Poco después, los globos azules, lilas, violeta volaban en el cielo azul como pájaros. Después de ese sueño tuvo varios más. También soñó con peces, peces de color naranja que Paul atrapaba con una cesta y luego volvían a salir al agua y Paul se divertía en dejarlos salir de ahí. Si bien el espectáculo que ofrecía Paul le parecía gracioso y bellísimo, no comprendía bien por qué Paul se ocupaba de atrapar peces en el agua para dejarlos ir. ¡Pero qué peces! Jamás había visto unos colores tan brillantes, un naranja tan nítido, unos peces tan bellos como si los hubieran pintado en  una estampa japonesa. 
         
    ¡Qué peces! ¡Qué  extraordinario color naranja!, se repetía a sí misma mientras escribía el informe tecleando en la máquina en  la oficina, sólo se detuvo para atender el teléfono, sonaba con un timbre monótono, insistente... ¿sería Paul?

© Araceli Otamendi- Archivos del Sur

viernes, 15 de octubre de 2010

Lucía y la adivina - relato

La suma sacerdotisa - (Silke, Arcanos en seda)




Lucía y la adivina*

Acompaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.
En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien.
El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella.
La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas, con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.
Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más recónditos sueños.
Lucía, como siempre, está expectante por lo que le depara el porvenir, por saber si su marido la engañará, si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Teme que él la deje y ella se quede en la calle.
La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina es una eximia profesional, podría ser la secretaria de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto tan desaliñado. Se defiende hablando.
Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas, temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.
Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones mientras Lucía se retuerce en el asiento con sus miedos, sus ansiedades, su inseguridad.
La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso si no será como en algunos programas cómicos y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien que se entera primero de los secretos para después confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué no?
—¿Y vos, por qué venís? Se intriga la secretaria.
—Acompaño a mi amiga.
—Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas, abogadas, contadoras…
—¡Qué bien! —digo, y pienso, no alcanza con ser profesional, con haber estudiado para tener certezas, la magia también es posible. Pero no lo digo.
—¡Que pase el que sigue! —dice la voz de una mujer desde adentro de una habitación.
Ha llegado el turno de Lucía. Ahora tengo tiempo de escuchar con más atención las conversaciones. Han quedado cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación se anima con la secretaria.
—¿Y saben por qué vienen principalmente aquí? —dice la secretaria.
—No —digo.
—Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio. Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí para allá como paquetes. Y los problemas son porque no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas. Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!
Casi todas asentimos, es una lección de sentido común. La maestra ha dado la lección, ¿para qué consultar a la adivina? Mientras espero a que Lucía salga de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.

© Araceli Otamendi

 *Lucía y la adivina corresponde a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

viernes, 1 de octubre de 2010

Septiembre, un buen fin de semana*





Dos ojos brillan como escarabajos en la noche inusualmente cálida de Septiembre. Son oscuros, casi negros y alumbran una carita redonda y fresca, de la niña más chica. Tendrá alrededor de tres años y una expresión dulce y triste a la vez. El pelo es oscuro como los ojos. La otra niña, más grande, tiene el pelo lacio y rojizo, en sus ojos el brillo casi no existe y ocupa su lugar una opacidad gris, por momentos tiene una expresión de angustia. Las dos nenas juegan en un rincón del living, pisos de madera encerados, muebles Luis XVI, todo muy prolijito, todo muy ordenado.

Sentadas en posición de buda visten y desvisten a varios muñecos de plástico. No miran hacia la ventana ni ven el azul profundo del cielo, tal vez ni siquiera escuchan los molestísimos ruidos de los escapes de los autos que corren a toda velocidad por la Avenida Nueve de Julio. El aire, naturalmente viciado de la gran ciudad se ha tornado caliente y hay un aroma dulzón que a lo mejor proviene de los árboles florecidos. Ahora la campanilla del teléfono ha interrumpido el juego. Las niñas dejan lo que estaban haciendo y corren, se abalanzan sobre el aparato. ¡Es mamá! Gritan al unísono. Les gana de mano una muchacha joven, petisa, de cola grande y chata, con forma de pera. Mientras habla, los ojos redondos de la mujer se mueven inquietos, el rasgo más notorio de la cara de la niñera es una pelusa gris que cierra la forma del labio superior. Sí señora, Rosita habla. Bien ¿y usted?
—¿Hola Rosita? ¿Cómo estás? ¿Y las nenas? ¿Están todos bien?

Para entablar esta conversación la mujer ha cruzado el Río de la Plata. No está sola. La mujer parece preocupada, mientras el hombre joven que la acompaña mira el BMW estacionado en el parque. El aroma de los pinos llega a la habitación mezclado con el aire fresco del mar, un mar espumoso, rugiente, hacía llegar su canto. La mujer seguía hablando. Del otro lado, la voz de la niñera llegaba algo confusa. Cruzar el Río de la Plata no es un gran salto pero alivia la presión de los lazos familiares, tal vez diluye algo, cuando se cruza el río parecería que todo queda demasiado lejos. Las habitaciones del hotel están decoradas con gusto. Marcela y su amante ocupan un cuarto empapelado en tonos de azul y violeta. De espaldas Marcela tiene un aire juvenil, el pelo largo, es delgada. De frente, una fina red semejante a una tela de araña delata el roce de los cuarenta o más, tal vez menos, tal vez el efecto del sol. El hombre fuma ahora un cigarrillo. Es joven, alrededor de treinta años, el pelo muy corto. Tiene un aire a Antonio Banderas. Alternadamente mira a Marcela y al BMW estacionado en el parque. Ahora es el turno de Marcela que dice:
—Cuidálas, no las dejes solas para nada, cualquier cosa tenés anotado el número de mamá. Acordáte.
—Sí señora, las voy a cuidar —se escucha apenas la voz de Rosita.

Marcela tiene la voz ronca, a veces cuando se ríe ofrece una sonrisa parecida a la de un caballo. Está harta de inspeccionar negocios, empresas, de caminar todo el día por Buenos Aires e investigar si realmente esas empresas han pagado los impuestos. Desde que se separó del padre de las nenas no tiene otra vida más que ésa, le dice muchas veces a la madre. También soy hija de padres separados, piensa, justificándose. Marcela está a punto de colgar el auricular cuando el hombre se lo quita de la mano y lo cuelga él.
En la cocina todo es muy blanco, el piso, las paredes, el techo. Los muñecos yacen en el suelo exhaustos de jugar. Los muñecos no tienen mamá, tampoco tienen papá. La mamá soy yo —dice la pelirroja—. La risa de las nenas fresca como una naranja recién cortada se interrumpe cuando suena la campanilla del teléfono.

—¿Está tu mamá? —dice una voz masculina
—Mi mamá no está, está de vacaciones, se fue a Punta del Este ¿y vos quién sos?
—¿Está Rosita?

—Sí, pero ¿y vos quién sos? Insiste la voz infantil.
—Un amigo, pasáme con Rosita.
El auricular queda suspendido, se hamaca, se desenrosca en un tirabuzón hasta que las manos regordetas de Rosita lo atrapan. Con el auricular apretado contra la oreja, la mujer se sienta en una silla, se distiende con las piernas abiertas mientras habla.
—Sí, estoy con las dos. Hasta el domingo, sí. Solas, sí. No hay problema.
Los cuatro ojos se fijan ahora en los labios de la mujer.
—No, no me dijo, no sé. Sí ... No, no sé, bueno....
La conversación sigue con monosílabos, entrecortada hasta que varios pedacitos de vidrio se esparcen en el piso. Las nenas se miran calladas.
—Tengo que cortar, chau.
—¿Quién era? —preguntan las dos
—Un amigo responde la muchacha mientras recoge los restos de una botella de coca cola.
—¿Qué amigo? Insiste la nena más chica.
—Toni, vos ya lo viste en la plaza.
—¿Ese era Toni? —pregunta la nena más chica con aire 

incrédulo.
—Sí ¿qué tiene?
—No me gusta, dice la pelirroja.
—Laváme los dientes —pide la nena más chica.
—¿Por qué no te gusta Toni?
—Es feo, no me gusta.
—¿A vos te gusta? —pregunta la pelirroja.
—Sí, a mi me gusta.
—Laváme los dientes —insiste la nena más chica.


—No es tu amigo, contesta la muchacha mirando a la pelirroja mientras se lame el dedo índice hasta que una gotita de sangre desaparece dentro de la boca. Me salió sangre ¿vieron? Dejemén tranquila y vayan a la cama. Vamos que las voy a acostar. Vamos a dormir y mañana jugamos otra vez.
—Qué me importa dice la pelirroja. Mamá no quiere que llame ningún hombre a casa.
—Está bien, dice Rosita. No tiene nada de malo. Por favor no le vayas a contar.


Las persianas están bajas, las ventanas abiertas. La luna redonda, enorme, se recorta amarilla en el azul profundo de la noche. Las dos nenas duermen abrazadas en la misma cama. Los muñecos están acostados junto a ellas mientras la luz pálida de un perrito de plástico ilumina los objetos del cuarto. Solamente se escucha el sonido apagado, metódico de una gota de agua. A veces ese sonido se combina con otros ruidos que de noche se tornan extraños. Son ruidos que intranquilizan. De vez en cuando los ojos de la pelirroja interceptan un círculo en el techo de la habitación y vuelven a cerrarse. El calor no le permite un sueño tranquilo. La respiración pausada de la nena pequeña calma los miedos de la pelirroja.

Ahora, el sonido de una llave girando en la puerta de calle interrumpe algo del silencio nocturno. Sostiene la llave una mano ruda, de dedos nudosos y piel brillante. Un cigarrillo muere aplastado por una zapatilla blanca, de suela de goma y de marca. Los pisos van pasando y la luz del tablero cambia de lugar hasta llegar al piso trece. El hombre se mete la mano en el bolsillo y cuenta algunas monedas. Segundos después introduce la mano dentro de la campera y toca el arma debajo del sobaco.
La luz del tablero indica el piso trece. La puerta apenas hace ruido cuando Rosita la abre. Apenas se besan, caminan rápidamente hasta el cuarto.
La pelirroja ha abierto apenas la puerta del dormitorio, apenas para ver a Rosita y al hombre entrando en la habitación. Ahora no sólo la gota de agua interrumpe el silencio nocturno, también hay ahora ruidos distintos, como los de una lucha cuerpo a cuerpo. La pelirroja está sentada en la cama. ¿Escuchás? le dice a la nena más chica. Afuera hay un fantasma. Tengo miedo, dice la otra nena. Mamá no está dice la pelirroja. ¿Y Rosita? ¿dónde está? Pregunta. Quiero que venga mamá, dice la nena.

Shhh, chista la pelirroja imitando el sonido de una lechuza. Calláte que hay un hombre, está con Rosita. Si me dijiste que había un fantasma. Lo dije para que te despertaras. Hay un hombre y está en la pieza con Rosita. Tengo miedo dice la nena más chica. ¿Y si nos mata? Esperá, esperá, dice la pelirroja. Si no se va enseguida, llamamos a la abuela. ¿Por qué no la llamamos ahora? dice la nena más chica. Está bien, vamos a llamarla.
Las dos nenas caminan descalzas, sigilosas hasta la cocina. Ahí está el teléfono. Mientras la pelirroja marca los números la nena más chica mira la puerta, cerrada sin llave. En la casa hay ahora un silencio absoluto. Solamente el ruido del motor de la heladera se escucha rítmico. La nena más chica se detiene a observar los imanes, son de formas variadas: frutillas, peras, heidi, snoopy, y hasta un ratón hecho de caracoles comprado en una playa del Uruguay. En la casa de la abuela el teléfono suena una y otra vez. Sonará varias veces más. La casa sigue en silencio, un silencio interrumpido apenas por el goteo de una canilla.

(c) Araceli Otamendi


* Septiembre, un buen fin de semana pertenece a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora