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jueves, 5 de abril de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá








 
























No podía creer todavía en las palabras de Miguel. Recién había apagado el celular y me parecía una broma. Morgan, porque de él acordamos que no se puede decir el nombre, me invitaba a mí, a Miguel y a otros amigos a una reunión en su casa. ¿Pero cómo me puede querer ver de nuevo a mí si estuve de lo peor en tu casa? le había dicho. Dice que le encantaste, que lo pasó muy bien en casa y hace una reunión para celebrar el nuevo contrato para filmar una película, su nueva novela. No entendía, había hecho un esfuerzo sobrehumano para quedarme ahí, en la casa de Miguel, casi no había hablado, ese hombre Morgan me parecía demasiado extraño, demasiado exitoso, demasiado charlatán y ahora me invitaba a una reunión en su casa. Deduje que sólo podía intrigarle mi reserva, mi silencio, o tal vez estuviera empecinado en pertenecer al círculo de amigos escritores y artistas de Miguel, un artista visual con obras en las mejores galerias de New York, París, Buenos Aires y ahora también sus obras iban a Dubai.




- Está bien, dije, voy a ir, lo voy a hacer por vos, por la amistad que tenemos desde hace tantos años, pero esta vez voy a ir acompañada por una amiga.


- ¿Y quién es esa amiga que querés traer? dijo Miguel.

Una psicoanalista de Buenos Aires.


No me había resultado fácil convencer a Rosa Té para que me acompañara a la reunión en la casa de Morgan.


- ¿Y quién es? - preguntó Rosa Té
- Un escritor y artista, un amigo de Miguel, mi amigo
- ¿Lo conocés?
- Lo ví una vez, dos, lo vi en la casa de Miguel, me invitó a una reunión
- No será uno de esos plomos que no hablan ¿no?
- Para nada, al contrario, habla demasiado, no para de hablar, acapara toda la atención.
- ¿Y por qué se te ocurre que yo la voy a pasar bien en esa reunión?
- Ah, no, garantías no hay, no sé cómo va a ser, nunca fuí a la casa, casi no lo conozco y es más, casi huí la otra noche de la casa de Miguel.
- A lo mejor es divertido
- Puede ser
- ¿Y dónde es la casa?
- Me dijo Miguel que vive en un barrio exclusivo, con embarcadero, Morgan tiene un barco amarrado en la puerta de la casa.
- ¿Y a vos te parece que yo le puedo interesar al amigo de Miguel?
- ¿Y por qué no?, Rosa
 
Rosa Té me ponía entre la espada y la pared. Tenía que ofrecer garantias de algo que no tenía la menor idea de cómo iba a resultar. Como siempre, ella quería tener garantías de todo: de la amistad, de los horarios, de las afinidades. Estábamos ahora en un bar, cerca de la playa, lejos del bar de Pirata. Un bar con techo de chapa donde colgaban plantas y un guacamayo de un aro. Rosa Té había pedido un agua saborizada. Como todo el mundo ahora, en lugar de café, té, o una gaseosa, todo el mundo pedía agua saborizada. Yo no, yo había pedido un agua mineral.


- Mi mamá tiene un amante nuevo - dijo Rosa Té
- Tendrías que olvidarte de los amantes de tu mamá.
- No puedo, toda la vida fue igual, tuvo maridos, amantes, maridos y amantes al mismo tiempo, es algo que no puedo olvidar. Es imposible competir con ella.


Nuevamente el tema fijo, la obsesión de Rosa Té con la madre y sus maridos y los amantes de su madre, era casi imposible que el tema no se instalara en las conversaciones con Rosa Té.



- ¿Por qué no hablamos de filosofía? - dije
- Tenés razón ¿qué filósofo elegimos hoy?
- Spinoza, Las cartas del mal ¿te parece bien?
- Sí, sí, hablemos de Las cartas del mal - dijo la psicoanalista




(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 
 
 

viernes, 16 de marzo de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela (fragmento)


















La última tentativa de Lila para que Rosa Té no estuviera tan sola había sido presentarle a un amigo, Rafael, viudo y con hijos. Después de pasar un día entero, durante una salida al campo con su marido, Rosa Té, Rafael, y los hijos de Rafael y de Lila, había renunciado a vivir otra experiencia similar.
Rosa Té se quejaba ahora, nuevamente, después de varios años, de haber aceptado que Lila le presentara a un amigo:

- ¿Pero vos no entendés que ese hombre ni palabras daba? - dijo Rosa Té acomodándose en un sillón mientras el mono la miraba atentamente.

- Bueno, mudo no es, tal vez estaría triste ese día. - respondió Lila

- No sé, es tu amigo, vos lo conocías, vos quisiste presentármelo, pero me la hizo pasar mal, durante todo el día, ni siquiera nos habló.

- Rafael sí habló, pero habló con mi marido, se entretuvo pescando con él, jugando a la pelota con los chicos. Con él fue con quien siempre habló cuando salimos. Y yo siempre hablé con mi amiga, así pasamos nuestras salidas al campo. ¿Por qué te acordás ahora de todo eso?

- Porque me acuerdo - contestó la psicoanalista. - Y porque estoy harta de estar sola, de vivir sola nada más que con el perro, y porque no soy ni chueca ni renga, ni fea.

Lila presintió que una gran tormenta se avecinaba y dijo:

- ¿Querés que salgamos un rato, vamos al bar de Pirata?

- Mirá, ese tipo, Pirata me tiene cansada. Es un tipo que está ahí detrás del mostrador, mirando a todo el mundo, casi sin hablar. Es como tu amigo Rafael.

- No te sigas acordando de Rafael, él ya se casó con otra.

La noticia le cayó mal a Rosa Té y con el ceño fruncido, dijo:

- Te das cuenta vos, me presentaste a un tipo que no tenía el menor interés en mí

- Ah bueno, pero yo no lo sabía, y además ¿cómo podía saberlo si no te lo presentaba?

- Cuando alguien ni siquiera habla, ni siquiera da palabras como Rafael, tenés que
desconfiar.

- Mirá, la amistad con Rafael se terminó para mí, lamentablemente, el día que mi amiga Laura murió. Pero por mi hijo y por los hijos de ella y de él, nos seguimos viendo un tiempo más.

- Yo no te entiendo a vos. ¿Cómo podías aguantar esas salidas con un tipo así, como Rafael y con tu amiga Laura,?

- La pasábamos bien, los chicos jugaban, Laura y yo teníamos muchos intereses en común y nuestros hijos también la pasaban bien.

- Acordate, Lila, desconfiá siempre de quien como Rafael, ni palabras da.

La tarde se iba apagando lentamente y el sol parecía una lámpara roja en el horizonte. Rosa Té se había ido de la casa y Lila se preparaba para salir a caminar por la playa, a esa hora las aguavivas llegaban hasta la playa y quedaban ahí, en la arena mojada, como una masa de gelatina, que irritaba la piel de quienes las pisaban. A lo lejos, se podían oir los cantos de algunas voces jóvenes alrededor de una fogata.






(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

martes, 10 de enero de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela (fragmento)































"Privado" era el mensaje que se podía leer en la puerta. Antes, había entrado en una habitación, al azar. Había golpeado antes de entrar. Nadie contestaba. Como siempre, el olor a dinero y a lujo lo impregnaba todo.
Estudiaba la habitación. Tenía cuatro puertas. Una, por la que había entrado. Otra, comunicaba con el baño. La tercera daba a la terraza del hotel. Ahí había una pileta con agua de mar. El mismo azul del mar se instalaba adentro de la pileta, entre las lajas blancas, como en una película o en un sueño.
Hubiera querido chapotear en el agua. Pero no lo hizo. Le quedaba por investigar la cuarta puerta. Estaba cerrada con llave. Seguramente comunicaba con la otra habitación. Se preguntó si cada una de éstas comunicaba con la otra, ¿cuál de todas daba directamente al acantilado? Desde ese acantilado, tal vez se podría salir en un barco. Salió al pasillo, en ese momento no había nadie. Intentó abrir otro cuarto. Tendría que convencer a alguien para que lo llevara al lugar exacto. Mejor era volver a la recepción.
El hombre de los bigotes finos y la mirada de cuis dijo que sí, que tenían una habitación con terraza y salida al acantilado, directamente al mar. Esa habitación era más cara. Y en ese momento la ocupaba un príncipe europeo.
Puso unos billetes delante del hombre y vio el brillo de la codicia en los ojos marrones del empleado del hotel.








(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

viernes, 2 de septiembre de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá - novela (fragmento)






Mariana, la detective, se detuvo frente a la vidriera de una librería. ¿te acordás cuando esperabas una docena de lápices de colores como regalo de reyes? Sí, claro, claro, pero y ahora ¿cuántas cosas habían sustituido esos lápices? Y lo veía todo como en un desfile: el primer novio, la primera cita, el primer trabajo, el primer desengaño. La ruptura con su mejor amiga, y también con su primer y único marido. El alejamiento de los lugares conocidos. Y esta vida ahora... tan lejos de esos lápices...
¡qué absurdo! Ahora estaba cerca de los cuarenta y era una mujer sola en Buenos Aires.
Y al pensar esto se vio reflejada en ese vidrio, estaba anocheciendo en la ciudad y las luces de las calles se habían encendido. No había podido despegarse del tema: averiguar acerca del caso de Willy Agastizábal, un empresario poco común. Tenía más de playboy que de hombre de empresa. Le había seguido el rastro con casi todos los conocidos. Había revisado su agenda desde el principio al fin. ¿A quién le quedaba por investigar?
Y frente a ella ahora, en ese vidrio vio reflejada a esa mujer que veía todas las mañanas con un perro.
El perro era blanco, tenía una cantidad de pelo como para cubrirse en una tormenta de nieve y no sentir frío. No era como la mujer del perro chiquito que a veces encontraba en el supermercado cuando iba a comprar. Esa mujer sufría algunos ataques, gritaba y el portero avisaba a los hijos o a la ambulancia para que la fueran a buscar y se la llevaran. Era una historia triste, sí. Pero esta mujer del perro blanco no. Era misteriosa, tanto o más misteriosa que algunas personas que Mariana veía casi a diario.
La veía venir a ella y al perro y empezó a preguntarse por qué si veía a esa mujer todos los días salir de su edificio ni siquiera sabía el nombre ni a qué se dedicaba. Entonces cómo iba a ser posible averiguar algo de algún amigo de Willy. Y empezó a cuestionarse a ella misma, cómo era que vivía en esa ciudad hacía tantos años y poco sabía de cualquier habitante que viviera en el mismo edificio, en la misma calle. Y sin embargo a veces se entretenía en un café mirando las caras, le parecían rostros conocidos, figuras domésticas, y todo era una ilusión, como ese espejo, donde ahora se veía reflejada.








(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

martes, 2 de agosto de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá - novela (fragmento)


-¿Quiénes eran sus nuevos amigos? - preguntó Mariana


- Eran varios, algunos artistas, fotógrafos, pintores. Cuando ellos venían a casa Willy se portaba como un maniático. Era desagradable, decía cosas horribles, si era invierno abría las ventanas, en verano las cerraba o hablaba de temas irritantes, para molestar.

- ¿Cuáles eran esos temas?

Marta parecía aliviada contando aquellas cosas y dijo:

- Hablaba mal de los artistas, a quienes consideraba unos vagos extravagantes, hablaba mal de todos

- No se salvaba nadie- dijo la detective y agregó: - ¿Alguna vez se hizo atender por un psicólogo?

- Algunas veces se atendió con una psicoanalista - contestó Marta.

- ¿Podría decirme el nombre de la psicoanalista?

- Creo que se llamaba Rosa, Rosa y algo más, no lo recuerdo bien.

Mariana pensó entonces que ahora sí podría atar algo más de un cabo suelto y que no había sido tan inútil la visita que le hizo a Rosa Té, la psicoanalista. Decidió seguir adelante con las preguntas.

- ¿Y usted cómo reaccionaba?

- Con un odio ciego, odiaba a Willy durante varios días cuando se comportaba así. Hasta que después me reconciliaba. Hasta que el odio volvía a aparecer.

También Mariana pensaba en el odio, esa pasión triste según Spinoza, el odio que vive en distintas formas y generalmente no se deja aprisionar por las palabras, tiene claroscuros como las fotografías, flujos, movimientos, como ese barco donde navegaban. El odio que viene a veces revestido con otro disfraz, como la envidia, que nunca viene vestida de envidia como decía Martin Amis en su autobiografía Experiencia...y de la que hay que alejarse ...
 
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 9 de marzo de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá (fragmento)

La mujer del señor Agustini subió al barco, tenía los ojos desorbitados. Parecía una tigresa a punto de saltar.
Enseguida bajó la escalera y se encontró con el señor Agustini y Mariana en la mesa de juegos. Los dos seguían hablando de Mario Bruno y de Willy Agastizábal, mientras el señor Agustini insistía en que la detective bebiera algún trago.
Mariana percibió el odio y la furia de la mujer y apoyó aun más  la espalda contra el asiento. El señor Agustini miró a la mujer y en su cara regordeta y hasta ese momento amable se dibujó una sonrisa de circunstancia. No era la primera vez que su mujer aparecía así, mientras él había salido a navegar. Ella era capaz de cualquier artimaña, de sobornar a quien fuera necesario para no dejarlo a solas con nadie.
Escándalo tras escándalo, el matrimonio del señor Agustini venía durando años.
De ser princesa y reina de la vida y del corazón del señor Agustini, la mujer se había convertido en la “bruja” del barco.
¿Cómo se había atrevido él a poner la bandera con la cara de bruja cuando ella no estaba? ¿cómo se había enterado tan rápido del asunto?
El pájaro de plumas azules, amarillas y verdes se acercó al señor Agustini. Era evidente que el animal tenía simpatía por el hombre. Y era evidente también que el señor Agustini quería evitar un conflicto frente a extraños como Mariana.
El marinero se acercó a la mujer del señor Agustini y le ofreció un jugo de naranja con hielo y la mujer lo bebió. Había llegado justo a tiempo, dijo, porque esa noche tenía pasajes para viajar.
El señor Agustini se disculpó, tenía varios asuntos, negocios que resolver y no podría viajar esa misma noche.
La mujer inició un pequeño escándalo. ¿Por qué estaba la bandera de bruja en el barco? ¿Por qué el señor Agustini había roto ese código?
El hombre quería convencerla: el marinero se había equivocado, sonaba a falso. ¿Entonces? El señor Agustini presentó a Mariana:

-         La señorita es detective, está investigando el caso de Willy Agastizábal. Quería hacerme unas preguntas y la invité a subir al barco para poder hablar más tranquilo.
-         Tal vez yo podría aportarle algún dato – dijo la mujer. Ahora se veía más tranquila, o tal vez simulaba. Seguramente Mariana no era del tipo de mujeres que andaba revoloteando alrededor de su marido. Como ya estaba grande, al señor Agustini lo seguían cada vez mujeres más jóvenes, ávidas de un marido, de un amante o tal vez sólo de un hombre.

Pero la mujer del señor Agustini no era una fiera  fácil de domesticar. Era capaz de arañar, escupir o arrancarle el pelo, como mínimo a cualquier mujer que encontrara junto a su marido.
Se había sentado al lado del señor Agustini e intentaba decir cómo fue que lo conocía a Willy Agastizábal. Mientras, Mariana percibía el enojo del señor Agustini por vivir y hacerla vivir esa situación tan molesta y la furia contenida de la mujer.
Fue entonces que el vaso con jugo de naranja de Mariana se derramó sobre la camisa del señor Agustini.
En cinco minutos vamos a dar la vuelta dijo él mientras se limpiaba con una servilleta. Mariana suspiró aliviada.

Se había levantado viento y había olas grandes. A lo lejos se veían algunos nubarrones y en el aire se empezó a sentir olor a lluvia…

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 21 de febrero de 2011

Novela policial Extraños en la noche de Iemanjá - fragmento



Extraños en la noche de Iemanjá – (fragmento)



En el barco del señor Agustini se respiraba olor a limpio. Era el típico olor de las casas de los ricos.
Mariana, la detective, saludó al señor Agustini y  éste le extendió la mano invitándola a pasar al living.

En el living había dos mesas, una de ellas de juegos. Se sentaron en la otra mesa. El hombre que estaba en el barco, seguramente el custodio del señor Agustini, tenía anteojos de sol oscuros y una sonrisa apenas dibujada. Parado cerca del dueño
del barco, seguía atentamente los movimientos de Mariana y del hombre. Tenía un revólver en la cintura.
Mariana se sentó frente al señor Agustini y éste enseguida le ofreció algo para tomar.

-         ¿Toma algo fresco?
-         - Sí – dijo Mariana
-         ¿Vodka y jugo de naranja?
-         No tomo alcohol
-         ¿Jugo de naranja?
-         Sí

-         Vamos a salir a navegar ahora – dijo el señor Agustini. Podremos conversar, lejos de la costa.

     Mariana asintió.

El marinero que estaba en la cubierta bajó la escalera y fue hasta la cocina. Enseguida vino con dos vasos grandes y las bebidas, las dejó sobre la mesa y subió a cubierta. A los pocos minutos estaban navegando. El barco se movía bastante, había viento, algunas olas. Mariana había aprendido a navegar en el barco de unos amigos.

La detective  miró el jugo de naranja de su vaso y el vodka con hielo del vaso del señor Agustini. En realidad no quería beber nada, sólo pensaba en hacer las preguntas que había venido a hacer y no quería dejar de concentrarse en ellas. Pero fue en el preciso momento en que Mariana le iba a decir algo acerca de Willy Agastizábal al señor Agustini cuando apareció el pájaro y gritó algo.
Era un pájaro grande, con plumas de colores, verdes, azules, amarillas, vino caminando desde otra habitación y se posó al lado del señor Agustini. El hombre puso la cara al lado del pico del animal y éste lo picoteó suavemente en el cuello. Mariana se quedó quieta, pensaba qué reacción tendría el pájaro frente a una extraña.

-         No le tema – dijo el señor Agustini. – Los voy a presentar …

Mariana esbozó una sonrisa. El pájaro emitió otro grito, algo así como el sobrenombre del señor Agustini, según le explicó éste y ella sonrió. Pero sonrió además por otras razones. Y una de ellas era que se acordaba de haber leído por ahí que el realismo mágico, en literatura, no existía más. Como si lo que se narra en el realismo mágico se hubiera hecho humo. Había que vivir en América del Sur para darse cuenta que si se observa bien, hay cosas, personajes y situaciones que no pueden dejar de escribirse. Y sino, hay que tener mucha negación o ceguera.

El señor Agustini tenía una calva lustrosa y redonda, era un hombre prolijo. Usaba una camisa blanca de hilo, parecida a una guayabera y unas bermudas también blancas. Insistía con el vodka y Mariana dijo no en varias oportunidades. Habían empezado a hablar, ya, de Willy Agastizábal…

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 28 de enero de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá (fragmento)

…El detective se sentó y miró a Lila. Mientras él miraba a Lila, el monito había tomado una banana de una canasta y había arrojado la cáscara al piso.
Lila miró entonces al detective y le dijo:

-         ¿Le extraña?
-         Para nada
-         Usted no parece extrañarse de nada señor Ludwig
-         ¿Por qué me dice eso?
-         Porque esta noche vino a mi casa para saber algo …
-         Es cierto…
-         Y todavía no ha ido al grano …
-         También es cierto…
-         ¿Qué espera para hacerlo?

Está bien, dijo él. 

- ¿Cuándo conoció a Willy Agastizábal?

Lila miró al detective, lo miró a los ojos y se dijo seguramente que el detective sabía algo.
-         Lo conocí un verano, aquí en la playa, ¿es suficiente?
   
      El detective miró la noche, oscura cómo se asomaba por la ventana. Tal vez sería mejor si fueran a dar un paseo por la playa. La noche era espléndida, había luna llena y los grillos cantaban.

-         ¿Se anima a dar un paseo por la playa?

-         ¿A esta hora?

-         Sí

-         Usted quiere que yo hable, señor Ludwig, quiere que…

Ludwig la interrumpió.

- Quisiera preguntarle algunas cosas más…

-         Creo que lo que usted quiere saber es si Willy y yo tuvimos algún tipo de amistad, de relación…

-         Lo dijo usted…

-         Sí, es cierto. Me gustaría decirle algo. Willy era un hombre atractivo, …

-         ¿Y eso?

-         ¿Le dice algo?

-         No, todavía no.. .

-         Cualquiera podría suponer algo, que tuvimos algún tipo de relación,  pero ¿por qué tendría que ser cierto? Además  usted me invitó a dar un paseo señor Ludwig.

-         Sí, ¿vamos ahora?

-         Tengo que cambiarme…

     El detective se dedicó a mirar los muebles, buscaba en los objetos algún dato, alguna señal. Encontró en una pequeña caja un anillo y lo miró. Parecía de oro. Lo dio vuelta. En el interior del anillo había un número y una letra.


-         ¿Por qué hace eso señor Ludwig?

     Ludwig dejó el anillo en la caja y miró a Lila, la miró a los ojos.

-         Sólo curiosidad

El mono había quedado solo adentro de la casa. Lila y el detective salieron a caminar por la playa. La arena estaba húmeda, parecía empapada por  el rocío de la madrugada, Lila caminaba descalza y el detective se había quitado los zapatos y los llevaba en la mano. 
 Estaban lejos de la casa cuando escucharon el ruido del motor de un auto, parecía venir a toda velocidad. El detective empujó a Lila hacia los médanos y se arrojó en la arena.

-         ¡Cuidado! Casi nos mata, atinó a decir él. Lila se incorporó sacudiéndose la arena del cuerpo. El detective hizo lo mismo.

     Seguirían caminando por la arena un poco más. A lo lejos, se escuchaban algunos tambores y en el cielo se podían ver las estrellas y también el sonido del mar...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 
      



     

jueves, 6 de enero de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 12 - fragmento



Extraños en la noche de Iemanjá – Capítulo 12 (fragmento)

...¿Se iba a quedar en el medio del río, a mitad de camino? Jamás, jamás, pensaba.
Nunca haría eso. Mientras la azafata lo miraba y le preguntaba al mismo tiempo qué iba a tomar y él se preguntaba si era la misma mujer que conoció hacía un tiempo en Buenos Aires, en la academia de tango. Ella era tan bonita, tan hermosa como esta mujer que tenía ahora al lado, claro que la azafata tenía el uniforme de la compañía aérea y el peinado hacia atrás y parecía solemne. ¿Por qué había ido a esa academia de tango? Es que tenía un caso de averiguación o de robo, ya ni siquiera se acordaba bien. Pero estaba siguiendo a alguien y recaló ahí y tuvo que aprender a bailar el tango. Entonces la conoció. Era tan hermosa, se dijo. Rubia, de ojos azules, como una muñeca. Tal vez como su tía, pensaba. Tan hermosa, nunca había conocido a una mujer así y ahora la tenía nuevamente junto a él. Ella lo miraba ¿qué va a tomar? Café, té… café – dijo él. Entonces, por la mirada y el brillo que iluminaba los ojos de la azafata se dio cuenta de que era ella, la misma mujer que había conocido en la academia de tango.

Ella le había preguntado entonces, cuando aprendían a bailar tango, por Eva Perón, por el Che. Él le recomendó varios libros. Ella quería leer biografías de argentinos, también de Carlos Gardel. Él jamás aprendería a bailar el tango. No le interesaba, era de otra generación. A duras penas podía bailar alguna música de rock. Pero siempre la iba a recordar, a esa mujer tan bonita que le recordaba a su tía.
Ella le confesó, tomando un café en la academia, que era casada y tenía marido y dos hijos, uno de ellos era bebé. Había tenido que trabajar de azafata porque no tenía más remedio, el marido, un europeo, no tenía trabajo, lo había perdido todo y ahora él se encargaba de atender la casa y los hijos. Ella se reía pero se veía que en el fondo no era feliz. Volando y volando, dejando la casa y los hijos en manos de él, su segundo marido. ¿Por qué quería bailar tango entonces? Para quitarse la angustia de volar, de estar tan lejos de sus amores, de su familia, de su marido, de sus hijos. Bailar era el ingrediente que le permitía sobrellevar la distancia. Bailar era alegrarse la vida por dos días. Luego, de vuelta al hotel, sólo le quedaba darse una ducha, mirar una película por televisión, hablar por teléfono a larga distancia y descansar … hasta que el avión volviera a volar y la precisaran…

Ludwig pensaba en esa mujer, esa rubia con el pelo platinado y ojos celestes, enfundada en un uniforme azul, con una sonrisa que parecía dibujada y en los ojos un brillo que él había adivinado de complicidad…

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados  

martes, 4 de enero de 2011

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 10 - fragmento



Capítulo 10 (fragmento)


Aunque destestaba viajar en avión y eso había sido culpa de Mario Bruno, pensaba, esta vez no había tenido más remedio que hacerlo. Mario Bruno le había transmitido su miedo, su ansiedad por estar a tantos metros de altura. El prefería el agua, la tierra ¿y yo? ¿hasta cuándo se iba a hacer eco de las preferencias de él? ¿hasta cuándo iba a acatar las preferencias de su compañero? Había preferido llamarlo así: compañero. Ni marido, ni novio, ni amante. Compañero y punto. Porque eso había sido después de todo, porque eso sería cualquier hombre para ella: un compañero. Ahora se había ido, no soportaba más la violencia ni los arranques de odio de su compañero. No soportaba más nada, se dijo. Se había ido y excepto Ludwig, ese curioso detective disfrazado de guía de turismo, nadie lo sabría. Nadie sabría el destino al que iba a arribar dentro de muy pocos minutos. La mujer del asiento de al lado tiene un libro en las manos. Parece una novela. Y la autora es mujer, se fijó. Una novela romántica, decía en la tapa. Y eso la enfureció: pero esta mujer no sabe que está leyendo cualquier cosa, caramelos, chocolates, ¡mi Dios! Pidió permiso para salir de ahí hacia el pasillo. Un pasillo angosto donde las azafatas iban y venían con un carrito de metal bastante pesado, parecía. Abrió la puerta del baño y entró. El espejo devolvía la imagen de una mujer demacrada, pálida. Tendría que pintarse los labios. El pantalón le ajustaba. Casi no se lo podía cerrar. Apenas podía maniobrar entre la cartera colgada del hombro, los anteojos, el lápiz labial y el movimiento del avión. Quería refrescarse, se lavó apenas la cara con un chorrito de agua. Estaba tan pálida, tan espectral como desde hacía meses, cuando le empezó a rondar la idea de abandonar a Mario Bruno e irse de ahí para siempre…¿Y después de todo, quién tenía que saber su destino? ¿Acaso no se había arreglado prácticamente sola toda su vida? ¿Acaso no había tenido nunca nadie a quien confesarle sus sentimientos cuando se sentía herida, sola, abandonada? ¿Qué temía ahora? El avión empezó a moverse, a inclinarse tal vez demasiado… pensaba Cintia. Cintia, pensaba, me hubiera llamado Marta, María, Marcela, cualquier nombre pero no Cintia. Cintia sonaba a bebé, a niña, a mujer joven. Y ella ya estaba cansada de ese papel. Quería ser una mujer a secas, sin diminutivos, sin adjetivos. Una mujer…

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 26 de diciembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 10 - fragmento



Capítulo 10 - (fragmento)                
 “ …  También se escuchaba la voz de Cintia, balbuceaba unas palabras casi inaudibles.
                           Cintia  había quedado huérfana a los quince años y Mario Bruno, un hombre de negocios que manejaba grandes cantidades de dinero y se había convertido en productor  de espectáculos, había hecho o tratado de hacer una estrella de su protegida. La había convertido en actriz y así había evitado que deambulara de agente en agente teatral y de productor en productor para conseguir trabajo. Ya se sabía cómo era ese mundo de las modelos, del cine y del teatro. Cintia no era tan bonita como Marilyn Monroe pero en su mirada estaba también el desamparo que Marilyn había sufrido por su orfandad, mirada que Arthur Miller, muchas veces, según sus confesiones, no había podido soportar.
                          Mario Bruno le había brindado su protección y ahora, borracho, le gritaba. Al menos, lo hacía para recordarle todo lo que le había brindado. Ella era demasiado joven para él. La cara de Cintia tenía facciones lindas y bien delineadas, pestañas oscuras y mirándola bien su cara parecía dibujada por algún pintor japonés.

                         - ¿Qué hacías antes de conocerme? ¿Qué hacías? - decía la voz de Mario Bruno otra vez.
                         Ludwig se acercó aún más a la puerta. Evidentemente Cintia se había quedado callada. El espectáculo unipersonal de Cintia había sido un éxito ese verano y ese éxito se lo debía tal vez a su protector y ahora él se lo estaba haciendo sentir. Con cada palabra que Mario Bruno le gritaba, Cintia seguramente sentía que él se estaba cobrando su deuda.  ¿Así no ocurría con todo?, pensaba Ludwig. No tenía la respuesta, sabía que algunas deudas son impagables. ¿Cómo escaparía de ahí?¿Cómo escaparía de esa relación que se había tornado tan cruel? Tenía planes en mente, tácticas, estrategias.
                         Los gritos seguían. El detective pensó entonces en por qué


extrañas circunstancias de la vida había que sobrellevar el desamor en lugar

del amor. No sabía si Mario Bruno y Cintia se habían casado. 


La desintegración del matrimonio moderno era el tema de decenas de novelas y

de películas que ni siquiera recordaba ahora. Pero también había parejas que

no estaban casadas y actuaban como si lo estuvieran. Después de haberse

casado y divorciado, Ludwig veía las cosas de otra manera…”.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

jueves, 25 de noviembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Montevideo* - (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá

Montevideo (fragmento)

“…El de ellos había sido un amor lento, finalmente lento, pensaba. La vio ahí con la cabeza apoyada contra el cristal. Un amor lento, desesperado y en fuga, lento  como las cosas que tardan en morirse o en desaparecer. Seguramente la vieja tarotista sabía del amor porque lo había enviado ahí como si supiera lo que iba a ocurrir.
El pelo, como siempre, lacio y oscuro, apenas pasaba los hombros. Ella tenía un libro sobre la mesa, había tomado un café, y ahora escribía. El atardecer caía lánguido como una gasa. Era un atardecer de Montevideo viejo, antes de que las luces se enciendan y la ciudad tenga vida en los bares, en las librerías, en la calle.


       Me mira y no sé qué mira. Tal vez las cosas se van agrupando por afinidad, se reúnen y no se sabe por qué azar se han conjurado. Si fuéramos personajes, me gustaría saber quién nos escribe, quién nos sueña. Si fuéramos personajes de alguien le diría que nos agregue un poco de humor, eso que les falta a los caldos, a las gallinas y a las orquestas sinfónicas, según decía André Breton. Breton, decía también que la debilidad del humor eran los crepúsculos siempre que parezcan un huevo al plato. Cuando aprendí a manejar me advertían de no salir a la ruta durante el crepúsculo. Humor, rebelión superior del espíritu.

        Tal vez no sea ella, pensaba. Tal vez sea otra, es parecida. La noche se extiende al fondo  como un manto oscuro, con luces de hielo. La idea de pilotear el avión se la dio Renzo Olivera. Pero ¿podía esperar hasta  hablar con ella?..."

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

*Montevideo es un capítulo de la novela policial "Extraños en la noche de Iemanjá"


       

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 7 (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá – Capítulo 7 (fragmento)

“…¿Por qué no Bijou y Willy? Seguramente Bijou gozaba de libertades que otras mujeres no tenían. Ella manejaba su auto, tenía dinero y además todavía era una mujer joven. Pero cualquiera que hablara con Bijou se daría cuenta que la vida la había dejado desde hacía tiempo como una marea baja, abandonándola en la playa. El mar se había retirado y en la arena estaba Bijou junto al grotesco muestrario de los retazos de cosas que dejaba. Ludwig escuchó el grito de los pelícanos, aturdían. Ludwig veía a Bijou y a la adivina mirar las cartas, concentradas. Pensaba en que él también podría hacerse tirar las cartas y que por fin podría ver su vida como en un film donde los vencedores recogieran imágenes de la victoria y del campo de batalla. No había sido necesario un director de escena, el montaje, la elección de los actores, todo había sido hecho en su vida. Salió como salió, se dijo.¿Qué importancia tenía ahora? Mientras durara la investigación del caso Willy Agastizábal, el escenario del campo de batalla no era más tétrico que el de un viejo estudio de Hollywood, construido en cartón y madera. Tomar una decisión de vida. La frase lo había dejado paralizado cuando la escuchó por primera vez. La habia pronunciado su ex-mujer, pero esa era otra historia. La vida se había partido en dos y él había tenido coraje para sublevarse y seguir. ..

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 12 de noviembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - Capítulo 6 (fragmento)



Novela policial 
Extraños en la noche de Iemanjá
Capítulo 6 
(fragmento)

…¿Por qué las personas mienten tanto? pensaba. Para vivir en sociedad es necesario saber mentir. Y él quería descubrir la verdad, por lo menos de la muerte de Willy Agastizábal. Entonces él no entraba en la trama de la mentira, no quería caer en su red ¿o tal vez sí? Algo detuvo sus pensamientos, sintió un terrible dolor en un pie y gritó,  la expresión de mansedumbre y éxtasis que tenía hasta hacía momentos había desaparecido y el pie le sangraba. Recién cuando vio la sangre en la arena se dio cuenta del terrible dolor causado por un cangrejo que le apresaba con sus pinzas los dedos del pie derecho. Ludwig  tenía los pies sobre la espuma de la orilla, sobre el encaje que se deshacía hasta convertirse en espuma. No había visto la resaca de ramas y vidrios rotos que cubría la arena mojada. Ludwig tironeó del cangrejo. Era rosado y lo arrojó al agua. Después se frotó los dedos con agua de mar.
                              El detective se preguntaba si el destino del cangrejo sería el vientre de algún pez o de algún hombre o, como los pulpos crecería en las grietas de las rocas a salvo. Sólo que seguramente, una vez que estuviera en el vientre de algún pez o de algún hombre no sería vomitado como Jonás por el vientre del pez, como dice la Biblia. Sino que sería triturado y digerido.

                                Detuvo la mirada en un charco que hasta hacía unos momentos no estaba ni tampoco estaría después. En el charco brillaban las escamas de un pez plateado retorciendo la cola. Lo observaba cómo se movía. Parecía un cometa. Después vino una ola y lo cubrió  y el charco y el pez desaparecieron de su vista. Cuando la ola se replegó hacia el mar, Ludwig vio el hueco sin nada y luego se apartó de la orilla. Su mente se apartó también de ese lugar de tan espléndida belleza. Sabía que también ese momento pasaría, sin duda ya había pasado, sin duda volvería a haber momentos parecidos otra vez, pero nunca iguales. Mónica hubiera hablado de Heráclito.  Se quedó así durante algunos segundos. Y casi enseguida escuchó el lejano canto de los nativos: "O mae, mae mae....".
                             A lo lejos, algunas lanchas se balanceaban sobre las olas como pájaros…”.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 
                             

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 12







Diego Velázquez era un pintor de moda en Buenos Aires, había adquirido cierta notoriedad en algunas galerías de New York se había vuelto famoso en pocos años. Sus pinturas se vendían a precios increíblemente altos. Pero a los treinta años no sabía si seguir pintando o dedicar todo su tiempo  a invertir el dinero ganado en distintas actividades. Durante toda su vida no tendría ninguna necesidad de trabajar ni hacer nada más si invertía bien la plata. ¿Adónde habían ido a parar sus ideales? Su arte se deshacía como los sueños cuando llega el día y la luz entra por la ventana para avisar que la noche pasó, lo que  hemos visto no ha sido más que un sueño o una pesadilla. Había cambiado los sueños por dinero y eso puede ser mortífero para un artista. ¿Dónde estaban Van Gogh, Cezanne, Gauguin? Ellos habían sido llamados y estaban entre los pocos elegidos, ¿y él?
                                    Diego parecía convencido de cada una de las palabras que decía, como si las hubiera rumiado en su mente. Ludwig pensó en cuál sería la manera más indicada de introducirse en la conversación y dijo:
                                    - Perdón que me entrometa pero ¿usted está esperando una señal?
                                    - Sí, dijo el hombre.
                                    - ¿A qué se refiere?
                                    - Señor Ludwig, explicó Lila, todos los seres humanos tenemos algo de niños y nuestro pensamiento de vez en cuando se vuelve mágico. Sobre todo cuando tenemos miedo o nos sentimos inseguros o no sabemos lo que queremos.
                                     Ludwig  miró  a Lila y a Diego y tomó un trago de caipirinha
                                     - Qué interesante, esta noche, antes de venir aquí, estuve pensando en lo mismo.
                                     El detective buscaba una señal, cualquier cosa que le indicara cómo seguir la investigación de Willy Agastizábal.
                                     - ¿Usted también busca otro medio para expresarse? - preguntó  Diego.
                                     - Sí, desde hace tiempo lo estoy buscando - contestó. El que esté aquí, en esta fiesta esta noche no es más que obra del azar, pensaba. Pero no sabía si ese azar lo conduciría a algún resultado. La mirada de Ludwig se detuvo en el monito que inquieto se había trepado a una lámpara.
                                      Lila, concentrada en la conversación, no había advertido las piruetas del mono que ahora se balanceaba. En la mesa se podían ver algunas de las comidas y la torta de cumpleaños que Albertina y Rosa Té habían preparado para su madre.  Había alfajores, trozos de pollo, carne al horno cortada en finos pedazos, canapés, y algunos bocaditos salados. También habían preparado un ananá como centro de mesa y pinchados al ananá había pedazos de queso y cerezas. Pero en lo que más habían trabajado tanto Rosa Té como Albertina era en el pastel de cumpleaños. El pastel era de biscochuelo y chocolate, no le habían puesto crema para que no se derritiera. Las dos hijas de Leonor se habían convencido a sí mismas que lo mejor era poner el número sesenta en letras de azúcar, para convencer al amante de su madre de la verdadera fecha de cumpleaños. Más que una torta de cumpleaños parecía una torta de bodas, porque Albertina había tenido la ocurrencia de ponerle cintas y dijes en cada una de ellas.. Así le darían la sorpresa a su madre, convenciéndola de que todavía era posible una boda más. 
                                   Lila mantenía la mirada fija en su acompañante, parecía atrapar cada una de las palabras que él pronunciaba. El monito se había quitado la ropa y ésta había caído en algún rincón.  Ludwig se preguntó por qué motivo Lila había elegido un mono como mascota en lugar de un perro. Pero tal vez no había sido una elección, tal vez alguien se lo había regalado y no había podido rechazarlo.
                                     En una de las esquinas del living, la mano derecha abierta de Leonor se sometía a la atenta mirada de Mirinha.
                                     - Dos matrimonios - dijo Mirinha mirando las líneas de la mano de Leonor quien había abierto los ojos tan redondos ahora como las rodajas del abacaxi que adornaban las jarras del jugo.
                                     - Sí, es cierto, me casé dos veces y también enviudé dos veces- dijo Leonor y se quedó pensativa.
                                     - Alguien viene por un camino largo - dijo Mirinha
                                     - ¿Quién? - preguntó Leonor.
                                     - No se ponga ansiosa- contestó Mirinha. 
                                      Seguramente Leonor se preguntaba de quién estaría hablando Mirinha, quién era la persona que llegaría a ella nuevamente ¿había que pensar en el amante o sería, quizá alguien nuevo en su vida? . Mirinha miró a Ludwig quien en ese momento estaba mirando a las dos mujeres. Rosa Té había salido de la casa y descalza se había encaminado hacia el mar. El detective vio a Rosa Té por la ventana, pisando la arena fría y la noche iluminada por esos numerosos ojos brillantes  suspendidos en el fondo oscuro y salió de la casa.
                                      Ludwig llegó hasta donde estaba la psicoanalista, quien había sumergido los pies en el agua y ahora se mojaba la cabeza con agua de mar. El detective preguntó:
                                      -¿Por qué salió de la fiesta?
                                      
                                      - Es el aparato psíquico, hay cosas que usted no puede entender, señor Ludwig.
                                      - ¿Qué cosas?
-         Esta fiesta …

                                       - Si usted no tenía ganas de hacerlo, ¿por qué lo hizo entonces?
                                       La psicoanalista pensó durante algunos momentos. Ahora no era el momento de darse un baño de descarga, el más puro y completo baño de Iemanjá en el mar, el cual debe ser tomado con recogimiento, decencia, respeto y seguridad absoluta de lo que se está haciendo, ya que las aguas del mar son sagradas.
Para eso debía haber llevado pétalos de rosas blancas, pétalos de claveles blancos, lavanda, pétalos de jazmín, flores de naranjo, lirios, angélicas, Palma de San José - blanca -, Guiné - flor blanca -, hortensias blancas, romero de campo, menta, camalote, albahaca y mangerona. Este baño no podía cocinarse. Había que tomarlo como si se preparara un amací y preferentemente había que tomarlo un sábado o un domingo.
                                      
                                          Rosa Té dijo: 
                                        - A lo mejor tenía ganas cuando organicé la fiesta pero ahora hay que esperar que termine. Me resulta insoportable la espera.
                                        Ahora los dos caminaban por la playa alejándose de la casa. La noche tenía una luna redonda y blanca y a lo lejos se veían algunas personas reunidas en la playa junto a una fogata.
                                        Entonces Ludwig dijo:
                                         - Yo también hago cosas que quiero hacer, después me doy cuenta de que no quería hacerlas.
                                         - Son los conflictos con el superyo - dijo Rosa Té. ¿Conoce usted a su superyo?- preguntó. El pelo mojado con agua de mar chorreaba el vestido blanco de la psicoanalista y su expresión se había reanimado al salir del agua.
                                          - No tengo idea - contestó el detective y agregó: - Debe ser alguien sumamente jodido para que le haga hacer a uno cosas que no tiene ganas de hacer.
                                           - Lo psicoanalizaría, tendría que pagarme por el trabajo - dijo ella con voz alegre. Era una de las pocas veces en que Ludwig le oía un tono de voz distinto a Rosa Té.
                                           - Por ahora no puedo gastar en algo así - contestó Ludwig. Pensaba cómo salir elegantemente de esa conversación.
                                           La psicoanalista no contestó.
                                            La arena estaba fría y mojada, la luz de la puerta de la casa de Rosa Té iluminaba las letras púrpura del cartel de bienvenida y se oía una melodía que llegaba hasta la playa. Tal vez el alcohol circulando por las venas de los invitados había logrado una alegría efímera que se diluiría en cualquier momento. Además de la melodía, mientras se acercaban, se podían escuchar las risas y el parloteo y el entrechocar de los vasos, y algunos vidrios que se estrellaban en el piso. La luz cálida e intensa iluminaba las caras rojizas de los invitados.
                                            Cuando volvieron a la casa, Ludwig pudo ver al hombre joven que acompañaba a Leonor en la posada Los Hipocampos. El hombre se llamaba Carlos y era más bien callado. Ludwig lo recordaba agitando los brazos como un pájaro en la playa y se preguntó cuándo emprendería el vuelo.
En ese momento, el hombre conversaba con Albertina y Leonor. Albertina, la hermana de Rosa Té hablaba y reía, ahora parecía despreocupada. Con un encendedor dorado en una mano, Albertina se disponía a encender ahora  la gran vela blanca incrustada junto al número 60 en la  torta de cumpleaños.
                                            El amante de Leonor, Carlos, se veía tan fresco como la espuma del mar que hacía unos minutos había pisado Ludwig. Mientras Albertina daba vueltas a la mesa con el encendedor en la mano, porque la vela se prendía y se apagaba y no lograba que se quedara encendida, Seguramente esto era lo que provocaba esa alegría en la hija de Leonor.
                                          Lila intentaba arrancarlo de la lámpara pero el animal se aferraba con la cola al picaporte de la puerta. El monito quería ser el centro de la fiesta y había desplazado a Leonor de ese lugar. Después, cuando la cola prensil soltó el picaporte, el mono se subió a la mesa y de un manotazo quitó el número 60 de azúcar blanco y se lo comió. Lo había hecho en forma ordenada, como si supiera contar. Primero masticó el seis, cuando terminó, se limpió con una de las manos el azúcar de los labios y de un solo bocado se tragó el cero. Algunas lágrimas asomaron entonces en los ojos de Rosa Té.
                                        - Se arruinó, la fiesta de mamá se arruinó - gritaba la psicoanalista.
                                        - Fuera de aquí - ordenó y tomando al monito como a un trapo se lo entregó a Lila. El monito chilló y Lila se fue con el mono y su acompañante hacia la playa.
                                         Mientras, Albertina, intentaba salvar la fiesta del naufragio en que se había convertido y había empezado a servir champagne.
                                         - Es una tradición familiar, casarse varias veces ya es  costumbre en esta familia - aseguraba Albertina y para reafirmar esto dijo:
                                         - Mamá y yo nos casamos dos veces cada una.
 

                                         Había llegado el momento de tirar de las cintas y para eso Albertina convocó a las invitadas a que tomaran cada una cinta y tiraran hacia afuera. Rosa Té contó hasta cinco y entonces Leonor, Albertina, Mirinha y dos invitadas más de las que Ludwig no sabía sus nombres tiraron de las cintitas. Pedazos de biscochuelo y chocolate salieron junto con los dijes y cada una de las mujeres ahí presentes se dedicó a limpiar la sorpresa que le había tocado en suerte.
                                          A Leonor le tocó un peine, a Mirinha un molinillo de café, a Rosa Té un pequeño revólver. A las otras dos mujeres, un trébol a cada una. El anillo había sido para Albertina. La hermana de Rosa Té se veía tan alegre como si la que cumpliera años fuese ella.
                                          Rosa Té fue hasta la cocina, ahí estaba Albertina buscando más botellas de champagne, tarareaba una canción y esto hizo encolerizar a Rosa Té quien dijo:
                                         
                                          - Mamá no se va a casar otra vez porque tiene ochenta años.
                                          El amante de Leonor abrió los ojos redondos como la luna de esa noche que se veía por la ventana. Leonor, sentada cerca de la mesa junto a Mirinha se había puesto pálida.
                                           Un viento fuerte había empezado a soplar y arrastraba arena y movía las ventanas y las puertas. -         ¡Envidia! ¡envidia! eso es lo que tenés  gritaba Albertina, porque mamá y yo ya nos casamos dos veces. Rosa Té empujó  a su hermana con el brazo y salió rápidamente de la cocina. Pero no llegó muy lejos.

                                          En ese momento, una jarra de clericó cayó al suelo y se apagó la luz de la casa. Ludwig quería encontrar la vela de la torta de cumpleaños para iluminar la casa y encendió un fósforo. A media luz pudo ver los ojos desorbitados de Leonor quien tenía una mueca en sus labios. Mirinha parecía absorta en el paisaje nocturno que se podía ver por la ventana. Ludwig pudo encender la vela a pesar del viento. Pero a la luz de la vela nada era igual al inicio de la fiesta. Rosa Té advirtió que su madre se había desmayado y Albertina fue hacia el baño en busca de las sales aromáticas.
                                           Después de pasar varias veces las sales por la nariz de Leonor y comprobar que tenía pulso, Albertina acompañó a su madre hasta la cama de Rosa Té. La psicoanalista se había sentado afuera, en la arena fría, jugando con el pequeño dije con forma de revólver que había obtenido al tirar de la cinta. Ludwig se despidió rápidamente y salió a caminar por la playa. Se dio cuenta de que estaba descalzo y que había estado así durante toda la fiesta.

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