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viernes, 15 de octubre de 2010

Lucía y la adivina - relato

La suma sacerdotisa - (Silke, Arcanos en seda)




Lucía y la adivina*

Acompaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.
En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien.
El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella.
La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas, con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.
Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más recónditos sueños.
Lucía, como siempre, está expectante por lo que le depara el porvenir, por saber si su marido la engañará, si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Teme que él la deje y ella se quede en la calle.
La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina es una eximia profesional, podría ser la secretaria de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto tan desaliñado. Se defiende hablando.
Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas, temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.
Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones mientras Lucía se retuerce en el asiento con sus miedos, sus ansiedades, su inseguridad.
La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso si no será como en algunos programas cómicos y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien que se entera primero de los secretos para después confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué no?
—¿Y vos, por qué venís? Se intriga la secretaria.
—Acompaño a mi amiga.
—Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas, abogadas, contadoras…
—¡Qué bien! —digo, y pienso, no alcanza con ser profesional, con haber estudiado para tener certezas, la magia también es posible. Pero no lo digo.
—¡Que pase el que sigue! —dice la voz de una mujer desde adentro de una habitación.
Ha llegado el turno de Lucía. Ahora tengo tiempo de escuchar con más atención las conversaciones. Han quedado cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación se anima con la secretaria.
—¿Y saben por qué vienen principalmente aquí? —dice la secretaria.
—No —digo.
—Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio. Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí para allá como paquetes. Y los problemas son porque no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas. Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!
Casi todas asentimos, es una lección de sentido común. La maestra ha dado la lección, ¿para qué consultar a la adivina? Mientras espero a que Lucía salga de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.

© Araceli Otamendi

 *Lucía y la adivina corresponde a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

jueves, 7 de octubre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá
Novela
(fragmento de un capítulo)

Ya en el hotel, veía la cara de un caballo contra el vidrio de la ventana. Tenía los dientes tan blancos como la ropa de las mujeres que limpiaban los bungalows. Me detuve a mirar a una de ellas. Parecía salida de una plantación de café del siglo diecinueve, en algún lugar sureño. Pero no, estábamos en el siglo veinte, casi a fines y la escena se me antojaba irreal. Encendí un cigarrillo en forma casi automática y pensé en una novela de Carlos Fuentes.
Casi enseguida, aparecieron dos mujeres más vestidas de blanco: turbantes blancos en la cabeza, vestidos de una blancura nívea, sus dientes también blancos. Los ojos oscuros miraban fijo, parecían mirar a la distancia y al mirarlos uno recorría un pasillo largo, extremadamente largo y oscuro, casi infinito, seguramente habitado por mujeres de todas las edades, de todas las condiciones sociales, mujeres de piel blanca y también de piel negra. Yo también había habitado algunos de esos pasillos, pensaba. Es más, tenían puerta ¿y eran varias? Cuando quería, podía abrir una de esas puertas y escapar de todo: del desamor, de la soledad, de la violencia, del desprecio. Todas las mujeres, pensaba, teníamos una o varias de esas puertas.
Porque no había peor servidumbre que la esperanza de ser feliz ¿la frase era de Pascal?
Frente a la habitación pasaba un río, un río de aguas azules y sereno, casi ordenado, que desembocaba en el mar. Pensaba si realmente Willy Agastizábal había estado ahí, en ese hotel. Solo o con alguien. Pensaba también si habría mirado el mismo paisaje que ahora yo miraba. Pensaba en el río, en Willy, en quién lo habría matado. Y también pensaba ¿y si hubiera sido Willy solo quien hubiera estado ahí. Era un buen escondite….

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 1 de octubre de 2010

Septiembre, un buen fin de semana*





Dos ojos brillan como escarabajos en la noche inusualmente cálida de Septiembre. Son oscuros, casi negros y alumbran una carita redonda y fresca, de la niña más chica. Tendrá alrededor de tres años y una expresión dulce y triste a la vez. El pelo es oscuro como los ojos. La otra niña, más grande, tiene el pelo lacio y rojizo, en sus ojos el brillo casi no existe y ocupa su lugar una opacidad gris, por momentos tiene una expresión de angustia. Las dos nenas juegan en un rincón del living, pisos de madera encerados, muebles Luis XVI, todo muy prolijito, todo muy ordenado.

Sentadas en posición de buda visten y desvisten a varios muñecos de plástico. No miran hacia la ventana ni ven el azul profundo del cielo, tal vez ni siquiera escuchan los molestísimos ruidos de los escapes de los autos que corren a toda velocidad por la Avenida Nueve de Julio. El aire, naturalmente viciado de la gran ciudad se ha tornado caliente y hay un aroma dulzón que a lo mejor proviene de los árboles florecidos. Ahora la campanilla del teléfono ha interrumpido el juego. Las niñas dejan lo que estaban haciendo y corren, se abalanzan sobre el aparato. ¡Es mamá! Gritan al unísono. Les gana de mano una muchacha joven, petisa, de cola grande y chata, con forma de pera. Mientras habla, los ojos redondos de la mujer se mueven inquietos, el rasgo más notorio de la cara de la niñera es una pelusa gris que cierra la forma del labio superior. Sí señora, Rosita habla. Bien ¿y usted?
—¿Hola Rosita? ¿Cómo estás? ¿Y las nenas? ¿Están todos bien?

Para entablar esta conversación la mujer ha cruzado el Río de la Plata. No está sola. La mujer parece preocupada, mientras el hombre joven que la acompaña mira el BMW estacionado en el parque. El aroma de los pinos llega a la habitación mezclado con el aire fresco del mar, un mar espumoso, rugiente, hacía llegar su canto. La mujer seguía hablando. Del otro lado, la voz de la niñera llegaba algo confusa. Cruzar el Río de la Plata no es un gran salto pero alivia la presión de los lazos familiares, tal vez diluye algo, cuando se cruza el río parecería que todo queda demasiado lejos. Las habitaciones del hotel están decoradas con gusto. Marcela y su amante ocupan un cuarto empapelado en tonos de azul y violeta. De espaldas Marcela tiene un aire juvenil, el pelo largo, es delgada. De frente, una fina red semejante a una tela de araña delata el roce de los cuarenta o más, tal vez menos, tal vez el efecto del sol. El hombre fuma ahora un cigarrillo. Es joven, alrededor de treinta años, el pelo muy corto. Tiene un aire a Antonio Banderas. Alternadamente mira a Marcela y al BMW estacionado en el parque. Ahora es el turno de Marcela que dice:
—Cuidálas, no las dejes solas para nada, cualquier cosa tenés anotado el número de mamá. Acordáte.
—Sí señora, las voy a cuidar —se escucha apenas la voz de Rosita.

Marcela tiene la voz ronca, a veces cuando se ríe ofrece una sonrisa parecida a la de un caballo. Está harta de inspeccionar negocios, empresas, de caminar todo el día por Buenos Aires e investigar si realmente esas empresas han pagado los impuestos. Desde que se separó del padre de las nenas no tiene otra vida más que ésa, le dice muchas veces a la madre. También soy hija de padres separados, piensa, justificándose. Marcela está a punto de colgar el auricular cuando el hombre se lo quita de la mano y lo cuelga él.
En la cocina todo es muy blanco, el piso, las paredes, el techo. Los muñecos yacen en el suelo exhaustos de jugar. Los muñecos no tienen mamá, tampoco tienen papá. La mamá soy yo —dice la pelirroja—. La risa de las nenas fresca como una naranja recién cortada se interrumpe cuando suena la campanilla del teléfono.

—¿Está tu mamá? —dice una voz masculina
—Mi mamá no está, está de vacaciones, se fue a Punta del Este ¿y vos quién sos?
—¿Está Rosita?

—Sí, pero ¿y vos quién sos? Insiste la voz infantil.
—Un amigo, pasáme con Rosita.
El auricular queda suspendido, se hamaca, se desenrosca en un tirabuzón hasta que las manos regordetas de Rosita lo atrapan. Con el auricular apretado contra la oreja, la mujer se sienta en una silla, se distiende con las piernas abiertas mientras habla.
—Sí, estoy con las dos. Hasta el domingo, sí. Solas, sí. No hay problema.
Los cuatro ojos se fijan ahora en los labios de la mujer.
—No, no me dijo, no sé. Sí ... No, no sé, bueno....
La conversación sigue con monosílabos, entrecortada hasta que varios pedacitos de vidrio se esparcen en el piso. Las nenas se miran calladas.
—Tengo que cortar, chau.
—¿Quién era? —preguntan las dos
—Un amigo responde la muchacha mientras recoge los restos de una botella de coca cola.
—¿Qué amigo? Insiste la nena más chica.
—Toni, vos ya lo viste en la plaza.
—¿Ese era Toni? —pregunta la nena más chica con aire 

incrédulo.
—Sí ¿qué tiene?
—No me gusta, dice la pelirroja.
—Laváme los dientes —pide la nena más chica.
—¿Por qué no te gusta Toni?
—Es feo, no me gusta.
—¿A vos te gusta? —pregunta la pelirroja.
—Sí, a mi me gusta.
—Laváme los dientes —insiste la nena más chica.


—No es tu amigo, contesta la muchacha mirando a la pelirroja mientras se lame el dedo índice hasta que una gotita de sangre desaparece dentro de la boca. Me salió sangre ¿vieron? Dejemén tranquila y vayan a la cama. Vamos que las voy a acostar. Vamos a dormir y mañana jugamos otra vez.
—Qué me importa dice la pelirroja. Mamá no quiere que llame ningún hombre a casa.
—Está bien, dice Rosita. No tiene nada de malo. Por favor no le vayas a contar.


Las persianas están bajas, las ventanas abiertas. La luna redonda, enorme, se recorta amarilla en el azul profundo de la noche. Las dos nenas duermen abrazadas en la misma cama. Los muñecos están acostados junto a ellas mientras la luz pálida de un perrito de plástico ilumina los objetos del cuarto. Solamente se escucha el sonido apagado, metódico de una gota de agua. A veces ese sonido se combina con otros ruidos que de noche se tornan extraños. Son ruidos que intranquilizan. De vez en cuando los ojos de la pelirroja interceptan un círculo en el techo de la habitación y vuelven a cerrarse. El calor no le permite un sueño tranquilo. La respiración pausada de la nena pequeña calma los miedos de la pelirroja.

Ahora, el sonido de una llave girando en la puerta de calle interrumpe algo del silencio nocturno. Sostiene la llave una mano ruda, de dedos nudosos y piel brillante. Un cigarrillo muere aplastado por una zapatilla blanca, de suela de goma y de marca. Los pisos van pasando y la luz del tablero cambia de lugar hasta llegar al piso trece. El hombre se mete la mano en el bolsillo y cuenta algunas monedas. Segundos después introduce la mano dentro de la campera y toca el arma debajo del sobaco.
La luz del tablero indica el piso trece. La puerta apenas hace ruido cuando Rosita la abre. Apenas se besan, caminan rápidamente hasta el cuarto.
La pelirroja ha abierto apenas la puerta del dormitorio, apenas para ver a Rosita y al hombre entrando en la habitación. Ahora no sólo la gota de agua interrumpe el silencio nocturno, también hay ahora ruidos distintos, como los de una lucha cuerpo a cuerpo. La pelirroja está sentada en la cama. ¿Escuchás? le dice a la nena más chica. Afuera hay un fantasma. Tengo miedo, dice la otra nena. Mamá no está dice la pelirroja. ¿Y Rosita? ¿dónde está? Pregunta. Quiero que venga mamá, dice la nena.

Shhh, chista la pelirroja imitando el sonido de una lechuza. Calláte que hay un hombre, está con Rosita. Si me dijiste que había un fantasma. Lo dije para que te despertaras. Hay un hombre y está en la pieza con Rosita. Tengo miedo dice la nena más chica. ¿Y si nos mata? Esperá, esperá, dice la pelirroja. Si no se va enseguida, llamamos a la abuela. ¿Por qué no la llamamos ahora? dice la nena más chica. Está bien, vamos a llamarla.
Las dos nenas caminan descalzas, sigilosas hasta la cocina. Ahí está el teléfono. Mientras la pelirroja marca los números la nena más chica mira la puerta, cerrada sin llave. En la casa hay ahora un silencio absoluto. Solamente el ruido del motor de la heladera se escucha rítmico. La nena más chica se detiene a observar los imanes, son de formas variadas: frutillas, peras, heidi, snoopy, y hasta un ratón hecho de caracoles comprado en una playa del Uruguay. En la casa de la abuela el teléfono suena una y otra vez. Sonará varias veces más. La casa sigue en silencio, un silencio interrumpido apenas por el goteo de una canilla.

(c) Araceli Otamendi


* Septiembre, un buen fin de semana pertenece a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

viernes, 17 de septiembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)


También Ludwig pensaba en el odio, esa pasión triste según Spinoza, el odio que vive en distintas formas y generalmente no se deja aprisionar por las palabras, tiene claroscuros como las fotografías, flujos, movimientos, como ese barco donde navegaban. El odio, ese sentimiento que consigue a veces, hasta desear realmente la muerte de una persona. Pero esta última frase no la había dicho, se la había guardado. Esperaría, en cambio dijo:
                 - ¿Apareció alguna mujer?
                 - No sé - contestó Marta. - Pero hubo alguien
                 -¿En su vida?
                 - Tal vez - dijo ella, parecía arrepentida de haberlo dicho.
                 
                 El detective no pareció sorprenderse ante esta última frase. Seguramente esperaba algo así. Estaban en aguas peligrosas se dijo. Los dos se quedaron callados, para no mirarse a los ojos. Sus miradas fueron de objeto en objeto hasta que la mirada de los dos se posó en una gota que caía por la canilla. Enseguida se escuchó el ruido de una lata que caía por la escalera. La mirada del detective fue hasta el ojo de buey. Ludwig levantó la lata de cerveza vacía y él y Marta se incorporaron y fueron hasta la cubierta. Ahí vieron como Mario Bruno dormitaba al lado de Cintia. Los dos estaban sentados contra las sogas de la cubierta. Cintia se había cerrado ahora los botones de la camisa y miraba el mar. Ludwig se acercó a Cintia  con la lata vacía en la mano y dijo:

               - Se le cayó esto.
               Cintia miró al detective con un gesto de desprecio, tomó la lata de cerveza y la arrojó al mar. Fue entonces cuando Marta dijo:

                - Algo más para contaminar el agua.
                Ludwig quiso detener la pelea en que seguramente se enfrascarían las dos mujeres y dijo:

                  - La lata seguramente irá al fondo del mar y se convertirá en el nido de los huevos de algún pez.
                  Marta le dedicó una mirada de odio a Cintia y Ludwig pensó que a pesar de la incipiente tormenta que se desataría entre las dos mujeres se sentía alegre. Siempre le ocurría eso cuando una mujer le confesaba sus secretos. Se convertía en un mago poderoso que podía jugar en su mente con los secretos de otros. ¿Acaso los psicoanalistas, los médicos, los abogados, los sacerdotes no hacían lo mismo? ¿Hasta cuándo podían guardar un secreto? ¿Por qué él que era un detective de ínfima categoría no podía hacer lo mismo? Pero no podía seguir pensando, un grito de Cintia lo había interrumpido. La chica se había acercado a la barandilla de cubierta y se asomaba como si quisiera arrojarse al mar y señalaba algo en el agua.

 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

jueves, 29 de julio de 2010

jueves, 15 de julio de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 5 (fragmento)





En ese momento Leonor y Ludwig se sorprendieron y cada uno buscó  la misma expresión de sorpresa en los ojos del otro,  el agua había llegado hasta adentro del círculo de sombra que los protegía y Ludwig preguntó: 
                   - ¿Quiere que lleve la sombrilla más cerca de los médanos? 
                   La mujer asintió agradecida mientras el detective desenterraba el soporte metálico y plegaba la sombrilla. El albatros nadaba a unos cien metros de la playa y Ludwig decidió que era el momento de insistir con su preguntas. 
                    - ¿Hace mucho que está en esta playa, Leonor?
                    - ¿Cómo sabe mi nombre?
                     - Ya le dije que soy guía de turismo y conversando con los turistas se saben muchas cosas.
                     Leonor lo miraba con desconfianza y dijo: 
                    - Paso todo el verano aquí
                    - Entonces debe conocer a muchas personas que veranean en este lugar - contestó el detective.
                    - No muchas señor Ludwig, pero usted a mí no me engaña.  Usted es policía. Yo ya soy vieja y le digo en la cara lo que pienso.
                     - Cálmese, Leonor, cálmese. Sólo quiero saber algo.
                     - Está bien - dijo Leonor mientras los dos caminaban hacia los médanos. El sol hacía arder la piel y la arena caliente quemaba las plantas de los pies. Ludwig volvió a enterrar el soporte metálico en la arena y desplegó la sombrilla. Los dos se sentaron. 
                       - Señor Ludwig le voy a decir una sola cosa: si alguien quiere saber algo de este lugar tiene que ir a ver a Mirinha, la tarotista y vidente, Esquina del viento y calle dos.
                        - Esquina del viento y calle dos - repitió Ludwig.
                        El círculo de sombra se había achicado y los dos, Ludwig y la mujer estaban protegidos por él. Un viento cálido soplaba con fuerza desde los médanos.
El detective no se preguntó  por qué Leonor conocía a Mirinha, si tal vez se habría hecho leer el futuro por esa mujer. Pero Leonor sí se lo preguntaba, porque había perdido la cuenta de las veces que indagó al futuro para saber cuánto tiempo le quedaba. Tenía una extraña sonrisa triste cuando pensaba esto y ahora, bajo la sombrilla continuaba arrojando los buzios al aire. Ludwig la miraba.  
                           - "Todo el mundo y todas las cosas son parte de la vida, pero, cuando se han sumado todos, todavía falta no sé qué para que sea vida" - dijo Leonor
                          
                            - Hemingway - dijo Ludwig 
                            - Frío, señor Ludwig, frío - contestó Leonor y después dijo: "No es gris el mundo, sino falto de lascivia, el ligero sueño de bambú de la inocencia suave como la superficie de una cuchara"
                            - Capote - insistió Ludwig 
                            Leonor soltó una carcajada y Ludwig la miró. ¿De qué diablos hablaba esta mujer? ¿de qué hablarían con el amante? Eso se lo preguntaba casi siempre cuando veía una pareja. Porque él casi nunca sabía de qué hablar con una mujer, especialmente cuando estaba casado. El alegre gusano de la juventud ya no lo carcomía. Se sentía joven pero no tanto como para hacer algunas locuras.  Aunque muchas veces las hacía.  
                         Ludwig  agradeció el dato a Leonor  y se alejó  caminando por la playa. Caminaba por el borde de la arena mojada pisando las puntillas blancas de espuma. El mar era verde unido a un cielo azul intenso donde el sol, en lo más alto parecía penetrar en las cabezas llenándolo todo de luz a tal punto que parecía enceguecer. Cerca del horizonte se veía una franja azul más oscura que el azul cobalto del cielo. Visto desde arriba el paisaje podría parecerse a un cuadro de David Hockney con sus planos de colores intensos reclamando cada uno su propio espacio.  
                    
                            - Vaya a ver a Mirinha, la vidente. Ella sabe todo lo que ocurre en este lugar - volvió a decir Leonor. Ludwig se despidió entonces de la mujer, tomó el bollo del pantalón, la camisa y los zapatos y se fue caminando por el borde de la arena pisando las puntillas blancas de espuma. Ludwig aún no se había puesto los zapatos y la arena ardía. Se sentía en armonía consigo mismo, sentía el orden vivo de la continuidad de la existencia. Creía no recordar un estado así. Ahora la mirada de Ludwig se posó en un pájaro recostado en la arena mojada. Parecía una gaviota. El detective se agachó y lo tomó en sus manos. Lo sostuvo durante unos minutos. Sentía las plumas frías y el corazón del animal palpitando. El pájaro empezó a moverse en las manos del detective. Movía las alas y Ludwig iba a soltarlo pero antes formuló en silencio tres deseos.  


(c) Araceli Otamendi- Todos los derechos reservados

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 6 (fragmento)

                             


El primero de los deseos de Ludwig fue que se cumpliera uno de sus sueños recurrentes: una mujer le entregaba un papel con símbolos que él no podía descifrar. Tal vez fuera un mensaje. En todo caso era imposible descifrarlo sin ayuda. Al final del sueño alguien le descubría el significado. El segundo deseo era terminar de una vez y para siempre la investigación del caso de Willy Agastizábal. El tercero era ver a Mónica, su ex- mujer cuanto antes y hablar con ella. Y mientras sentía  las plumas cálidas del pájaro  entre sus manos cerró los ojos y pensó en los tres deseos varias veces. Después, el detective abrió sus manos y dejó volar al pájaro quien se alejó hacia el mar. Se había llevado en su vuelo sus deseos más secretos, esos que no deben contarse a nadie.
                            Ludwig sintió que la arena caliente le quemaba los pies y se puso los zapatos. Ahora, caminando por la playa escuchaba el murmullo del viento y le parecía que le susurraba palabras en los oídos. ¿Qué clase de palabras podría murmurarle el viento al oído? ¿No eran acaso más que voces llegadas de lejos, tal vez con respuestas? ¿Qué estaba haciendo en esa playa? ¿A quién le importaba el asesinato, si es que lo era, del hombre ahogado? Nadie sabía nada, nadie lo había visto y si lo sabían o lo habían visto lo ocultaban. ¿Y si no hubiera sido un asesinato sino un suicidio?
                           
 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 4 de julio de 2010

La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas



La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas

El estado de gravidez o la panza, como se prefiera, es avanzado. Falta poco para el nacimiento, es una extraña sensación de que voy a reventar, mi panza explotará y quedaré vacía aunque tendré como compensación en mis manos un niño o una niña  ¿Cómo será?
A duras penas puedo salir a la calle y detener un taxi. Antes, una mujer no ha dejado de tocar el timbre, de llamarme por teléfono, de encararme en la calle … pero ¿quién es? Me he escapado de ella y aquí estoy camino a la clínica. Siento las patadas muy adentro, las contracciones, son cada vez más fuertes, me duele la espalda y no sé si voy a llegar a tiempo. No se preocupe, no me mire así, no lo voy a tener aquí adentro, no le voy a ensuciar el tapizado de su auto pero apúrese…

Las contracciones son muy fuertes, doctor. Va a nacer enseguida, dice. La veo, la he visto a través de la piel, digo. La piel de mi panza es transparente como un papel de celofán. La he visto y ya sé como es, aunque usted todavía no la vea, doctor. Es preciosa, es como una muñeca. ¡Fantasías! La imaginación vuela. ¿Por qué tengo que explicarle a usted cómo la he visto? La cabecita es redonda y el cuerpo se parece a un muñeco, lleno de curvas. ¿Y tiene manos? ¿y tiene pies? Es preciosa le digo, porque la he visto, ella es rosada, redonda, bellísima.  Las contracciones son cada vez más seguidas y va naciendo, doctor, no la deje caer, ya sale, ya sale… ya salió.

¡Es una muñeca! Sí, es una muñeca. He parido una muñeca de cristal. Redonda, chiquita, preciosa, la cabeza es como  una naranja, transparente. Mueve los ojos, ¿los mueve? Pero señor ¿de qué se asombra? Si es una muñeca de cristal, nada más. Mírele las manos, ah, pero…una de las manos ¿qué ha pasado? Es que se ha roto, se ha roto la pequeña mano. El doctor tiene la solución: la pegaremos con un pegamento especial y todo se va a solucionar, todo.
¿Se solucionará? Todo se va a solucionar …

El pegado de la mano al bracito se realiza sin mayores dificultades. Todo es cuestión de esperar. No me parece raro haber parido una muñeca de cristal, tan redonda y bella. Es transparente y hasta podría estar en una vitrina, pero no la pondría ahí, se moriría, necesita respirar, está viva. Hay que darle de comer y enseguida empieza a mamar y luego llora, grita, y otras cosas más. ¡Hermosa muñequita mía! Te miro embelesada, soy tu mamá. Mirémonos al espejo. ¡Qué belleza, hermosita! ¡qué belleza! Nunca había soñado con una muñeca así y ahora la tengo, hermosita, linda, muñequita de mamá. ¿qué te pasa?
Me siento extraña. He parido una muñeca de cristal que come, duerme, se ensucia, llora, grita. ¡Ay, cómo duele! Y ¡qué vacía estoy ahora sin la muñeca en mi panza!

Pero tengo la compensación en mis manos, en mis brazos, es esta muñeca de cristal que dormida se parece a una muñeca que tuve alguna vez, cuando era niña y me gustaba jugar a las muñecas. ¿Te hacía dormir, te acordás? Dormías junto a mi, al lado de mi panza, tapada con las sábanas. Juntas dormíamos las dos. Te apretaba fuerte cuando los maullidos sonaban durante la noche en el techo. Aquella noche, antes de la mudanza,  cuando todos los objetos estaban contenidos en cajas, cómo maullaban, Dios mío, cómo maullaban, parecían bestias salvajes corriendo de un lado al otro de la casa. Tenía miedo, la oscuridad, sombras en el jardín y los maullidos entonces te tomé muy fuerte para que me acompañaras hasta que amaneciera y los gritos de los gatos se callaran definitivamente.

Pero después me hice grande y te olvidé, te quedaste sentada en la cama o en alguna silla, después de la mudanza perdiste tu significado y no sé qué lugar ocupaste, pero ya no era el mismo de antes.
Y ahora, no sé si es el recuerdo o la niña que ha empezado a llorar otra vez lo que me impulsa a buscar ese juguete viejo y comparar su imagen con la que tengo guardada en la memoria.
He tenido una muñeca de cristal, la he parido en mi imaginación y en mi sueño se devela como una niña de carne y hueso. Y en mi realidad se devela como una muñeca de cristal, como un sueño. Extraño sueño éste, como extraña e impredecible es también la realidad.


© Araceli Otamendi
Julio de 2010

imagen: Mimmo Paladino
Senza titolo, 1998
óleo sobre tela
cm 132 x 94
Colección Caleffi 
(de la muestra La Transvanguardia italiana en la Fundación Proa)

lunes, 10 de mayo de 2010

Cuento: Vuelta a la casa tomada




Vuelta a la Casa Tomada  - Araceli Otamendi



El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es  una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

-          Orfeo – le digo
-          ¿Qué? Contesta
-          Quiero ver tu cara sin la máscara.
-          Eso no es posible – contesta
-          ¿Por qué?
-          Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
-          ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
-          Hay que seguir el juego…
-          Hoy se termina.
-          ¿Qué cosa?
-          El Carnaval, se termina…
-          El Carnaval sí, pero la vida no.
-          Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
-          Como la vida ¿no?
-          Casi
-          ¿Querés volver a casa tomada?
-          Es sólo una casa
-          Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

© Araceli Otamendi – Julio de 2008

imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).