Estimadas amigas y amigos:
el cuento de mi autoría "A ella le encanta que traiga amigos a casa" ha sido publicado en la revista Aurora Boreal, que se edita en Dinamarca:
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1087:a-ella-le-encanta-que-traiga-amigos-a-casa&catid=81:puro-cuento&Itemid=198
Fue publicado por primera vez en la revista Observaciones filosóficas (Chile):
http://www.observacionesfilosoficas.net/amistades.htm
y en la revista Literatura del mañana (Barcelona):
http://literaturadart.blogspot.com/2010/01/ella-le-encanta-que-traiga-amigos-casa.html
BLOG DE LA REVISTA DIGITAL DE CULTURA ARCHIVOS DEL SUR DESDE BUENOS AIRES - ARGENTINA- AÑO 19- EDICIÓN 229 junio de 2020 REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL Nro. Nro.55060538-REVISTA ARCHIVOS DEL SUR LA REVISTA ARCHIVOS DEL SUR ES PROPIEDAD DE ARACELI ISABEL OTAMENDI -DIRECTORA- EDITORA: ARACELI ISABEL OTAMENDI-
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de escritoras argentinas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de escritoras argentinas. Mostrar todas las entradas
miércoles, 28 de diciembre de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
Manchas*
| Fernando Diniz - Panel Caos Mandala (detalle) |
En el color negro del mármol se dibuja una carita blanca. Es la cara de un adolescente, despeinado. Indago como en un roscharch qué imagen la ocupa. ¿Es James Dean, el rebelde del cine americano? Hoy no estoy de humor para el cine de Hollywood. Me basta con leer los diarios para imaginar cosas. O mejor, para no imaginar nada, sólo leer y pensar. A veces quisiera escapar a una isla desierta, pienso. Sin embargo leí hace poco que un volcán en Filipinas en los años noventa sin hacer erupción durante seiscientos años, un día gritó con furia, escupió el fuego de abajo de la tierra y una tormenta de ceniza y de gas sulfuroso barrió con la población en un radio de catorce kilómetros. Se necesitaron seis siglos para que esa tierra gritara con furia. No sé nada de la gente que ahí habitaba. No sé nada de los sueños de esas personas que seguramente soñaban y mucho. Trato de imaginarme las caras el día anterior al horror, antes de saber que la tierra se estaba revolviendo en sus entrañas para gritar después con rabia y brutalidad. Seguramente muchos de esos habitantes tenían sueños plácidos. Otros bucearían en el mar transparente, entre corales y ostras con perlas. Muchas mujeres habrán criado hijos, les habrán dado leche y calor. Muchos hombres habrán amado, habrán pescado para alimentarse y alimentar. Nada sabemos de esa gente ni de sus sueños. Imagino a uno solo de esos habitantes de la isla de la fotografía, cubierta de ceniza y de gas sulfuroso. Era un adolescente de pelo oscuro, como todo adolescente cuestionaba el mundo. Ese día, el anteúltimo de su vida y de toda la población, aunque no lo sabía, se largó en un pequeño barco hacia el mar. El agua era cristalina y azul como el cielo del mediodía. Algunos pájaros pasaban cerca buscando comida. Llevaba una red para largarla cuando estuviera cerca de un cardumen. Iba a pescar lo necesario para comer. Cuando el sol estuvo en el punto más alto se sumergió en el mar durante algunos minutos y buceó. Algunos peces pasaron cerca rozándole la piel. Volvió a la superficie y subió al barco. El adolescente había ido a la escuela durante muchos años, y había soñado sin embargo con volver a la vida primitiva. Y ahora durante las vacaciones lo estaba haciendo. Sabía que era la única manera de vivir ahí. Tenía hambre y arrojó la red. Al principio quedaron atrapados algunos peces. A lo lejos se veía algún barco. Generalmente los barcos que navegaban en esa parte del mar eran de turistas que se acercaban a la isla. Muchas veces el adolescente se preguntaba si sería capaz de salir de ese lugar y recorrer el mundo en un barco. Muchas veces se lo preguntó de noche, mientras miraba las estrellas a través de la ventana abierta. Muchas veces también quiso ver más allá de esas luces, las interrogó acerca de las formas que ellas no habían elegido para agruparse. Como tampoco ahora las olas del mar que lo salpicaban habían elegido la corriente que las atravesaba. Nadie tenía esas respuestas. El navegante cargó los peces todavía vivos y la red en la embarcación y navegó hasta la costa. A lo lejos se veían algunas nubes oscuras con formas de animales. Grandes lobos grisáceos arrastraban un trineo gigante y vacío. El navegante no supo interpretar ese signo. Jamás lo había visto en el cielo. Cuando esas nubes terminaron su espectáculo el adolescente se dirigió a su casa. El pueblo era casi una aldea de pescadores y ya era la tarde. Tenía la sal del mar pegada a la piel, se bañaría con agua dulce. Guardó los pescados en la heladera. Entró al baño y abrió la canilla. Mientras dejaba correr el agua vio en el piso de baldosa negra una mancha. Ahora sólo iba el trineo que antes había visto tirado por los lobos. Era un trineo blanco, gigantesco y vacío, el adolescente sintió un raro escozor en todo el cuerpo. La imagen del trineo era un signo de interrogación, como tantas otras cosas, pensó el adolescente bajo el agua de la ducha, un día antes de que el volcán entrara en erupción después de seiscientos años y una nube de gas sulfuroso y ceniza lo cubriera todo, arrasando con cualquier tipo de vida en un radio de catorce kilómetros.
( c) Araceli Otamendi – todos los derechos reservados
imagen:Fernando Diniz
Panel caos mandala
(detalle)
Etiquetas:
Araceli Otamendi,
cuentos de escritoras argentinas,
Manchas
domingo, 6 de febrero de 2011
El Día de San Valentín
Ocurrió en la víspera del Día de San Valentín, dicen que es el día de los enamorados. El 14 de febrero de un año de otra década. Esta es la historia de Ana. Corría la década liberal y Ana estaba casada y tenía tres hijos. Una hija y dos varones, el último de meses. Entonces Ana trabajaba y el marido de Ana, Roberto, también. Pero apenas nació el más chico de los tres hijos de Ana y Roberto, Roberto se quedó sin trabajo porque la empresa donde trabajaba decidió cerrar porque le parecía que la rentabilidad no era suficiente. Entonces Ana, además del trabajo que tenía, tuvo que buscar otros dos trabajos más para poder pagar las cuentas y subsistir, hasta que Roberto se ubicara nuevamente. De más está decir que Ana era una mujer laboriosa, inteligente y tenía muchas otras virtudes. Y además era buena madre. Pero Roberto se había deprimido porque la empresa donde él trabajaba había cerrado y le costaba asumir que no era fácil poder ubicarse nuevamente.
Y así era como Ana iba pasando los días entre un trabajo y otro, entre la crianza de los niños y la depresión de Roberto, entre vivir cada día con optimismo y confianza en que todo iba a cambiar.
Pero Ana se daba cuenta que a este paso, o se hacía más fuerte o toda su vida, incluida su familia, se desplomaba.
Entonces juntaba fuerzas desde la mañana, pensaba en su vida, en todo lo difícil que le había resultado todo, en que todo lo que había logrado en su vida le había costado mucho y resurgia como el Ave Fénix, de las cenizas. Y fue así como Ana, además del trabajo fijo que tenía en una revista, también daba clases particulares y había conseguido trabajar también en una revista para personas solas. Nunca lo había hecho, eso de tratar con personas solas o que se consideraban solas, pero la necesidad tenía cara de hereje y la habian contratado como redactora.
Y fue así, como un día, junto con la jefa de redacción conoció a un escritor, bastante viejo, que estaba solo y buscaba pareja. Y Ana se sorprendió, se lo dijo después a su jefa, de este proceder de las personas que estaban solas y buscaban pareja de esta manera, porque sus ocupaciones les llevaban todo el tiempo de su vida y no tenían tiempo de conocer gente.
Ana se reía porque ella, había nacido y se había criado en una provincia y en la provincia las personas tenían todo el tiempo del mundo para conocer a otras personas, hablar y el tiempo corría de otra manera. Y fue así que Ana conoció a este escritor bastante vivido, con mucha experiencia, que ya se había casado más de dos o tres veces y no quería estar solo y quería formar otra pareja. Y por eso se había contactado con la revista donde trabajaba Ana.
La jefa de Ana, que al parecer sabía tratar con las personas que estaban solas y no tenía muy buen concepto de ellas, le confesó a Ana que las “solas” y los “solos” estaban siempre enojados. Por eso mismo, porque estaban solos, decía. Y Ana se dio cuenta que ese era un mundo extraño para ella, porque nunca había pensado así, que estar sola o solo fuera una posibilidad y que no conocía nada de todas estas personas en esa situación. Y fue así que el escritor le dijo a la jefa de Ana que quería conocer a una mujer joven, muy joven, aunque él fuera demasiado viejo. Y Ana se sorprendió de las agallas del hombre. Que como quería seguir disfrutando de la vida, para no estar solo. Y ese mismo día Ana tomó la decisión, no volvería a trabajar en esa revista, porque no podía entender cómo las personas podían estar tan solas en su vida y cómo ese hombre, con todos los años que llevaba encima y todos los matrimonios que llevaba a cuestas quería nada más que una mujer muy joven. Y también pensaba en que no le interesaba conocer ese tipo de personas, ni enterarse de sus problemas, donde todo se medía por una edad, o una posición social, o por una conveniencia y todo eso le dio asco y por eso tomó la decisión de no volver más aunque necesitara el dinero que ganaba para pagar las cuentas.
Entonces Ana se despidió de su jefa, le dijo hasta mañana, y se tomó el ómnibus desde un barrio alejado hasta su casa.
Y era el Día de San Valentín y cuando llegó eran más de las once de la noche, su marido se había dormido mirando la televisión y los dos hijos mayores la esperaban con los cuadernos de la escuela para que los ayudara con las tareas, y el bebé también dormía, porque su marido ya lo había bañado y le había dado de comer.
Entonces, el hijo mayor de Ana le trajo una bandeja con la comida a Ana que para ese entonces había arrojado los zapatos por el aire y la hija de Ana le había llevado un vaso de gaseosa y los dos hijos esperaban que Ana terminara de comer y les ayudara con las tareas de la escuela. Y ese fue un Día de San Valentín, que según dicen, es el Día de los enamorados. Y Ana les ayudó con la tarea a sus hijos más grandes y después le dio de comer a su hijo más chico, le cambió los pañales y lo hizo dormir y se durmió sabiendo que al otro día le esperaba una vez más la lucha.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
martes, 25 de enero de 2011
El examen

tapa del Suplemento La Palabra
El examen*
La pollera corta, el pelo largo, había ingresado en la facultad a cursar una carrera árida, tremendamente árida y con mucho futuro. Su modelo era la protagonista de un relato fantástico, cosa que le permitía fantasear a lo largo y a lo ancho de su imaginación con todas las posibilidades.
Había pasado la última semana estudiando todos los días en la biblioteca. Los próximos exámenes eran difíciles. Análisis matemático, álgebra, estadística, series convergentes, divergentes, término general, infinito, palabras, palabras que se convertían en números y números convertidos en palabras. Lenguajes, sistema binario, sistema hexadecimal, cuántas cosas nuevas había aprendido.
Sabía que los bits, unidades de información, podían ser unos o ceros, los bytes compuestos de bits, se componían de ceros y unos, unos y ceros. Y esa sería la forma de guardar la información, de poder utilizarla cuando se quisiera, de poder estudiarla, procesarla, de lograr así que las personas no dedicaran todo su tiempo al trabajo en tareas mecánicas y repetitivas y tuvieran más tiempo libre, para ser más libres. Eso era tal vez lo que la alentaba a seguir, a pasar horas en la biblioteca, sacrificando el tiempo, robándolo a otras cosas, como hacer un deporte, nadar, leer literatura, cosa que nunca había dejado de hacer.
Se entretenía, como un solaz, con algunas novelas: García Márquez, Cortázar, Manuel Puig, estaban ahí a su alcance, en los estantes. De García Márquez había leido últimamente La cándida Eréndira. De Puig, La traición de Rita Hayworth, de Cortázar, Octaedro. Este último libro se lo habían prestado a su padre, una amiga que vino de afuera, desde otro país y el libro andaba circulando de aquí para allá.
Para dar el examen se había preparado bien, al menos eso pensaba. Tanto estudiar las series y el término general, a veces lo de convergencia y divergencia y si el término general tiende a cero o a infinito, la hacían pensar. La profesora que iba a tomar el examen era licenciada en matemáticas. Era una mujer grande, o al menos eso le parecía a la protagonista de esta historia. Es que ella era tan joven que todas las demás personas le parecían mucho mayores. A la licenciada se le empezó a notar la panza mientras explicaba algún teorema en el pizarrón.
Quién sabe por qué, la mujer empezó a explicar un día que no llevaba bien su embarazo. Casi no comía porque le daba náuseas. Y lo decía mientras fumaba y tenía una tiza en la mano para escribir en la pizarra. Y la licenciada era tan inteligente que daba gusto escucharla. Y escribía signos, números y hablaba de las series.
A muchos de los alumnos que iban a la facultad con ella, les fascinaba la idea de que esa mujer, la profesora, supiera tantas cosas, y las supiera explicar con tanta rapidez, tanta, que a veces no había tiempo de copiar lo que ella escribía en el pizarrón. Un día, los alumnos, los compañeros de la protagonista de esta historia, le habían pedido especialmente que demostrara cómo se llegaba al número pi.
A la protagonista de esta historia la sacaba de quicio quedarse después de hora para que esta mujer demostrara tal habilidad. Con los teoremas que ya había explicado le parecía que todo eso era suficiente, que tenía demasiado para estudiar. Pero a la profesora de matemáticas nada, ningún tiempo, ni el de ella ni el de los alumnos, parecía alcanzarle para seguir explicando los misterios del universo reducidos a números.
A la protagonista de esta historia, le gustaba además de estudiar, el aire libre, el sol, el río, las plantas, los deportes, la literatura. No le preocupaba entonces la cuadratura del círculo.
La profesora demostró frente a toda la clase cómo se llegaba al número pi. Lo hizo mediante una serie de cálculos que dejó boquiabiertos a unos cuantos. También a la protagonista de nuestra historia. Pero además de esa demostración matemática, la licenciada no ahorró pormenores durante la clase acerca del maltrato que inflingía a su cuerpo. Casi no comía y fumaba, fumaba en clases y fuera de ella. Había subido muchos pisos por las escaleras porque el ascensor de la facultad no andaba. Tenía náuseas. No podía comer.
A la protagonista de nuestra historia le parecía que esta mujer no estaba bien de la cabeza. Tanto hablar del número pi hasta se había olvidado de comer. ¿Por qué no se tomaba un descanso y se quedaba en su casa? A la protagonista de nuestra historia le parecía que la vida, la verdadera vida, pasaba por otro lado. Hacía poco había estado leyendo algunos cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares. Le habían fascinado. Le gustaba pensar en seres extraordinarios, en cuentos extraordinarios, en cosas extraordinarias. Y no tanto estar encerrada en la biblioteca estudiando, como todos esos días, antes del examen.
El examen quedó pendiente. Los sucesos históricos y políticos habían hecho que la facultad estuviera cerrada. Pasó el verano intenso, pasaron las vacaciones, las hojas de los árboles reverdecieron y se secaron. Y la protagonista de esta historia volvió a prepararse para el examen. Nuevamente el término general y la serie, infinito, teoremas, fueron palabras que ocuparon su mente durante muchos días y muchas noches. Alternándolo, claro, con la lectura de la mejor literatura que se escribía en ese tiempo.
El día del examen amaneció nublado. Se había levantado temprano, antes del amanecer para repasar. Esas series de números que tendían a cero o a infinito se le habían ya tornado en problema. Y las fórmulas, y el término general, y tantas cosas que la profesora había explicado…
Sabía que los misterios del universo no se le develarían conociendo esas fórmulas porque los misterios del universo eran muy difíciles de conocer, pero también sabía que al recibirse podría conseguir un buen trabajo.
Al llegar la hora del examen la protagonista de esta historia se sorprendió un poco ver llegar a la profesora. Estaba mucho más avejentada, tenía peor aspecto que antes. Y como siempre, fumaba.
El examen empezó con total normalidad. Primero fue el escrito. Después llamarían a oral.
Nuevamente la protagonista de esta historia, que había ido vestida a la facultad como ese personaje del cuento fantástico que admiraba, con la pollera corta y el pelo largo, había tenido que pensar en el infinito, en el cero y en el término general de la serie, entre otras cosas.
La profesora recibió el escrito y la hizo pasar al frente. Ahora, dijo, me va a demostrar por qué la serie es convergente.
La protagonista de esta historia miró a la profesora a los ojos, la miró de arriba abajo y entonces se le ocurrió la pregunta, pregunta que casi enseguida se dio cuenta que no debería haber hecho o debería haber hecho en otro momento: ¿qué tuvo, nena o varón?
Nada, dijo ella, nada, casi cerrando los ojos.
La protagonista de esta historia se quedó frente a ella en silencio, interrogándola.
Nada, tuve, dijo, nació muerto.
*cuento publicado en el Suplemento La Palabra del diario La Opinión, (Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina - abril de 2012)
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
Etiquetas:
Araceli Otamendi,
cuentos de escritoras argentinas,
El examen
lunes, 24 de enero de 2011
Madres en el bar *
* cuento de la serie "Tardes de madres" de la autora
"Estamos sujetos a una eterna incertidumbre que nos presenta sucesivamente bienes y males que siempre se nos escapan"
La Rochefoucauld
La Rochefoucauld
"Todos vivimos lejanos y anónimos; disfrazados, sufrimos desconocidos. A algunos, sin embargo, esta distancia entre uno y sí mismo jamás se les revela; para otros, ella es de vez en cuando iluminada, ya sea por el horror o la pena, por un relámpago sin límites; y hay otros todavía para quienes ésa es la dolorosa constante y cotidianidad de la vida"
Fernando Pessoa
Fernando Pessoa
Casi siempre la mujer llegaba a eso de las tres de la tarde y se sentaba a la misma mesa y pedía lo mismo de siempre: un café cortado, una medialuna y encendía un cigarrillo negro. El bar era uno de esos bares del barrio de Monserrat en Buenos Aires, podía ser cualquier bar porteño de barrio, no tenía ningún detalle agradable para recordar: mesas con tapa de fórmica, sillas tapizadas en plástico, plantas artificiales. Había olor a cigarrillo y a encierro. Lo único bueno era la luz natural que hacía del bar un lugar agradable para la espera. El mozo era un hombre al que le gustaba observar mucho los gestos de las personas. Así, sabía por ejemplo, que esta mujer que había llegado ahora , además de escribir en una libreta durante horas enteras, mientras esperaba al hijo que estaba en el jardín de infantes ubicado al otro lado de la calle, también dibujaba. A veces la mujer venía con una carpeta llena de dibujos que desordenaba en la mesa y mientras los iba acomodando sonreía, callada. Otras veces anotaba cosas en una libreta grande, con espiral. Al mozo le hubiera gustado leer lo que la mujer escribía, pero no era posible. Cada vez que él intentaba una conversación ella respondía con monosílabos. Sólo una vez el mozo pudo escuchar la historia que esta mujer de pelo oscuro como una noche sin estrellas, ojos verdes y brillantes como plantas después de la lluvia y la piel con arrugas prematuras, casi seca, le contaba a otra mujer que también esperaba a que su hijo saliera del jardín de infantes. Entonces el mozo había escuchado la historia: Una vez casi mato a un hombre ¿sabés?, había dicho ella. La otra mujer la miraba callada, con los ojos bien abiertos, sólo había atinado a preguntar ¿por qué? Mi padre era diplomático, dijo la mujer, viajábamos mucho, por todo el mundo. Hasta vivimos en China. Cuando mi viejo murió, a mi vieja le dio por hacer entrar gente rara a mi casa. Vivíamos en una quinta en la provincia de Buenos Aires, era una quinta preciosa, llena de árboles frutales, había castaños, ciruelos, teníamos caballos. Mi hermana y yo andábamos a caballo. La otra mujer la miraba fijo, atenta a la historia. La casa se había llenado de gente rara, había gente muy bohemia, pero sobre todo, rara. Yo tenía quince años y eso no me gustaba, dijo la mujer, entonces llegué un día y encontré en mi habitación a esta gente, estaban por toda la casa, de fiesta, escuchando música a todo lo que da, tomando alcohol, fumando, bailando y les dije: váyanse, váyanse todos de aquí, de mi cuarto. Entonces una mujer me contestó: andate vos si querés, nosotros nos quedamos. La otra mujer no decía nada, se mantenía en silencio, el mozo escuchaba con atención. Entonces tomé una escopeta que estaba colgada sobre la chimenea, fui directamente a mi habitación y les apunté. La escopeta estaba cargada. Váyanse de aquí o los mato, dije. Entonces llamaron a la policía. ¿Qué pasó? Dijo la otra mujer presintiendo la respuesta. Desde el bar se veía el frente de la casa donde funcionaba el jardín de infantes pero hasta ahí no llegaban los gritos de los niños, las risas, el llanto infantil. Entonces la mujer continuó. La policía vino y me llevó en el patrullero a la comisaría. ¿Pero mataste a alguien? Preguntó la otra mujer. La mujer de la historia se quedó callada. Terminó de tomar el café ya frío y aplastó en el cenicero de vidrio el cigarrillo que había empezado un rato antes. La otra mujer miró a la mujer que contaba la historia. Pero la mujer ya había cambiado de tema como si no hubiera contado nada especial y rápidamente abría una carpeta de la que extraía dibujos como si se tratara de una caja mágica. Después de lo que pasó empecé a pintar, dijo la mujer, sin aclarar nada. Eran dibujos precisos de restos fósiles, hallazgos arqueológicos, rostros de aborígenes. También había dibujos como ilustraciones de cuentos infantiles de colores brillantes, rojos, azules, amarillos, verdes. La mujer explicó que era ilustradora, trabajaba para algunas editoriales. La mujer de la historia sacó entonces de la carpeta un dibujo, era la cara de Jesús, dibujada por ella. Jesús tenía un rostro bellísimo y una corona de espinas. La otra mujer detuvo la mirada en los ojos del retrato. Eran los mismos ojos de la mujer de la historia, de color verde, con el mismo brillo en la mirada. Le hiciste tus ojos, dijo la otra mujer. Sí, dijo la mujer de la historia. Es para una editorial dijo, trabajo para una editorial que edita libros de religión y ésta va a ser la tapa. Es una copia láser, dijo, y le regaló el dibujo a la otra mujer. La otra mujer continuaba pensando en la historia de la escopeta, se preguntaba si realmente la mujer que tenía enfrente habría matado a alguien. ¿Qué te pasa? Preguntó la mujer de la historia, ¿te quedaste pensando en lo que te conté? Sí, dijo la otra mujer. Ya pasó, dijo la mujer de la historia. Casi no me acuerdo, en realidad no quiero ni acordarme. Me acuerdo algunos días, como hoy, como ahora. Ya pasó, nunca tuve suerte ¿sabés? Nunca me casé. Mejor dicho, sí, hice una pareja y tuve a mi hijo, lo único bueno, lo mejor de todo. Y por eso sigo viviendo y luchando todos los días. No tengo un mango, solamente para comer y pagar el alquiler de esa pocilga donde vivimos ahora, ya vas a venir, si vos querés, te voy a invitar. Ni siquiera tengo teléfono, dijo la mujer, pero me podés llamar al teléfono del restaurant del frente. Mi casa está al fondo. Preguntás por mi y me llaman. El nene y yo nos arreglamos. Pago el alquiler, el jardín y nos queda lo justo para comer y viajar. Mi pareja no quería trabajar sino era como gerente general de una empresa. Me cansé de conseguirle trabajos y que los dejara. Lo eché a patadas de casa. Me quedé sola con mi hijo. Antes de tenerlo a él salí con todos los hombres del zodíaco, dijo en tono de
confesión, pero no me sirvió de nada. Ahora no salgo nunca, trabajo solamente y me dedico al nene. Las dos mujeres intercambiaron miradas cómplices. La otra mujer sonrió. Seguramente pensó en qué clase de personaje tenía delante, también pensó que la historia podía ser una mentira, como tantas. O que la historia podía ser cierta. El mozo se acercó a la mesa, había escuchado la historia y pensó, igual que la otra mujer en que la historia podía ser cierta. O tal vez una mentira, levantó las tazas de café, reemplazó el cenicero con una colilla por uno limpio y pasó un trapo húmedo por la mesa. Después se retiró hacia la barra, dejó la bandeja con las tazas sucias ahí y se quedó mirando a las dos mujeres, cómo conversaban. Ahora hablaban de los hijos, contaban anécdotas. La cara les había cambiado y estaban más sonrientes. Parecían haber olvidado la tragedia de sus vidas, o el recuerdo de sus tragedias, o los problemas que siempre están. Parecían otras mujeres, distintas a las de hacía un rato. Pero no las miró por mucho tiempo más, enseguida se incorporaron y salieron, cruzaron la calle, las puertas del jardín ya se habían abierto, una maestra en la puerta iba entregando los niños a sus madres. Los niños salían sonriendo, algunos con la cara sucia, otros protestaban, casi todos tenían una carita feliz.
(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: Torres García, teatro (de la muestra en el Malba)
domingo, 16 de enero de 2011
Oscar, personaje de cuento
Me preparo para escribir.
Abro la notebook, la enciendo.
Hay una música de fondo apenas audible, una botella de agua mineral, cubos de hielo, la puerta de la habitación cerrada, la ventana abierta, la noche tiene estrellas y a lo lejos el sonido del mar…
Estoy escribiendo un nuevo capítulo de una nueva novela y entonces aparece:
- Me llamo Oscar- dice.
- ¿Quién sos?
- Soy Oscar el personaje de un cuento. Y vine hasta aquí para que vos escribas sobre mí.
- No entiendo
- Me escapé de otro cuento, porque siempre vivo… pero en los cuentos.
- ¿Se puede saber de cuál?
- ¡Ah, no! Tenés que adivinar…
- Dame una pista…
- Vine de un cuento donde me iban a matar, estaba a punto de recibir la pena capital y entonces..
- ¿Qué? ¿de dooonde venís?
- Estaba en una prisión, me iban a ejecutar y escapé …
- ¿Y cómo hiciste para llegar hasta aquí?
- No sé, aparecí aquí, vos tenías encendida la computadora y me metí …
- Sos un intruso, entonces…
- Sí, y además creo en el amor …
- Por favor, no necesitás decirme eso…
- ¿ Por qué no?
- ¿Tenés algún temor?
- Sí, podrías mandarme de vuelta…
- Y ¿adónde te podría mandar?
-¿Qué se yo? A otro cuento…¿serías capaz?
- Es que iba a seguir escribiendo la novela …
- Y me metí yo en el medio.
- Para ser un prisionero al que iban a matar esta noche…
- Momentito … no era esta noche que me iban a matar… iba a ser al amanecer
- Es decir, dentro de unas horas
- Sí
- Y decime ¿vos tenés tanto miedo de que yo te mande de vuelta al cuento anterior
- Sí. En realidad, no. No tengo miedo, tengo ganas de cambiar. Estoy harto de esos destinos que me dan…¿Puedo meterme en tu novela?
- ¿Te gustaría?
- Claro
- ¿Qué personaje serías?
- Sería yo, Oscar, pero en otro ambiente, en otra historia, seguramente, con otro final
- ¿Y cómo te imaginás en mi novela entonces?
- Ya te dije que creo en el amor…
- … jajá
- Ja já…
- ¡Ahhh! Te reís ¿eh?
- Y claro… cómo no me voy a reir. Si vine para eso…¿puedo abrir la heladera?
- Sí, ¿tenés sed?
- Claro, el viaje fue muy largo.
- Contame y yo escribo.
- Vengo de una prisión de extrema seguridad, en otro país. Tal vez en otro tiempo. Vos tenés una computadora que yo no conozco…Quiero que sepas que soy inocente, jamás cometí un crimen, fui acusado y me metieron en la cárcel, no tuve una buena defensa, juro que soy inocente…el juez no me otorgó el beneficio de la duda…
- No entiendo cómo llegaste hasta aquí.
- El escritor se durmió, lo último que había escrito es que me iban a ejecutar, pero tuve un golpe de suerte, de buena suerte y se durmió. Entonces salté de la página y aquí estoy…
- Y yo estaba escribiendo en la computadora y …
- Sí, aparecí en tu …
- Computadora
- Esa… sí, ¿cómo se llama?
- Notebook…
- Es cierto, me lo habías dicho antes… Es que el escritor que me escribió por última vez lo hacía en una ibm
- ¿IBM?, de los años …
- ¿Te acordás?
- Más o menos, pero algo así no lo había visto nunca antes…
- Decime Oscar, ya que abriste la heladera, y seguramente te vas a quedar algún tiempo aquí ¿te interesaría saber en qué lugar de la novela vas a estar?
- A ver, dejame ver…
- Te muestro la pantalla, lo que estaba escribiendo y te presento una linda chica… ¿querés? Es un personaje de la novela, vas a ver…
- ¿Con esta facha?
- ¿Qué tiene? A ella seguramente no le importa…
- ¿Es como vos?¿Por qué no me cambia el aspecto? Me viste mejor, me describe de una manera distinta…
- No, el personaje no es como yo, no. No tiene por qué parecerse a mí. Es una chica más o menos como vos, de tu misma edad…
- ¿Usted sabe qué edad tengo yo?
- Y ... unos 27 años…
- Sí, en su novela… pero antes….
- ¿Cuántos años tenías antes?
- No tengo edad, soy eterno…
- Desde que existen los cuentos…
- Nooo, desde que existen las historias…
- Voy a poner 27 años y ella, la misma edad…
- Y vos ¿qué vas a hacer?
- Voy a seguir escribiendo…
- ¿Mientras nosotros bailamos?
- Sí…
- Llevame ahí entonces…
- Y me metí yo en el medio.
- Para ser un prisionero al que iban a matar esta noche…
- Momentito … no era esta noche que me iban a matar… iba a ser al amanecer
- Es decir, dentro de unas horas
- Sí
- Y decime ¿vos tenés tanto miedo de que yo te mande de vuelta al cuento anterior
- Sí. En realidad, no. No tengo miedo, tengo ganas de cambiar. Estoy harto de esos destinos que me dan…¿Puedo meterme en tu novela?
- ¿Te gustaría?
- Claro
- ¿Qué personaje serías?
- Sería yo, Oscar, pero en otro ambiente, en otra historia, seguramente, con otro final
- ¿Y cómo te imaginás en mi novela entonces?
- Ya te dije que creo en el amor…
- … jajá
- Ja já…
- ¡Ahhh! Te reís ¿eh?
- Y claro… cómo no me voy a reir. Si vine para eso…¿puedo abrir la heladera?
- Sí, ¿tenés sed?
- Claro, el viaje fue muy largo.
- Contame y yo escribo.
- Vengo de una prisión de extrema seguridad, en otro país. Tal vez en otro tiempo. Vos tenés una computadora que yo no conozco…Quiero que sepas que soy inocente, jamás cometí un crimen, fui acusado y me metieron en la cárcel, no tuve una buena defensa, juro que soy inocente…el juez no me otorgó el beneficio de la duda…
- No entiendo cómo llegaste hasta aquí.
- El escritor se durmió, lo último que había escrito es que me iban a ejecutar, pero tuve un golpe de suerte, de buena suerte y se durmió. Entonces salté de la página y aquí estoy…
- Y yo estaba escribiendo en la computadora y …
- Sí, aparecí en tu …
- Computadora
- Esa… sí, ¿cómo se llama?
- Notebook…
- Es cierto, me lo habías dicho antes… Es que el escritor que me escribió por última vez lo hacía en una ibm
- ¿IBM?, de los años …
- ¿Te acordás?
- Más o menos, pero algo así no lo había visto nunca antes…
- Decime Oscar, ya que abriste la heladera, y seguramente te vas a quedar algún tiempo aquí ¿te interesaría saber en qué lugar de la novela vas a estar?
- A ver, dejame ver…
- Te muestro la pantalla, lo que estaba escribiendo y te presento una linda chica… ¿querés? Es un personaje de la novela, vas a ver…
- ¿Con esta facha?
- ¿Qué tiene? A ella seguramente no le importa…
- ¿Es como vos?¿Por qué no me cambia el aspecto? Me viste mejor, me describe de una manera distinta…
- No, el personaje no es como yo, no. No tiene por qué parecerse a mí. Es una chica más o menos como vos, de tu misma edad…
- ¿Usted sabe qué edad tengo yo?
- Y ... unos 27 años…
- Sí, en su novela… pero antes….
- ¿Cuántos años tenías antes?
- No tengo edad, soy eterno…
- Desde que existen los cuentos…
- Nooo, desde que existen las historias…
- Voy a poner 27 años y ella, la misma edad…
- Y vos ¿qué vas a hacer?
- Voy a seguir escribiendo…
- ¿Mientras nosotros bailamos?
- Sí…
- Llevame ahí entonces…
Ya se ven las luces encendidas en la playa y una fogata. Andrea camina lentamente por la orilla del mar. Se escucha la música de unos tambores… un hombre va caminando por la playa… algunas mujeres arrojan flores blancas al mar…
Oscar toma una de las flores blancas devueltas por el mar y se la entrega a ella.
- No… así no, me voy a aburrir muchísimo en esa escena
- ¿Otra vez aquí?
- Sí
- ¿Y ahora, qué es lo que pasa?
- El encuentro no debe ser así.
- Oscar…
- ¿Qué?
- Te estás metiendo demasiado…
- No me gusta ese lugar…
- ¿Por qué no? Si es una playa espléndida, con arena limpia y fina, el agua es transparente y cálida y de noche te podés bañar…
- Es demasiado fácil todo eso, quisiera aventuras, quisiera andar a caballo, cansarme, subir montañas…
- ¿Querés que haga magia?
- Sí… ¿Algún conjuro?
- No, no exactamente. Ya mismo te envío a otro lugar…
- No… así no, me voy a aburrir muchísimo en esa escena
- ¿Otra vez aquí?
- Sí
- ¿Y ahora, qué es lo que pasa?
- El encuentro no debe ser así.
- Oscar…
- ¿Qué?
- Te estás metiendo demasiado…
- No me gusta ese lugar…
- ¿Por qué no? Si es una playa espléndida, con arena limpia y fina, el agua es transparente y cálida y de noche te podés bañar…
- Es demasiado fácil todo eso, quisiera aventuras, quisiera andar a caballo, cansarme, subir montañas…
- ¿Querés que haga magia?
- Sí… ¿Algún conjuro?
- No, no exactamente. Ya mismo te envío a otro lugar…
… Entre las montañas se puede ver un río transparente y lleno de rocas. Más que un río parece un arroyo. Ella espera del otro lado para cruzar… Tiene el pelo oscuro como los ojos y viste un largo poncho de color rojo, azul y blanco. Detrás de ella un caballo blanco. En la casa, todavía, se puede ver el humo saliendo de la chimenea, uniéndose al cielo, esfumándose. El hombre está ahí sobre el caballo negro, en la orilla, pronto se subirá al bote…
- ¿Sabe qué?
- ¿Qué?
- Me gustó más esa historia… déjeme ahí, sobre ese caballo, debo estar cansado…
- Sí, hiciste un largo viaje para llegar hasta aquí… y ahora irás al sur, te encontrarás con esa mujer, te deseo suerte…
- No me mate… quiero vivir…
- Te deseo suerte, Oscar, toda la suerte del mundo, en ese hermoso lugar…
- Le voy a pedir un favor…
- ¿Cuál?
- Si vuelvo…
- ¿Qué?
- Déjeme vivir en sus cuentos…
- Entonces yo te pido otro favor…
- ¿Cuál?
- Cuando vuelvas, traeme muchas historias para escribir…
© Araceli Otamendi – Todos los derechos reservados
imagen:
Móvil o esferas, c.1949
Móvil de madera 23 x 45 x 29 cm.
Colección Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), Buenos Aires
jueves, 2 de diciembre de 2010
El western

El western
"¿Quién me dirá las palabras inútiles, quién me compensará la sangre y la indecisión?"
Fernando Pessoa
"Porque existen muchas posibles muertes
Como existen muchas posibles vidas,
la vida de las cartas,
la vida de los sueños,
la vida de las imágenes,
la vida de las palabras que no se dijeron...
como siempre."
Silvina Ocampo
Florece en la ventana con fondo de noche la cara de Cisco Kid. Tiene el sombrero caído hacia un lado, la niña apenas le ve la cara. Ha venido montado a caballo para llevarla. La niña, en la cama, aprieta ahora el oso azul, mientras, afuera, en el comedor, el hombre y la mujer discuten. El corazón le hace tic-tac, tic-tac, tic-tac. Muchas veces durante el día la mujer se mira al espejo y repite: me parezco a María Félix. A veces lo hace mientras se maquilla. La niña no conoce a la actriz. A los tres años la niña tampoco sabe por qué su padre le dice gouge mientras le acaricia el pelo. Apenas él dice esa palabra la niña reacciona y dice: ¡no, no! Y aparta la mano grande de su cabeza mientras el padre sonríe.
Ahora la niña duerme o finge dormir. Casi es una experta en esos avatares de la simulación. Mientras, afuera, el viento arrastra las hojas secas de los árboles, golpea las ventanas, se desinfla sobre el techo y un gato maúlla con cierta congoja. La noche se adelanta en la habitación y la oscuridad es una buena pantalla para proyectar imágenes mientras ellos gritan en el comedor. Hace unas horas apenas la niña ha estado dando vueltas en la calesita del parque subida a un caballo de madera mientras una mujer, se besaba incansablemente con un hombre. Tal vez es necesario ahora llamar a Matt Dillon. El hombre tiene el revólver listo y ella llora, grita suplica y la niña no puede dormir. Matt Dillon es un hombre alto, de linda cara y no se parece a ningún tío ni primo. También es hora que Cisco Kid montado en el caballo blanco entre a la casa para hacer justicia. Tal vez sería mejor
Batt Masterson para salir de aquí. Batt Masterson más elegante y fino, con el sombrero hongo y el bastón. La música es más linda. ¿Sería mejor llamar al llanero solitario? Con su antifaz y con su traje negro, pedirle montar con él en su caballo y salir de aquí para siempre. Y mientras en el comedor la discusión sube de tono Cisco Kid entra en la habitación de la niña y se acerca. Ahora sí puede verle la cara. ¿Podrá salvar a alguien Cisco Kid? ¿Podrá llevar a la niña lejos de ahí? Cuando la niña pasa con su madre junto a una funeraria ve los caballos quietos, para llevar a los muertos al cementerio los adornan con plumas negras. Las terribles pisadas le dan miedo. A esos caballos de los muertos es mejor olvidarlos. La única yegua que conoce la niña es la que lo arrebató de su hogar al abuelo. Y antes de seguir preguntando alguien le explicará que no es una yegua sino una mujer, y que esas cosas ocurren a gente que se llama igual que ellos pero ellos no son, sino que son otros. Tal vez sería mejor llamar a Matt Dillon. Las voces han subido de tono, la niña se baja de la cama y con la oreja apoyada en la puerta escucha una vez más: -Te lo juro, dice ella. Te lo juro, por la nena, estuvimos toda la tarde en la calesita.
Ahora no se oye más que un sollozo ahogado de mujer implorándole a él que guarde el revólver. La niña vuelve a la cama y se tapa con las sábanas. Cierra los ojos y emprende
el largo viaje una noche más. Esta noche lo hará con Cisco Kid . Monta con él en su caballo blanco, galopa rápido rumbo al Gran Cañón, a la espera del disparo final.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
viernes, 12 de noviembre de 2010
Extraños en la noche de Iemanjá - novela - Capítulo 6 (fragmento)
Novela policial
Extraños en la noche de Iemanjá
Capítulo 6
(fragmento)
…¿Por qué las personas mienten tanto? pensaba. Para vivir en sociedad es necesario saber mentir. Y él quería descubrir la verdad, por lo menos de la muerte de Willy Agastizábal. Entonces él no entraba en la trama de la mentira, no quería caer en su red ¿o tal vez sí? Algo detuvo sus pensamientos, sintió un terrible dolor en un pie y gritó, la expresión de mansedumbre y éxtasis que tenía hasta hacía momentos había desaparecido y el pie le sangraba. Recién cuando vio la sangre en la arena se dio cuenta del terrible dolor causado por un cangrejo que le apresaba con sus pinzas los dedos del pie derecho. Ludwig tenía los pies sobre la espuma de la orilla, sobre el encaje que se deshacía hasta convertirse en espuma. No había visto la resaca de ramas y vidrios rotos que cubría la arena mojada. Ludwig tironeó del cangrejo. Era rosado y lo arrojó al agua. Después se frotó los dedos con agua de mar.
El detective se preguntaba si el destino del cangrejo sería el vientre de algún pez o de algún hombre o, como los pulpos crecería en las grietas de las rocas a salvo. Sólo que seguramente, una vez que estuviera en el vientre de algún pez o de algún hombre no sería vomitado como Jonás por el vientre del pez, como dice la Biblia. Sino que sería triturado y digerido.
Detuvo la mirada en un charco que hasta hacía unos momentos no estaba ni tampoco estaría después. En el charco brillaban las escamas de un pez plateado retorciendo la cola. Lo observaba cómo se movía. Parecía un cometa. Después vino una ola y lo cubrió y el charco y el pez desaparecieron de su vista. Cuando la ola se replegó hacia el mar, Ludwig vio el hueco sin nada y luego se apartó de la orilla. Su mente se apartó también de ese lugar de tan espléndida belleza. Sabía que también ese momento pasaría, sin duda ya había pasado, sin duda volvería a haber momentos parecidos otra vez, pero nunca iguales. Mónica hubiera hablado de Heráclito. Se quedó así durante algunos segundos. Y casi enseguida escuchó el lejano canto de los nativos: "O mae, mae mae....".
A lo lejos, algunas lanchas se balanceaban sobre las olas como pájaros…”.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
viernes, 22 de octubre de 2010
La noche de John Cage - cuento
![]() |
| imagen: Luciana Iriart |
La noche de John Cage
Como siempre, se preguntaba Lucy, si Paul vendría esa noche a buscarla. Le había prometido acompañarla al concierto de John Cage aunque ella sabía que a Paul no le gustaban los conciertos. Tampoco la música, ni siquiera el teatro. Pero Paul era tan buen mozo, tan buen deportista, tan buen jugador de tenis, Paul, Paul... Pronunció el nombre en voz baja mientras se maquillaba frente al espejo. ¿Por qué debía maquillarse así? Paul se lo reprochaba siempre: Con menos maquillaje estarías mejor, te verías natural. Sin embargo, Lucy pensaba que Paul exageraba. El maquillaje no era demasiado complicado: base color casi rosado, azul-verde en las sombras para párpados, rimmel negro, kohol —porque así había visto cómo se pintaban los ojos las mujeres de origen árabe—, rubor rosa casi fucsia, el mismo color en los labios. El maquillaje era todo un ritual que Lucy había aprendido viendo maquillarse a su madre y a su tía. El maquillaje era un ritual que se oficiaba a toda hora en la casa en que ella se había criado. A toda hora es un decir, el maquillaje era necesario como una vestimenta. Parpadeó durante algunos segundos mientras miraba la imagen de esa mujer joven que la miraba a su vez desde el fondo de aquel cuadro y la observó lentamente: el vestido seleccionado para esa noche estaba colgado de una percha, en la puerta del armario. La luz de la habitación se reflejaba también en la escena y algunas luces de los carteles de la calle hacían lo mismo enmarcando la cara de Lucy en el rectángulo del espejo, reflejaban en el pálido retrato algunas sombras de color verde azulado. Había trabajado todo el día en esa maldita oficina, había llevado carpetas de un lado al otro, había estado escribiendo a máquina y le dolía la espalda, había soñado muchas veces durante el día —todo el día— con asistir a ese concierto con Paul.
Lucy se puso un pañuelo sobre la cabeza tapándose la cara, para no manchar el vestido que deslizó sobre los hombros y luego estiró hacia abajo. El teléfono empezó a sonar en el living. Era un pequeño living en un viejo edificio de departamentos. El sonido de la campanilla se detuvo ni bien Lucy pisó la alfombra casi tropezándose. ¿Sería Paul para avisarle que saldría más tarde del trabajo? No lo sabía. Tampoco sabía mucho acerca de Paul, a pesar de conocerlo desde hacía años. ¿Es que se podía saber algo acerca del otro?, pensaba. ¿Sabía él algo acerca de ella? Había acumulado tantas dudas durante los meses en que salía con Paul como hojas secas se acumulaban durante el otoño en las calles.
Lucy se detuvo de nuevo frente al espejo antes de dar media vuelta, apagar la luz y cerrar con llave la puerta del departamento. "Nos acecha el cristal", podría haber pensado si hubiera recordado los versos de Borges. Lo único que acechaba ahora era el mal tiempo, algunas nubes en el cielo gris anticipaban una tormenta y el cielo desplomándose en cualquier momento. Detuvo un taxi en la esquina y le indicó el camino al conductor. Tenía veinte minutos para llegar al auditorio y tal vez Paul estuviera ahí, en la puerta, esperándola...
En la calle había muchos autos, se escuchaban bocinas, motores, rugidos, alguna ambulancia, todo tenía un ritmo febril. Los ojos de Lucy se detenían en las caras de los transeúntes: algunos tenían semblantes afligidos, casi todos iban cansados, se levantaban las solapas de los abrigos, había empezado a soplar un viento seco y fuerte. Las luces encendidas de las vidrieras, los reflejos de los carteles luminosos en el asfalto, era lo que más le atraía a Lucy en esa ciudad que aún no era de ella. Esa gran ciudad nunca le pertenecería como ella tampoco pertenecería nunca a esa gran ciudad. Y sin embargo iba a escuchar esa noche el concierto de John Cage, se dijo a sí misma para cobrar fuerzas. Aunque Paul no hubiera venido a buscarla ni tampoco estuviera ahí en la escalinata del teatro. La luz de un relámpago y el sonido de un trueno algunos segundos después recibieron a Lucy cuando bajó del auto y se dispuso a entrar al auditorio abriéndose paso entre los que aguardaban ahí, en la escalera. Si Paul hubiera llegado antes lo hubiera visto, pensaba mientras buscaba en el interior de la cartera la entrada para el concierto. Se felicitó a sí misma de ser una mujer tan moderna y tener tanta autonomía: no necesitó a Paul para sentarse ahí en esa butaca. Mientras, miraba a los que estaban ahí como ella esperando que el concierto empezara. Había un hombre sentado en la fila anterior demasiado alto para que se pudiera ver bien el escenario. En cambio, en la misma fila en que estaba sentada Lucy, había otro hombre seguido de una mujer comiendo caramelos y luego arrojaban el papel celofán al piso. Lo hicieron tres, cuatro o más veces. Lucy pensaba que no era posible hacer algo así antes de un concierto y estuvo a punto de decírselo pero se contuvo. No quería pasar por maleducada. No quería ser como esa vecina de su madre que se la pasaba fumando cuando venía de visita y comiendo caramelos de menta para la tos y arrojaba el papel celofán en el cenicero. Tampoco le gustaba la gente que se parecía a esa mujer. Pero ella no podía cambiar el mundo ni a la gente, se dijo. El teatro se iba llenando y los zapatos de Lucy se comprimían alrededor de los pies cansados de andar durante el día. Recordaba en ese momento las veces en que tuvo que rehacer el informe para su jefe. Nada lo satisfacía al pequeño hombrecito cruel y descascarado como un árbol seco y Lucy llegó a preguntarse ese mismo día si ese hombre que era su jefe estuvo satisfecho alguna vez de algo. O si la madre en lugar de darle leche en el biberón lo había criado con vinagre. Tal vez ese hombre había crecido así, a base de puntapiés y vinagre. No era indulgente consigo misma, pensaba, porque no debería estar pensando esas cosas sino disfrutando del concierto esa noche.
El sonido de la sala se había tornado algo infernal: la tos de algunos le había hecho perder algo, pensó Lucy. O tal vez sólo fue el papel celofán de los caramelos de la pareja sentada a su lado. O las personas moviéndose en las butacas. Algo había pasado entonces, algo se había perdido. Porque Lucy veía que los espectadores se incorporaban y se iban hacia la salida. Y los acomodadores vestidos con uniforme le indicaban ahora que el concierto había terminado. Había que salir de ahí cuanto antes, tomar un taxi y llegar a casa rápido. Le costó una media hora conseguir un taxi para volver a casa. Algunas mujeres corrían subidas a las plataformas de los zapatos, parecían torcerse como tallos empujados por algún viento fuerte, mientras la lluvia caía casi impiadosamente sobre el asfalto. Ese maldito asfalto. Lucy se había refugiado debajo del techo de un edificio de departamentos. Un taxi se detuvo y bajó de él un hombre, parecía apurado porque el conductor se quedó con el vuelto en la mano. Lucy le indicó el camino al conductor y se recostó en el asiento: Mañana sería otro día igual, pensó. O tal vez no, se dijo. Era raro lo que había pasado esa noche ahí, en el teatro. Abrió la cartera y sacó el programa del concierto:
0´00´´ John Cage, decía, entre otras cosas.
Ya en casa no podía dormir, el teléfono no sonaba, ni siquiera una breve carta debajo de la puerta como a veces acostumbraba hacer Paul.
Marcó el número de teléfono una vez, y otra, y otra, pero la voz de Paul diciendo: —Hola, no aparecía. Eran las dos de la mañana y a las siete tenía que estar en pie de nuevo. Se quitó el maquillaje o los restos de la máscara y se lavó la cara. Dejó correr el agua durante algunos segundos... Por la ventana del baño también se podía ver el agua; las gotas, deslizándose por el cristal, parecían aferrarse por momentos a la superficie transparente hasta seguir su curso. Cerró la canilla y fue hasta la habitación. Antes de dormir estuvo durante algunos minutos, mirando las luces de la calle. No le gustaban las cortinas, así que las había corrido para mirar el reflejo de los últimos vestigios de ese espectáculo llamado noche. Quería recordar alguna canción que hablara del mar...Y el sonido de la lluvia se interponía en sus pensamientos como un ritmo agitado. Era el agua que caía en el patio interior del edificio y que podía escucharse cuando dejaba la ventana del living abierta. Era un ritmo parecido al que podía hacer alguien o varios con un instrumento de percusión: toc toc, toc, pmpmpmpm, tectectectec... y luego se repetía: toc toc, toc, pmpmpmpm, eso sí que era algo más que el sonido de las teclas de la máquina al escribir.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos, ¿sería Paul?, ¿tal vez equivocado? Se incorporó y caminó rápido hasta el living. Levantó el tubo del teléfono y dijo: ¿Hola? ¿Hola?, pero nadie respondió. Seguramente a esa hora, eran más de las dos de la mañana, sería equivocado, pensaba.
Volvió a la habitación y se acostó. Pensó que tal vez había hecho mal en colgar el teléfono. Si hubiera sido Paul podría haberle hablado de lo mal que lo pasó esa noche. ¿Realmente lo había pasado mal? O tal vez le hubiera dicho algo acerca de lo bien que lo pasó esa noche en el concierto de John Cage: 0´0´´. Después de todo no había sido tan malo el día, después de trabajar había conseguido cambiarse, arreglarse, tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta llegar al auditorio en esa tarde que presagiaba una tormenta. Había asistido a un raro espectáculo y se había detenido a mirar los espectadores...
Esa noche Lucy soñó con el mar: estaba en una habitación que luego se convertía en playa. La arena amarilla la sostenía ahora frente al agua verde y transparente donde niños con globos de colores nadaban cerca y lejos de la orilla. Parecía que estaba ahí desde hacia mucho tiempo aunque nadie podía asegurárselo. La arena era fina y limpia y ella caminaba sin dejar de mirar el mar que poco a poco se iba deslizando hacia adentro. Poco después, los globos azules, lilas, violeta volaban en el cielo azul como pájaros. Después de ese sueño tuvo varios más. También soñó con peces, peces de color naranja que Paul atrapaba con una cesta y luego volvían a salir al agua y Paul se divertía en dejarlos salir de ahí. Si bien el espectáculo que ofrecía Paul le parecía gracioso y bellísimo, no comprendía bien por qué Paul se ocupaba de atrapar peces en el agua para dejarlos ir. ¡Pero qué peces! Jamás había visto unos colores tan brillantes, un naranja tan nítido, unos peces tan bellos como si los hubieran pintado en una estampa japonesa.
¡Qué peces! ¡Qué extraordinario color naranja!, se repetía a sí misma mientras escribía el informe tecleando en la máquina en la oficina, sólo se detuvo para atender el teléfono, sonaba con un timbre monótono, insistente... ¿sería Paul?
© Araceli Otamendi- Archivos del Sur
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




