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sábado, 9 de enero de 2016

cuento: Con la red

(Buenos Aires)

El cuento Con la red que escribí en los años ´80, fue publicado en:

Suplemento La Palabra, diario La Opinión de Rafaela, Provincia de Santa Fe - en su edición gráfica y en la web -, en la revista Literatura del mañana (Barcelona, España) y en la revista Litoral-e (México). Con mi agradecimiento a los editores de estos medios, publico aquí además del cuento la introducción que se publicó en Literatura del mañana:

 

Con la red


Introducción

 



Les presentamos el cuento "Con la red", de nuestra autora y colaboradora argentina, la escritora Araceli Otamendi. Este relato fue publicado en el Suplemento literario La Palabra, del diario La Opinión, de la Provincia de Santa Fe, hace ya algunos años, y representa -al menos para nosotros- uno de los mejores cuentos que nos han remitido a esta edición hasta la fecha.
.



En él, Otamendi, describe de forma portentosa, amena, rápida y sin rodeos expresivos de difícil entendimiento, aquello que los renacentistas admitieron otrora como el "beatus ille", el paraíso ideal donde el artista crea, exiliado del mundo terrenal, creando su cosmos perfecto. Sin embargo, ello no es posible en el cáotico y enjundioso mundo en que vive la protagonista. Un entorno exasperante que destruye toda posibilidad de recreación idílica, creando un impulso intermitente de ansiedad y ritmo frenético que tan solo tiene acceso vedado en el cerebro del personaje. Allí existe aún la calma, pero es inquieta, y dibuja una tenue sonrisa que, poco a poco no tardará en desaparecer.


 
Con la red




"Algunos tienen en la vida un gran sueño y no logran sostenerlo. Otros no tienen en la vida ningún sueño, y tampoco logran sostenerlo" Fernando Pessoa

Buenos Aires, 1986


Las once. Esta es mi hora. Es la hora que me gusta de la noche, que me atrae, que me atrapa. Ahora es la hora de escribir. El tren. Se llamará el tren. El teléfono ha dejado de sonar. Por suerte. El sonido es furioso, incesante, perturbador, insistente. No he querido atenderlo. No quiero saber por qué intentan hablar. O mejor sí, creo saberlo. Hablar a esta hora en que escribo, no, no quiero hablar. De noche, en esta ciudad maldita y amada, atrayente y perturbadora el silencio se hace de golpe. Cae una red suspendida del espacio y lo atrapa todo, el silencio es un come-ruidos-¡Qué palabra!- los devora, los tritura en su inmenso estómago, los deglute y es aprisionador. Los aprisiona y se lo agradezco porque gracias a él puedo escribir en mi computadora. ¿La realidad copia a la ficción? ¿La ficción copia a la realidad? ¿Qué sucede cuando las imágenes de los sueños parecen penetrar en lo real? ¿Se apoderan de ella? ¿Existe un espacio secreto entre la realidad y el sueño? ¿Hay en cada uno de nosotros un lugar para ese espacio? Ahora voy en un tren, inexplicablemente estoy ahí, pero lo acepto. Algunos hombres disfrazados, desfiguradas sus caras como máscaras viajan colgados de los estribos del último vagón. Afuera las hojas ocres, doradas y tenuemente rojas viajan en dirección contraria. Alguien, una voz secreta me dice al oido: tu punto de destino es Schumann. No conozco ninguna ciudad con ese nombre pero sí un compositor. Escuchá música clásica, clásica, clásica. En mis oídos resuenan esas palabras repetidas en la infancia. Un recuerdo infantil, lo desecho. Beethoven me parecía triste, odiaba su música, por suerte llegaron los Beatles. ¿Si mi destino fuera llegar a Schumann? ¿Qué quiere decir? El también se obsesionó con la literatura.

Si pudiera escribir de manera tan simple como los cálculos y fórmulas matemáticas donde apenas con algunos signos se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos en el triángulo rectángulo sin decir todo esto, me acercaría a un estado parecido a la felicidad. Pero no, estoy llena de palabras, de significantes que desbordan a veces sin poder atraparlos. Palabras que hay que atrapar como esas pelotitas que saltan enloquecidas en un juego de parque de diversiones, a las que hay que atrapar con una red, a ver quién atrapa más, la gente aprieta los labios y trata de mantener firme el pulso, a ver quién atrapa más y el que gana es que logra reunir más cantidad. Yo quisiera ensartar la menor cantidad y así expresarlo todo.
Viajar en auto puede ser peligroso. No hay nada tan inofensivo como andar en auto por las calles del centro. Andar por andar sin ningún motivo especial. Vulgarmente se llama dar una vuelta. La tarde está pintada de gris. La ciudad se ha vuelto una paleta de grises, no tiene luces, no tiene brillo. Tres hombres vestidos con traje y corbata nos detienen. Estoy con mi novio. Los tres nos miran serios, inexpresivos. Una extraña inquietud se apodera de mí. No hay motivos para detenerlos, dicen. Tampoco hay motivos para dejarlos circular.

¿Cuáles son los motivos? Pienso en ese momento. Y enseguida arguyo: soy una buena mujer, no he matado a nadie, no he traicionado, no he robado. Soy una buena esposa, una buena madre, una buena amiga. Fuí una buena empleada, una buena estudiante. ¿Por qué me detienen? Soy una buena ciudadana. ¿No se da cuenta? Usted es sólo eso, me dicen. Una transeúnte. Y no hay motivos para andar por acá. ¿Comprende? En realidad no, no entiendo nada. Dejen el auto con las puertas abiertas y váyanse. Lo dejamos ahí, los tres hombres suben al auto. Ni siquiera miramos hacia atrás, como Lot, sin el miedo a convertirme o a convertir a nadie en una estatua de sal. Nos alejamos rápido del lugar. Aparecemos en Florida y Rivadavia. Se hizo de noche. Apenas hay algunas luces prendidas. No nos importa dejar nada atrás. Todo queda como detenido en el tiempo. Los hombres se van en el auto. Escuchamos el ruido del escape. Ni siquiera hablamos. Caminamos apresuradamente por Florida. A medida que avanzamos mi desasosiego aumenta. Es necesario encontrar un lugar. ¿Para qué? A veces me pregunto. Tengo la sensación extraña, incierta de que ocurrirá algo inminente. Algo así como un avión que cae, una explosión, una tormenta, un huracán. Entre la gente que camina por ahí no es posible ver nada. Aparecemos en una iglesia. Una mujer cierra las puertas y las ventanas. Nuestros ojos se cruzan con otros y se intercambian miradas de asombro. Otra mujer que no alcanzo a distinguir bien dice con voz de flauta: ahora vamos a rezar. Vamos a entonar un himno. Todos los que estamos ahí nos miramos sin saber qué hacer. Nadie recuerda cómo se reza. Tengo una rarísima sensación de inquietud. Creo que nunca supe cómo se rezaba. Es una situación absurda y angustiosa. Me siento aprisionada. Estoy aprisionada en ese lugar tan oscuro, donde todo huele a incienso. Igual a cuando era chica y debía cantar en el coro de la misa, todos los días cuando concurría a clases. Entonces una de las monjas ejecutaba himnos en un órgano desafinado y lo único que yo deseaba era escapar de ahí, si fuera posible volando. Quería transformarme en un pájaro.
Soñaba despierta con volar desde el coro y escapar por una ventana. Sin saber cómo ni por qué aparezco en un lugar oscuro y abierto. Un espacio inexplicable. Se escucha una música estridente. Hombres y mujeres vestidos de negro bailan rock and roll. Me niego a participar de esa danza. Aunque me llaman. Ese no es mi tiempo. Ya superé la estridencia, las luces sicodélicas, las luces negras, la atmósfera asfixiante y un buen día dije no va más y como en el casino, no fue más.
Tengo necesidad de tomar un café para seguir escribiendo.

Al costado hay un camino oscuro por el que no puedo internarme. Una fila de chicos con máscaras interrumpe sorpresivamente el ensimismamiento en que estaba. ¿Por qué los chicos tienen máscaras? A lo mejor no son chicos, son pigmeos. Enseguida me acuerdo de algo que leí. El hombre que compró la isla de Manhattan fue estafado por unos indios. Los verdaderos dueños de la isla espiaban en el bosque durante la transacción. Y el muy tonto de Peter, que así se llamaba, les creyó. Yo también he deseado creer, creer en algo. Alguien, no sé quien es me dice: ¿cómo va tu relación con Dios?

Como si lo hubiera estado esperando digo: hablemos de Dios. Ahora navego en un barco medio deshecho pero no estoy sola ahí. Somos varios. Atravesamos un río revuelto, una tormenta cae sobre nosotros. El viento agita el agua, el barco, a todos, vamos a la deriva. El río es una inmensidad marrón, me pregunto si esa es nuestra vida o tan solo un pedazo. ¿La vida es eso, navegar? Nos internamos ahora por un riacho, entre las islas. Es de noche y casi a tientas buscamos el camino que nos permita salir de ahí. No se ve casi nada. Sé que el río es marrón y es opaco. Casi como la tierra. En ese momento, desesperadamente quiero acordarme de una poesía de Walt Whitman. Algo que me hable de su manera de ver las cosas. Tengo la sensación de que en cualquier momento la nave se va a partir en mil pedazos. Y sin embargo me empecino en seguir. Habré dormido noches, años. Inesperadamente se hace de día, llegamos a tierra firme. Salió el sol. Siempre, sin saber cómo, el amanecer llega. Entonces inicio otra etapa.

Por algún lado encuentro una poesía, la escribe un personaje de una novela que comencé hace algún tiempo. El marido se ha ido, ¡otra vez el sonsonete! con una mujer treinta años menor. Viven en la casa de enfrente, él y su amante. La mujer los ve por la ventana. La poesía termina así: "fue el infinito el límite de mi inocencia. Creí que vendrías una tarde cualquiera". El personaje me aburre mortalmente. No lo aguanto, ese personaje está muerto, tan muerto como decía Henry Miller: todos estamos vacíos y muertos aquí en Villa Borghese. Pienso que en Buenos Aires ni siquiera estamos así, sino hundidos, varados en una ciénaga de cemento. Europa se pudre, dice Miller. Una vez estuve en el aeropuerto. Ezeiza. El avión ya salía, vía Roma. El hombre me miró con autoridad, con firmeza. Falta una firma, me dijo, ¿no ve? No entiendo, dije. Falta una firma más. Quiero irme, quiero tomar el avión que se va, digo. Y él me responde: jódase. El avión vía Roma no sale, tengo que conseguir esa firma. Pero pierdo el pasaje, el pasaporte tardará dos o tres días. Recuerdo al hombre, nadie pudo hacer nada. El jefe del aeropuerto sonreía: será un error, y esa palabra: jódase. Algo se pudre irremediablemente.

Sin saber cómo se ha abierto una ventana color beige. Tal vez alguien pudo dibujarla. Está a otra altura de dónde estoy, más arriba. Estoy en el foso de algún teatro, las piernas de las bailarinas se mueven en un cuadro bellísimo. No quiero que me envidien el sueño, los colores han sido modelados y todos armonizan, rosas, amarillos, tierras, celeste. La música irrumpe en la escena, todo es mágico. No debo salir de ahí, me quedo mirando el espectáculo, las bailarinas siguen bailando, me despierto. El sol ya se entrometió en mi cuarto. Es un nuevo día, la función debe continuar.




Copyright:


Del relato:
Araceli Otamendi©







Publicado en este blog bajo el consentimiento de la autora:
www.literaturadart.blogspot.com




 

domingo, 3 de enero de 2016

Publicaciones en revistas literarias en 2015

(Buenos Aires)

Agradezco a las siguientes revistas literarias la publicación de cuentos, poemas, relatos y ensayos míos durante 2015


Agenda del Sur (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) Directora: Sonia Otamendi


 
 
Historia del emperador Chin-Chan Fu y el hurón que fue confundido con un perro (Cuentos chinos apócrifos)

 
https://www.facebook.com/DelSurQuilmesAgendaCultural/?fref=nf
 
Mi ensayo Julio Cortázar juega Rayuela - traducido como O jogo de Julio Cortázar - y mi cuento Cartas al mediodía a la manera de Cortázar, traducidos a portugués y publicados en la Revista de literatura latinoamericana Morel (San Pablo, Brasil) - Directora: Lucilha Castillo Theodoro http://issuu.com/lucilatheodoro/docs/revista
 
Entrevista y cuento Colores publicado en Jornal sem Fronteiras (Brasil)
 
Directora: Dyandreia Valverde Portugal
 
columnista: Selmo Vasconcellos
 
 

 
http://www.redesemfronteiras.com.br/noticia_ver.php?id=1692
 
Ensayo Julio Cortázar juega Rayuela publicado en revista InComunidade (Porto, Portugal)
Director: Henrique Prior
 
http://www.incomunidade.com/v40/art.php?art=122
Revista TRIPLOV - Directora: María Estela Guedes (Portugal)

cuentos: Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar

 http://www.triplov.com/novaserie.revista/numero_49/index.html
Revista Aurora Boreal (Copenhague, Dinamarca) - Director: Guillermo Camacho
Los leones blancos
 
http://www.auroraboreal.net/literatura/puro-cuento/1967-los-leones-blancos
 

 

lunes, 2 de junio de 2014

Cuentos traducidos al francés y entrevista

(Buenos Aires)

Mis cuentos El tiro del final y La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas fueron traducidos al francés por Caroline Lepage - catedrática de la Universidad de Poitiers - . Se pueden leer en el siguiente enlace:
424e auteur publié dans « Lectures d'ailleurs » ; l'Argentine Araceli Otamendi, avec deux microrécits : « La Balle fatale » et
« La Poupée en cristal ou la fragilité des choses », traduits par Caroline Lepage (Université de Poitiers). 


Intégré à « Lectures d'Argentine 2 », page 165.

https://www.facebook.com/pages/Lectures-dailleurs-Tradabordo/529597907068286

http://www.calameo.com/books/002617799843390ee4dfa


También se publicó una entrevista que me hizo Caroline Lepage en el sitio

Entretiens Lectures d'ailleurs


http://entretiensld.blogspot.com.ar/2014/06/araceli-otamendi-argentine.html?showComment=1401759562420

jueves, 14 de noviembre de 2013

Relato: Un sábado a la tarde*



Un sábado a la tarde*

* relato de la Serie Tardes de madres


Planifiqué ese fin de semana. Estaba ese sábado y domingo sola con mis hijos. En realidad, sola es un decir. Íbamos a pasarlo en el club, seguramente iba a haber mucha gente. Habría muchos chicos y también muchos grandes. Compré unas témperas, acrílicos, papeles para dibujar y unas telas chicas, de unos veinte por veinticinco centímetros con bastidor para pintar. Era verano, mientras ellos jugaban a la pelota con otros chicos yo podría pintar. Ese era el plan: desenchufarme del trabajo de toda la semana, mirar los pájaros y las flores y pintar. Pero dicen que uno propone...
Habíamos terminado de comer, era un día espléndido y yo me había ubicado en una mesa cerca de unos árboles, a la sombra y me disponía a dibujar y a pintar. También preparaba los colores, los pinceles, las telas. Mis hijos jugaban más o menos a unos doscientos metros de distancia. Podía concentrarme en lo que estaba haciendo, no tenía necesidad de estar mirando todo el tiempo cómo jugaban. En eso se acercó  a mi un chico de unos nueve o diez años. Se llamaba Tadeo o algo así y a veces jugaba con mis hijos.
- ¿No jugás a la pelota?
- No - dijo él.
- ¿Por qué?
- Porque no tengo ganas.

El chico  miraba las témperas, los lápices y los acrílicos, interesándose cada vez más en lo que yo iba a hacer. Empecé a pensar que habría un cambio de planes...
- ¿Y por qué no tenés ganas?
- No sé...¿para qué son esos colores?
- Voy a pintar...
- ¿Qué vas a pintar?
- Algo que voy a dibujar...

Tadeo se quedó mirando lo que yo hacía, acercándose más y más a la mesa donde estaba. El padre, un hombre grandote, muy alto,  me miraba de lejos, observándome.
Me pareció que sería muy egoísta de mi parte no invitar a Tadeo a que dibujara algo, estaba muy interesado.Le di unas hojas de papel, un pincel y algunos colores para que hiciera lo que quisiera. Pero el tema no era ése. El chico estaba aburrido, la madre se había ido a caminar por ahí y el padre estaba mudo en otra mesa.
Después de un largo rato, el padre se acercó y se sentó en una mesa cercana y también miraba lo que yo hacía.  Seguí dibujando algo, mientras los pájaros cantaban y la luz del sol se asomaba entre las hojas de los árboles.
- ¿Qué tal? - dijo el hombre.
- Bien...
- ¿Te molesta?
- ¿Quién?
- Tadeo...
- No, para nada...
- Los estaba mirando...
- Ah, ¿si?
- Sí...
- En realidad tu hijo se acercó, le pregunté por qué no juega a la pelota con mis hijos y con los otros chicos.
- Vos tenés un hijo que se llama igual a otro hijo que tengo yo...- dijo el padre de Tadeo.
- ¿Y dónde está tu hijo?
- Lejos, muy lejos...
- Sí, ¿pero dónde?
- En un país lleno de nieve... me da tristeza ¿sabés?
- Ah...
- Casi nunca hablo de eso...
- Claro...
- Es de un matrimonio anterior, se fue con la madre y se quedó allá, con ella... hace años que no lo veo...
- Ah...
- Tu hijo me hizo acordar a él, cuando escucho que lo llamás, me acuerdo...
- ....
- Tu hijo hizo un dibujo...
- Sí...
En eso llegaron mis hijos, cansados de jugar a la pelota, transpirados, querían tomar algo, iban a seguir jugando. Limpié los pinceles, guardé los colores, le dije a Tadeo que se había terminado por el momento la sesión de pintura y me senté con mis hijos a comer algo. El color del cielo estaba cambiando, el verde de las hojas de los árboles se había oscurecido, ya no era tan luminoso. El río se agitaba a lo lejos, el sonido del tintineo de  las veletas de los barcos era cada vez más rápido.





miércoles, 30 de octubre de 2013

Entre mujeres 5- Halloween

Hallowen (Noche de brujas)

Era la tarde víspera de Hallowen o Noche de brujas. Se festejaba el cumpleaños de una amiguita de uno de mis hijos. La consigna de la fiesta era vestir con un disfraz alusivo a Hallowen. La nena que cumplía años era nueva en la escuela y la mamá quería que se integrara bien al grupo, así que invitó a todos los compañeros a la fiesta. Ya se estilaba y era de mal gusto no invitar a todos, pero ella insistió mucho en que no falláramos en llevar a nuestros hijos. Llevé a mi hijo al cumpleaños, era en la casa de los abuelos de la nena, y como era lejos decidí esperar en un bar para ir a buscarlo, porque era demasiado el viaje entre ir y venir.

Como yo, otras madres hicieron lo mismo, así que nos reunimos en un bar, cerca de la casa del festejo, para hacer tiempo y de paso conversar.

A algunas madres ya las conocía, otras se conocían desde hacía muchos años, dependía de la cantidad de hijos que cada una tuviera y de los años que se hubieran pasado buscando chicos en los cumpleaños, en las casas, o llevándolos y trayéndolos de la escuela.

Una de ellas era abogada, había varias en el grupo, era muy simpática y empezó a relatar cómo había conocido al marido. "Teníamos los dos treinta años, nos conocimos en una fiesta, el noviazgo duró tres meses, después nos casamos" dijo.

- ¡Qué rápido! - exclamó otra de las madres.

- Sí, todo fue muy rápido. Yo tenía treinta años y parecía de dieciseis. Se lo dije a él y él se rió. Era cierto. Se había encontrado con una chica de dieciseis años en una mujer de treinta. Nos enamoramos, nos casamos, lástima que duró tan poco...

- ¿Se separaron?

- No, él se murió. Soy viuda.

- ¿No te volviste a casar?

- No . contestó. No sería lo mismo. El gordo fue único, no se repetirá.

- ¿Y vos? preguntó ella a otra de las madres.

- Yo soy reincidente, me casé y me separé varias veces.

- Bueno, dijo riéndose la viuda, yo soy abogada, chicas, asuntos de familia, divorcios, así que ya saben...

- No, por ahora, yo no pienso cambiar de estado - dijo otra.

- ¿Cuál es tu estado?

- Separada, y estoy estudiando y además trabajo.

-¿Qué estudiás?

- Abogacía.

- Ah, vamos a ser colegas.

- Sí, espero recibirme pronto. Por ahora no tengo tiempo de salir con nadie, entre el trabajo, el nene y la facultad.

- ¿Ninguna está aburrida? - se me ocurrió preguntar

- ¿De qué? No hay tiempo de aburrirse. Estoy todo el día en el estudio, trabajando. LLego a casa y tengo que atender a mi hija, ¿cómo me puedo aburrir?

- ¿Cómo lo estarán pasando los chicos? - preguntó una de las madres

- Pienso que ellos bien...- dijo otra

- ¿Por qué decís ellos? - pregunté

- ¿No viste la cara de la abuela cuando vio llegar a tantos chicos?

- Ví una mujer de aspecto serio- contesté.

- Sí, sí, por eso...

- Menos mal que la casa es grande...

Después una de las madres empezó a contar anécdotas de los chicos y tomamos más café. Poco a poco las luces de la calle empezaron a encenderse. Faltaba poco para que se terminara la fiesta.

Fuimos caminando hasta la casa, era una noche espléndida y a medida que nos acercábamos a la casa se escuchaban más cerca los gritos de los chicos desde la calle. Toqué el timbre de la casa y abrió la puerta la mamá de la nena. Le habia cambiado el semblante, parecía muy cansada. Uno de los chicos pasó corriendo,vestido con una capa negra. Lo seguía otro también vestido con una capa negra y un sombrero. La casa tenía un jardín enorme y estaba adornada con calabazas de Hallowen. Había vasos de plástico, servilletas y adornos tirados en el piso, aplastados, como si hubiera habido una batalla campal. Enseguida apareció la abuela de la nena que cumplía años a saludar, parecía aliviada al vernos llegar. Mi hijo me sorprendió desde atrás con una máscara. Había varias nenas con sombreros de bruja, en punta. Faltaban las sorpresas, los caramelos y no sé qué más. La madre de la nena nos dijo que sería la última vez que el cumpleaños se iba a festejar en esa casa. No es la casa de mis padres, aclaró, sino de mis suegros. y han hecho un desastre.

Otro de los chicos saltaba sobre una silla mientras empuñaba una espada de plástico. Le dije a mi hijo que nos fuéramos enseguida, que ya era tarde. Estaba traspirado, cansado y alegre, todo al mismo tiempo. Tenía una pequeña calabaza de plástico en la mano, como recuerdo.
En el cielo había nubes y mientras íbamos caminando mi hijo me preguntó:
- Esta noche es Noche de brujas ¿no, mamá?
- Sí, querido, esta noche es Noche de brujas.

 

 

viernes, 25 de octubre de 2013

Entre mujeres 4



Nos encontramos en ese bar, donde alguien tocaba un piano, como siempre. Era viernes, y cada una había terminado sus actividades, su trabajo, es un decir, porque en el fondo, nada termina.
Hacía bastante tiempo que nos conocíamos con Liana, nos habíamos conocido en uno de los tantos talleres literarios a los que asistí. Era lógico que nos reuniéramos de vez en cuando para hablar de libros, y de algunas otras cosas.
Liana estaba sentada en una mesa, con un libro abierto y un café a medio terminar cuando llegué. Había salido tarde de la oficina, ya les había dado de comer a todos, y ese era mi tiempo de distracción y también de reunión con una amiga, con la que, pese a los altibajos de la amistad, me llevaba bien. Pero esa noche no, todo parecía conspirar para que la conversación tomara otro rumbo.

- Pero no te das cuenta que si alguien se te acerca es por tus relaciones, o porque te llamás como te llamás..- me lanzó para agredirme.
- No, yo no pienso eso ¿vos lo creés?
- Sí, definitivamente sí, lo creo y sería bueno que te dieras cuenta...
- Creo que esa es tu opinión, en definitiva cada vez que alguien se me acerca intento averiguar por qué se me acerca, nada más...
- Yo creo que vos deberías asumir lo que te estoy diciendo, vivirías mejor, más tranquila y mejor preparada - continuó.
- ¿Vos creés eso? - contesté, después de revolver el café, sin azúcar.
- Sabés que sí, sos muy bonita, pero tenés que saber realmente quién sos, por qué las personas se acercan a vos.
- Creo que estás exagerando, a vos te parecerá que tengo tantas relaciones, y como me llamo ¿tiene alguna importancia?
- Pensá lo que quieras, pasemos un rato agradable escuchando música.Hoy no vino Oscar, nos despedimos antes de entrar aquí. Me hubiera gustado que de una vez por todas lo conocieras...
- Sabés que me intriga Oscar, quisiera saber cómo es, si es alto, bajo, gordo, flaco, rubio o morocho, simpático, tal vez, no puedo hacerme la imagen de él.
- Ya lo vas a conocer, te lo voy a presentar pronto... te quedaste callada...
- Sí, estoy un poco cansada  esta noche...
- Para mí que estás pensando en alguien...
- Puede ser ¿por qué?...
- Intento adivinar...
- Sabés que no tengo ganas de hablar de eso...
- Vos estás mal hoy ¿no?
- Puede ser, tal vez no, tal vez estoy un poco cansada, tuve mucho trabajo hoy...
- A mi no me engañás...
- Bueno, ¿y si estuviera pensando en "alguien" cuál sería el problema?
- Te das cuenta, ahí está tu problema...
- Yo creo que esta noche tengo ganas de leer un libro nuevo, de escuchar música, de tomar un café y de no acordarme de nada que no quisiera recordar...
- A vos nadie te puede ganar ¿no?
- A veces pienso que no tengo ganas de hablar de ciertas cosas...
- Sabés que te queda bien el color azul, el del pullover que tenés puesto, te hace juego con el color de los ojos...
- Mis ojos son verdes, no azules...
- No importa, te queda bien el azul te estoy diciendo...
- A vos tampoco nadie te puede ganar...
- Yo creo que deberíamos escuchar música, estaba leyendo un libro de Cortázar...
- Ya lo veo, Julio... creía en la magia...
- Y vos ¿creés en la magia?
- A veces sí...
- Cortázar hablaba de otra cosa, no era magia en realidad...
- Ah, no ¿y qué era?
- Era política, nena, política...
- Puede ser...
- La magia de Cortázar era política, él hablaba de esa magia...
- Tal vez...
- Pero a vos no te puedo convencer de nada...
- Y a lo mejor sí...
- ¿Tomamos otro café?
- Bueno...



viernes, 27 de septiembre de 2013

Entre mujeres 1

(Buenos Aires)


Empiezo a publicar una nueva serie de cuentos: Entre mujeres, que fui escribiendo a lo largo de los años. Así como en los cuentos de la serie Tardes de madres, escribí acerca de mis experiencias, vivencias y diálogos con las madres, en general, de los amiguitos de mis hijos cuando eran chicos, ahora iré publicando una serie de cuentos relacionados con experiencias, vivencias y diálogos con mujeres.
En ninguna historia los personajes tienen nombres reales, los lugares han sido modificados, los diálogos y las historias pueden ser totalmente inventados.

Entre mujeres -1

Estoy en el departamento de ella, es una mañana luminosa y he ido ahí por razones de trabajo. Ella tiene un proyecto cultural y yo también. En algo coincidimos. A través de la amiga, de una amiga, de una amiga, la conocí. Ella no cree en las casualidades, yo, como Julio, tampoco. A ella le encanta la magia, la astrología y una serie de cosas parecidas. Yo desconfío bastante de todo eso. Creo que algo puede ser cierto, que hay ciertas influencias, ciertos poderes invisibles, mejor no quiero adentrarme en esa materia. Ella insiste. Voy a ponerle un nombre ficticio, la llamaré Teodora. No sé por qué se me ocurre ese nombre, pero es más fácil así, con un nombre contar una historia. Teodora dice que la magia, la astrología existen, que a ella le sirve. Yo no sé, digo. No sé, mucho no creo en los signos, no leo casi nunca el horóscopo, pero ella, Teodora, insiste en hablar de todo eso. Ella es una mujer bonita, no llega todavía a los cuarenta o casi, y  está sola, aparentemente sola, porque después de un tiempo me confesará que tiene alguna pareja. No le pregunté nada, ella sola me cuenta. Está divorciada y tiene hijos. Pero no quiere que los hijos sepan. Me gusta que tengan la imagen de una madre, dice. Luego me confiesa que cruza el charco de un país a otro para verlo, es escritor  y que lo dobla en edad. No quiere que nadie en Buenos Aires la vea con él. Me mira sonriente, no le digo nada. Ella no quiere que nadie sepa de su vida amorosa, pero a mí sí, me lo cuenta. No opino, es dueña de su vida. Las dos tenemos la misma edad pero mi vida es distinta a la de ella. Ella dice que las cosas ocurren porque están escritas y que un astrólogo le predice el futuro. La miro y no le contesto. Conversamos acerca de su proyecto y yo le cuento acerca del mío. Después de unos minutos suena el teléfono y ella atiende. Conversa, se ríe. Es un amigo, dice, y es escritor. Le pregunto el nombre, me lo dice, no lo conozco, digo. Apenas empieza a conocerse aquí, dice.
- ¿Querés hablar con él? - pregunta
- No sé quién es ¿qué podría decirle?
- Hablale de lo que escribís, tal vez a él le interese.
- Está bien digo.
Conversamos un poco, me cuenta algo de un nuevo libro que está escribiendo, yo le cuento algo de lo que estoy escribiendo. Se tiene fe, dice. Lo felicito y se ríe. Ella también se ríe. La conversación no dura mucho más.
Teodora me dice que ella aportó su granito de arena para difundir lo que él escribe, que ahora son amigos. Sigo sin conocer a ese escritor. Lo conoceré mucho después a través de sus libros, he leído algunos. Le fue muy bien, vendió mucho.
Ella me insiste que debo ver a algún astrólogo, que los astros son los que deben guiarme. No sé, digo. Alguna vez me tiraron las cartas, me dijeron alguna cosa, pero no mucho más. No me gusta indagar al futuro, no sé.
Todo es una cuestión de confianza, dice Teodora,  las estrellas pueden guiarnos porque eso es lo que puede leerse, a mi me guían, insiste. Ella cree que todo ocurre porque ya está escrito y hay que descifrarlo. El asunto es encontrar a alguien que descifre. Cada una seguirá hablando de sus cosas, de sus proyectos, de su realidad, durante algunos momentos más. Nunca fuimos amigas con Teodora, sólo conocidas, intercambiamos ideas, palabras, algún café, y las historias, como ésta, quedaron en algún lugar de la memoria seguramente para ser contadas.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Algodón de azúcar rosado





¿Cómo había llegado hasta ahí? solo sabía que estaba frente a un quiosco de diarios y revistas, antes  había corrido  detrás de un vendedor de algodones de azúcar rosados ¿el tiempo era tan fugaz? Era mediodía cuando lo vi a él  y a  sus globos rosados de azúcar,  me apuré, corrí,  seguramente lo alcanzaría, como cuando era una niña. Entonces iba al río y siempre entre  el camino de la playa y la rambla paladeaba hasta empalagarme  el hilo dulce de un algodón de azúcar, me impregnaba las manos, la cara, el pelo, toda pegoteada. Quise saber si lo que estaba viendo no era una visión, como la de los sueños ¿estaba en uno? Y le pregunté:

-  ¿Es azúcar?
-      Sí – dijo el hombre  y siguió caminando.

En la calle los motores de los autos rugían, la gente caminaba rápido, sin decir palabra y yo estaba ahí mirando esos globos de algodón de azúcar rosado, en ese mediodía tan luminoso. Me detuve, el día no me iba a alcanzar si seguía deteniéndome en cada cosa, en cada cara, en cada color que iba llamando mi atención. Y cuando me di vuelta, con la vista había seguido el vuelo de un pájaro,  la imagen del hombre y los globos ya no estaba. Y  ahora ¿qué estaba haciendo ahí, en ese quiosco? Había un hombre leyendo y le pregunté algo, no sé, hablamos de la música de Serú Girán, quién sabe  por qué. La conversación  se había puesto interesante. Seguramente sentí que tenía que volver.  Le  indiqué hacia adónde iba y el hombre dijo que él también iba para el mismo lugar. Me sentí tranquila cuando subimos al vehículo, un tremendo camión, nuevo. Él me dio las llaves y me pidió que tomara el volante, se  sentó en el asiento de al lado, mientras leía. Pensaba que no iba a poder manejar semejante camión,  sería muy pesado, me costaría calcular la distancia en  los caminos angostos, y me costaría doblar las curvas no sin temor. Y sin embargo  conducía bien y rápido, y el hombre leía. Me asombraba yo misma de poder ir por  el camino manejando junto a ese extraño. Me costaba conducir el camión, y pensé en el mito de Sísifo, siempre había que llevar alguna piedra ¿no? Era siempre un volver a empezar. Aun no sabía por qué él confiaba en mí, me había dado las llaves del vehículo y se dejaba llevar. Manejar el camión se me hacía pesado, a veces. Y sin embargo tenía la confianza de ese extraño, con el que había  cruzado apenas unas palabras sobre Serú Girán. Me cansé un poco de hablar de la música progresiva en las pausas que él hacía durante la lectura, después se ocultaba detrás de un libro o de una revista. Todo fue tan rápido, ahora que lo pienso. La conversación sobre música, el viaje, la experiencia de manejar el camión. Tenía mis temores y mis dudas, mi perplejidad cuando debía doblar una curva. Mi anhelo de llegar, y no conducir más.  De pronto  me detuve,  habíamos llegado y quise volver a mi casa. ¿Mi casa? Pero ¿cuál? ¿a qué casa me refería? Y después de todo ¿dónde estaba? Me despedí del hombre, le devolví las llaves, no sin una extraña satisfacción, como quien se despide de un amigo, o tal vez de alguien desconocido,  con pocas palabras, todavía pensando en lo enigmático de la situación.  Llegué a la casa, un lugar donde había vivido hace muchos años, donde se estaba preparando una fiesta y me dirigí a la cocina. Y ahí todo se amontonaba como viejas capas de tiempo, una sobre otra, sin que ninguna quedara clara, diáfana, sin saber si alguna vez las cosas se aclararían ¿pero por qué tendrían que  aclararse? Y salí de ahí perpleja, una vez más, sabiendo que a veces resulta imposible luchar contra ellas. Las cosas son así, a veces, duras como las paredes, blandas como el aire. Caminé un poco, a través de la noche,  sabiendo que llegaría una vez más al río. Y ahí, era finalmente se veían algunas luces, donde se hacía la fiesta, esa fiesta de la cual se hablaba en la casa. Iban llegando  personas  con trajes de noche, con vestidos brillantes, con máscaras, como en un carnaval veneciano. Y después de todo ¿persona no quiere decir máscara? ¿y quiénes se ocultaban detrás de las máscaras? Esperar la llegada del amanecer, como siempre, velado en los sueños, una espera dulce y expectante como la de una madre que espera  un niño, luz de día, luz  tan esperada.
Y de pronto el sol en el río,  apenas una luz,  los pájaros cantan y a lo lejos veía de nuevo al hombre de los globos de azúcar rosado sostenidos como si fuera un gran manojo de flores o un árbol. ¿Correr una vez más  para buscar un algodón de azúcar? el sol ya estaba en lo alto y algunos  reflejos asomaban en la superficie del río, soles diminutos.

La música de Serú Girán, sonaba Canción de celeste,  empecé a caminar tapándome los oídos, sin advertir que  el camino me iba llevando hacia el mismo lugar. Y como Sísifo, debería llevar una piedra, un día, una vez más. 

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 17 de mayo de 2013

Escribir y amamantar ¿actividades clandestinas?


(Buenos Aires)

Hace pocos días buscaba un lugar tranquilo, en un bar, para escribir. Elegí  una mesa apartada porque no quería escuchar conversaciones de mesas cercanas que me distrajeran. Y me encontré con que el lugar más tranquilo y lejano del bar al que a veces voy estaba ocupado por una mujer con un bebé y otra mujer más grande. Esas tres personas estaban ahí, congregadas. Cuando me senté, las mujeres me dijeron desde la mesa que ocupaban: mire que la nena grita. Y sí, la beba empezó a dar pequeños grititos, no era un llanto, mientras las dos mujeres comían. No les hice caso, y me puse a escribir después de que el mozo me trajera un café. Después de unos minutos, cuando ya estaba inmersa en lo que escribía, la beba empezó a gritar más fuerte. La madre, una mujer  de unos treinta años, me pidió disculpas. Le contesté que no se preocupara, que yo había tenido hijos mucho más gritones y llorones que esa nena, aunque ya hacía años de eso.  Pero ella no llora, grita, me contestó la mujer. Entonces me di cuenta que me resultaría imposible seguir escribiendo porque la criatura gritaba muy fuerte, chillaba y era evidente que algo quería. Mientras las dos mujeres comían, la nena que era muy robusta empezó a zamarrear el coche donde estaba sentada, a moverlo y a enojarse. La madre dejó de comer, la levantó en brazos, y después se puso a amamantarla, con lo que la nena cambió el enojo por una cara de felicidad. Y sí, el amamantamiento da felicidad al bebe pero también a la madre, es una relación de amor, de nutrición, de placer, de una gran unión entre la madre y el niño. Yo también la viví con mis hijos. En ese momento comprendí por qué las dos mujeres habían buscado el lugar más tranquilo del  bar para sentarse a comer con la beba. Amamantar todavía es algo que en una gran ciudad puede avergonzar. No estamos en el campo ni en un pueblo apartado. Estamos en una ciudad donde hay millones de habitantes. Y en la ciudad, vivimos en el artificio, salvo en algunos lugares como parques y plazas o cercanos al río o a los bosques de Palermo o en algunos barrios más alejados.
Y también, cuando escribo en bares tengo la sensación de estar haciendo algo clandestino, algo que es un artificio dentro del artificio de la ciudad donde vivo, donde las palabras son significantes que saltan como pelotitas sobre una red y hay que atrapar los significados, algo por lo que tal vez se pregunten quienes miran a una mujer como yo escribir, sola en un bar.

sábado, 27 de abril de 2013

Un globo rojo



Un globo rojo

Volvía a mi casa y antes de entrar lo ví, ¿a quién? al globo rojo. Estaba ahí, casi flotando en el aire. Era el mediodía, un día soleado, espléndido, tanto, que daba lástima volver, quedarse adentro. Y lo encontré, era un globo rojo que parecía reírse, se movía en el aire, apenas inmóvil, como un sueño.
¿Era de algún chico? seguramente, tal vez se le habría escapado, ¿qué hacía ahí? parecía jugar. Abrí la puerta, hay algunas cartas en el piso, el gato me saluda, pasa su cuerpo  por mis piernas, un saludo fugaz. Ahora suena  la campanilla del teléfono, atiendo y  una voz metálica me hace preguntas de una encuesta que no voy a contestar, cuelgo.
Es mediodía, el sol está en lo alto, las hojas de las plantas brillan apenas húmedas, algunas hojas secas y amarillas, doradas,  también dan vueltas en la calle amontonándose en los cordones de la vereda, en las esquinas. Olvido el globo y me dedico a otras cosas, a encender la notebook, tomo un sorbo de agua, contesto algunos mails. Es un alivio contestar algunos mensajes, sé que no tendré que hacerlo después, más tarde. Podré pensar en otras cosas, trabajar, leer. Las voces estridentes de los niños, salen de la escuela, son como el mediodía, alegría pura. Algunos pájaros vuelan de vereda a vereda cruzándose en el aire, deteniéndose en los cables ¿de teléfono? no sé, hay tanto cablerío en esta ciudad. Ellos cantan, los escucho.
Picasso decía  que para  entender el  arte había que preguntarse qué dicen los pájaros. Estoy segura que los pájaros hablan entre ellos, se comunican y muy bien. Dentro de unos minutos, ¿media hora? tendré que salir nuevamente, apagar la notebook, cambiarme, ¡actitud!. Las cartas quedarán por ahí, sin abrir, hasta más tarde. Ahora no tengo tiempo de leerlas. ¿Qué apuro hay? Salgo, y antes de cerrar la puerta lo veo: al globo rojo. Recuerdo la película, El globo rojo. No es el mismo globo ni la misma película. El globo está ahí, flota en el aire, se mueve, se queda ahí, muy cerca, como si quisiera jugar. Llegó hasta ahí como un gato, sin que nadie lo llame. Me voy, lo dejo, hará lo que quiera seguramente, tengo que salir... Mientras camino pienso por qué ese globo rojo se quedó ahí, bailando apenas, por qué no lo empujó el aire, por qué no bajó la escalera. Sé que es inútil preguntarse esas cosas, nadie las va a contestar. Y me encamino hacia alguna parte, hay que llegar en el horario convenido, el tiempo corre y todo va muy rápido: los autos, las personas, los colectivos, los relojes, la vida misma. Me cruzo con personas que caminan rápido, que cruzan la calle sin mirar, algunos corren, corren.
La tarde, antes de que oscurezca tiene un raro sabor, un raro perfume a eso, a tarde. A algo que está antes de la noche, a algo que todavía tiene luz de día y preámbulo de oscuridad. La tarde tiene un compás de espera mientras dura el día, puede interpretarse de diversas maneras.
Para llegar adonde voy, hay que viajar, tomar un colectivo, caminar no, es lejos. Cuando un lugar se encuentra lejos hay tiempo para pensar. Y por suerte me he olvidado del globo rojo, y de todos los detalles y cosas sin importancia que fueron ocurriendo desde el amanecer hasta esa hora, la tarde. Porque ¿cuáles son las cosas que tienen importancia y cuáles no? Separarlas, separarlas siempre,  saber distinguirlas, ordenar. Hacer una lista de cosas importantes, despojarlas de las que no lo son, éstas, las que no tienen importancia, se caen como las hojas secas de los árboles. Lenguaje, palabras, Paideia, ¿Paideia? sí, los griegos tenían mucho tiempo para reflexionar. Y no como en esta ciudad, tan grande, tan hermosa, tan llena de árboles y de parques, donde corremos tanto, tanto, para llegar, simplemente para llegar.

Vuelvo, ya casi es de noche y el aspecto de las calles, de la ciudad ha cambiado. Las luces artificiales cambian el color de las cosas. Son luces de los faroles de los autos, de  las esquinas, de las calles, de las vidrieras que se quedan solas, mostrando la mercadería, sin las chicas que las venden en los negocios, que ya se han ido por suerte a sus casas, o a caminar por ahí, tal vez. Luces que le dan otro aspecto a la ciudad, que visten la noche, la encienden, una parte con luz, la otra permanece escondida.
Y no esperaba que el globo rojo estuviera ahí, pero sí está. Lo miro ya con indiferencia, tengo ganas de preguntarle algo que no debería: ¿por qué viniste? ¿qué querés de mi? Abro la puerta, y el gato aparece estirándose, se despereza de la larga siesta, me  mira a los ojos, a la cara y maúlla, como siempre hasta que le diga: ¡hola! Cierro la puerta, pienso que el globo rojo, tal vez se quede ahí o no, no sé. O que tal vez, cuando vuelva a abrir la puerta no esté más, como este día, como la tarde, o quién sabe.

(c) Araceli Otamendi



martes, 12 de febrero de 2013

Espejos de agua




"Escribir es la manera de quien tiene la palabra como una carnada: la palabra pescando lo que no es palabra...".

                                                                                        Clarice Lispector 

Cuando era chica creía que alguien siempre me miraba, a toda hora, no es una broma.
Es la mañana, camino por una avenida llena, autos, colectivos, personas que caminan en general rápido. Hay sol, el día es una promesa, hay viento, no muy fuerte, hay humedad, poca, siento en el cuerpo, en la cara, esa humedad. El cielo es azul, diáfano. Al llegar a una esquina una mujer descalza, pantalón  gris casi hasta las rodillas y un saco que tal vez haya sido de un hombre. La mujer  se agacha en una esquina se lava rápido  la cara en un charco y sigue caminando. La miro cómo se aleja, se va.  Me pregunto si alguien más la ha visto. Es una mujer joven, camina, a la distancia se ve la figura, casi una sombra. Después, enseguida  miro el charco. El agua parece limpia. Me dan ganas de preguntar si alguien vio a esa mujer ¿pero a quien? Tan rápido fue el gesto de lavarse la cara en ese charco, tan fugaz, algo así como un sueño. Hay que desandar el camino, entrar en la memoria de los sueños, preguntarse qué pasó anoche por ejemplo. Honestamente no sé por qué alguien ¿quién? no sé, me entrega en la palma de la mano una pequeña criatura humana envuelta en una hoja verde de un  árbol. Puedo sostenerla en una mano, la miro, la toco apenas, llora, llora mucho y apenas se escucha el llanto. ¿Qué hago yo, a esta altura de mi vida con esa beba - lo único que hace es llorar - y cabe en  una mano? Está desnuda, cubierta sólo por la hoja verde, como si fuera una flor rosa o una planta. No sé, la sostengo hasta que una luz  me indica ir hacia otro lado. El deseo me impulsa y voy hacia un  jardín, espero ver  maduros los higos colgados de las ramas, intactos. La higuera poblada de hojas y de frutos. Me gustan mucho los árboles frutales. Me quedo  al lado del río mirando el agua, el cielo, los barcos y los pájaros. La brisa me acaricia el cuerpo, el calor de la tierra y el verde del pasto me sostienen,  la luz del sol oblicua tiñe de amarillo intenso las hierbas.Y así esperé una vez  todo el verano para ver maduros los higos, hacía tiempo, escuchando el canto de los pájaros. El hielo en cubos, el agua fría, calmaba la sed. Hay muchas personas ahi, y luego cuando la luz se retira y la noche va llegando lenta, los pájaros ya se han comido los higos, los han picoteado, y las frutas así deshechas se lucen en las ramas  .... También vi a dos pájaros pelearse salvaje, abiertamente, a los gritos por un pez en el agua hasta que uno inexorablemente se engulló el pez y el otro se quedó mirando. Y si como dice Borges "después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente  ahora" esperé un colectivo en la calle, no sabía adonde iba a llevarme. Después de andar algunas cuadras, subieron cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas vestidos de negro, apariencia de emos. Uno de los chicos tiene una especie de pulsera de cuero adornada con larguísimos clavos de unos diez centímetros o más. A él le resulta indiferente que yo clave la mirada en ese objeto, no sé cómo llamarlo. Ojalá no se mueva, pienso, ojalá no mueva la mano hacia ningún lado. Sé que los emos son una tribu urbana. Y a lo mejor, pienso, la mujer que se lavó la cara en un charco pertenezca a alguna tribu urbana ... pero no era emo, no lo parecía, iba descalza, apenas vestida con ese viejo traje. Puedo sentarme ahora cerca del río y buscarle una interpretación tanto a los sueños como a los hechos. Tengo a mi lado un libro de cuentos de Clarice Lispector: "escribir es la manera de quien tiene la palabra como una carnada: la palabra pescando lo que no es palabra..." dice.
Es una maravilla la tarde, el color canela del río, el agua calma, hombres y mujeres pescan y yo quiero pescar también, pescar lo que no es palabra para decir. Para decirme algo, no sé. La delicia de una tarde junto al río, puedo leer un cuento y pensar. Puedo leer, y mirar como un barco navega alejándose. Puedo dejar de pensar en esa mujer que vi una mañana lavarse la cara en el charco de una esquina y no lo hago.
Salgo a caminar y unas flores grandes, rojas de un  malvón crecido, enorme, solicitan mi atención. Dejo que la mirada se quede en esas flores durante algunos segundos, reconozco que el encuentro con la colorida planta es el cierre de una tarde especial, pienso en el color  del río, en la brisa suave  y en el libro de Clarice Lispector. Después me voy caminando, alejándome del río y de la vida salvaje de esos pájaros, de los higos comidos a medias, del suave olor del agua, de una tarde que hubiera merecido llamarse color siena tostada, como el de los retratos.

(c)Araceli Otamendi 

sábado, 1 de diciembre de 2012

El hombre de la Singer


Estaba de moda escribir historias y leerlas en voz alta. Eran los años `80, las flores de la democracia habían revivido y soñaba.
Tal vez por eso imaginaba que podría escribir como Roberto Arlt. Acerca de todo y de nada, acerca de cualquier cosa. Imaginaba historias, observaba ¿para qué más? Entonces entré una tarde a la tienda, una modesta tienda de  un barrio de Buenos Aires, donde un hombre con cara triste vigilaba la puerta. En la vidriera había algunos batones para las señoras que salen a regar las plantas de las macetas de noche y en verano. Y también medias, calzoncillos y camisetas. ¡qué cosa triste! ¿no? todo eso. Pero lo vi triste al hombre, la piel apergaminada, y le pregunté cuánto costaba un camisón o un piyama. El hombre dijo una cifra, me pareció irrisoria y mientras tanto, ya adentro de la tienda, lo estudié.
Le dije que quería algunas camisetas, y una cinta, y ya no recuerdo qué y mientras él iba a buscar adentro de unas cajas observé la Singer. La máquina de coser. El volvió con las cintas y algunos alfileres que también le había pedido para hacer tiempo y se dio cuenta, creo,  del juego:

- ¿Le gusta la máquina? ¿Le interesa? Está a buen precio...

- Me gusta mirarla, me trae recuerdos, pero yo no sé coser ...

El hombre se entristeció más. No quiso escuchar mis argumentos, en realidad no sabía coser de verdad, nunca había aprendido y sin embargo me gustaba mirar esa máquina, como algo de otra época. Como un objeto que había salido del tiempo, como un marciano que hubiera aterrizado ahi en la tienda.

- Mi señora ya no cose más - dijo el hombre.

No le contesté pero el hombre siguió hablando:

- Mi señora no puede coser más porque está ciega y yo atiendo esto, pero ya no se hacen arreglos...

-¡Qué pena! ¿no? - dije

El hombre me miró y alzó los hombros, como si no pudiera hacer nada, como si todas las cartas estuvieran echadas. Puso en una bolsa las camisetas, las  cintas y los alfileres, me cobró y guardó el dinero en una caja. Las vitrinas donde se acumulaban hilos, cintas y medias debían tener unos ¿treinta? ¿cuarenta años? , calculaba. Me despedí del hombre y salí a la calle. Afuera los árboles tenían hojas verdes, era la primavera, y caminé rápido por la vereda sabiendo, que el hombre nunca sabría tal vez, que se había convertido en el tema de una historia.

(c) Araceli Otamendi

lunes, 7 de mayo de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - (fragmento)



La biblioteca de Morgan era bastante completa, pensaba, y sin embargo, ¿por qué
había elegido escribir best-sellers en lugar de buenos libros? ¿por qué ese
empecinamiento en las ganancias? era notable el lujo de su ostentosa casa y él quería
lucirse en la fiesta. Lila se habia quedado de pie junto a la biblioteca y de pronto
escuchó a Morgan:

- Vos inhibís a las personas, vos las alejás, y sos muy curiosa...
- Lo último puede ser, lo primero, no sé.
- Es así, como te digo, te invité a esta fiesta, con mis amigos, para que disfrutes,
 para que todos disfruten, van a filmar una película con mi novela, va a ser un gran
 éxito.

- ¿Y con eso no te alcanza?
- No, quiero que todos mis amigos me acompañen en esto.
- Pero yo no soy amiga tuya, soy amiga de Miguel, solamente.
- Bueno, pero podemos hacernos amigos...
- No te preocupes por eso, no creo que inhiba a las personas, soy prudente, nada
 más.

Morgan se rió, mostró su sonrisa de dientes blancos, relucientes, que contrastaban
con el tono bronceado de su piel. Se había empecinado en que Lila dijera sí a sus
ocurrencias.

Y Lila no estaba dispuesta a ceder, a comprometerse sin saber bien quién era Morgan.
Pretender saberlo acerca de ese extraño que tan misteriosamente se le había acercado
parecía una ingenuidad de su parte.

- La invitación al barco sigue en pie - dijo él.
- Navegar no es lo mío, tal vez alguna vuelta pero no me gusta estar arriba de un
barco mucho tiempo.

- Entonces es sí - dijo él.

- Tal vez sí...

Afuera, en la fiesta, un mago contratado para animarla había empezado a contar
chistes y preparaba algunos trucos mezclando unos naipes.
Lila y Morgan salieron de la biblioteca, la música era estridente y cada uno se dirigió
a la mesa donde estaba antes.
Al llegar, Lila advirtió que Rosa Té, la psicoanalista, conversaba animadamente con
un hombre de barba y llegó a escuchar parte de la conversación:

- Lo más interesante, es saber qué es lo inconsciente que me ha unido al otro - dijo
ella.
- Sí, tal vez, pero es difícil de saber - contestó el hombre.
- Hay que descubrirlo - contestó Rosa Té.

Lila se había sentado en el otro extremo de la mesa y bebía una copa de champagne
que el mozo le había servido. En ese momento no sabía si ir o no al barco de Morgan,
a dar una vuelta, como él había dicho¿sería la curiosidad quien la llevara hasta ahí?
 
(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

martes, 17 de abril de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - fragmento































Miraba la pantalla de la notebook, aún no entendía cómo había podido escribir eso:



"Las historias secretas se sublevan
en la última noche tiendo a pensar en la oscuridad
nos cubre como terciopelo negro
nos canta himnos chicos
 
El filósofo habla en un débil susurro
tiendo a creer en débiles sonidos fragmentados
retorno a los orígenes
retorno al sentido abismal de luz y arena..."






evidentemente el personaje tenía vida propia, pensaba, ¿podía hacer algo al respecto? No lo sabía. Lila había entrado en la biblioteca, paredes de madera tapizadas de libros de arriba a abajo, una biblioteca inmensa.

Ella no desconocía esos ambientes lujosos, es más, los había frecuentado desde su más tierna infancia. Y sin embargo había algo que le parecía mentira en todo eso, que le parecía falso, como estar con una pulsera numerada de papel envolviéndole la muñeca, como si estuviera presa de esa fiesta, de esa situación, de esa invitación de ese señor llamado Morgan, al que ni siquiera se atrevía a llamar por su verdadero nombre. No, todavía no lo iba a hacer, era mejor así, dejarlo en ese limbo de nombre ficticio, ni siquiera decir el verdadero nombre. Y entonces entró él, con esa sonrisa de actor de cine, con su apariencia atlética, con su dominio de la situación, connotando su poder mediante su ropa, su piel bronceada y dijo:


- Hola



y Lila también dijo:



- Hola



Morgan preguntó si Lila buscaba algún libro en especial y ella dijo que no, que le gustaba mirar siempre las bibliotecas. Y entonces él dijo:



- Aquí no tenés que mirar, te voy a llevar a otra biblioteca



Y Lila lo miró con desconfianza. Entonces Morgan abrió sorpresivamente una puerta corrediza de madera que hasta ese momento parecía una pared en medio de la biblioteca y la invitó a pasar.



- Podés mirar aquí, seguramente te va a gustar más esta biblioteca.


Era una sala más chica, también tapizada de libros de arriba a abajo y Lila se detuvo a mirar los libros. Había libros de poetas franceses: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Prevert, Artaud, Breton, Eluard. También de escritores ingleses: Blake, Coleridge, Stevenson, Wordsworth y también otros más actuales como Martin Amis. Entre los argentinos estaban Borges, Mallea, José Hernández, Ricardo Güiraldes, Benito Lynch, Julio Cortázar, Roberto Arlt, Silvina Ocampo, y varios más. También había libros del Subcomandante Marcos, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Rulfo, Juan Villoro, Carlos Fuentes. Entre los norteamericanos pudo descubrir a Hemingway, Paul Auster, William Faulkner, Flannery O´Connor, Carson McCullers. Había libros de Fernando Savater, Isabel Allende, Ángeles Mastretta, Roberto Bolaño, Clarice Lispector, Vinicius de Moraes, Jorge Amado y otros. Entre los libros de filosofía pudo ver algunos de Michel Foucault, Gilles Deleuze, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir. Entre los novelistas franceses había libros de Michel Houellebecq y Marguerite Duras. También descubrió el Diario de Witold Gombrowicz, y las obras de teatro de Griselda Gambaro. Había libros de Antonio Tabucchi, Salvador Elizondo, Carlos Monsivais, Javier Marías, Nicanor Parra, Silvia Molloy, Ernesto Sabato, Ricardo Piglia, Tomás Eloy Martínez, Pablo Neruda, Olga Orozco, Nicolás Guillén, César Vallejo, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Gabriel García Márquez, Manuel Puig, Néstor Perlongher, Copi, y muchos otros autores. Había muchos más libros y Lila comprendió que esta era la biblioteca selecta y privada de Morgan.



- Ahora yo te mostré mi biblioteca ¿qué te parece?
- Me parece buena pero ¿qué tiene que ver con lo que escribís?



Morgan sonrió y dijo:



- Lo que conté la otra noche en casa de nuestro amigo es sólo una de las cosas que escribo. Quería que lo supieras.
 
- Yo no te estoy juzgando - contestó ella.
- Pero creo que no te gusta esta fiesta
- Yo no dije eso
- Me doy cuenta. Voy a invitarte a dar una vuelta en el barco, he invitado a algunos de los amigos que están aquí.
- No me gusta navegar - contestó Lila
- Ah ...querés estar siempre sobre la tierra
- Sí, tal vez, me gusta pisar tierra firme.
- Y yo te quiero mover el piso.
- Te va a ser difícil...
 




(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
 
 

martes, 10 de abril de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - fragmento





















De la antigua amistad con Miguel, Lila consideraba que poco o nada quedaba. La amistad se había ido transformando en una relación casi de conocidos, o tal vez de extraños, en la que Lila ya no tenía la misma confianza que antes. En realidad no había habido una traición, pensaba Lila, en esa amistad, sino un alejamiento, una extrañeza donde ya ninguno de los dos, ni Lila ni él eran los mismos. Sin embargo, pensaba Lila, había que darle a Miguel una oportunidad ¿hasta cuándo? ¿hasta qué punto Miguel no era el mismo? ¿hasta qué punto la fama, los nuevos amigos, la nueva situación económica lo habían hecho cambiar? ¿hasta qué punto Lila era Lila? ¿hasta qué punto Lila era la mujer que Miguel había conocido hacía muchos años? Miguel tenía demasiados amigos nuevos, había accedido a un mundo en el que Lila no tenía muchas ganas de estar. Prefería sus caminatas al lado del mar, su concentración para escribir, sus lecturas, salir con alguna amiga, escapaba de las fiestas ruidosas, de las reuniones con mucha gente, de la frivolidad. Pero ¿se podía poner a prueba una amistad? ¿era necesario? ¿hasta dónde quería llegar Lila? ¿no era más cómodo y más fácil dejar pasar las cosas? Había aceptado ir a la fiesta del amigo de Miguel, ese escritor, y también se decía artista, llamado Morgan, porque acordamos que el nombre no se puede decir, y esta vez no iría sola sino con Rosa Té, la psicoanalista. La fiesta sería en el exclusivo barrio con embarcadero cerca de la playa. Acordaron con Rosa Té ir en un remise, en este caso era un jeep que las llevaría por la playa hasta la casa de Morgan, cerca del acantilado. Cuando llegaron a la casa, después de pasar por la barrera de la entrada, Lila y Rosa Té tenían puesta una pulsera de papel con un número como identificación. Cuestión de seguridad. En la fiesta había muchos invitados y una música estridente. Morgan estaba en la entrada, y saludaba a los que iban llegando. Vestido íntegramente de blanco, pantalones, camisa y zapatos, Morgan parecía el personaje de una película donde él era el protagonista, el guionista y el director. Tal vez lo fuera. Morgan saludó a Lila y a Rosa Té y amablemente les indicó que se ubicaran en la terraza.

- ¿Cuál de ellas ? - preguntó Lila

Morgan sonrió y dijo: - La que prefieran.

La casa tenía tres pisos y dos terrazas y en los dos lugares había invitados, mozos que pasaban con bandejas sirviendo tragos y bocaditos y Lila se decidió por la terraza más cercana. En ese momento vio a Miguel, había llegado antes y conversaba con un grupo de personas sentados en una de las mesas adornadas con flores y velas. Rosa Té dijo que a ella le gustaba el lugar, y Lila no dijo nada pero se sentó en la misma mesa de Miguel y su grupo de amigos.
La música era estridente, había una orquesta y uno de los músicos tocaba el saxofón. Cerca, se podía ver el barco de Morgan, amarrado. Había algo de viento y el barco se bamboleaba. En el agua, se reflejaban las luces de la casa y también la luna, era una noche estrellada.

Una de las puertas, la que daba a la terraza donde estaba Llila estaba abierta y dejaba
ver el interior del living: un gran cuadro de colores estridentes ocupaba la pared del fondo.

- Uno de tus cuadros - señaló Lila mientras miraba a Miguel.

- Sí - dijo Miguel, de mi época abstracta.

- Lo recuerdo bien, lo estabas pintando en tu época de Pollock.

- Es cierto - cuando viajaba seguido a Nueva York, la obra de Pollock me inspiraba.

- Tu amigo ¿te compró muchos cuadros?

- Algunos

- Todavía tengo en Buenos Aires el cuadro de tu época cubista - dijo Lila. - Ese lo puse en el living.

Mientras Lila y Miguel hablaban de las pinturas, Rosa Té había entablado conversación con una de las mujeres del grupo ahí sentadas.

- ¿Es amiga de Morgan? - preguntó la mujer

- En realidad no, me invitaron pero no soy amiga

- ¿Escribe?

- Tampoco, soy psicoanalista

- Ah - contestó la mujer, mirando a Rosa Té a los ojos

- ¿Y usted? - preguntó Rosa Té

- Amiga, amiga de Morgan y de la mujer

Lila se disculpó y se dirigió hacia la casa. Para llegar al living tuvo que deslizarse en zigzag, habían llegado más invitados, algunos se habían quedado de pie, bebiendo tragos, otros bailaban y Lila tenía una idea que le daba vueltas en la cabeza desde que había aceptado la invitación. La biblioteca estaba al fondo de la casa, había que atravesar dos livings y un comedor hasta llegar ahí. En todos los lugares había gente, algunos sentados, otros alrededor de las mesas que tenían platos de fiambres adornados con frutas. Finalmente, Lila había encontrado la biblioteca, la puerta de madera estaba semiabierta y entró.







(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

jueves, 5 de abril de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá








 
























No podía creer todavía en las palabras de Miguel. Recién había apagado el celular y me parecía una broma. Morgan, porque de él acordamos que no se puede decir el nombre, me invitaba a mí, a Miguel y a otros amigos a una reunión en su casa. ¿Pero cómo me puede querer ver de nuevo a mí si estuve de lo peor en tu casa? le había dicho. Dice que le encantaste, que lo pasó muy bien en casa y hace una reunión para celebrar el nuevo contrato para filmar una película, su nueva novela. No entendía, había hecho un esfuerzo sobrehumano para quedarme ahí, en la casa de Miguel, casi no había hablado, ese hombre Morgan me parecía demasiado extraño, demasiado exitoso, demasiado charlatán y ahora me invitaba a una reunión en su casa. Deduje que sólo podía intrigarle mi reserva, mi silencio, o tal vez estuviera empecinado en pertenecer al círculo de amigos escritores y artistas de Miguel, un artista visual con obras en las mejores galerias de New York, París, Buenos Aires y ahora también sus obras iban a Dubai.




- Está bien, dije, voy a ir, lo voy a hacer por vos, por la amistad que tenemos desde hace tantos años, pero esta vez voy a ir acompañada por una amiga.


- ¿Y quién es esa amiga que querés traer? dijo Miguel.

Una psicoanalista de Buenos Aires.


No me había resultado fácil convencer a Rosa Té para que me acompañara a la reunión en la casa de Morgan.


- ¿Y quién es? - preguntó Rosa Té
- Un escritor y artista, un amigo de Miguel, mi amigo
- ¿Lo conocés?
- Lo ví una vez, dos, lo vi en la casa de Miguel, me invitó a una reunión
- No será uno de esos plomos que no hablan ¿no?
- Para nada, al contrario, habla demasiado, no para de hablar, acapara toda la atención.
- ¿Y por qué se te ocurre que yo la voy a pasar bien en esa reunión?
- Ah, no, garantías no hay, no sé cómo va a ser, nunca fuí a la casa, casi no lo conozco y es más, casi huí la otra noche de la casa de Miguel.
- A lo mejor es divertido
- Puede ser
- ¿Y dónde es la casa?
- Me dijo Miguel que vive en un barrio exclusivo, con embarcadero, Morgan tiene un barco amarrado en la puerta de la casa.
- ¿Y a vos te parece que yo le puedo interesar al amigo de Miguel?
- ¿Y por qué no?, Rosa
 
Rosa Té me ponía entre la espada y la pared. Tenía que ofrecer garantias de algo que no tenía la menor idea de cómo iba a resultar. Como siempre, ella quería tener garantías de todo: de la amistad, de los horarios, de las afinidades. Estábamos ahora en un bar, cerca de la playa, lejos del bar de Pirata. Un bar con techo de chapa donde colgaban plantas y un guacamayo de un aro. Rosa Té había pedido un agua saborizada. Como todo el mundo ahora, en lugar de café, té, o una gaseosa, todo el mundo pedía agua saborizada. Yo no, yo había pedido un agua mineral.


- Mi mamá tiene un amante nuevo - dijo Rosa Té
- Tendrías que olvidarte de los amantes de tu mamá.
- No puedo, toda la vida fue igual, tuvo maridos, amantes, maridos y amantes al mismo tiempo, es algo que no puedo olvidar. Es imposible competir con ella.


Nuevamente el tema fijo, la obsesión de Rosa Té con la madre y sus maridos y los amantes de su madre, era casi imposible que el tema no se instalara en las conversaciones con Rosa Té.



- ¿Por qué no hablamos de filosofía? - dije
- Tenés razón ¿qué filósofo elegimos hoy?
- Spinoza, Las cartas del mal ¿te parece bien?
- Sí, sí, hablemos de Las cartas del mal - dijo la psicoanalista




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domingo, 1 de abril de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - fragmento



























Ahora se había ido, me había estado interrogando durante media hora o más. Durante ese tiempo, intenté ser cordial, sonreir, mirarla a los ojos y ella seguía ahí firme, mirándome a los ojos, también, como si me estuviera juzgando, como si ya me hubiera juzgado, como si ya, tal vez, tuviera algún veredicto.
La mujer que vino a interrogarme dijo ser investigadora, dijo estar trabajando en el caso de Willy Agastizábal, el hombre que había aparecido ahogado en esta playa.



¿Por qué tendría yo que saber algo?

- Willy Agastizábal apareció ahogado en esta playa, cerca de aquí, a unas cuadras de distancia, ¿está segura de que jamás lo había visto?

- Segura no, no puedo afirmarlo, tal vez lo había visto un par de veces - dije.

- ¿Y tal vez lo conocía?

-¿A qué se refiere?

- ¿Conversó con él alguna vez? en la playa, quiero decir...


- No lo recuerdo - dije.

La mujer me mostró la fotografía del tal Willy, un hombre rubio, bronceado, con aspecto deportivo y actitud de ganador y la miré durante algunos segundos.



- No - dije.

La mujer se puso impaciente. Se incorporó y caminó alrededor de la mesa, se acercó a la ventana y en ese momento el teléfono celular empezó a sonar.

- ¿No lo va a atender?

- No, seguramente es equivocado.

- Atienda - dijo ella.- No tengo apuro, puedo esperar.

Atendí, nuevamente era la voz de Miguel:

- ¿Estás ocupada? ¿te interrumpo?

- Sí, ahora sí - contesté.

- Bueno, te llamo más tarde, tengo que contarte algo.

Apagué el celular. Me sentía muy incómoda con la presencia de la investigadora. El mono estaba encerrado en el dormitorio y la mujer escuchó ruidos y me preguntó:

- ¿Hay alguien además de usted en la casa?

- Digamos que sí, tengo una mascota.

- ¿Un perro?

- No, un mono.

La mujer se quedó mirándome fijamente. - Así que un mono y ¿hace mucho que lo
tiene?

- Hará dos años - contesté.

- ¿Y por qué eligió un mono?

- Me lo regalaron - dije.

- ¿Un amigo? - preguntó ella

- Tal vez - dije

- ¿Y su amigo, el que le regaló el mono, lo trajo de algún país tropical?

- No, no podría, no se pueden sacar monos de otro país así como así. El mono era de él.

-¿Y por qué le regalaría el mono a usted?

- Le he contestado muchas preguntas, no creo que la historia este mono pueda ayudarla
a resolver el caso.

- Tal vez no, pero hay personas que me han dicho que la vieron a usted junto a Willy
Agastizábal en varias oportunidades.

- Y si eso fuera cierto ¿sería un delito?

- No, si eso fuera cierto, quiere decir que Willy y usted se conocían y usted me lo está ocultando.




La mujer se fue y decidí que ya era tarde para salir a comer al bar de Pirata, las escenas se sucedían como en una película que yo no dirigía. Un viento fuerte había empezado a soplar y el mar se encrespaba en olas grandes que se deshacían en la playa. Era un mar revuelto y gris, y el cielo estaba gris, también, con algunas nubes.




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lunes, 26 de marzo de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - fragmento



















- ¿Y dónde querés que esconda al mono, adentro de un armario?
- Yo no dije eso, simplemente te sugerí que no estuviera el mono cuando Morgan
-porque yo le pedí que nombráramos a su amigo así para no decir el nombre -
y el editor fueran.

- Mirá, yo al mono no lo voy a esconder.

Era la cuarta o quinta vez que hablábamos por teléfono ese día, después que llegué
de Montevideo. El mono se había dormido en la cama, había cáscaras de frutas por
toda la casa. La canilla de la cocina estaba semiabierta y había papeles rotos, tirados por todas partes. Era la forma en que el mono me decía que estaba enojado por haberlo dejado solo. Los animales se expresan de esa manera, rompiendo cosas, desordenando todo. Muchas personas también.
Recién había cortado la comunicación con Miguel. A veces me exasperaba. Ahora hablaba
por el teléfono celular que había olvidado antes en la casa. La casa que había alquilado en la playa no tenía teléfono y yo odiaba usar el celular. Pero era necesario hablar con Miguel, y esta
vez él me había llamado. Se sentía culpable, dijo, por haberme invitado anoche a su casa sin avisarme acerca de Morgan.

- Es un hombre exitoso - dijo Miguel y tiene un editor que se las trae. Pensé en vos, en esa novela que escribís desde hace tanto tiempo. El editor es europeo y no quiere nada de
realismo mágico. Nada de monos, nada de lagartijas, nada de clima tropical, no va a editar
nada de eso.


- Muy bien, Miguel ¿tenemos algo más que hablar hoy? ¿o querés que además del mono yo
también me esconda adentro de un armario?

- Enojate, querida, enojate - Miguel se reía. - Si vos querés pasar las vacaciones con tu mascota en esa casa, si querés escribir todas esas cosas, hacelo. Pero después no vengas a quejarte.

- Miguel...

- Sí ...

- No puedo seguir hablando con vos de esta manera, no puedo seguir escuchándote. Me estás
pidiendo que niegue la realidad en que vivo.

- ¿Qué realidad? ¿de qué hablás? ¿a quién le importa la realidad?

- Tenés razón Miguel, ¿a quién le importa la realidad? apagué el celular, no lo iba a atender más por hoy. La casa estaba sucia, revuelta, el mono también estaba sucio. Y yo estaba cansada.
quería dormir.
No me iba a resultar posible hacerlo hasta algunas horas después. Porque alguién estaba golpeando la puerta. Otra vez, era esa mujer, estaba investigando la muerte de Willy Agastizábal, y una vez más venía a preguntar cosas, no iba a ser la primera vez que me interrogaba.


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sábado, 24 de marzo de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - fragmento

















En el lobby del hotel, mientras le servían un café con una medialuna planeó llamar a Miguel
por teléfono, eran las once de la mañana. Y no era mala hora para despertarlo, con la noche que le había hecho pasar. Estaba segura que todo era una broma, que Morgan era actor o algo así, no podía ser un escritor tan ridículo, diciendo esas cosas, contando una novela inverosímil, seguramente todo era una broma de Miguel y lo sacaría de la cama con el llamado. Le pidió a la operadora que discara el número de Miguel mientras se miraba en el espejo. Se vio algo demacrada, había pasado casi toda la noche sin dormir, en esa habitación tan inhóspita, a pesar de tener vista al río.
Estaba en Carrasco, un barrio de Montevideo, residencial, que siempre le había gustado. La operadora le indicó que fuera a la cabina, que ya estaba llamando.
Miguel atendió con voz de sueño y Lila dijo:

- ¿Por qué lo hiciste, Miguel? ¿Por qué me invitaste con ese personaje de anoche?

- Ah... dijo Miguel, con tono sobrador y ...¿te divertiste o no?

- Pero era una broma ¿no es cierto?

- No para nada, todo es cierto.

- Y ¿por qué pensaste que la iba a pasar bien en una reunión con un personaje como ese?

- Y ¿qué sé yo? a lo mejor...

Lila cortó la comunicación sin despedirse. Era suficiente por hoy con haber despertado a Miguel a las once. La próxima vez, su amigo sabría que no estaba dispuesta a ir a reuniones de ese tipo.
Sin embargo, le había quedado algo por preguntar y decidió pedir una nueva comunicación con la casa de Miguel.

- Hola ...

- Hola ...

- Miguel...

- Sí...

- Decime algo, tu amiga, la de los anteojos flúo, ¿no había preparado una perfomance o algo así?

- Al fin caíste, al fin te diste cuenta: es arte conceptual. -. Nos filmó anoche, con una cámara oculta, ya tiene una sala en París para exponerlo.

Ya no sabía si Miguel hablaba en broma o en serio. Lo que había escuchado anoche en la reunión sobrepasaba una escena realista.

- Miguel..

- Sí, nena ¿qué querés?

Lila tenía ganas de decirle a Miguel muchas cosas, la estaba poniendo a prueba todo el tiempo, olvidándose de los buenos tiempos, de lo amigos y confidentes que habían sido en una época y ésa era la mayor traición, no era un problema que Morgan, el amigo de Miguel fuera tal como se había mostrado, el problema era para Lila la traición de Miguel. Por eso le cortó sin decir nada. Colgó el teléfono y subió a la habitación, tenía que ducharse, tenía que ponerse bajo el chorro del agua y pensar en otra cosa, tal vez en el mono, al que había abandonado a su suerte toda la noche.




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miércoles, 21 de marzo de 2012

Extraños en la noche de Iemanjá - novela (fragmento)









































Ahora, a través de la ventanilla Lila sólo veía la noche y el campo. La oscuridad difuminaba los pastos largos, crecidos al borde del camino y sólo algunas luciérnagas en la hierba y las estrellas iluminaban un poco el paisaje. Noche terrible, pensaba. ¿Para qué había ido? Si tenía la certeza, aunque intuitiva de que iba a encontrarlo. ¿Y acaso no esperaba eso? Se acomodó en el asiento, era de dos y el otro estaba libre, así recostó la cabeza sobre la campera a modo de almohada.
La noche en la casa de Miguel, su amigo artista había sido fatal. Quería mostrarte la casa, las últimas obras, el nuevo estudio, dijo, quería que vinieras. ¿Y quiénes van a estar? Vamos, dijo, Miguel, vamos a estar vos, yo y mi amigo ...y alguien más, una amiga, vos creo que la conocés.
Lila ya sabía a quién se refería Miguel, ¿Y si la invitara también a su amiga Rosa Té, la psicoanalista? ¿Y por qué no? Si iba también Rosa Té, Lila tendría un pretexto para irse enseguida si no estaba cómoda.
No se atrevió a sugerirle a Miguel que la invitara. Tal vez a Rosa Té tampoco le hubiera gustado ir. Y seguramente hubiera tenido tema de conversación durante dos o tres meses.
La casa de Miguel estaba cerca de la playa, la había comprado ese verano y había armado su estudio en la planta alta. La arquitectura parecía copiada de una revista de diseño, una de esas revistas que tanto le gustaban a Miguel. Desde la terraza abierta se podía ver el mar y una escalera conducía directamente hasta la playa. A Miguel le iba bien con la pintura, estaba exponiendo en numerosas galerías de todo el mundo y se había hecho un nombre dentro del circuito del arte. Cuando llegó Lila, Miguel fue a recibirla y a ella le extrañó que hubiera contratado a dos mozos para ordenar la mesa y servir la cena. Estimó que Morgan, porque Morgan era el nombre supuesto que le había otorgado Lila al amigo de Miguel, para no nombrarlo, estaría por llegar de un momento a otro. Era notable cómo había cambiado su amigo desde que le iba tan bien con los cuadros.
Lila observó las pinturas, las nuevas obras de Miguel en el estudio y después de unos minutos sonó el timbre y Miguel le pidió que bajaran a recibir al resto de los invitados. Su amigo bajó primero y Lila se quedó durante algunos segundos en la terraza mirando la brillosa camioneta cuatro por cuatro recién estacionada frente a la casa y después bajó.
Como ya se había imaginado, Morgan estaba ahí dispuesto a brillar en la conversación, a seducir, a convencer, pero ¿quién era? ¿quién era realmente Morgan? ¿Por qué Miguel no le había contado antes acerca de este hombre? Y tal vez era cierto que los amigos no se cuentan muchas cosas.



Lila, Miguel y Morgan se sentaron en el living y uno de los mozos, un chico joven les preguntó a cada uno qué iban a tomar. Lila pidió un agua mineral sin gas. No quería tomar ninguna bebida con alcohol , sin saber antes quién era Morgan. ¿Y por qué se cuidaba tanto? ¿Acaso tenía miedo? Tal vez sí. Morgan era una presencia inquietante y sólo por el nombre, que ni siquiera se atrevía a pronunciar, ese hombre ya la inquietaba.
Miguel parecía disfrutar de la escena, parecía que la hubiera elegido para un experimento, pensaba Lila. ¿Por qué su amigo se comportaba así? ¿Qué querían de ella? ¿Qué querían...? Hubiera sido un poco ridículo lanzar la pregunta así, tal como la estaba pensando, por eso cuando el mozo le acercó la copa de agua mineral bebió un sorbo y se mantuvo callada escuchando la conversación de los dos hombres que bebían un aperitivo. Morgan también era artista, pero además era escritor cuando escuchó a qué se dedicaba Morgan, se quedó más callada aún. ¿Quedaba mal que se quedara tan callada? Enseguida tocaron el timbre. El mozo abrió la puerta y apareció la excéntrica amiga de Miguel, la de los anteojos flúo que había encontrado antes en el bar de Pirata, esta vez sola. La mujer, Grace, era una artista conceptual. Quería posicionarse en el mercado internacional y ser algo así como Sophie Calle. Lila sintió entonces una voz de alarma dentro de ella. Qué noche más horrible iba a pasar ahí, en la casa de Miguel. ¿Y para qué había ido entonces? Había tenido que arreglarse, había tenido que ir a la peluquería, cosa que detestaba. Había tenido que ponerse zapatos con tacos altos. Y ahora, como lo presentía, mientras estaban sentados a la mesa, Morgan se había puesto a contar el argumento de una novela que escribía. La novela empezaba en París y el personaje principal viajaba por distintos países, hasta llegar a Sudamérica. Tenía una intriga y personajes jóvenes, bellos, ricos y aventureros. Lila pensaba que tal vez era la antitesis de la famosa película Feos, sucios y malos y se sintió sonreir. Y ya tenía el guión para filmar una película, dijo Morgan, es decir que el guión había sido primero que la novela. Y el contrato estaba firmado con una editorial de afuera.
Morgan parecía divertirse mucho mientras lo contaba y Miguel también y aunque Grace seguía atentamente la conversación, Lila no dejaba de advertir el lujo que había dentro de la casa nueva, los detalles, los mozos que Miguel había contratado para servir la cena. El menú elegido por su amigo según la nueva cuisine internacional.
Durante unos momentos la mirada de Lila se detuvo en el espejo, detrás de Miguel y se vio reflejada. Y vio en ese espejo una mujer solitaria, los ojos muy abiertos, sentada en uno de los lados de la mesa, con luz de velas y flores rosa en pequeños bols con agua, acompañada por tres personas que hablaban y hablaban. Pero el que más hablaba de todos, el que llevaba el peso de la conversación era Morgan. Y Lila se sintió durante unos segundos como si volviera al pasado, en otras circunstancias de su vida, tal vez algo más alegres, y de pronto vio a Morgan, cómo la miraba. ¿Qué quería? ¿Qué quiere ese hombre de mí? se volvió a preguntar dos horas más tarde, cuando ya viajaba en el ómnibus escapando, nuevamente, escapando. No quiso que Morgan la llevara en la camioneta. Mintió. Le pidió a Miguel que le pidiera un remise, debía ir a recibir a una amiga a la terminal de ómnibus. Y efectivamente llegó a la terminal de ómnibus y lo primero que hizo fue sacar un pasaje a Montevideo. Iba a pasar la noche en un hotel, dejaría al mono solo toda la noche en la casa. Quería pensar.




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