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sábado, 9 de enero de 2016

cuento: Con la red

(Buenos Aires)

El cuento Con la red que escribí en los años ´80, fue publicado en:

Suplemento La Palabra, diario La Opinión de Rafaela, Provincia de Santa Fe - en su edición gráfica y en la web -, en la revista Literatura del mañana (Barcelona, España) y en la revista Litoral-e (México). Con mi agradecimiento a los editores de estos medios, publico aquí además del cuento la introducción que se publicó en Literatura del mañana:

 

Con la red


Introducción

 



Les presentamos el cuento "Con la red", de nuestra autora y colaboradora argentina, la escritora Araceli Otamendi. Este relato fue publicado en el Suplemento literario La Palabra, del diario La Opinión, de la Provincia de Santa Fe, hace ya algunos años, y representa -al menos para nosotros- uno de los mejores cuentos que nos han remitido a esta edición hasta la fecha.
.



En él, Otamendi, describe de forma portentosa, amena, rápida y sin rodeos expresivos de difícil entendimiento, aquello que los renacentistas admitieron otrora como el "beatus ille", el paraíso ideal donde el artista crea, exiliado del mundo terrenal, creando su cosmos perfecto. Sin embargo, ello no es posible en el cáotico y enjundioso mundo en que vive la protagonista. Un entorno exasperante que destruye toda posibilidad de recreación idílica, creando un impulso intermitente de ansiedad y ritmo frenético que tan solo tiene acceso vedado en el cerebro del personaje. Allí existe aún la calma, pero es inquieta, y dibuja una tenue sonrisa que, poco a poco no tardará en desaparecer.


 
Con la red




"Algunos tienen en la vida un gran sueño y no logran sostenerlo. Otros no tienen en la vida ningún sueño, y tampoco logran sostenerlo" Fernando Pessoa

Buenos Aires, 1986


Las once. Esta es mi hora. Es la hora que me gusta de la noche, que me atrae, que me atrapa. Ahora es la hora de escribir. El tren. Se llamará el tren. El teléfono ha dejado de sonar. Por suerte. El sonido es furioso, incesante, perturbador, insistente. No he querido atenderlo. No quiero saber por qué intentan hablar. O mejor sí, creo saberlo. Hablar a esta hora en que escribo, no, no quiero hablar. De noche, en esta ciudad maldita y amada, atrayente y perturbadora el silencio se hace de golpe. Cae una red suspendida del espacio y lo atrapa todo, el silencio es un come-ruidos-¡Qué palabra!- los devora, los tritura en su inmenso estómago, los deglute y es aprisionador. Los aprisiona y se lo agradezco porque gracias a él puedo escribir en mi computadora. ¿La realidad copia a la ficción? ¿La ficción copia a la realidad? ¿Qué sucede cuando las imágenes de los sueños parecen penetrar en lo real? ¿Se apoderan de ella? ¿Existe un espacio secreto entre la realidad y el sueño? ¿Hay en cada uno de nosotros un lugar para ese espacio? Ahora voy en un tren, inexplicablemente estoy ahí, pero lo acepto. Algunos hombres disfrazados, desfiguradas sus caras como máscaras viajan colgados de los estribos del último vagón. Afuera las hojas ocres, doradas y tenuemente rojas viajan en dirección contraria. Alguien, una voz secreta me dice al oido: tu punto de destino es Schumann. No conozco ninguna ciudad con ese nombre pero sí un compositor. Escuchá música clásica, clásica, clásica. En mis oídos resuenan esas palabras repetidas en la infancia. Un recuerdo infantil, lo desecho. Beethoven me parecía triste, odiaba su música, por suerte llegaron los Beatles. ¿Si mi destino fuera llegar a Schumann? ¿Qué quiere decir? El también se obsesionó con la literatura.

Si pudiera escribir de manera tan simple como los cálculos y fórmulas matemáticas donde apenas con algunos signos se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos en el triángulo rectángulo sin decir todo esto, me acercaría a un estado parecido a la felicidad. Pero no, estoy llena de palabras, de significantes que desbordan a veces sin poder atraparlos. Palabras que hay que atrapar como esas pelotitas que saltan enloquecidas en un juego de parque de diversiones, a las que hay que atrapar con una red, a ver quién atrapa más, la gente aprieta los labios y trata de mantener firme el pulso, a ver quién atrapa más y el que gana es que logra reunir más cantidad. Yo quisiera ensartar la menor cantidad y así expresarlo todo.
Viajar en auto puede ser peligroso. No hay nada tan inofensivo como andar en auto por las calles del centro. Andar por andar sin ningún motivo especial. Vulgarmente se llama dar una vuelta. La tarde está pintada de gris. La ciudad se ha vuelto una paleta de grises, no tiene luces, no tiene brillo. Tres hombres vestidos con traje y corbata nos detienen. Estoy con mi novio. Los tres nos miran serios, inexpresivos. Una extraña inquietud se apodera de mí. No hay motivos para detenerlos, dicen. Tampoco hay motivos para dejarlos circular.

¿Cuáles son los motivos? Pienso en ese momento. Y enseguida arguyo: soy una buena mujer, no he matado a nadie, no he traicionado, no he robado. Soy una buena esposa, una buena madre, una buena amiga. Fuí una buena empleada, una buena estudiante. ¿Por qué me detienen? Soy una buena ciudadana. ¿No se da cuenta? Usted es sólo eso, me dicen. Una transeúnte. Y no hay motivos para andar por acá. ¿Comprende? En realidad no, no entiendo nada. Dejen el auto con las puertas abiertas y váyanse. Lo dejamos ahí, los tres hombres suben al auto. Ni siquiera miramos hacia atrás, como Lot, sin el miedo a convertirme o a convertir a nadie en una estatua de sal. Nos alejamos rápido del lugar. Aparecemos en Florida y Rivadavia. Se hizo de noche. Apenas hay algunas luces prendidas. No nos importa dejar nada atrás. Todo queda como detenido en el tiempo. Los hombres se van en el auto. Escuchamos el ruido del escape. Ni siquiera hablamos. Caminamos apresuradamente por Florida. A medida que avanzamos mi desasosiego aumenta. Es necesario encontrar un lugar. ¿Para qué? A veces me pregunto. Tengo la sensación extraña, incierta de que ocurrirá algo inminente. Algo así como un avión que cae, una explosión, una tormenta, un huracán. Entre la gente que camina por ahí no es posible ver nada. Aparecemos en una iglesia. Una mujer cierra las puertas y las ventanas. Nuestros ojos se cruzan con otros y se intercambian miradas de asombro. Otra mujer que no alcanzo a distinguir bien dice con voz de flauta: ahora vamos a rezar. Vamos a entonar un himno. Todos los que estamos ahí nos miramos sin saber qué hacer. Nadie recuerda cómo se reza. Tengo una rarísima sensación de inquietud. Creo que nunca supe cómo se rezaba. Es una situación absurda y angustiosa. Me siento aprisionada. Estoy aprisionada en ese lugar tan oscuro, donde todo huele a incienso. Igual a cuando era chica y debía cantar en el coro de la misa, todos los días cuando concurría a clases. Entonces una de las monjas ejecutaba himnos en un órgano desafinado y lo único que yo deseaba era escapar de ahí, si fuera posible volando. Quería transformarme en un pájaro.
Soñaba despierta con volar desde el coro y escapar por una ventana. Sin saber cómo ni por qué aparezco en un lugar oscuro y abierto. Un espacio inexplicable. Se escucha una música estridente. Hombres y mujeres vestidos de negro bailan rock and roll. Me niego a participar de esa danza. Aunque me llaman. Ese no es mi tiempo. Ya superé la estridencia, las luces sicodélicas, las luces negras, la atmósfera asfixiante y un buen día dije no va más y como en el casino, no fue más.
Tengo necesidad de tomar un café para seguir escribiendo.

Al costado hay un camino oscuro por el que no puedo internarme. Una fila de chicos con máscaras interrumpe sorpresivamente el ensimismamiento en que estaba. ¿Por qué los chicos tienen máscaras? A lo mejor no son chicos, son pigmeos. Enseguida me acuerdo de algo que leí. El hombre que compró la isla de Manhattan fue estafado por unos indios. Los verdaderos dueños de la isla espiaban en el bosque durante la transacción. Y el muy tonto de Peter, que así se llamaba, les creyó. Yo también he deseado creer, creer en algo. Alguien, no sé quien es me dice: ¿cómo va tu relación con Dios?

Como si lo hubiera estado esperando digo: hablemos de Dios. Ahora navego en un barco medio deshecho pero no estoy sola ahí. Somos varios. Atravesamos un río revuelto, una tormenta cae sobre nosotros. El viento agita el agua, el barco, a todos, vamos a la deriva. El río es una inmensidad marrón, me pregunto si esa es nuestra vida o tan solo un pedazo. ¿La vida es eso, navegar? Nos internamos ahora por un riacho, entre las islas. Es de noche y casi a tientas buscamos el camino que nos permita salir de ahí. No se ve casi nada. Sé que el río es marrón y es opaco. Casi como la tierra. En ese momento, desesperadamente quiero acordarme de una poesía de Walt Whitman. Algo que me hable de su manera de ver las cosas. Tengo la sensación de que en cualquier momento la nave se va a partir en mil pedazos. Y sin embargo me empecino en seguir. Habré dormido noches, años. Inesperadamente se hace de día, llegamos a tierra firme. Salió el sol. Siempre, sin saber cómo, el amanecer llega. Entonces inicio otra etapa.

Por algún lado encuentro una poesía, la escribe un personaje de una novela que comencé hace algún tiempo. El marido se ha ido, ¡otra vez el sonsonete! con una mujer treinta años menor. Viven en la casa de enfrente, él y su amante. La mujer los ve por la ventana. La poesía termina así: "fue el infinito el límite de mi inocencia. Creí que vendrías una tarde cualquiera". El personaje me aburre mortalmente. No lo aguanto, ese personaje está muerto, tan muerto como decía Henry Miller: todos estamos vacíos y muertos aquí en Villa Borghese. Pienso que en Buenos Aires ni siquiera estamos así, sino hundidos, varados en una ciénaga de cemento. Europa se pudre, dice Miller. Una vez estuve en el aeropuerto. Ezeiza. El avión ya salía, vía Roma. El hombre me miró con autoridad, con firmeza. Falta una firma, me dijo, ¿no ve? No entiendo, dije. Falta una firma más. Quiero irme, quiero tomar el avión que se va, digo. Y él me responde: jódase. El avión vía Roma no sale, tengo que conseguir esa firma. Pero pierdo el pasaje, el pasaporte tardará dos o tres días. Recuerdo al hombre, nadie pudo hacer nada. El jefe del aeropuerto sonreía: será un error, y esa palabra: jódase. Algo se pudre irremediablemente.

Sin saber cómo se ha abierto una ventana color beige. Tal vez alguien pudo dibujarla. Está a otra altura de dónde estoy, más arriba. Estoy en el foso de algún teatro, las piernas de las bailarinas se mueven en un cuadro bellísimo. No quiero que me envidien el sueño, los colores han sido modelados y todos armonizan, rosas, amarillos, tierras, celeste. La música irrumpe en la escena, todo es mágico. No debo salir de ahí, me quedo mirando el espectáculo, las bailarinas siguen bailando, me despierto. El sol ya se entrometió en mi cuarto. Es un nuevo día, la función debe continuar.




Copyright:


Del relato:
Araceli Otamendi©







Publicado en este blog bajo el consentimiento de la autora:
www.literaturadart.blogspot.com




 

domingo, 3 de enero de 2016

Publicaciones en revistas literarias en 2015

(Buenos Aires)

Agradezco a las siguientes revistas literarias la publicación de cuentos, poemas, relatos y ensayos míos durante 2015


Agenda del Sur (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) Directora: Sonia Otamendi


 
 
Historia del emperador Chin-Chan Fu y el hurón que fue confundido con un perro (Cuentos chinos apócrifos)

 
https://www.facebook.com/DelSurQuilmesAgendaCultural/?fref=nf
 
Mi ensayo Julio Cortázar juega Rayuela - traducido como O jogo de Julio Cortázar - y mi cuento Cartas al mediodía a la manera de Cortázar, traducidos a portugués y publicados en la Revista de literatura latinoamericana Morel (San Pablo, Brasil) - Directora: Lucilha Castillo Theodoro http://issuu.com/lucilatheodoro/docs/revista
 
Entrevista y cuento Colores publicado en Jornal sem Fronteiras (Brasil)
 
Directora: Dyandreia Valverde Portugal
 
columnista: Selmo Vasconcellos
 
 

 
http://www.redesemfronteiras.com.br/noticia_ver.php?id=1692
 
Ensayo Julio Cortázar juega Rayuela publicado en revista InComunidade (Porto, Portugal)
Director: Henrique Prior
 
http://www.incomunidade.com/v40/art.php?art=122
Revista TRIPLOV - Directora: María Estela Guedes (Portugal)

cuentos: Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar

 http://www.triplov.com/novaserie.revista/numero_49/index.html
Revista Aurora Boreal (Copenhague, Dinamarca) - Director: Guillermo Camacho
Los leones blancos
 
http://www.auroraboreal.net/literatura/puro-cuento/1967-los-leones-blancos
 

 

miércoles, 30 de octubre de 2013

Entre mujeres 5- Halloween

Hallowen (Noche de brujas)

Era la tarde víspera de Hallowen o Noche de brujas. Se festejaba el cumpleaños de una amiguita de uno de mis hijos. La consigna de la fiesta era vestir con un disfraz alusivo a Hallowen. La nena que cumplía años era nueva en la escuela y la mamá quería que se integrara bien al grupo, así que invitó a todos los compañeros a la fiesta. Ya se estilaba y era de mal gusto no invitar a todos, pero ella insistió mucho en que no falláramos en llevar a nuestros hijos. Llevé a mi hijo al cumpleaños, era en la casa de los abuelos de la nena, y como era lejos decidí esperar en un bar para ir a buscarlo, porque era demasiado el viaje entre ir y venir.

Como yo, otras madres hicieron lo mismo, así que nos reunimos en un bar, cerca de la casa del festejo, para hacer tiempo y de paso conversar.

A algunas madres ya las conocía, otras se conocían desde hacía muchos años, dependía de la cantidad de hijos que cada una tuviera y de los años que se hubieran pasado buscando chicos en los cumpleaños, en las casas, o llevándolos y trayéndolos de la escuela.

Una de ellas era abogada, había varias en el grupo, era muy simpática y empezó a relatar cómo había conocido al marido. "Teníamos los dos treinta años, nos conocimos en una fiesta, el noviazgo duró tres meses, después nos casamos" dijo.

- ¡Qué rápido! - exclamó otra de las madres.

- Sí, todo fue muy rápido. Yo tenía treinta años y parecía de dieciseis. Se lo dije a él y él se rió. Era cierto. Se había encontrado con una chica de dieciseis años en una mujer de treinta. Nos enamoramos, nos casamos, lástima que duró tan poco...

- ¿Se separaron?

- No, él se murió. Soy viuda.

- ¿No te volviste a casar?

- No . contestó. No sería lo mismo. El gordo fue único, no se repetirá.

- ¿Y vos? preguntó ella a otra de las madres.

- Yo soy reincidente, me casé y me separé varias veces.

- Bueno, dijo riéndose la viuda, yo soy abogada, chicas, asuntos de familia, divorcios, así que ya saben...

- No, por ahora, yo no pienso cambiar de estado - dijo otra.

- ¿Cuál es tu estado?

- Separada, y estoy estudiando y además trabajo.

-¿Qué estudiás?

- Abogacía.

- Ah, vamos a ser colegas.

- Sí, espero recibirme pronto. Por ahora no tengo tiempo de salir con nadie, entre el trabajo, el nene y la facultad.

- ¿Ninguna está aburrida? - se me ocurrió preguntar

- ¿De qué? No hay tiempo de aburrirse. Estoy todo el día en el estudio, trabajando. LLego a casa y tengo que atender a mi hija, ¿cómo me puedo aburrir?

- ¿Cómo lo estarán pasando los chicos? - preguntó una de las madres

- Pienso que ellos bien...- dijo otra

- ¿Por qué decís ellos? - pregunté

- ¿No viste la cara de la abuela cuando vio llegar a tantos chicos?

- Ví una mujer de aspecto serio- contesté.

- Sí, sí, por eso...

- Menos mal que la casa es grande...

Después una de las madres empezó a contar anécdotas de los chicos y tomamos más café. Poco a poco las luces de la calle empezaron a encenderse. Faltaba poco para que se terminara la fiesta.

Fuimos caminando hasta la casa, era una noche espléndida y a medida que nos acercábamos a la casa se escuchaban más cerca los gritos de los chicos desde la calle. Toqué el timbre de la casa y abrió la puerta la mamá de la nena. Le habia cambiado el semblante, parecía muy cansada. Uno de los chicos pasó corriendo,vestido con una capa negra. Lo seguía otro también vestido con una capa negra y un sombrero. La casa tenía un jardín enorme y estaba adornada con calabazas de Hallowen. Había vasos de plástico, servilletas y adornos tirados en el piso, aplastados, como si hubiera habido una batalla campal. Enseguida apareció la abuela de la nena que cumplía años a saludar, parecía aliviada al vernos llegar. Mi hijo me sorprendió desde atrás con una máscara. Había varias nenas con sombreros de bruja, en punta. Faltaban las sorpresas, los caramelos y no sé qué más. La madre de la nena nos dijo que sería la última vez que el cumpleaños se iba a festejar en esa casa. No es la casa de mis padres, aclaró, sino de mis suegros. y han hecho un desastre.

Otro de los chicos saltaba sobre una silla mientras empuñaba una espada de plástico. Le dije a mi hijo que nos fuéramos enseguida, que ya era tarde. Estaba traspirado, cansado y alegre, todo al mismo tiempo. Tenía una pequeña calabaza de plástico en la mano, como recuerdo.
En el cielo había nubes y mientras íbamos caminando mi hijo me preguntó:
- Esta noche es Noche de brujas ¿no, mamá?
- Sí, querido, esta noche es Noche de brujas.

 

 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Entre mujeres 1

(Buenos Aires)


Empiezo a publicar una nueva serie de cuentos: Entre mujeres, que fui escribiendo a lo largo de los años. Así como en los cuentos de la serie Tardes de madres, escribí acerca de mis experiencias, vivencias y diálogos con las madres, en general, de los amiguitos de mis hijos cuando eran chicos, ahora iré publicando una serie de cuentos relacionados con experiencias, vivencias y diálogos con mujeres.
En ninguna historia los personajes tienen nombres reales, los lugares han sido modificados, los diálogos y las historias pueden ser totalmente inventados.

Entre mujeres -1

Estoy en el departamento de ella, es una mañana luminosa y he ido ahí por razones de trabajo. Ella tiene un proyecto cultural y yo también. En algo coincidimos. A través de la amiga, de una amiga, de una amiga, la conocí. Ella no cree en las casualidades, yo, como Julio, tampoco. A ella le encanta la magia, la astrología y una serie de cosas parecidas. Yo desconfío bastante de todo eso. Creo que algo puede ser cierto, que hay ciertas influencias, ciertos poderes invisibles, mejor no quiero adentrarme en esa materia. Ella insiste. Voy a ponerle un nombre ficticio, la llamaré Teodora. No sé por qué se me ocurre ese nombre, pero es más fácil así, con un nombre contar una historia. Teodora dice que la magia, la astrología existen, que a ella le sirve. Yo no sé, digo. No sé, mucho no creo en los signos, no leo casi nunca el horóscopo, pero ella, Teodora, insiste en hablar de todo eso. Ella es una mujer bonita, no llega todavía a los cuarenta o casi, y  está sola, aparentemente sola, porque después de un tiempo me confesará que tiene alguna pareja. No le pregunté nada, ella sola me cuenta. Está divorciada y tiene hijos. Pero no quiere que los hijos sepan. Me gusta que tengan la imagen de una madre, dice. Luego me confiesa que cruza el charco de un país a otro para verlo, es escritor  y que lo dobla en edad. No quiere que nadie en Buenos Aires la vea con él. Me mira sonriente, no le digo nada. Ella no quiere que nadie sepa de su vida amorosa, pero a mí sí, me lo cuenta. No opino, es dueña de su vida. Las dos tenemos la misma edad pero mi vida es distinta a la de ella. Ella dice que las cosas ocurren porque están escritas y que un astrólogo le predice el futuro. La miro y no le contesto. Conversamos acerca de su proyecto y yo le cuento acerca del mío. Después de unos minutos suena el teléfono y ella atiende. Conversa, se ríe. Es un amigo, dice, y es escritor. Le pregunto el nombre, me lo dice, no lo conozco, digo. Apenas empieza a conocerse aquí, dice.
- ¿Querés hablar con él? - pregunta
- No sé quién es ¿qué podría decirle?
- Hablale de lo que escribís, tal vez a él le interese.
- Está bien digo.
Conversamos un poco, me cuenta algo de un nuevo libro que está escribiendo, yo le cuento algo de lo que estoy escribiendo. Se tiene fe, dice. Lo felicito y se ríe. Ella también se ríe. La conversación no dura mucho más.
Teodora me dice que ella aportó su granito de arena para difundir lo que él escribe, que ahora son amigos. Sigo sin conocer a ese escritor. Lo conoceré mucho después a través de sus libros, he leído algunos. Le fue muy bien, vendió mucho.
Ella me insiste que debo ver a algún astrólogo, que los astros son los que deben guiarme. No sé, digo. Alguna vez me tiraron las cartas, me dijeron alguna cosa, pero no mucho más. No me gusta indagar al futuro, no sé.
Todo es una cuestión de confianza, dice Teodora,  las estrellas pueden guiarnos porque eso es lo que puede leerse, a mi me guían, insiste. Ella cree que todo ocurre porque ya está escrito y hay que descifrarlo. El asunto es encontrar a alguien que descifre. Cada una seguirá hablando de sus cosas, de sus proyectos, de su realidad, durante algunos momentos más. Nunca fuimos amigas con Teodora, sólo conocidas, intercambiamos ideas, palabras, algún café, y las historias, como ésta, quedaron en algún lugar de la memoria seguramente para ser contadas.

martes, 12 de febrero de 2013

Espejos de agua




"Escribir es la manera de quien tiene la palabra como una carnada: la palabra pescando lo que no es palabra...".

                                                                                        Clarice Lispector 

Cuando era chica creía que alguien siempre me miraba, a toda hora, no es una broma.
Es la mañana, camino por una avenida llena, autos, colectivos, personas que caminan en general rápido. Hay sol, el día es una promesa, hay viento, no muy fuerte, hay humedad, poca, siento en el cuerpo, en la cara, esa humedad. El cielo es azul, diáfano. Al llegar a una esquina una mujer descalza, pantalón  gris casi hasta las rodillas y un saco que tal vez haya sido de un hombre. La mujer  se agacha en una esquina se lava rápido  la cara en un charco y sigue caminando. La miro cómo se aleja, se va.  Me pregunto si alguien más la ha visto. Es una mujer joven, camina, a la distancia se ve la figura, casi una sombra. Después, enseguida  miro el charco. El agua parece limpia. Me dan ganas de preguntar si alguien vio a esa mujer ¿pero a quien? Tan rápido fue el gesto de lavarse la cara en ese charco, tan fugaz, algo así como un sueño. Hay que desandar el camino, entrar en la memoria de los sueños, preguntarse qué pasó anoche por ejemplo. Honestamente no sé por qué alguien ¿quién? no sé, me entrega en la palma de la mano una pequeña criatura humana envuelta en una hoja verde de un  árbol. Puedo sostenerla en una mano, la miro, la toco apenas, llora, llora mucho y apenas se escucha el llanto. ¿Qué hago yo, a esta altura de mi vida con esa beba - lo único que hace es llorar - y cabe en  una mano? Está desnuda, cubierta sólo por la hoja verde, como si fuera una flor rosa o una planta. No sé, la sostengo hasta que una luz  me indica ir hacia otro lado. El deseo me impulsa y voy hacia un  jardín, espero ver  maduros los higos colgados de las ramas, intactos. La higuera poblada de hojas y de frutos. Me gustan mucho los árboles frutales. Me quedo  al lado del río mirando el agua, el cielo, los barcos y los pájaros. La brisa me acaricia el cuerpo, el calor de la tierra y el verde del pasto me sostienen,  la luz del sol oblicua tiñe de amarillo intenso las hierbas.Y así esperé una vez  todo el verano para ver maduros los higos, hacía tiempo, escuchando el canto de los pájaros. El hielo en cubos, el agua fría, calmaba la sed. Hay muchas personas ahi, y luego cuando la luz se retira y la noche va llegando lenta, los pájaros ya se han comido los higos, los han picoteado, y las frutas así deshechas se lucen en las ramas  .... También vi a dos pájaros pelearse salvaje, abiertamente, a los gritos por un pez en el agua hasta que uno inexorablemente se engulló el pez y el otro se quedó mirando. Y si como dice Borges "después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente  ahora" esperé un colectivo en la calle, no sabía adonde iba a llevarme. Después de andar algunas cuadras, subieron cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas vestidos de negro, apariencia de emos. Uno de los chicos tiene una especie de pulsera de cuero adornada con larguísimos clavos de unos diez centímetros o más. A él le resulta indiferente que yo clave la mirada en ese objeto, no sé cómo llamarlo. Ojalá no se mueva, pienso, ojalá no mueva la mano hacia ningún lado. Sé que los emos son una tribu urbana. Y a lo mejor, pienso, la mujer que se lavó la cara en un charco pertenezca a alguna tribu urbana ... pero no era emo, no lo parecía, iba descalza, apenas vestida con ese viejo traje. Puedo sentarme ahora cerca del río y buscarle una interpretación tanto a los sueños como a los hechos. Tengo a mi lado un libro de cuentos de Clarice Lispector: "escribir es la manera de quien tiene la palabra como una carnada: la palabra pescando lo que no es palabra..." dice.
Es una maravilla la tarde, el color canela del río, el agua calma, hombres y mujeres pescan y yo quiero pescar también, pescar lo que no es palabra para decir. Para decirme algo, no sé. La delicia de una tarde junto al río, puedo leer un cuento y pensar. Puedo leer, y mirar como un barco navega alejándose. Puedo dejar de pensar en esa mujer que vi una mañana lavarse la cara en el charco de una esquina y no lo hago.
Salgo a caminar y unas flores grandes, rojas de un  malvón crecido, enorme, solicitan mi atención. Dejo que la mirada se quede en esas flores durante algunos segundos, reconozco que el encuentro con la colorida planta es el cierre de una tarde especial, pienso en el color  del río, en la brisa suave  y en el libro de Clarice Lispector. Después me voy caminando, alejándome del río y de la vida salvaje de esos pájaros, de los higos comidos a medias, del suave olor del agua, de una tarde que hubiera merecido llamarse color siena tostada, como el de los retratos.

(c)Araceli Otamendi 

sábado, 8 de octubre de 2011

Cuentos publicados en la revista La Casa de Asterión

(Buenos Aires)

Mis cuentos Vuelta a casa tomada y Colores han sido publicados en la revista literaria La Casa de Asterión.

Se pueden leer en el siguiente enlace:


http://casadeasterion.homestead.com/v11n44orfeo.html

domingo, 4 de julio de 2010

La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas



La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas

El estado de gravidez o la panza, como se prefiera, es avanzado. Falta poco para el nacimiento, es una extraña sensación de que voy a reventar, mi panza explotará y quedaré vacía aunque tendré como compensación en mis manos un niño o una niña  ¿Cómo será?
A duras penas puedo salir a la calle y detener un taxi. Antes, una mujer no ha dejado de tocar el timbre, de llamarme por teléfono, de encararme en la calle … pero ¿quién es? Me he escapado de ella y aquí estoy camino a la clínica. Siento las patadas muy adentro, las contracciones, son cada vez más fuertes, me duele la espalda y no sé si voy a llegar a tiempo. No se preocupe, no me mire así, no lo voy a tener aquí adentro, no le voy a ensuciar el tapizado de su auto pero apúrese…

Las contracciones son muy fuertes, doctor. Va a nacer enseguida, dice. La veo, la he visto a través de la piel, digo. La piel de mi panza es transparente como un papel de celofán. La he visto y ya sé como es, aunque usted todavía no la vea, doctor. Es preciosa, es como una muñeca. ¡Fantasías! La imaginación vuela. ¿Por qué tengo que explicarle a usted cómo la he visto? La cabecita es redonda y el cuerpo se parece a un muñeco, lleno de curvas. ¿Y tiene manos? ¿y tiene pies? Es preciosa le digo, porque la he visto, ella es rosada, redonda, bellísima.  Las contracciones son cada vez más seguidas y va naciendo, doctor, no la deje caer, ya sale, ya sale… ya salió.

¡Es una muñeca! Sí, es una muñeca. He parido una muñeca de cristal. Redonda, chiquita, preciosa, la cabeza es como  una naranja, transparente. Mueve los ojos, ¿los mueve? Pero señor ¿de qué se asombra? Si es una muñeca de cristal, nada más. Mírele las manos, ah, pero…una de las manos ¿qué ha pasado? Es que se ha roto, se ha roto la pequeña mano. El doctor tiene la solución: la pegaremos con un pegamento especial y todo se va a solucionar, todo.
¿Se solucionará? Todo se va a solucionar …

El pegado de la mano al bracito se realiza sin mayores dificultades. Todo es cuestión de esperar. No me parece raro haber parido una muñeca de cristal, tan redonda y bella. Es transparente y hasta podría estar en una vitrina, pero no la pondría ahí, se moriría, necesita respirar, está viva. Hay que darle de comer y enseguida empieza a mamar y luego llora, grita, y otras cosas más. ¡Hermosa muñequita mía! Te miro embelesada, soy tu mamá. Mirémonos al espejo. ¡Qué belleza, hermosita! ¡qué belleza! Nunca había soñado con una muñeca así y ahora la tengo, hermosita, linda, muñequita de mamá. ¿qué te pasa?
Me siento extraña. He parido una muñeca de cristal que come, duerme, se ensucia, llora, grita. ¡Ay, cómo duele! Y ¡qué vacía estoy ahora sin la muñeca en mi panza!

Pero tengo la compensación en mis manos, en mis brazos, es esta muñeca de cristal que dormida se parece a una muñeca que tuve alguna vez, cuando era niña y me gustaba jugar a las muñecas. ¿Te hacía dormir, te acordás? Dormías junto a mi, al lado de mi panza, tapada con las sábanas. Juntas dormíamos las dos. Te apretaba fuerte cuando los maullidos sonaban durante la noche en el techo. Aquella noche, antes de la mudanza,  cuando todos los objetos estaban contenidos en cajas, cómo maullaban, Dios mío, cómo maullaban, parecían bestias salvajes corriendo de un lado al otro de la casa. Tenía miedo, la oscuridad, sombras en el jardín y los maullidos entonces te tomé muy fuerte para que me acompañaras hasta que amaneciera y los gritos de los gatos se callaran definitivamente.

Pero después me hice grande y te olvidé, te quedaste sentada en la cama o en alguna silla, después de la mudanza perdiste tu significado y no sé qué lugar ocupaste, pero ya no era el mismo de antes.
Y ahora, no sé si es el recuerdo o la niña que ha empezado a llorar otra vez lo que me impulsa a buscar ese juguete viejo y comparar su imagen con la que tengo guardada en la memoria.
He tenido una muñeca de cristal, la he parido en mi imaginación y en mi sueño se devela como una niña de carne y hueso. Y en mi realidad se devela como una muñeca de cristal, como un sueño. Extraño sueño éste, como extraña e impredecible es también la realidad.


© Araceli Otamendi
Julio de 2010

imagen: Mimmo Paladino
Senza titolo, 1998
óleo sobre tela
cm 132 x 94
Colección Caleffi 
(de la muestra La Transvanguardia italiana en la Fundación Proa)