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viernes, 5 de marzo de 2010

Cuento: Crimen en el supermercado




Desde que vivo sola tengo el televisor prendido de día, cuando estoy en casa y de noche hasta que me duermo. Estuve casada cinco años y no funcionó. Después del divorcio, alquilé un pequeño departamento en el piso más alto del edificio más viejo del barrio donde ya vivía. Mi vida transcurre sin sobresaltos y acepto algunas investigaciones como seguimientos en caso de infidelidades y en algunos casos, de hombres próximos al matrimonio.
En estos casos, son las futuras esposas quienes me contratan. En general se trata de futuros matrimonios en segundas y terceras nupcias. Ninguna de esas mujeres está dispuesta a casarse con un Don Juan o un hombre que le traiga problemas.
En el edificio donde vivo casi nadie sabe a qué me dedico. De vez en cuando llegan cartas del extranjero y el portero me las entrega abiertas mientras me mira con curiosidad. Evito pronunciar palabra cuando las recibo. Una vez por mes le doy una propina y él queda satisfecho y no pregunta nada. Las cartas del extranjero provienen casi todas de amigos que se fueron a trabajar a otros países.
Antes de este trabajo de investigadora privada, trabajé para una aseguradora y para una compañía de bienes raíces. La diferencia con los otros trabajos es que ahora llevo siempre conmigo el revólver, una pistola beretta calibre 22.
La noticia que escuché por la televisión me cayó mal aunque no sé si fue tan inesperada como me pareció al principio cuando la escuché por primera vez, ya que el canal de televisión la repitió cuatro o cinco veces.
Una mujer empleada de un supermercado había matado a un hombre.
La misma noticia hubiera pasado desapercibida para mí en otro momento.
La mujer se llama Nancy y es la misma mujer que me había confesado hace unos días su padecimiento. Acaba de llamarme por teléfono desde la cárcel. Quiere contratarme como investigadora del caso. Aún no decido qué hacer.
Nancy es de piel oscura, tirando al color aceituna, no es fea pero tampoco podría decirse que es linda. Es joven y tiene cierto atractivo por sus facciones aindiadas.
Tiene los ojos oscuros y usaba un uniforme provisto por el supermercado, de color violeta. Debajo del saco, siempre tenía una camisa blanca perfectamente limpia y planchada. Nancy trabajaba en el sector de electrodomésticos.
Tal vez nunca hubiera conversado con ella si el sector de electrodomésticos no hubiera estado tan cerca de la librería. En general paso por la librería antes de disponerme a hacer las compras de comida. Me resulta menos monótono y además de best-sellers se pueden encontrar algunos buenos libros en la mesa de ofertas. Ahí encontré una biografía de Ted Hughes, otra de Leonardo da Vinci, y para entretenerme un libro de cocina naturista y otro de feng-shui. Había también libros con indicaciones para criar un bebé y novelas policiales.
Recuerdo ahora la primera vez que conversé con Nancy. Fue durante una mañana de pleno invierno, dos o tres grados bajo cero.
Buenos Aires no es una ciudad donde el frío no se soporte. Antes de llegar al supermercado esa mañana me había cruzado con la vecina del quinto piso c. Una mujer de unos sesenta años, vestida como para asistir a una velada de gala de la ópera. Se había puesto un tapado de zorro plateado, botas de gamuza negras y tenía el pelo tan lacio y brillante como el de una muñeca barbie. La saludé y ella me respondió el saludo con total normalidad.
Seguramente ella no sabía que todos los que vivimos en ese edificio sabemos de sus ataques, cuando grita como si la estuvieran matando y el portero llama a la ambulancia y a alguno de sus hijos. Después la internan en algún lugar durante algún tiempo y reaparece a los dos meses con la cara de alguien que estuvo en una catacumba. Algunos días después ocurre la metamorfosis: aparece vestida y maquillada como la caricatura de una estrella de televisión.
La mujer tenía un perrito de raza enana que sacaba a pasear en brazos varias veces por día. Me extrañó no verla más con el perro y le pregunté por él. Lo llevaron a la quinta, dijo, ahí está feliz, tiene lugar para correr. Moví los labios y dibujé una sonrisa de circunstancia pensando en el perro y me dio lástima lo sola que estaba la mujer. Después de esa aclaración creo que no volvimos a hablarnos.
La primera vez que hablé con Nancy, la empleada del supermercado y ahora acusada de haber matado a un hombre, fue después de haber estado leyendo un largo rato en la librería. Esa librería del supermercado tiene unos cómodos sillones donde se puede leer tranquilamente. Basta tomar los libros de las estanterías y disponerse a leer. Pensaba después comprar alguno de esos libros y algunas cosas para comer. Por ejemplo una baguette porque ahí cocinan el pan muy bien. También un poco de queso Mar del Plata, jamón cocido y unos sobres de sopa de tomates. Iba a comprar también algunas latas de cerveza para poner en la heladera, por si venía alguien a visitarme. Pero hace tiempo que no recibo a nadie en casa y cuando  viene  alguien prefiero salir a comer a algún restaurant.
Y hasta parece que sale más barato que cocinar en casa.
La última vez que salí a comer afuera fue cuando tuve el caso de la señora Annabell Lee. Esta señora que lleva el nombre de la novia de Poe, no tiene en absoluto nada que ver con la nombrada. Y ni siquiera ha leído novelas de misterio.
Es una mujer  sospechaba que su marido la engañaba con la secretaria. Investigué el caso porque me pagaba muy bien. Pero dejaré los detalles para otro momento. Con el dinero que gané pude irme unos días a Brasil, a un buen hotel con terraza al mar.
La primera vez que hablé con Nancy, esa mañana, había un hombre viejo en la librería, sentado en un sillón y parecía estar leyendo cuando me senté frente a él. En la calle hacía frío, los árboles estaban deshojados y el cielo era gris. El hombre tenía un libro en las manos y al cabo de unos minutos dejé de leer el libro elegido y me dediqué a mirarlo. Tendría entre setenta y ochenta años, la barba crecida, un sobretodo bastante viejo con el dobladillo algo descosido y un aspecto que parecía que se iría muy pronto a acompañar las raíces de las plantas  bajo la tierra.
Pensé que había entrado ahí porque hacía frío y no tendría una moneda para un café. Seguramente se había quedado dormido a causa de la calefacción del supermercado y la música funcional que hacía más agradable el hecho de comprar.
Volví a la lectura de un libro, una novela de un autor español. Al cabo de unos minutos me sobresaltó el ruido y los movimientos que hacía un empleado pasando el plumero por los libros. Lo hizo con tal brusquedad que empujó algunos hacia el piso.
El hombre viejo seguía dormido, la cabeza pegada al cuello, los hombros inclinados hacia adelante como si el peso de la vida se le hubiera venido encima todo junto.
Entonces ví a Nancy detrás del mostrador de los electrodomésticos, tenía cara de aburrida entre los aparatos de televisión, las lectoras de DVD, las planchas y las licuadoras.
Dejé la novela sobre la mesa y me acerqué al mostrador.
- Buenos días - dijo
- ¿Qué tal? - le pregunté
- Bien. ¿quiere ver algo?
- Sí - dije. - Estoy buscando un televisor nuevo.
Enseguida me mostró varios modelos de televisor y me indicó las ventajas de cada uno.
-¿Cuántas horas pasa aquí? - le pregunté.
- Cuatro a la mañana y cuatro a la tarde - contestó.
- ¿Sabe algo de ese hombre? - le pregunté mirando hacia el hombre dormido en la librería.
- Supongo que está jubilado y vive solo - dijo Nancy.
El hombre del plumero sacudía el polvo de los estantes mientras nos miraba a unos metros de distancia.
Esa fue nuestra primera conversación con Nancy. Compré después lo que había planeado y prometí volver a comprar el televisor otro día. Volví a mi casa con el recuerdo del hombre dormido y vencido y el hombre del plumero empuñándolo como un arma.
Durante la tarde, me dediqué a seguir al marido de una clienta. Era un ejecutivo de una empresa y sí tenía relaciones con la secretaria. Mi clienta no quería que el marido la dejara en la calle. Sospechaba que él ganaba mucho más dinero del que decía y tenía alguna cuenta secreta en algún banco del exterior que en algún momento usaría para planificar su vida sin ella.
Una o dos veces por semana iba al mismo supermercado y me dedicaba a leer en la librería donde encontraba al mismo hombre viejo, dormido con un libro en las manos. Tenía las manos dobladas hacia adentro como si tuviera artritis. Usaba siempre el mismo sobretodo y a pesar del calor artificial propagado por alguna caldera, el hombre no se lo quitaba. Era curioso ver a ese hombre ahí, después de una vida de trabajo, tal vez de haber criado uno o dos hijos, tal vez más, tal vez ninguno, apoltronado en ese sillón, con un libro en las manos, se lo veía tan cerca de la muerte...
Miré los libros sobre la mesa, eran los libros que el hombre había elegido esa mañana: novelas elegidas por Borges y Bioy, también había de P.D.James, y un libro que decía "Muerte en Hollyood".
Entonces ví que Nancy - entonces no sabía ni siquiera su nombre - venía caminando hacia mí y me dejaba un papel sobre la mesa, arriba de los libros.
Lo levanté con disimulo y leí: Tengo que hablar con usted, a las 12, en la cafetería.¿Sabría que yo era investigadora? Generalmente los clientes vienen así, como los gatos, sin que nadie los llame.
Guardé el papel en el bolsillo y comprobé que el empleado del plumero no estuviera cerca. Me incorporé, puse los libros elegidos en un canasto y lo empujé hacia sección bazar. Examiné algunos platos, algunos importados de China, otros de Brasil. Compré un paquete de servilletas con flores amarillas y me dirigí a la rampa para bajar. Pronto llegaría un amigo desde Quebec y me alegraría comer con él y con esas servilletas. Justo en el inicio de la rampa vendían alimentos balanceados para perros y gatos. Mi vecina, la que se vestía y maquillaba como una caricatura estaba junto a las bolsas de alimento balanceado, esta vez sin el tapado de zorro plateado, pero sí tenía el pelo brillante y lacio como el de una muñeca pequeña, envuelta en celofán más allá, en la góndola de juguetes. Me saludó como si no me hubiera visto en años. Me pregunté si el perro había vuelto de la quinta o tal vez elegía algún balanceado para un animal imaginario.
Le dije adiós y empujé el carro suavemente hacia la rampa y me dejé llevar hasta la planta baja. Faltaba casi una hora para las doce.
¿Qué me querría decir Nancy?
Me pregunté si no sería mejor pasar por la caja y quedarme en la cafetería hasta que fuera la hora. Opté por pagar y salir a la calle. Caminé hasta el edificio donde vivo y acomodé en la heladera y en la alacena los alimentos y bebidas que había comprado.
Al entrar había tres cartas en el piso, las dejé sobre la mesa. Una era de Alberto, un amigo que vivía en Italia. La otra, de Laura, una amiga que vivía en Suiza desde hacía años. La tercera carta no tenía remitente. Decídí  dejar la lectura para la noche, cuando las tensiones del día hubieran pasado o disminuido y me encontrara más tranquila para leer con calma. A Alberto le gustaba, además de escribir, dibujar en las cartas.
Laura hablaba cuatro idiomas y era secretaria, había sido cliente mía. Estaba divorciada cuando la conocí y había decidido no casarse con el hombre con quien estaba comprometida, después de mi investigación.  Laura tenía un buen pasar económico y su pasatiempo ahora era esquiar cuando el frío lo permitía. Me alegraba saber que mi trabajo de investigadora pudiera evitar que las personas tomaran decisiones equivocadas.
Ahora faltaban algunos minutos para las doce y caminé rápido hasta la cafetería del supermercado. Dejé el teléfono sonando, no atendí. Apagué el celular. Seguramente Nancy no podía salir a comer a otro lugar que no fuera ése.
El cielo ahora estaba bien azul y una nube blanca se deslizaba como una oveja por un prado.
En el umbral de un edificio, dos chicos jóvenes bebían cerveza sentados. Era un día de semana y era pleno día, pero seguramente ellos no iban a la escuela ni tenían ninguna ocupación.
Cuando entré a la cafetería Nancy me estaba esperando. Se había servido una taza de café doble y un sandwich.

- Usted dirá para qué quería hablar conmigo - dije.
- Usted es investigadora.
- ¿Cómo lo sabe?
- Aquí me entero de muchas cosas.
- La escucho - dije mirando el reloj. A la una tendría que estar saliendo hacia otro lugar.
- Tengo que denunciar a alguien de aquí y temo hacerlo - dijo.
- ¿Cuál es el motivo?
Nancy miró hacia todos lados. La cafetería estaba llena de gente a esa hora y parecía temer que la vigilaran.
- ¿Cuál es el problema? - insistí.
- Acoso sexual y robo.
-¿Puede probarlo?
-No, no podría hacerlo.
- Entonces ¿por qué me lo cuenta? ¿por qué recurre a mí?
Nancy bebió un sorbo de café y me miró fijo, había desesperación en los ojos.
- Tengo que hablar con alguien, si denuncio que uno de los gerentes me está acosando sexualmente no lo voy a poder probar y me van a echar. Necesito el empleo.
- En la vida hay que elegir - se me ocurrió decir.
- Sí, pero hay más. Hay alguien que roba mercadería permanentemente y tengo miedo de que me acusen a mi.
-¿Por qué la acusarían si usted no es?
- No sé, tengo miedo, sospechas, no sé, intuición tal vez...
Miré a Nancy, su mirada era la misma que le había visto alguna vez, detrás del mostrador de los electrodomésticos. Estaba en un embrollo del que no sabía cómo salir. A veces me gustaba tomar ciertos casos.
- Trabajo desde los dieciseis años. Ahora tengo treinta, no quiero ser cómplice de un robo y estoy harta del acoso sexual - dijo.
- Si usted no denuncia el robo seguramente es cómplice.
- Es que no quiero ser cómplice de nada, por eso he recurrido a usted.
- Podría tomar el caso, investigar si usted quiere...
- Tengo algunos ahorros, es todo lo que tengo...
-Está bien, dije. Ahora no hablemos de eso, después... - Voy a investigar quién roba para que usted quede limpia de cualquier acusación.
- ¿Y el acoso?
- Eso es más difícil. Vamos por partes.
- Es que estoy harta...
- Ahora tengo que irme - dije mirando el reloj. Encontrémonos esta noche, a eso de las nueve, en otro lugar.


Me fuí de ahí pensando si no debería haberme quedado hasta que me contara más detalles. Noté a Nancy muy nerviosa. Había odio en sus ojos. Apretó los labios como si los sellara cuando al fin nos despedimos.
Recorrí rápidamente las cuadras que me separaban de mi casa. Me cambié para seguir con mi trabajo. Cuando volví a la noche esperé que Nancy me llamara pero no llamó. Me fuí al cine. Daban La piscina o algo así. Era una historia policial donde una escritora se refugiaba en una casa prestada para poder escribir un libro.
Durante varios días decidí visitar el supermercado. Quería encontrar alguna pista de lo que Nancy me había contado. En algunas de las visitas ví al hombre viejo que dormía entre los libros. Nancy atendía al público, hacía funcionar los artefactos electrodomésticos y enseñaba a los compradores su funcionamiento. No llegué a comprar otro televisor.
Varias veces pude ver, a distintas horas a un hombre bien vestido, de saco y corbata y zapatos lustrados, evidentemente era un hombre con poder, acercándose a Nancy y murmurando algo a su oído.
Me pregunté si él era el hombre que la acosaba sexualmente y ella quería denunciar. ¿Cómo saberlo?
Le había comunicado a Nancy mi decisión de no tomar el caso. Era muy dificil probar algo así. Le recomendé a un investigador privado amigo.
Tampoco quería seguir investigando el robo de mercaderías, eso era más que difícil de probar. Los supermercados probablemente tienen asegurada la honestidad del personal y no les importa mucho que sus empleados les estén robando.
El caso nuevo que investigaba ahora me llevaba casi todo el día. Tenía que tomar taxis y remises, generalmente a partir de las cinco de la tarde, cuando el marido de mi clienta salía de la empresa. Entonces empezaba el trabajo, ver adónde iba, a qué restaurant, a qué hotel, a qué escondite con la secretaria que seguramente tardaría poco en convertirse en la nueva mujer hasta que apareciera otra más joven y más atractiva.
Nancy se había encontrado varias veces con el acosador, fuera del trabajo.
Me preguntaba si era tan difícil conseguir otro trabajo, irse de ahí, no seguir soportando a ese hombre. La respuesta llegaría unos días después.
¡Qué día! me dije cuando llegué a casa. Había sido un día terrible, daban ganas de darse una ducha caliente e irse a la cama. Fue entonces cuando escuché la noticia por televisión: Crimen en el supermercado.
Y después escuché el teléfono.
Ahora, una carta. Estaba sobre la mesa. Ni siquiera recordaba haberla puesto ahí.
... Aguantar las miradas lascivas, babeando, cuando me llamaba al escritorio. La primera vez, recordaba, había sido la invitación a tomar una copa. Después de hora, qué tenía de malo? dijo él. Yo tenía veintidós años, él cincuenta y cinco. Era gerente, yo empleada. El era casado. Trabajaba ahí desde los dieciocho, apenas me recibí de perito mercantil. Mamá cosía para afuera. Pero no alcanzaba para mantener la casita de Banfield. Entonces era, mi segundo o tercer trabajo, no recuerdo bien. Me lo consiguio la mamá de la novia, una de las novias a las que mamá le hizo el traje. ¡Qué lindas quedaban las novias con los trajes que les cosía mamá!
Después fue mi turno cuando me casé con Roberto y mamá me hizo el traje a mí. Bailé toda la noche con el vestido de cola. Roberto se puso un traje negro, parecía un funebrero decía mamá y se reía. Papá no entendía nada porque estaba hemipléjico y sordo. No sé por qué le cuento todo esto, qué puede importarle a usted que lee tanto. La veo leer y digo, a lo mejor lee esto, tambien. Si, después de todo, no estoy arrepentida de querer matar al cretino éste...


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

Crimen en el supermercado fue publicado en el sitio web :BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal - Barcelona
en febrero 2007
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lunes, 22 de febrero de 2010

domingo, 31 de enero de 2010

Novela: Extraños en la noche de Iemanjá - Araceli Otamendi

 


                                                         







Extraños en la noche de Iemanjá
Capítulo 1


"Quienes venían a honrar a la diosa (Afrodita, salida de las aguas) - cuenta Juvenal según el libro perdido-, llevaban presentes de oro y plata, telas de lino, biso y otros materiales preciosos, y si esos presentes eran aceptados, tanto los paños como los objetos pesados se iban al fondo. Si al contrario eran  rehusados y rechazados, se veía sobrenadar los paños y hasta todo aquello que estaba hecho de oro y plata y materiales lo bastante pesados para no flotar naturalmente"
                                                                                                       Damascius, "La vida de Isidoro"


Capítulo 1.

                  Ahora desde el jeep  el hombre veía como la mujer bajaba la escalera corta y angosta hasta la playa. La mujer caminaba descalza y llevaba un monito tití sobre la espalda, las manos del monito enroscadas en el cuello de la mujer. Visto desde atrás parecía una estola de piel pasada de moda. La mujer del monito, pensaba el hombre, tenía la cara parecida a un retrato que alguna vez su ex-mujer había colgado en la cocina. El cuadro era de Edward Munch pero el hombre no lo recordaba. La mujer tenía una cara de rasgos angulosos y era alta y flaca y caminaba rápido, como una liebre, pensaba, mientras la seguía por la playa. Era la noche de Iemanjá y los dos, la mujer y el hombre caminaban por la arena fría esquivando las velas encendidas que, chispeantes arrojaban su luz en hebras amarillas y rojas desde los nichos de arena, evitando pisar las flores que un rato más tarde la gente arrojaría al mar.
                    Era noche cerrada y la oscuridad casi no permitía distinguir entre el cielo y el mar. En la playa mucha gente vestida de blanco parecía rezar.  Los rezos parecían ir y venir como las olas porque cada tanto el tono de las voces se alzaba, se mantenía monótono sobre sí mismo algunos instantes para luego decaer y recomenzar. El hombre alto, flaco, desgarbado, vestía unos jeans deshilachados, una camisa blanca arrugada y una campera. Se sentía cansado. Era su décimo viaje en jeep ese día y dentro de un rato volvería como todos los días llevando los turistas a la ciudad. Hacía sólo quince días que el hombre trabajaba como conductor del jeep y en esos quince días había estado observando a  la gente que vivía en el lugar.
                    Era una villa de pescadores, la mayoría de las casas de material y techo de paja: al frente de casi todas había un bote amarrado, en algunos casos una lancha.Todas las casas eran de los pescadores que en el verano las alquilaban a los turistas mientras ellos se iban a vivir a construcciones hechas con caños o a improvisadas viviendas bajo la tierra.
                      Se había puesto de moda entre cierta gente aburrida de las vacaciones convencionales pasar una temporada en esa villa donde no había casinos ni boliches ni restaurantes. La mayoría de los que alquilaban las casitas eran artistas, pintores, escritores o sicoanalistas que detestaban los ruidos de la ciudad. También había gente deseosa de matar el aburrimiento y se aburría más que nunca al no encontrar qué hacer. Algunos bebían hasta el amanecer en el único bar. Otros pescaban hasta hartarse del olor a  pescado que llevaban a sus casas y que casi nunca  nadie cocinaba por no saber cómo hacerlo o no tener ganas y después de varios días terminaban tirando los pescados podridos al mar.
                        El hombre se detenía apenas mirando las caras. En el aire había olor a lluvia que se adivinaba también por algunas nubes que como un telón metálico caían sobre el mar. La playa estaba iluminada sólo por la luna redonda y blanca y el resplandor amarillo de las velas en la arena.
                        La mujer del monito había encontrado algunas flores sueltas cerca del encaje de espuma que dejaban las olas sobre la orilla y el hombre pensó que las arrojaría al mar. Pero, como siempre se equivocaba con sus predicciones acerca de las mujeres. Ella tiró las flores hacia el otro lado, sobre la arena y siguió caminando.
                       Las flores iban volviendo poco a poco traídas por las olas y el hombre había averiguado esa misma tarde, cuando el sol parecía alumbrado por una lámpara roja en el horizonte, de qué se trataba el ritual.
                       En realidad le habían explicado a medias, ya que el hombre que se lo había contado parecía no querer hablar más. Según la creencia si el mar devolvía las flores era mala señal. De lo contrario, la diosa del mar Iemanjá protectora de los marinos y de los pescadores había aceptado la ofrenda y recompensaría a sus hijos brindándoles sus frutos durante todo el año. La diosa come picoca y cabrita asada con miel le habían dicho también pero el hombre no lo recordaba. Seguramente, pensó el hombre, si ella no arrojó las flores al mar no comparte las creencias del lugar. Eso tendría importancia? se preguntó. No lo sabía. Casi nunca sabía nada. sólo recordaba una frase que su ex-mujer le había dicho o tal vez era una de sus tías de Villa Ballester o el diario de aquél pensador galés Thomas A. Redford: nada de lo que parezca importante lo es en realidad, ni nada de lo que parece no serlo carece de importancia. Después de todo, pensaba, todo lo que le sucedía, ocurría demasiado tarde para tener importancia. como todo lo que le había pasado en su vida, le llegaba a destiempo. El amor, el hijo, los más lejanos e inalcanzables deseos se le habían ido cumpliendo, cuando ya - ni siquiera estaba totalmente convencido - deseaba eso. Se lo había planteado al salir de la cárcel. Cuando lo metieron preso acusado de haber matado a una mujer. Entonces, al salir, se dijo que nada le importaba más que la libertad.
                Cuando la mujer del monito se dio vuelta y miró hacia atrás se encontró con la mirada extraña del hombre. Vio los ojitos azules, las pestañas oscuras, el pelo largo, rubio y desprolijo, la barba incipiente con puntitos grises de dos o tres días. Le recordaba a no sabía quién, tal vez un actor italiano. Qué querría, se preguntaba.   
                El monito parecía sonreir mientras miraba al hombre y ahora los dos, el monito y la mujer lo observaban. Y los tres, el hombre, la mujer y el monito contemplaban el lejano espectáculo de la gente vestida de blanco agrupada en la playa recogiendo flores devueltas por el mar.
                Inesperadamente el hombre preguntó:
                - Usted piensa que la gente de esta playa cree que alguna diosa del mar puede aceptar o rechazar su ofrenda de flores?
                - Tal vez sí, respondió la mujer. -Seguramente esta gente necesita creer en esto como podría creer en cualquier otra cosa señor Ludwig
                - ¿Cómo sabe mi nombre?
                - En esta villa, señor Ludwig, uno puede llegar a saberlo todo
                - Y usted, ¿cómo se llama?
                - Lila
                - Es un lindo nombre - dijo él . La mujer no contestó.

                Caminaban otras vez por la arena fría y Ludwig caminaba a su lado y el monito sobre los hombros de Lila no dejaba de mirar al hombre. Parecía un náufrago caminando en la arena, pisando la espuma, el agua fría, las piedras. Toda vida es un proceso de demolición, recordaba. Eso lo decía Scott Fitzgerald, pero él no lo sabía. Como sabía tantas cosas que su ex-mujer no sabía y no sabía tantas como ella sabía y que seguramente ninguno de los dos imaginaba que el otro sabía.
                - Es una cuestión de límites - dijo Lila retomando el hilo de la conversación. Ahora los dos caminaban muy cerca, uno casi junto al otro, el monito sobre uno de los hombros de ella mirando fijamente a Ernesto Ludwig y él observando  la cara de ella, leyendo su expresión, miraba fijamente las facciones de ella hasta deletrear el más mínimo gesto. No veía el rostro de la noche oscura, sereno, sembrado de ojos mirando a la playa.


               - ¿Límites? - preguntó Ludwig mientras seguían caminando sobre la arena fría
               - Si usted puede creer, crea lo que quiera, siempre y cuando pueda asumir sus consecuencias. Nadie puede obligarlo a creer en Iemanjá, Oxalá ni en cualquier orixá. Tampoco en Jesús, la Virgen María, Buda o Alá ni en cualquier cosa que usted no quiera creer. Tampoco nadie puede decirle a usted que desista de sus creencias. Todo es parcial, señor Ludwig, si lo consideramos desde un solo punto de vista.
              - Y usted ¿qué cree que cree Lila? preguntó él admirándose por lo que le parecía una conversación profunda.
              Lila se largó a reir, la risa se ancló en el viento, sonó a burbujas, a cascada.
             - ¿Usted nunca se hizo esa pregunta a sí mismo?

             Ludwig no le contestó.

             Mientras seguían caminando, Ludwig se preguntaba qué le diría ahora a esta mujer. Las palabras de Lila lo desconcertaban tanto como las de Rosa Té, la sicoanalista, cuando después de haber hablado de Freud durante más de dos horas había encendido velas y arrojado jabones y flores blancas al mar como ofrenda a Iemanjá.
             La noche parecía arder y consumirse con las velas encendidas y los rezos lejanos de la gente conjurando a Iemanjá habian puesto a Ludwig de un humor especial. A lo lejos se veían las luces encendidas del único bar.
          

             El bar era de material con techo de chapas. Las chapas tenían canaletas pintadas de verde oscuro por fuera, blancas por dentro. De pared a pared cruzaban algunas vigas y de una viga colgaba la jaula de un pájaro. Ludwig jamás habia visto un pájaro de colores tan brillantes. Amarillo, azul, rojo. O tal vez sí, en el zoológico de Hamburgo, no lo recordaba. En cambio a Lila no parecía llamarle la atención. Como si estuviera ausente. ¿En qué pensaba? Pero los dos sí sentían el olor a cazuela de mariscos, pan tostado, pimentón dulce y un olor amargo de algún menjunje. También el olor a madera de pino, como de árbol recién cortado y renacido en un objeto que parecía tener vida, pensaba Lila. El bar estaba lleno y Ludwig y Lila se habían sentado en una mesa doble y el monito también ocupaba una silla.
           El dueño del bar depositó dos platos de camarones con ajo y perejil en la mesa, una botella de cerveza y dos vasos. Al dueño del bar le decían Pirata porque tenía un parche negro que le tapaba un ojo y que nadie sabía verdaderamente si le faltaba o no. Era un hombre de unos treinta años, de pelo rojo y largo. Tenía una boca delineada y femenina como si se hubiera pintado los labios y usaba zapatos de tacones altos que le daban un aire risueño.
          - ¿Le gusta? - preguntó Ludwig mientras señalaba al pájaro.
          - Debe estar muerto de aburrimiento - dijo Lila con expresión aburrida. No había terminado de hablar cuando el monito trepó de un salto a las vigas y empezó a chillar. La razón de que el monito estuviera frenético se debía a una lagartija adherida a una pared. Ludwig y Lila querían atrapar al mono que  llamaba la atención de la gente del bar pero el animal sólo accedió a bajar cuando Pirata le ofreció una banana que comió de inmediato. El monito arrojó la cáscara amarillo verde en el plato de Ludwig y chilló alegre. Ahora, el mono sentado junto a Lila miraba a Ludwig y éste, después de comer el último marisco del plato y beber un trago de cerveza preguntó:
          - ¿Hace mucho que está en esta playa, Lila?
          - Dos meses, más o menos. - ¿Y usted?
          - ¿No me dijo que en este lugar se sabía todo?
          - Es cierto, o casi todo. Pero igual me parece mejor preguntarlo.
          - Ludwig sacó del bolsillo de la campera un paquete de cigarrillos rubios y ofreció uno a Lila.
          - No fumo - dijo ella con voz de maestra de escuela primaria.
          - ¿Siempre es así para contestar?
          - A veces.
         
          Ludwig encendió un cigarrillo y se quedó pensando. ¿Qué le pasaría a esta mujer ahí sola con ese mono? El silencio se hizo largo, lento como en un sueño. Había en ese lugar, en esa noche una especie de sortilegio. Tal vez era ese resonar de tambores o los mantras que aquellas personas vestidas de blanco cantaban invocando a Iemanjá, la diosa del mar. Pero ¿qué cosa pedían? Ofrecían velas y flores ¿a cambio de qué? Y la diosa del mar ¿qué les devolvería? Ludwig se hizo esa pregunta muchas veces. Pero los pensamientos se interrumpieron de golpe. Un ruido seco y después algo así como un estallido y miles de partículas de vidrio se esparcieron por la mesa  de Ludwig y Lila. Los comensales dejaron de comer  y todos  miraron hacia ese lugar. El monito gritaba. Los mozos dejaron las bandejas en la barra del bar y corrieron hacia ahi. Pirata salió del bar. Todos buscaban la respuesta. Pero fue Ludwig quien lo vio primero, envuelto en el piso con una cinta roja y negra. Era algo pesado, parecía una piedra. El tamaño era el del puño de un hombre adulto y lo habían arrojado como un proyectil. Ludwg guardó el hallazgo en uno de sus bolsillos. Pensó que nadie lo había visto.
          Afuera se escuchaba el redoble de algunos tambores, diez, tal vez quince hombres. Tocaban el tambor y caminaban, bailaban. Eran sonidos perturbadores. ¿Quién había sido? ¿por qué habían arrojado ahí el paquetito? Lila miraba a Ludwig desde un ángulo del bar atenta a todos los movimientos de él. Los parroquianos volvieron a sentarse y el mono parecía indiferente abrazado al cuello de Lila. Un mozo barrió los pedazos de vidrio y limpió la mesa, y todos siguieron comiendo un rato después  como si nada hubiera ocurrido.
            - Usted tiene en el bolsillo un trabajo pedido a Exú Maré - dijo Lila. Ludwig no sabía de qué le hablaba pero sí veía los reflejos dorados en los ojos de Lila.
            - El papel que envuelve la piedra dice el nombre de la persona que se quiere alejar .- dijo Lila. El pelo oscuro caía lacio sobre los hombros de ella, era tan oscuro como la noche, pensaba él. Como ella, tan oscura, no podía leerla en este momento.
            - ¿Usted sabe algo o le parece que sabe? - preguntó Ludwig
            - A veces sé cosas, no me  pregunté cómo. También sé que usted no vino a esta playa para llevar turistas.
            - ¿Lo sabe o tal vez le parece?
            - A veces preferiría no saber, pero también sé que es policía.
            - Ex policía, en todo caso.
            - Podría haberlo disimulado, hace rato que vi el revólver que tiene en la espalda.
            -¿Podría contestarme algunas preguntas?
            - Todo depende, señor Ludwig.
            - Es sobre un muerto, un hombre que apareció ahogado en esta playa. 
            (c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados


Novela - Capítulo 3 - Extraños en la noche de Iemanjá - Araceli Otamendi



Extraños en la noche de Iemanjá- Capítulo 3



                 Después de andar un tiempo por la playa, Ludwig estacionó el jeep entre dos médanos y se estiró en el asiento como un gato. Apenas quedaban unos pocos hombres y mujeres vestidos de blanco esperando la respuesta de Iemanjá, rezaban y la melodía de sus mantras junto  al murmullo del mar acunaron a Ludwig hasta que se durmió. Las huellas de un perro sin amo en la arena húmeda jalonaban el camino libre alrededor del mar. Muchos años antes, Ludwig había pasado un verano ahí, en esa playa. Lo había hecho con Mónica, su ex-mujer, cuando todavía estaban casados y cuando todavía creían en los veranos en los hoteles, y en la filosofía de las canciones populares. El detective sentía el aire nocturno y fresco, y no vio a Lila caminando por la playa sin el monito al hombro ni vio tampoco cómo se desvanecía más tarde la luz de las estrellas en el cielo claro.

                 Ludwig abrió los ojos y vio a lo lejos algunos hombres con sus redes en el agua. En la playa, flores blancas y mustias deshechas por las olas y una larguísima franja marrón de mejillones sobre la arena mojada. También había preservativos, vidrios rotos y botellas vacías de plástico. Se bajó del jeep y estiró las piernas mientras bostezaba como un animal. Después se lavó la cara y la piel tirante por el sol y la sal. Enseguida miró la tarjeta casi robada de la casa de Rosa Té. ¿Tendría que ir primero a la casa de Lila? No lo sabía. Decidió dirigirse a la posada Los hipocampos y puso el jeep en marcha.
                  Mientras andaba en el jeep por la arena, Ludwig se sentía aplastado, pulverizado por el calor blanco del verano. Si no hubiera sido por el monito, pensaba, la otra noche podría haber hablado con Lila acerca de lo que lo había traído a esta playa. Habría podido decirle que él era un detective de la más ínfima categoría y que tenía una oficina en un viejo edificio de la Avenida de Mayo en Buenos Aires. Cómo había comenzado todo aquella tarde. Habían golpeado la puerta de la oficina de Ludwig varias veces antes de que ésta abriera y se encontrara con una mujer menuda, uno sesenta de estatura, de unos cuarenta y cinco años, pelo castaño y grandes ojos grises. Si no hubiera sido por los ojos, pensaba Ludwig, su cara hubiera pasado completamente desapercibida. A no ser por la cirugía que sí se le notaba. Tal vez los pómulos algo inflados como los de una muñeca barbie y la nariz demasiado respingada. Ludwig observó rápidamente el maquillaje: sin duda estaba demasiado pálida en contraste con el color de los brazos que lucían un tono bronceado.
La mujer tenía un vestido color verde, era de marca y zapatos haciendo juego. En una mano sostenía un maletín de cuero blanco. Ludwig la hizo pasar pensando que se había equivocado pero la mirada atenta de la mujer no parecía la de alguien desorientado. Ella entró en la oficina y paseó la mirada por las paredes descascaradas, la ventana enmarcando la luz estridente del día caluroso. Era enero en Buenos Aires y se veía la sombra de las palomas caminando por la barandilla del balcón casi a punto de desprenderse de ese edificio viejo de la Avenida de Mayo. Una de ellas parecía de peltre. Ninguno de los dos había presenciado la escena de un hombre estrangulando una paloma a unos cincuenta metros de ahí. Pero sí lo había hecho una mujer joven, que comía un sandwich sentada en la plaza. El hombre era un vagabundo con ojos desorbitados, se había lanzado sobre el pájaro que comía migas de pan en el suelo y lo había tomado con las manos. Con una mano le retorció el pescuezo, después la dejó tirada y huyó del lugar.       
              Ludwig hizo sentar a la mujer en un sillón, frente a su escritorio. Los dos se quedaron en silencio durante algunos segundos. Después de mirar unos instantes la foto de Marilyn Monroe con los frágiles ojos mirando hacia la cámara, que alguna vez Mónica, su ex-mujer le había regalado, Ludwig dijo:

             - Usted dirá.
             - Vine por dos motivos, señor Ludwig- dijo la mujer casi gritando. Recién entonces Ludwig se dio cuenta que la música del casette de Soda Stéreo seguía sonando a todo volumen. Casi siempre le ocurría eso, ponía la música a todo lo que da y se olvidaba mientras escribía los informes de sus investigaciones en la computadora.
              - Vine por dos motivos - repitió la mujer sentada ahora en el único sillón entero de su oficina. Los demás sillones estaban rotos o desvencijados.
               - Antes que nada, me llamo Marta Agastizabal.
               - La escucho - contestó Ludwig. Pensó en ofrecerle una cerveza de las que guardaba en la heladera, después pensó que era mejor esperar un rato.
                - Hace unos días recibí una llamada de la prefectura del Uruguay, señor Luddwig. Me comunicaron que mi marido había aparecido muerto en una playa. Viajé y en la oficina de la prefectura me entregaron una bolsa de plástico con su jean, su camisa, el cinturón con sus iniciales y los zapatos.
                - ¿Está segura de que pertenecían a su marido?
                - Estoy segura. Pero el cadáver que me mostraron era irreconocible. Estaba destrozado por las rocas. La mujer dijo estas palabras casi con cansancio, como si las hubiera repetido muchas veces en distintos lugares y ahora estuviera hablando para sí misma. Tal vez como una actriz, pensaba Ludwig, que ha ensayado reiteradamente su papel .
                 A Ludwig se le presentó la escena: el cadáver de un hombre flotando en el mar, depositado blandamente en la arena de la playa y recordó las ofrendas a Iemanjá. ¿Qué clase de respuesta de la diosa del mar había sido ésta? Ahora que se aproximaba a la posada Los Hipocampos, la pregunta daba vueltas en su mente y seguía recordando:
                - Si su marido no era ese hombre ¿tiene alguna idea de dónde puede estar?
¿alguna vez se fue de su casa por un tiempo muy largo sin decirle nada?
                Willy Agastizábal no era Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne, podría haber dicho Marta. Pero no lo hizo. ¿Quién no tuvo alguna vez ganas de despedirse  del marido o de la mujer por algunos minutos y no volver más?
                - Nunca, señor Ludwig, Willy viajaba durante días, a veces eran meses, pero siempre me llamaba, me decía dónde estaba. Unos días antes de la noticia de recibir la noticia de su muerte, Willy me dijo que tenía un negocio muy grande entre sus manos y que no lo iba a dejar escapar. Willy vivía de sueños, señor Ludwig, era un niño grande dispuesto a creer en un sueño más y más grande.
                La conversación se había empantanado. La mujer estaba seria y Ludwig decidió que era el momento de ofrecerle una cerveza bien fría. Fue hasta la heladera y volvió con dos botellas heladas en una mano. Destapó una y la sirvió en un vaso y se la ofreció a la mujer. Marta Agastizábal bebió el líquido de un trago. Después empezó a hablar mientras Ludwig recién destapaba la otra botella.
                 - ¿Usted cree que su marido no es el muerto encontrado en la playa?
                 - No lo sé, tengo una leve sospecha, una sospecha casi diluida de que él está vivo en alguna parte, se oculta en algún lugar, pero no sé dónde ni cuál puede ser el motivo. Tengo que encontrarlo, señor Ludwig y usted tiene que ayudarme. Y si el muerto es Willy, alguien lo asesinó.
                  - ¿Por qué piensa que soy el indicado para investigar la muerte de su marido?
                  - Porque usted tiene ideas tan absurdas como Willy, señor Ludwig. Ideas tan absurdas y brillantes como él. Willy creía que el triunfo se consigue lo suficientemente a menudo como para que las ideas más absurdas parezcan brillantes.
                   - ¡Un momento! ¿Cómo sabe tantas cosas de mí?
                   - Usted trabajaba en la policía, ahora trabaja por su cuenta y vivir con un trabajo así es absurdo y un éxito al mismo tiempo.
                    Ludwig se sentía sonreir. Le gustaban las palabras que pronunciaba esta mujer. Aunque le parecía que estaba interpretando un papel muy bien estudiado.
¿Acaso no éramos todos actores? Las ideas absurdas con las que triunfan, pensaba Ludwig. Colón, Galileo, Edison y Graham Bell no hubieran hecho ningún descubrimiento si se hubieran ajustado a las ideas de su época, de su momento. El hubiera necesitado una mujer así, como ésa que tenía frente a él. En cambio Mónica, con su terrible lógica, jamás lo había acompañado en ninguna empresa. Ni siquiera cuando se le ocurrió instalar un criadero de pollos en la provincia de Buenos Aires o cuando quiso cultivar zapallos en una chacra. Pero no habían sido más que ideas sin llevar a la práctica.
                    La mujer había abierto el maletín y había depositado los ordenados ladrillos de billetes de cien y de cincuenta dólares sobre el escritorio de Ludwig.
                    - Treinta mil para empezar - dijo Marta Agastizábal.
                    - ¿Por qué piensa que voy a tomar el caso?
                    - Usted fue expulsado de la policía y estuvo en la cárcel por haber matado a una mujer.
                    - Lo primero es verdad, lo segundo es falso.
                    - El juez le otorgó los beneficios de la duda.
                    - Sí, contestó Ludwig.
                    - Yo soy de las que piensan que la duda siempre trae beneficios.
                    Ludwig nunca lo supo pero esa frase fue el inicio de una lealtad. La duda había sido la bandera más importante de la vida del detective. Todos los eslabones de sus fracasos habían sido cincelados por la duda. Una mujer una vez le había dicho:
"Ser el campeón mundial de los perdedores es una forma de ser ganador". Esa misma mujer una hora más tarde lo abandonaba para siempre. Se llamaba Mónica pero ésa es otra historia.
                    - Está bien, dijo Ludwig. - Voy a iniciar la investigación, quiero que me dé más datos, qué clase de amigos tenía, los sitios que frecuentaba, su agenda, quiero que me diga todo lo que sabe.
                     - Willy ya fue dado por muerto por la compañía de seguros, señor Ludwig. Había dejado una póliza de diez millones de dólares que ya cobré.
Quiero que lo encuentre, que encuentre a Willy si está vivo, o si el muerto que encontró la prefectura es él,  quiero que encuentre al asesino de Willy y que lo juzguen. Sólo puedo confiar en alguien que haya estado en la cárcel y que conozca a los criminales. No confío en la policía, ni en abogados ni en nadie.
                     - ¿Por qué piensa que yo soy el hombre indicado para encontrar al asesino de Willy o para encontrar a Willy vivo?
                     -Porque usted me hace dudar y estoy harta de la seguridad, señor Ludwig. Elegirlo a usted puede ser el mayor acierto o el peor error de mi vida.
Ludwig la miró unos momentos sin decir palabra. Después fue hasta la heladera y sacó otras dos botellas de cerveza  y las abrió. Las botellas estaban cubiertas por una capa finísima de hielo que blanqueaba el color oscuro del vidrio. Era una tarde calurosa, afuera la gente caminaba de prisa, mirando fijo hacia ninguna parte. Ludwig puso las botellas sobre el escritorio y ofreció una a Marta Agastizábal. Esta había comenzado a beber y el líquido color oro parecía teñirle los ojos grises, ahora, más relajada buscaba algo en los bolsillos. Después de algunos segundos extrajo un sobre de correo aéreo y lo entregó a Luwig. Éste leyó durante un rato la carta de Willy Agastizábal a su mujer.
                      Estaba escrita con tinta estilográfica y letra grande y apurada. Comenzaba con las palabras: Mi querida Marta y terminaba con las palabras: tu amor Willy. Entre esas palabras se combinaba una mezcla de libertad y remordimientos,  peripecias del viaje y juramentos de amor eterno.
                      - Le pedí que volviera a Buenos Aires, señor Ludwig, se lo pedí a Willy muchas veces, no me gustaba que viajara tanto.
                      -¿Por qué lo hacía?
                      - Ya le dije que Willy era un soñador. Seguramente estaba en busca de una quimera, de un gran sueño.
                      - Y usted sabe algo de ese sueño.
                      - Sí, señor Ludwig, estuve casada con él durante más de veinte años.
                       Marta señaló los billetes ordenadamente apilados en el escritorio de Ludwig. Esa cifra era más de lo que ganaba el detective trabajando durante varios años. El maletín de cuero de la mujer costaba más de lo que él ganaba durante varios meses de trabajo.
                       - Sé que va a encontrar  a Willy vivo o va  a descubrir al criminal - dijo Marta.
                        El detective ató su pelo largo con una bandita elástica sujetando su edad inciera en la cara joven. Después de haberse casado y divorciado, de haber trabajado en la polícía y haber estado en la cárcel acusado de asesinato, después de haber viajado varias veces a Europa y a distintos países de América en otras tantas oportunidades, consideraba que su edad era tan incierta como su vida. Le gustaba vivir así, caminando sobre una cuerda sin red abajo, haciendo equilibrio sólo con sus brazos, con sus pensamientos dirigidos hacia un solo punto: el de no caerse. Le gustaba gozar del peligro, vivir al día con la seguridad plena de no saber jamás lo que iba a hacer una hora más tarde, tal vez diez minutos más tarde.
                        - Está bien, señora Agastizábal. -Voy a aceptar. Voy a hacer todo lo posible por encontrar a Willy o al culpable de la muerte de su marido. Usted va a pagarme los gastos y el pasaje a Uruguay. Ahora quiero que me cuente todo, absolutamente todo lo que usted sabe de Willy. Los amigos, si tenía socios, qué otras relaciones tenía, como vivía. Sí, señora Agastizábal, es la única manera de iniciar la investigación.

                       Marta Agastizábal iba por la cuarta botella de cerveza y ahora había encendido un cigarrillo. Tal vez no le resultaba fácil contarle a un desconocido eso que se le había clavado en el corazón como un estilete.
                        Ludwig miró a la mujer fijamente a la cara y después dijo:
                        - Y si Willy apareciera vivo, ¿usted devolvería esos diez millones de dólares a la compañia de seguros?
                         - Por supuesto, Willy vale mucho más que esa cifra, señor Ludwig.
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Novela- Capítulo 2 - Extraños en la noche de Iemanjá- Araceli Otamendi





Capítulo 2- Extraños en la noche de Iemanjá


              Excepto por las túnicas de batik y las calzas rayadas que usaba para ir a la playa, Rosa Té Andrade era una mujer que físicamente no se destacaba en nada. La madre de Rosa Té le había exigido que estudiara dos carreras universitarias y Rosa Té la había complacido y se había atiborrado de libros desde chica. Rosa Té no había conocido tantos novios como las demás compañeras de escuela, en cambio su madre había cambiado de marido y de amante tantas veces como había querido.
              Ahora, mientras las velas de las ofrendas a Iemanjá se apagaban afuera, Rosa Té intentaba dormir. Tenía mucho sueño pero no quería abandonarse a él. Algo temería. Se incorporaba en la cama y su mirada se detenía en los tres vestidos blancos comprados a Iré, la mujer de un pescador de la playa. Iré viajaba cada quince días a San Salvador de Bahía y traía vestidos y telas blancas con puntillas para vender.
              Rosa Té había corrido las cortinas blancas y las había vuelto a abrir. Por la ventana se veía un pedazo de noche oscura y nublada.
               Apenas se escuchaban escasos sonidos, el murmullo ahogado que se instalaba junto a la oscuridad y no cesaba hasta que los primeros haces de luz empujan la noche hasta dejarla convertida en un despojo.
               Cuando Ernesto Ludwig golpeó la puerta, Rosa Té saltó de la cama y se quedó escuchando con la oreja apoyada en la madera.
               
                - Soy Ludwig, el conductor del jeep, por favor ábrame.
                Rosa Té abrió la puerta, el mínimo indispensable para cerciorarse de quién era y lo reconoció. Se quedó mirando a Ludwig como si fuera sagrado. No esperaba que un hombre la fuera a visitar y menos a esa hora.

                 - Estaba dormida - aclaró Rosa Té y después preguntó: -¿Pasa algo?
                 - ¿Puedo pasar? - dijo Ludwig
                 - Está bien - contestó la psicoanalista
                 
                 Ludwig entró a la casa y mirando a Rosa Té  dijo:

                 - Lila, su amiga, me dijo que usted quería ir en mi jeep al pueblo.
                 - Lila no es mi amiga - aclaró la psicoanalista.
                 - Lila, su amiga - insistió Ludwig - me dijo que usted quería ir en mi jeep al pueblo.
                  - Lila, Lila no es mi amiga - aclaró nuevamente Rosa Té. - Además quería ir al pueblo temprano.¿No le dije que estaba durmiendo?

                   - Entonces me voy - dijo Ludwig
                   - Ahora que está, quédese - dijo la psicoanalista e invitó a Ludwig a sentarse.

                     Ludwig entró a un comedor chico separado de la cocina por una cortina de tiras de plástico multicolor y se sentó en un sillón mientras observaba el lugar.
Un sillón trapezoidal de plástico y almohadones de colores, collares de vértebras de tiburón colgaban de las paredes sin ningún equilibrio. Ludwig miraba ahora sus pantalones como siempre arrugados. Desde que trabajaba como conductor del jeep en esa playa jamás se había planchado la ropa. Se cambiaba cuando tenía ganas o cuando se duchaba. Y eso no ocurría todos los días.
                    Rosa Té fue hasta la cocina y Ludwig aprovechó para escudriñar una pila de libros. Uno tenía un señalador y Ludwig lo abrió y leyó la página marcada: El caso del hombre de los lobos, era el título y el autor era Sigmund Freud. Ludwig leyó algunas líneas, le parecía tan interesante como esas historias de Rad Bradbury que Mónica, su ex mujer leía siempre en voz alta cuando estaban casados. Este pensamiento lo alegró y escuchó entonces la voz de Rosa Té:

                   - ¿De qué se ríe señor Ludwig? Todos mis libros son de psicoanálisis y el psicoanálisis es algo muy serio. - A ver, permítame - dijo Rosa Té mientras le arrancaba a Ludwig el libro de las manos. Después sostuvo el libro bajo un brazo mientras le entregaba un vaso de caipirinha al detective.

                   Rosa Té también tenía un vaso de caipirinha en la mano.

                   - Creí que era ciencia ficción, me gustan esas historias - aclaró Ludwig. Pensaba seguir hablando pero se detuvo ante la expresión de furia contenida de Rosa Té. Le parecía un torito blanco a punto de embestirlo. Decidió cambiar de tema y enfocó su atención hacia los vestidos blancos colgados en la pared.

                    - ¿Todos los vestidos son suyos?- preguntó.

                     Rosa Té había cambiado la expresión, ahora no se sabía si estaba más furiosa que antes, tal vez disfrazaba sus sentimientos porque dijo con voz falsa y tono dulzón:

                     - Los compré para el cumpleaños de mi mamá. Ella cumple ochenta años y soy la encargada, como hija mayor, de festejárselos. La psicoanalista bebió de un trago el resto de la caipirinha y su expresión airada se manifestó en ese momento. Parecía resignada. Seguramente no conocía la frase de Antonio Muñoz Molina:
"aunque no seamos responsables de los primeros círculos de nuestro infierno somos los responsables de la arquitectura final".
                      - Mi mamá cumple ochenta años y el día de la fiesta mis hermanos, mis sobrinos y yo tenemos que representar una comedia - dijo Rosa Té.

                      Ludwig abrió los ojos e hizo un gesto invitando a la psicoanalista a continuar. Pero ahora Rosa Té hablaba con voz cansada, como si la envidia que siempre le había tenido a su madre por ser ella misma y por vivir según como le diera la gana hubiera cedido bajo el peso de su sometimiento.

                       - Desde que mamá se divorció de mi papá, se quitó siempre veinte años, ha falsificado los documentos y con mi complicidad y la de toda la familia representaremos la comedia ante su amante, cuarenta y cinco años menor.

Rosa Té bebió un enorme trago de caipirinha y tal vez para acompañarla Ludwig hizo lo mismo. Ludwig se quedó pensativo durante algunos segundos. Pensó en sus tías de Villa Ballester tan poco afectas a lo mundano, excepto aquélla, esa tía tan cómplice de sus amores, de sus juegos. Tan cómplice había sido, que había obtenido su aprobación para cubrir sus aventuras con el soborno de un beso en la boca.
¿Cómo sería la madre de Rosa Té?- se preguntó Ludwig. Entonces recordó la frase "por sus frutos los conocereis". Rosa Té era el fruto, quizá uno de los frutos de esa mujer que ahora lo intrigaba, pero lo que contaba de la madre le parecía inverosímil. Aunque no, le había ocurrido en varias oportunidades que señoras bastante mayores se le insinuaran. También Rosa Té intentaba atraer su atención. Le parecía una mujer agria y tan poco vital y se veía tan pálida como la mariposa nocturna pegaba ahora a la superficie del vidrio de la ventana. ¿Las mariposas viven un día? ¿Cuántos días de su vida había vivido realmente Rosa Té? ¿Y él? ¿A qué le llamaba vivir ella? ¿A qué le llamaba vivir él? ¿La intensidad fijaba los límites de la vida-vida? Hacía tiempo que la idea de que estar vivo era ser él mismo le daba vueltas en la cabeza. Pensar, amar, inventar, crear, cada día conlleva su propia invención. ¿Y a él? ¿quién lo había inventado?
El detective se acercó hasta el insecto y lo tomó de un ala. Un polvillo brillante y plateado impregnó los dedos índice y pulgar de Ludwig. Unos segundos después el insecto volaba dentro de la habitación. Ludwig se acercó a la ventana. Se veían algunas siluetas vestidas de blanco caminando por la playa. También en la arena quedaban algunas velas encendidas iluminando el azul negro de la oscuridad y se escuchaban algunos mantras:

           "E com seu barco
           que elas vao navegar
           vou pedir a Mae Iemanjá
           e ao povo d´agua
           para navegar"

Ludwig y Rosa Té ya habían bebido dos caipirinhas y escuchaban las voces más límpidas y veían los colores más nítidos. Ludwig había puesto cara de duda o de ignorancia o una mezcla de ambas que siempre le había dado resultados cuando no quería hablar demasiado.

          -  ¿Su madre está enferma? - preguntó el detective interrumpiendo el silencio que hasta ese momento le parecía tan quieto y blanco como las paredes.
         -    No, ella está sana como un ángel - dijo la psicoanalista.

Ludwig miró a Rosa Té, pensaba que nada era real excepto el azar y era el azar quien había organizado que él estuviera ahí, en ese momento.
Después Ludwig dijo:

        - En realidad estoy aquí porque Lila me dijo que usted quería ir en el jeep al pueblo.
        - Puede ser que lo haya dicho cuando tuve ganas, pero ahora no, estoy cansada y quisiera dormir. Se sentía tan muerta como un clavo oxidado y preguntó:

         - ¿Cómo está Lila?

Ludwig tomó un cuaderno que estaba sobre el sofá con un gesto casi automático y mientras miraba sus ojos dijo:

         - Supongo que bien. Y preguntó: -¿Cuánto hace que conoce a Lila?

         La psicoanalista le arrebató de las manos el cuaderno con apuntes sobre sus pacientes y dijo con voz estridente:

         - Esto no le incumbe señor Ludwig. Pronunció Ludwig haciendo hincapié en cada una de las letras como si las mordiera. - Podría contestarle que hace mucho que conozco a Lila, o tal vez poco, depende.
         -¿Depende de qué? - insistió Ludwig.
         - Los veranos son cortos. Uno conoce gente pero en realidad no la conoce si no la trata durante todo el año. Yo puedo compartir con alguien el verano pero durante el invierno no lo veo y lo vuelvo a ver el verano siguiente. Entonces no sé si realmente conozco o no a esa persona. Creo en lo que  decía Bernard Shaw, el único que lo conocía era su sastre porque tomaba sus medidas cada año.
          Ludwig miró a Rosa Té e hizo un gesto que podía significar cualquier cosa. La psicoanalista interpretó que él tenía sueño y dijo:
          - Tengo sueño señor Ludwig y usted también. Enseguida agregó: - ¿Vendrá a la fiesta de mi madre?
          - Depende - dijo el detective. El también jugaría con esas respuestas.
          -¿De qué?
          - De ciertas cosas.
          - ¿Qué cosas?
          - Necesito saber algo. Usted debe saber algo, habrá escuchado comentarios...
          - ¿Qué clase de comentarios?
          - Hace unos días apareció un hombre ahogado en esta playa.
          - ¿Es policía? ¿Usted es policía? - preguntó Rosa Té con inquietud.
          - ¿Por qué se le ocurre algo así?
          - Por las preguntas, por la cara, debí imaginármelo.
          - Tal vez se equivoque, ¿y si fuera un delincuente?
          - No estaría aquí, los delincuentes temen a los psicólogos, son psicópatas, señor                     Ludwig.
           -¿Y los policías no?

           Rosa Té no le contestó. Prefirió seguir hablando de los preparativos de la fiesta de su madre. Rosa Té volvió a decir que dentro de dos días su madre cumpliría ochenta años y le festejarían el cumpleaños número sesenta. El hijo de Rosa Té pronto se recibiría de médico y sus sobrinos eran adolescentes. Por lo tanto deberían inventar otro parentesco delante del amante de doña Leonor Martínez de Andrade.

          Ludwig interrumpió entonces a la psicoanalista:

          - Usted me está invitando a una fiesta que no tiene ganas de organizar. ¿Por qué lo hace?
          - Casi todas las fiestas han sido iguales para mí, han girado alrededor de mi madre, de sus maridos y de sus amantes.
          El detective miró a Rosa Té con aire divertido mientras pensaba que a él le hubiera gustado tener una madre así, tan humana. Casi como una de sus tías, aquélla, la del beso en la boca. Con un gesto invitó a la psicoanalista a seguir hablando.
          Rosa Té se despachó entonces con un montón de frases que le hubiran valido en BuenosAires varias sesiones con su analista.
           - Estoy harta - dijo. - Estoy harta de que ella se gaste en hombres la fortuna que mi padre nos dejó a mi hermana y a mí, ella es una adicta a los hombres señor Ludwig.
            - ¿Le parece mal?
            Rosa Té recompuso su imagen y como si estuviera frente a un espejo, dijo:

            - Soy exitosa, soy una persona muy exitosa.

            Ludwig pensó que esta mujer se odiaba a sí misma. Rosa Té siguió hablando de su carrera como psicoanalista, dijo que le había llevado quince años de estudio y de sacrificios. Le había restado a la vida para estudiar, el estudio era su vida y su vida ¿qué era? La psicoanalista lagrimeó. Ludwig la miraba sin decir nada. Ignoraba que Rosa Té hacía lo mismo en Buenos Aires cuando las sesiones con el psicoanalista no le alcanzaban y entonces recurría a cualquiera, al que estuviera más cerca: el florista, el ferretero, el paseador de perros que en la gran ciudad abundan, y todos podían escuchar sus problemas. Pero ella sabía que los vínculos más fuertes eran con su psicoanalista y con John, su perro. El amor humano, el amor con una pareja se había esfumado en su vida y jamás había vuelto, jamás volvería, había pensado.
   
 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 1 de enero de 2010

Colores de Araceli Otamendi fue publicado en el Suplemento La Palabra

El cuento Colores fue publicado en la edición en papel y también en el sitio web del Suplemento La Palabra del diario La Opinión (Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina):

http://www.laopinion-rafaela.com.ar/opinion/2009/12/29/u9c2902.php