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lunes, 10 de mayo de 2010

Cuento: Vuelta a la casa tomada




Vuelta a la Casa Tomada  - Araceli Otamendi



El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es  una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

-          Orfeo – le digo
-          ¿Qué? Contesta
-          Quiero ver tu cara sin la máscara.
-          Eso no es posible – contesta
-          ¿Por qué?
-          Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
-          ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
-          Hay que seguir el juego…
-          Hoy se termina.
-          ¿Qué cosa?
-          El Carnaval, se termina…
-          El Carnaval sí, pero la vida no.
-          Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
-          Como la vida ¿no?
-          Casi
-          ¿Querés volver a casa tomada?
-          Es sólo una casa
-          Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

© Araceli Otamendi – Julio de 2008

imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 12







Diego Velázquez era un pintor de moda en Buenos Aires, había adquirido cierta notoriedad en algunas galerías de New York se había vuelto famoso en pocos años. Sus pinturas se vendían a precios increíblemente altos. Pero a los treinta años no sabía si seguir pintando o dedicar todo su tiempo  a invertir el dinero ganado en distintas actividades. Durante toda su vida no tendría ninguna necesidad de trabajar ni hacer nada más si invertía bien la plata. ¿Adónde habían ido a parar sus ideales? Su arte se deshacía como los sueños cuando llega el día y la luz entra por la ventana para avisar que la noche pasó, lo que  hemos visto no ha sido más que un sueño o una pesadilla. Había cambiado los sueños por dinero y eso puede ser mortífero para un artista. ¿Dónde estaban Van Gogh, Cezanne, Gauguin? Ellos habían sido llamados y estaban entre los pocos elegidos, ¿y él?
                                    Diego parecía convencido de cada una de las palabras que decía, como si las hubiera rumiado en su mente. Ludwig pensó en cuál sería la manera más indicada de introducirse en la conversación y dijo:
                                    - Perdón que me entrometa pero ¿usted está esperando una señal?
                                    - Sí, dijo el hombre.
                                    - ¿A qué se refiere?
                                    - Señor Ludwig, explicó Lila, todos los seres humanos tenemos algo de niños y nuestro pensamiento de vez en cuando se vuelve mágico. Sobre todo cuando tenemos miedo o nos sentimos inseguros o no sabemos lo que queremos.
                                     Ludwig  miró  a Lila y a Diego y tomó un trago de caipirinha
                                     - Qué interesante, esta noche, antes de venir aquí, estuve pensando en lo mismo.
                                     El detective buscaba una señal, cualquier cosa que le indicara cómo seguir la investigación de Willy Agastizábal.
                                     - ¿Usted también busca otro medio para expresarse? - preguntó  Diego.
                                     - Sí, desde hace tiempo lo estoy buscando - contestó. El que esté aquí, en esta fiesta esta noche no es más que obra del azar, pensaba. Pero no sabía si ese azar lo conduciría a algún resultado. La mirada de Ludwig se detuvo en el monito que inquieto se había trepado a una lámpara.
                                      Lila, concentrada en la conversación, no había advertido las piruetas del mono que ahora se balanceaba. En la mesa se podían ver algunas de las comidas y la torta de cumpleaños que Albertina y Rosa Té habían preparado para su madre.  Había alfajores, trozos de pollo, carne al horno cortada en finos pedazos, canapés, y algunos bocaditos salados. También habían preparado un ananá como centro de mesa y pinchados al ananá había pedazos de queso y cerezas. Pero en lo que más habían trabajado tanto Rosa Té como Albertina era en el pastel de cumpleaños. El pastel era de biscochuelo y chocolate, no le habían puesto crema para que no se derritiera. Las dos hijas de Leonor se habían convencido a sí mismas que lo mejor era poner el número sesenta en letras de azúcar, para convencer al amante de su madre de la verdadera fecha de cumpleaños. Más que una torta de cumpleaños parecía una torta de bodas, porque Albertina había tenido la ocurrencia de ponerle cintas y dijes en cada una de ellas.. Así le darían la sorpresa a su madre, convenciéndola de que todavía era posible una boda más. 
                                   Lila mantenía la mirada fija en su acompañante, parecía atrapar cada una de las palabras que él pronunciaba. El monito se había quitado la ropa y ésta había caído en algún rincón.  Ludwig se preguntó por qué motivo Lila había elegido un mono como mascota en lugar de un perro. Pero tal vez no había sido una elección, tal vez alguien se lo había regalado y no había podido rechazarlo.
                                     En una de las esquinas del living, la mano derecha abierta de Leonor se sometía a la atenta mirada de Mirinha.
                                     - Dos matrimonios - dijo Mirinha mirando las líneas de la mano de Leonor quien había abierto los ojos tan redondos ahora como las rodajas del abacaxi que adornaban las jarras del jugo.
                                     - Sí, es cierto, me casé dos veces y también enviudé dos veces- dijo Leonor y se quedó pensativa.
                                     - Alguien viene por un camino largo - dijo Mirinha
                                     - ¿Quién? - preguntó Leonor.
                                     - No se ponga ansiosa- contestó Mirinha. 
                                      Seguramente Leonor se preguntaba de quién estaría hablando Mirinha, quién era la persona que llegaría a ella nuevamente ¿había que pensar en el amante o sería, quizá alguien nuevo en su vida? . Mirinha miró a Ludwig quien en ese momento estaba mirando a las dos mujeres. Rosa Té había salido de la casa y descalza se había encaminado hacia el mar. El detective vio a Rosa Té por la ventana, pisando la arena fría y la noche iluminada por esos numerosos ojos brillantes  suspendidos en el fondo oscuro y salió de la casa.
                                      Ludwig llegó hasta donde estaba la psicoanalista, quien había sumergido los pies en el agua y ahora se mojaba la cabeza con agua de mar. El detective preguntó:
                                      -¿Por qué salió de la fiesta?
                                      
                                      - Es el aparato psíquico, hay cosas que usted no puede entender, señor Ludwig.
                                      - ¿Qué cosas?
-         Esta fiesta …

                                       - Si usted no tenía ganas de hacerlo, ¿por qué lo hizo entonces?
                                       La psicoanalista pensó durante algunos momentos. Ahora no era el momento de darse un baño de descarga, el más puro y completo baño de Iemanjá en el mar, el cual debe ser tomado con recogimiento, decencia, respeto y seguridad absoluta de lo que se está haciendo, ya que las aguas del mar son sagradas.
Para eso debía haber llevado pétalos de rosas blancas, pétalos de claveles blancos, lavanda, pétalos de jazmín, flores de naranjo, lirios, angélicas, Palma de San José - blanca -, Guiné - flor blanca -, hortensias blancas, romero de campo, menta, camalote, albahaca y mangerona. Este baño no podía cocinarse. Había que tomarlo como si se preparara un amací y preferentemente había que tomarlo un sábado o un domingo.
                                      
                                          Rosa Té dijo: 
                                        - A lo mejor tenía ganas cuando organicé la fiesta pero ahora hay que esperar que termine. Me resulta insoportable la espera.
                                        Ahora los dos caminaban por la playa alejándose de la casa. La noche tenía una luna redonda y blanca y a lo lejos se veían algunas personas reunidas en la playa junto a una fogata.
                                        Entonces Ludwig dijo:
                                         - Yo también hago cosas que quiero hacer, después me doy cuenta de que no quería hacerlas.
                                         - Son los conflictos con el superyo - dijo Rosa Té. ¿Conoce usted a su superyo?- preguntó. El pelo mojado con agua de mar chorreaba el vestido blanco de la psicoanalista y su expresión se había reanimado al salir del agua.
                                          - No tengo idea - contestó el detective y agregó: - Debe ser alguien sumamente jodido para que le haga hacer a uno cosas que no tiene ganas de hacer.
                                           - Lo psicoanalizaría, tendría que pagarme por el trabajo - dijo ella con voz alegre. Era una de las pocas veces en que Ludwig le oía un tono de voz distinto a Rosa Té.
                                           - Por ahora no puedo gastar en algo así - contestó Ludwig. Pensaba cómo salir elegantemente de esa conversación.
                                           La psicoanalista no contestó.
                                            La arena estaba fría y mojada, la luz de la puerta de la casa de Rosa Té iluminaba las letras púrpura del cartel de bienvenida y se oía una melodía que llegaba hasta la playa. Tal vez el alcohol circulando por las venas de los invitados había logrado una alegría efímera que se diluiría en cualquier momento. Además de la melodía, mientras se acercaban, se podían escuchar las risas y el parloteo y el entrechocar de los vasos, y algunos vidrios que se estrellaban en el piso. La luz cálida e intensa iluminaba las caras rojizas de los invitados.
                                            Cuando volvieron a la casa, Ludwig pudo ver al hombre joven que acompañaba a Leonor en la posada Los Hipocampos. El hombre se llamaba Carlos y era más bien callado. Ludwig lo recordaba agitando los brazos como un pájaro en la playa y se preguntó cuándo emprendería el vuelo.
En ese momento, el hombre conversaba con Albertina y Leonor. Albertina, la hermana de Rosa Té hablaba y reía, ahora parecía despreocupada. Con un encendedor dorado en una mano, Albertina se disponía a encender ahora  la gran vela blanca incrustada junto al número 60 en la  torta de cumpleaños.
                                            El amante de Leonor, Carlos, se veía tan fresco como la espuma del mar que hacía unos minutos había pisado Ludwig. Mientras Albertina daba vueltas a la mesa con el encendedor en la mano, porque la vela se prendía y se apagaba y no lograba que se quedara encendida, Seguramente esto era lo que provocaba esa alegría en la hija de Leonor.
                                          Lila intentaba arrancarlo de la lámpara pero el animal se aferraba con la cola al picaporte de la puerta. El monito quería ser el centro de la fiesta y había desplazado a Leonor de ese lugar. Después, cuando la cola prensil soltó el picaporte, el mono se subió a la mesa y de un manotazo quitó el número 60 de azúcar blanco y se lo comió. Lo había hecho en forma ordenada, como si supiera contar. Primero masticó el seis, cuando terminó, se limpió con una de las manos el azúcar de los labios y de un solo bocado se tragó el cero. Algunas lágrimas asomaron entonces en los ojos de Rosa Té.
                                        - Se arruinó, la fiesta de mamá se arruinó - gritaba la psicoanalista.
                                        - Fuera de aquí - ordenó y tomando al monito como a un trapo se lo entregó a Lila. El monito chilló y Lila se fue con el mono y su acompañante hacia la playa.
                                         Mientras, Albertina, intentaba salvar la fiesta del naufragio en que se había convertido y había empezado a servir champagne.
                                         - Es una tradición familiar, casarse varias veces ya es  costumbre en esta familia - aseguraba Albertina y para reafirmar esto dijo:
                                         - Mamá y yo nos casamos dos veces cada una.
 

                                         Había llegado el momento de tirar de las cintas y para eso Albertina convocó a las invitadas a que tomaran cada una cinta y tiraran hacia afuera. Rosa Té contó hasta cinco y entonces Leonor, Albertina, Mirinha y dos invitadas más de las que Ludwig no sabía sus nombres tiraron de las cintitas. Pedazos de biscochuelo y chocolate salieron junto con los dijes y cada una de las mujeres ahí presentes se dedicó a limpiar la sorpresa que le había tocado en suerte.
                                          A Leonor le tocó un peine, a Mirinha un molinillo de café, a Rosa Té un pequeño revólver. A las otras dos mujeres, un trébol a cada una. El anillo había sido para Albertina. La hermana de Rosa Té se veía tan alegre como si la que cumpliera años fuese ella.
                                          Rosa Té fue hasta la cocina, ahí estaba Albertina buscando más botellas de champagne, tarareaba una canción y esto hizo encolerizar a Rosa Té quien dijo:
                                         
                                          - Mamá no se va a casar otra vez porque tiene ochenta años.
                                          El amante de Leonor abrió los ojos redondos como la luna de esa noche que se veía por la ventana. Leonor, sentada cerca de la mesa junto a Mirinha se había puesto pálida.
                                           Un viento fuerte había empezado a soplar y arrastraba arena y movía las ventanas y las puertas. -         ¡Envidia! ¡envidia! eso es lo que tenés  gritaba Albertina, porque mamá y yo ya nos casamos dos veces. Rosa Té empujó  a su hermana con el brazo y salió rápidamente de la cocina. Pero no llegó muy lejos.

                                          En ese momento, una jarra de clericó cayó al suelo y se apagó la luz de la casa. Ludwig quería encontrar la vela de la torta de cumpleaños para iluminar la casa y encendió un fósforo. A media luz pudo ver los ojos desorbitados de Leonor quien tenía una mueca en sus labios. Mirinha parecía absorta en el paisaje nocturno que se podía ver por la ventana. Ludwig pudo encender la vela a pesar del viento. Pero a la luz de la vela nada era igual al inicio de la fiesta. Rosa Té advirtió que su madre se había desmayado y Albertina fue hacia el baño en busca de las sales aromáticas.
                                           Después de pasar varias veces las sales por la nariz de Leonor y comprobar que tenía pulso, Albertina acompañó a su madre hasta la cama de Rosa Té. La psicoanalista se había sentado afuera, en la arena fría, jugando con el pequeño dije con forma de revólver que había obtenido al tirar de la cinta. Ludwig se despidió rápidamente y salió a caminar por la playa. Se dio cuenta de que estaba descalzo y que había estado así durante toda la fiesta.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

sábado, 3 de abril de 2010

Prólogo de Luis Gregorich a la novela Pájaros debajo de la piel y cerveza


    Prólogo de Luis Gregorich

    a la novela policial Pájaros debajo de la piel y cerveza  de Araceli Otamendi - Premio Fundación El Libro a escritores noveles en el marco de la XX Feria internacional del Libro de Buenos Aires

          Los concursos literarios no siempre deparan placer a quienes forman parte de sus jurados. Tampoco es habitual la sensación de sorpresa, motivada por la aparición de nuevos talentos literarios, sobre todo cuando se trata de escritores inéditos, a menudo tanto o más convencionales que los ya conocidos.Ambas circunstancias auspiciosas se han dado en el concurso de novela organizado en forma conjunta – feliz asociación que esperamos tenga continuidad en el tiempo- por la Fundación El Libro y la empresa Edenor. La obra premiada revela una madurez inesperada para quien aún no ha publicado libro. No hay aquì vacilaciones de escritura ni los típicos excesos del principiante que acumula materiales sin jerarquización ni medida. Tampoco se advierten las experimentaciones inútiles de los que creen seguir una preceptiva de vanguardia y se instalan, en realidad, en una rutina de capillas fatigadas. La autora nos cuenta una historia. Esa historia adopta las formas de la narración policial, se inicia en la Argentina y continúa en una germánica Europa, y utiliza el humor, la parodia y las alusiones literarias y culturales para desarrollarse y crecer. El lector está protegido por una discreta estrategia de relato transparente y fluido, aunque haya de pronto saltos e incisiones en la realidad que sugieren que no todo es como parece, o, en todo caso, que vale la pena indagar más allá de las apariencias. Como el singular detective de la novela, será el propio lector el que dé su versión final cuando acabe de leer el libro. Hemos mencinado un elemento clave de la obra (incluso presente en el curioso y original tìtulo de la novela): el humor. Se trata más bien de una clave de humor negro, de guiños paródicos, de ironía en forma de retazos que otorgan al texto un sabor peculiar. Las lecturas de la autora están presentes en lo que escribe, pero no se han sobrepuesto a su propia voluntad de construcción ni le han impedido a erigir un tono personal. Es satisfactorio augurar a Araceli Otamendi un prometedor futuro en el arduo campo de la creación literaria. Valgan las huellas de este primer paso como la marca inicial de un camino fecundo en imaginación, amor por la palabra y libertad expresiva. 
(c) Luis Gregorich 

sábado, 27 de marzo de 2010

Imágenes de New York en la tapa de la revista Cultura


(Buenos Aires)

La antología "Imágenes de New York - Una mirada hispanoamericana" de Araceli Otamendi, publicada como edición especial de la revista Cultura Segunda Época fue nota de tapa de la Revista Cultura en 2000.






viernes, 5 de marzo de 2010

Cuento: Crimen en el supermercado




Desde que vivo sola tengo el televisor prendido de día, cuando estoy en casa y de noche hasta que me duermo. Estuve casada cinco años y no funcionó. Después del divorcio, alquilé un pequeño departamento en el piso más alto del edificio más viejo del barrio donde ya vivía. Mi vida transcurre sin sobresaltos y acepto algunas investigaciones como seguimientos en caso de infidelidades y en algunos casos, de hombres próximos al matrimonio.
En estos casos, son las futuras esposas quienes me contratan. En general se trata de futuros matrimonios en segundas y terceras nupcias. Ninguna de esas mujeres está dispuesta a casarse con un Don Juan o un hombre que le traiga problemas.
En el edificio donde vivo casi nadie sabe a qué me dedico. De vez en cuando llegan cartas del extranjero y el portero me las entrega abiertas mientras me mira con curiosidad. Evito pronunciar palabra cuando las recibo. Una vez por mes le doy una propina y él queda satisfecho y no pregunta nada. Las cartas del extranjero provienen casi todas de amigos que se fueron a trabajar a otros países.
Antes de este trabajo de investigadora privada, trabajé para una aseguradora y para una compañía de bienes raíces. La diferencia con los otros trabajos es que ahora llevo siempre conmigo el revólver, una pistola beretta calibre 22.
La noticia que escuché por la televisión me cayó mal aunque no sé si fue tan inesperada como me pareció al principio cuando la escuché por primera vez, ya que el canal de televisión la repitió cuatro o cinco veces.
Una mujer empleada de un supermercado había matado a un hombre.
La misma noticia hubiera pasado desapercibida para mí en otro momento.
La mujer se llama Nancy y es la misma mujer que me había confesado hace unos días su padecimiento. Acaba de llamarme por teléfono desde la cárcel. Quiere contratarme como investigadora del caso. Aún no decido qué hacer.
Nancy es de piel oscura, tirando al color aceituna, no es fea pero tampoco podría decirse que es linda. Es joven y tiene cierto atractivo por sus facciones aindiadas.
Tiene los ojos oscuros y usaba un uniforme provisto por el supermercado, de color violeta. Debajo del saco, siempre tenía una camisa blanca perfectamente limpia y planchada. Nancy trabajaba en el sector de electrodomésticos.
Tal vez nunca hubiera conversado con ella si el sector de electrodomésticos no hubiera estado tan cerca de la librería. En general paso por la librería antes de disponerme a hacer las compras de comida. Me resulta menos monótono y además de best-sellers se pueden encontrar algunos buenos libros en la mesa de ofertas. Ahí encontré una biografía de Ted Hughes, otra de Leonardo da Vinci, y para entretenerme un libro de cocina naturista y otro de feng-shui. Había también libros con indicaciones para criar un bebé y novelas policiales.
Recuerdo ahora la primera vez que conversé con Nancy. Fue durante una mañana de pleno invierno, dos o tres grados bajo cero.
Buenos Aires no es una ciudad donde el frío no se soporte. Antes de llegar al supermercado esa mañana me había cruzado con la vecina del quinto piso c. Una mujer de unos sesenta años, vestida como para asistir a una velada de gala de la ópera. Se había puesto un tapado de zorro plateado, botas de gamuza negras y tenía el pelo tan lacio y brillante como el de una muñeca barbie. La saludé y ella me respondió el saludo con total normalidad.
Seguramente ella no sabía que todos los que vivimos en ese edificio sabemos de sus ataques, cuando grita como si la estuvieran matando y el portero llama a la ambulancia y a alguno de sus hijos. Después la internan en algún lugar durante algún tiempo y reaparece a los dos meses con la cara de alguien que estuvo en una catacumba. Algunos días después ocurre la metamorfosis: aparece vestida y maquillada como la caricatura de una estrella de televisión.
La mujer tenía un perrito de raza enana que sacaba a pasear en brazos varias veces por día. Me extrañó no verla más con el perro y le pregunté por él. Lo llevaron a la quinta, dijo, ahí está feliz, tiene lugar para correr. Moví los labios y dibujé una sonrisa de circunstancia pensando en el perro y me dio lástima lo sola que estaba la mujer. Después de esa aclaración creo que no volvimos a hablarnos.
La primera vez que hablé con Nancy, la empleada del supermercado y ahora acusada de haber matado a un hombre, fue después de haber estado leyendo un largo rato en la librería. Esa librería del supermercado tiene unos cómodos sillones donde se puede leer tranquilamente. Basta tomar los libros de las estanterías y disponerse a leer. Pensaba después comprar alguno de esos libros y algunas cosas para comer. Por ejemplo una baguette porque ahí cocinan el pan muy bien. También un poco de queso Mar del Plata, jamón cocido y unos sobres de sopa de tomates. Iba a comprar también algunas latas de cerveza para poner en la heladera, por si venía alguien a visitarme. Pero hace tiempo que no recibo a nadie en casa y cuando  viene  alguien prefiero salir a comer a algún restaurant.
Y hasta parece que sale más barato que cocinar en casa.
La última vez que salí a comer afuera fue cuando tuve el caso de la señora Annabell Lee. Esta señora que lleva el nombre de la novia de Poe, no tiene en absoluto nada que ver con la nombrada. Y ni siquiera ha leído novelas de misterio.
Es una mujer  sospechaba que su marido la engañaba con la secretaria. Investigué el caso porque me pagaba muy bien. Pero dejaré los detalles para otro momento. Con el dinero que gané pude irme unos días a Brasil, a un buen hotel con terraza al mar.
La primera vez que hablé con Nancy, esa mañana, había un hombre viejo en la librería, sentado en un sillón y parecía estar leyendo cuando me senté frente a él. En la calle hacía frío, los árboles estaban deshojados y el cielo era gris. El hombre tenía un libro en las manos y al cabo de unos minutos dejé de leer el libro elegido y me dediqué a mirarlo. Tendría entre setenta y ochenta años, la barba crecida, un sobretodo bastante viejo con el dobladillo algo descosido y un aspecto que parecía que se iría muy pronto a acompañar las raíces de las plantas  bajo la tierra.
Pensé que había entrado ahí porque hacía frío y no tendría una moneda para un café. Seguramente se había quedado dormido a causa de la calefacción del supermercado y la música funcional que hacía más agradable el hecho de comprar.
Volví a la lectura de un libro, una novela de un autor español. Al cabo de unos minutos me sobresaltó el ruido y los movimientos que hacía un empleado pasando el plumero por los libros. Lo hizo con tal brusquedad que empujó algunos hacia el piso.
El hombre viejo seguía dormido, la cabeza pegada al cuello, los hombros inclinados hacia adelante como si el peso de la vida se le hubiera venido encima todo junto.
Entonces ví a Nancy detrás del mostrador de los electrodomésticos, tenía cara de aburrida entre los aparatos de televisión, las lectoras de DVD, las planchas y las licuadoras.
Dejé la novela sobre la mesa y me acerqué al mostrador.
- Buenos días - dijo
- ¿Qué tal? - le pregunté
- Bien. ¿quiere ver algo?
- Sí - dije. - Estoy buscando un televisor nuevo.
Enseguida me mostró varios modelos de televisor y me indicó las ventajas de cada uno.
-¿Cuántas horas pasa aquí? - le pregunté.
- Cuatro a la mañana y cuatro a la tarde - contestó.
- ¿Sabe algo de ese hombre? - le pregunté mirando hacia el hombre dormido en la librería.
- Supongo que está jubilado y vive solo - dijo Nancy.
El hombre del plumero sacudía el polvo de los estantes mientras nos miraba a unos metros de distancia.
Esa fue nuestra primera conversación con Nancy. Compré después lo que había planeado y prometí volver a comprar el televisor otro día. Volví a mi casa con el recuerdo del hombre dormido y vencido y el hombre del plumero empuñándolo como un arma.
Durante la tarde, me dediqué a seguir al marido de una clienta. Era un ejecutivo de una empresa y sí tenía relaciones con la secretaria. Mi clienta no quería que el marido la dejara en la calle. Sospechaba que él ganaba mucho más dinero del que decía y tenía alguna cuenta secreta en algún banco del exterior que en algún momento usaría para planificar su vida sin ella.
Una o dos veces por semana iba al mismo supermercado y me dedicaba a leer en la librería donde encontraba al mismo hombre viejo, dormido con un libro en las manos. Tenía las manos dobladas hacia adentro como si tuviera artritis. Usaba siempre el mismo sobretodo y a pesar del calor artificial propagado por alguna caldera, el hombre no se lo quitaba. Era curioso ver a ese hombre ahí, después de una vida de trabajo, tal vez de haber criado uno o dos hijos, tal vez más, tal vez ninguno, apoltronado en ese sillón, con un libro en las manos, se lo veía tan cerca de la muerte...
Miré los libros sobre la mesa, eran los libros que el hombre había elegido esa mañana: novelas elegidas por Borges y Bioy, también había de P.D.James, y un libro que decía "Muerte en Hollyood".
Entonces ví que Nancy - entonces no sabía ni siquiera su nombre - venía caminando hacia mí y me dejaba un papel sobre la mesa, arriba de los libros.
Lo levanté con disimulo y leí: Tengo que hablar con usted, a las 12, en la cafetería.¿Sabría que yo era investigadora? Generalmente los clientes vienen así, como los gatos, sin que nadie los llame.
Guardé el papel en el bolsillo y comprobé que el empleado del plumero no estuviera cerca. Me incorporé, puse los libros elegidos en un canasto y lo empujé hacia sección bazar. Examiné algunos platos, algunos importados de China, otros de Brasil. Compré un paquete de servilletas con flores amarillas y me dirigí a la rampa para bajar. Pronto llegaría un amigo desde Quebec y me alegraría comer con él y con esas servilletas. Justo en el inicio de la rampa vendían alimentos balanceados para perros y gatos. Mi vecina, la que se vestía y maquillaba como una caricatura estaba junto a las bolsas de alimento balanceado, esta vez sin el tapado de zorro plateado, pero sí tenía el pelo brillante y lacio como el de una muñeca pequeña, envuelta en celofán más allá, en la góndola de juguetes. Me saludó como si no me hubiera visto en años. Me pregunté si el perro había vuelto de la quinta o tal vez elegía algún balanceado para un animal imaginario.
Le dije adiós y empujé el carro suavemente hacia la rampa y me dejé llevar hasta la planta baja. Faltaba casi una hora para las doce.
¿Qué me querría decir Nancy?
Me pregunté si no sería mejor pasar por la caja y quedarme en la cafetería hasta que fuera la hora. Opté por pagar y salir a la calle. Caminé hasta el edificio donde vivo y acomodé en la heladera y en la alacena los alimentos y bebidas que había comprado.
Al entrar había tres cartas en el piso, las dejé sobre la mesa. Una era de Alberto, un amigo que vivía en Italia. La otra, de Laura, una amiga que vivía en Suiza desde hacía años. La tercera carta no tenía remitente. Decídí  dejar la lectura para la noche, cuando las tensiones del día hubieran pasado o disminuido y me encontrara más tranquila para leer con calma. A Alberto le gustaba, además de escribir, dibujar en las cartas.
Laura hablaba cuatro idiomas y era secretaria, había sido cliente mía. Estaba divorciada cuando la conocí y había decidido no casarse con el hombre con quien estaba comprometida, después de mi investigación.  Laura tenía un buen pasar económico y su pasatiempo ahora era esquiar cuando el frío lo permitía. Me alegraba saber que mi trabajo de investigadora pudiera evitar que las personas tomaran decisiones equivocadas.
Ahora faltaban algunos minutos para las doce y caminé rápido hasta la cafetería del supermercado. Dejé el teléfono sonando, no atendí. Apagué el celular. Seguramente Nancy no podía salir a comer a otro lugar que no fuera ése.
El cielo ahora estaba bien azul y una nube blanca se deslizaba como una oveja por un prado.
En el umbral de un edificio, dos chicos jóvenes bebían cerveza sentados. Era un día de semana y era pleno día, pero seguramente ellos no iban a la escuela ni tenían ninguna ocupación.
Cuando entré a la cafetería Nancy me estaba esperando. Se había servido una taza de café doble y un sandwich.

- Usted dirá para qué quería hablar conmigo - dije.
- Usted es investigadora.
- ¿Cómo lo sabe?
- Aquí me entero de muchas cosas.
- La escucho - dije mirando el reloj. A la una tendría que estar saliendo hacia otro lugar.
- Tengo que denunciar a alguien de aquí y temo hacerlo - dijo.
- ¿Cuál es el motivo?
Nancy miró hacia todos lados. La cafetería estaba llena de gente a esa hora y parecía temer que la vigilaran.
- ¿Cuál es el problema? - insistí.
- Acoso sexual y robo.
-¿Puede probarlo?
-No, no podría hacerlo.
- Entonces ¿por qué me lo cuenta? ¿por qué recurre a mí?
Nancy bebió un sorbo de café y me miró fijo, había desesperación en los ojos.
- Tengo que hablar con alguien, si denuncio que uno de los gerentes me está acosando sexualmente no lo voy a poder probar y me van a echar. Necesito el empleo.
- En la vida hay que elegir - se me ocurrió decir.
- Sí, pero hay más. Hay alguien que roba mercadería permanentemente y tengo miedo de que me acusen a mi.
-¿Por qué la acusarían si usted no es?
- No sé, tengo miedo, sospechas, no sé, intuición tal vez...
Miré a Nancy, su mirada era la misma que le había visto alguna vez, detrás del mostrador de los electrodomésticos. Estaba en un embrollo del que no sabía cómo salir. A veces me gustaba tomar ciertos casos.
- Trabajo desde los dieciseis años. Ahora tengo treinta, no quiero ser cómplice de un robo y estoy harta del acoso sexual - dijo.
- Si usted no denuncia el robo seguramente es cómplice.
- Es que no quiero ser cómplice de nada, por eso he recurrido a usted.
- Podría tomar el caso, investigar si usted quiere...
- Tengo algunos ahorros, es todo lo que tengo...
-Está bien, dije. Ahora no hablemos de eso, después... - Voy a investigar quién roba para que usted quede limpia de cualquier acusación.
- ¿Y el acoso?
- Eso es más difícil. Vamos por partes.
- Es que estoy harta...
- Ahora tengo que irme - dije mirando el reloj. Encontrémonos esta noche, a eso de las nueve, en otro lugar.


Me fuí de ahí pensando si no debería haberme quedado hasta que me contara más detalles. Noté a Nancy muy nerviosa. Había odio en sus ojos. Apretó los labios como si los sellara cuando al fin nos despedimos.
Recorrí rápidamente las cuadras que me separaban de mi casa. Me cambié para seguir con mi trabajo. Cuando volví a la noche esperé que Nancy me llamara pero no llamó. Me fuí al cine. Daban La piscina o algo así. Era una historia policial donde una escritora se refugiaba en una casa prestada para poder escribir un libro.
Durante varios días decidí visitar el supermercado. Quería encontrar alguna pista de lo que Nancy me había contado. En algunas de las visitas ví al hombre viejo que dormía entre los libros. Nancy atendía al público, hacía funcionar los artefactos electrodomésticos y enseñaba a los compradores su funcionamiento. No llegué a comprar otro televisor.
Varias veces pude ver, a distintas horas a un hombre bien vestido, de saco y corbata y zapatos lustrados, evidentemente era un hombre con poder, acercándose a Nancy y murmurando algo a su oído.
Me pregunté si él era el hombre que la acosaba sexualmente y ella quería denunciar. ¿Cómo saberlo?
Le había comunicado a Nancy mi decisión de no tomar el caso. Era muy dificil probar algo así. Le recomendé a un investigador privado amigo.
Tampoco quería seguir investigando el robo de mercaderías, eso era más que difícil de probar. Los supermercados probablemente tienen asegurada la honestidad del personal y no les importa mucho que sus empleados les estén robando.
El caso nuevo que investigaba ahora me llevaba casi todo el día. Tenía que tomar taxis y remises, generalmente a partir de las cinco de la tarde, cuando el marido de mi clienta salía de la empresa. Entonces empezaba el trabajo, ver adónde iba, a qué restaurant, a qué hotel, a qué escondite con la secretaria que seguramente tardaría poco en convertirse en la nueva mujer hasta que apareciera otra más joven y más atractiva.
Nancy se había encontrado varias veces con el acosador, fuera del trabajo.
Me preguntaba si era tan difícil conseguir otro trabajo, irse de ahí, no seguir soportando a ese hombre. La respuesta llegaría unos días después.
¡Qué día! me dije cuando llegué a casa. Había sido un día terrible, daban ganas de darse una ducha caliente e irse a la cama. Fue entonces cuando escuché la noticia por televisión: Crimen en el supermercado.
Y después escuché el teléfono.
Ahora, una carta. Estaba sobre la mesa. Ni siquiera recordaba haberla puesto ahí.
... Aguantar las miradas lascivas, babeando, cuando me llamaba al escritorio. La primera vez, recordaba, había sido la invitación a tomar una copa. Después de hora, qué tenía de malo? dijo él. Yo tenía veintidós años, él cincuenta y cinco. Era gerente, yo empleada. El era casado. Trabajaba ahí desde los dieciocho, apenas me recibí de perito mercantil. Mamá cosía para afuera. Pero no alcanzaba para mantener la casita de Banfield. Entonces era, mi segundo o tercer trabajo, no recuerdo bien. Me lo consiguio la mamá de la novia, una de las novias a las que mamá le hizo el traje. ¡Qué lindas quedaban las novias con los trajes que les cosía mamá!
Después fue mi turno cuando me casé con Roberto y mamá me hizo el traje a mí. Bailé toda la noche con el vestido de cola. Roberto se puso un traje negro, parecía un funebrero decía mamá y se reía. Papá no entendía nada porque estaba hemipléjico y sordo. No sé por qué le cuento todo esto, qué puede importarle a usted que lee tanto. La veo leer y digo, a lo mejor lee esto, tambien. Si, después de todo, no estoy arrepentida de querer matar al cretino éste...


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

Crimen en el supermercado fue publicado en el sitio web :BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal - Barcelona
en febrero 2007
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lunes, 22 de febrero de 2010