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lunes, 21 de febrero de 2011

Novela policial Extraños en la noche de Iemanjá - fragmento



Extraños en la noche de Iemanjá – (fragmento)



En el barco del señor Agustini se respiraba olor a limpio. Era el típico olor de las casas de los ricos.
Mariana, la detective, saludó al señor Agustini y  éste le extendió la mano invitándola a pasar al living.

En el living había dos mesas, una de ellas de juegos. Se sentaron en la otra mesa. El hombre que estaba en el barco, seguramente el custodio del señor Agustini, tenía anteojos de sol oscuros y una sonrisa apenas dibujada. Parado cerca del dueño
del barco, seguía atentamente los movimientos de Mariana y del hombre. Tenía un revólver en la cintura.
Mariana se sentó frente al señor Agustini y éste enseguida le ofreció algo para tomar.

-         ¿Toma algo fresco?
-         - Sí – dijo Mariana
-         ¿Vodka y jugo de naranja?
-         No tomo alcohol
-         ¿Jugo de naranja?
-        

-         Vamos a salir a navegar ahora – dijo el señor Agustini. Podremos conversar, lejos de la costa.

     Mariana asintió.

El marinero que estaba en la cubierta bajó la escalera y fue hasta la cocina. Enseguida vino con dos vasos grandes y las bebidas, las dejó sobre la mesa y subió a cubierta. A los pocos minutos estaban navegando. El barco se movía bastante, había viento, algunas olas. Mariana había aprendido a navegar en el barco de unos amigos.

La detective  miró el jugo de naranja de su vaso y el vodka con hielo del vaso del señor Agustini. En realidad no quería beber nada, sólo pensaba en hacer las preguntas que había venido a hacer y no quería dejar de concentrarse en ellas. Pero fue en el preciso momento en que Mariana le iba a decir algo acerca de Willy Agastizábal al señor Agustini cuando apareció el pájaro y gritó algo.
Era un pájaro grande, con plumas de colores, verdes, azules, amarillas, vino caminando desde otra habitación y se posó al lado del señor Agustini. El hombre puso la cara al lado del pico del animal y éste lo picoteó suavemente en el cuello. Mariana se quedó quieta, pensaba qué reacción tendría el pájaro frente a una extraña.

-         No le tema – dijo el señor Agustini. – Los voy a presentar …

Mariana esbozó una sonrisa. El pájaro emitió otro grito, algo así como el sobrenombre del señor Agustini, según le explicó éste y ella sonrió. Pero sonrió además por otras razones. Y una de ellas era que se acordaba de haber leído por ahí que el realismo mágico, en literatura, no existía más. Como si lo que se narra en el realismo mágico se hubiera hecho humo. Había que vivir en América del Sur para darse cuenta que si se observa bien, hay cosas, personajes y situaciones que no pueden dejar de escribirse. Y sino, hay que tener mucha negación o ceguera.

El señor Agustini tenía una calva lustrosa y redonda, era un hombre prolijo. Usaba una camisa blanca de hilo, parecida a una guayabera y unas bermudas también blancas. Insistía con el vodka y Mariana dijo no en varias oportunidades. Habían empezado a hablar, ya, de Willy Agastizábal…

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

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