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viernes, 22 de octubre de 2010

La noche de John Cage - cuento

imagen: Luciana Iriart



La noche de John Cage



     Como siempre, se preguntaba Lucy, si  Paul  vendría esa noche a buscarla. Le había prometido acompañarla al concierto de John Cage aunque ella sabía que a Paul no le gustaban los conciertos. Tampoco la música, ni siquiera el teatro. Pero Paul era tan buen mozo, tan buen deportista, tan buen jugador de tenis, Paul, Paul... Pronunció el nombre en voz baja mientras se maquillaba frente al espejo. ¿Por qué debía maquillarse así? Paul  se lo reprochaba siempre: Con menos maquillaje estarías mejor, te verías natural. Sin embargo, Lucy pensaba que Paul  exageraba. El maquillaje no era demasiado complicado: base color casi rosado, azul-verde en las sombras para párpados, rimmel negro, kohol —porque así había visto cómo se pintaban los ojos las mujeres de origen árabe—, rubor rosa casi fucsia, el mismo color en los labios.  El maquillaje era todo un ritual que Lucy había aprendido viendo maquillarse a su madre y a su tía. El maquillaje era un ritual que se oficiaba a toda hora en la casa en que ella se había criado. A toda hora es un decir, el maquillaje era necesario como una vestimenta. Parpadeó durante algunos segundos mientras miraba la imagen de esa mujer joven que la miraba a su vez desde el fondo de aquel cuadro y la observó lentamente: el vestido seleccionado para esa noche estaba colgado de una percha, en la puerta del armario. La luz de la habitación se reflejaba también en la escena y algunas luces de los carteles de la calle hacían lo mismo enmarcando la cara de Lucy en el rectángulo del espejo, reflejaban en el pálido retrato algunas sombras de color verde azulado. Había trabajado todo el día en esa maldita oficina, había llevado carpetas de un lado al otro, había estado escribiendo a máquina y le dolía la espalda, había soñado muchas veces durante el día —todo el día— con asistir a ese concierto con Paul.

                Lucy se puso un pañuelo sobre la cabeza tapándose la cara, para no manchar  el vestido que deslizó sobre los hombros y luego estiró hacia abajo. El teléfono empezó a sonar en el living. Era un pequeño living en un viejo edificio de departamentos. El sonido de la campanilla se detuvo ni bien Lucy pisó la alfombra casi tropezándose. ¿Sería Paul  para avisarle que saldría más tarde del trabajo? No lo sabía. Tampoco sabía mucho acerca de Paul, a pesar de conocerlo desde hacía años. ¿Es que se podía saber algo acerca del otro?, pensaba. ¿Sabía él algo acerca de ella? Había acumulado tantas dudas durante los meses en que salía con Paul  como hojas secas se acumulaban durante  el otoño en las calles.
Lucy se detuvo de nuevo frente al espejo antes de dar media vuelta, apagar la luz y cerrar con llave la puerta del departamento. "Nos acecha el cristal", podría haber pensado si hubiera recordado los versos de Borges. Lo único que acechaba ahora era el mal tiempo, algunas nubes en el cielo gris anticipaban una tormenta y el cielo desplomándose en cualquier momento. Detuvo un taxi en la esquina y le indicó el camino al conductor. Tenía veinte minutos para llegar al auditorio y tal vez Paul  estuviera ahí, en la puerta, esperándola...
En la calle había muchos autos, se escuchaban bocinas, motores, rugidos,  alguna ambulancia,  todo tenía un ritmo febril. Los ojos de Lucy se detenían en las caras de los transeúntes: algunos tenían semblantes afligidos, casi todos iban cansados,  se levantaban las solapas de los abrigos,  había empezado a soplar un viento seco y fuerte.  Las luces encendidas de las vidrieras, los reflejos de los carteles luminosos en el asfalto, era lo que más le atraía a Lucy en esa ciudad que aún no era de ella. Esa gran ciudad nunca le pertenecería como ella tampoco pertenecería nunca a esa gran ciudad. Y sin embargo iba a escuchar esa noche el concierto de John Cage, se dijo a sí misma para cobrar fuerzas. Aunque Paul  no hubiera venido a buscarla ni tampoco estuviera ahí en la escalinata del teatro. La luz de un relámpago y el sonido de un trueno algunos segundos después recibieron a Lucy cuando bajó del auto y se dispuso a entrar al auditorio abriéndose paso entre los que aguardaban ahí, en la escalera. Si Paul hubiera llegado antes lo hubiera visto, pensaba mientras buscaba en el interior de la cartera la entrada para el concierto. Se felicitó a sí misma de ser una mujer tan moderna y tener tanta autonomía: no necesitó a Paul  para sentarse ahí en esa butaca. Mientras, miraba a los que estaban ahí como ella esperando que el concierto empezara. Había un hombre sentado en la fila anterior demasiado alto para que se pudiera ver bien el escenario. En cambio, en la misma fila en que estaba sentada Lucy, había otro hombre seguido de una mujer comiendo caramelos y luego arrojaban el papel celofán al piso. Lo hicieron tres, cuatro o más veces. Lucy pensaba que no era posible hacer algo así antes de un concierto y estuvo a punto de decírselo pero se contuvo. No quería pasar por maleducada. No quería ser como esa vecina de su madre que se la pasaba fumando cuando venía de visita y comiendo caramelos de menta para la tos y arrojaba el papel celofán en el cenicero.  Tampoco le gustaba la gente que se parecía a esa mujer. Pero ella no podía cambiar el mundo ni a la gente, se dijo.  El teatro se iba llenando y los zapatos de Lucy se comprimían alrededor de los pies cansados de andar durante el día. Recordaba en ese momento las veces en que tuvo que rehacer el informe para su jefe. Nada lo satisfacía al pequeño hombrecito cruel y descascarado como un árbol seco y Lucy llegó a preguntarse ese mismo día si ese hombre que era su jefe estuvo satisfecho alguna vez de algo. O si la madre en lugar de darle leche en el biberón lo  había criado con  vinagre. Tal vez ese hombre había crecido así, a base de puntapiés y vinagre. No era indulgente consigo misma, pensaba, porque no debería estar pensando esas cosas sino disfrutando del concierto esa noche. 
El sonido de la sala se había tornado algo infernal: la tos de algunos le había hecho perder algo, pensó Lucy. O tal vez sólo fue el papel celofán de los caramelos de la pareja sentada a su lado. O las personas moviéndose en las butacas. Algo había pasado entonces, algo se había perdido. Porque Lucy veía que los espectadores se incorporaban y se iban hacia la salida. Y los acomodadores vestidos con uniforme le indicaban ahora que el concierto había terminado. Había que salir de ahí cuanto antes, tomar un taxi y llegar a casa rápido. Le costó una media hora conseguir un taxi para volver a casa. Algunas mujeres corrían subidas a las plataformas de los zapatos, parecían torcerse como tallos empujados por algún viento fuerte, mientras la lluvia caía casi impiadosamente sobre el asfalto. Ese maldito asfalto. Lucy se había refugiado debajo del techo de un edificio de departamentos.  Un taxi se detuvo y bajó de él un hombre, parecía apurado porque el conductor se quedó con el vuelto en la mano.  Lucy le indicó el camino al conductor y se recostó en el asiento: Mañana sería otro día igual, pensó. O tal vez no, se dijo. Era raro lo que había pasado esa noche ahí, en el teatro. Abrió la cartera y sacó el programa del concierto: 

0´00´´  John Cage, decía, entre otras cosas. 

Ya en casa no podía dormir, el teléfono no sonaba, ni siquiera una breve carta debajo de la puerta como a veces acostumbraba hacer Paul. 
Marcó el número de teléfono una vez, y otra, y otra, pero la voz de Paul diciendo: —Hola,  no aparecía. Eran las dos de la mañana y a las siete tenía que estar en pie de nuevo. Se quitó el maquillaje o los restos de la máscara y se lavó la cara. Dejó correr el agua durante algunos segundos... Por la ventana del baño también se podía ver el agua; las gotas, deslizándose por el cristal, parecían aferrarse por momentos a la superficie transparente hasta seguir su curso. Cerró la canilla y fue hasta la habitación. Antes de dormir estuvo durante algunos minutos, mirando las luces de la calle. No le gustaban las cortinas, así que las había corrido para mirar el reflejo de los últimos vestigios de ese espectáculo llamado noche. Quería recordar alguna canción que  hablara del mar...Y el sonido de la lluvia se interponía en sus pensamientos como un ritmo agitado. Era el agua que caía en el patio interior del edificio y que podía escucharse cuando dejaba la ventana del living abierta. Era un ritmo parecido al que podía hacer alguien o varios con un instrumento de percusión: toc toc, toc, pmpmpmpm, tectectectec... y luego se repetía: toc toc, toc, pmpmpmpm, eso sí que era algo más que el sonido de las teclas de la máquina al escribir. 

El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos, ¿sería Paul?, ¿tal vez equivocado? Se incorporó y caminó rápido hasta el living. Levantó el tubo del teléfono y dijo: ¿Hola? ¿Hola?, pero nadie respondió.  Seguramente a esa hora, eran más de las dos de la mañana, sería equivocado, pensaba.

Volvió a la habitación y se acostó. Pensó que tal vez había hecho mal en colgar el teléfono. Si hubiera sido Paul podría haberle hablado de lo mal que lo pasó esa noche. ¿Realmente lo había pasado mal? O tal vez le hubiera dicho algo acerca de lo bien que lo pasó esa noche en el concierto de John Cage: 0´0´´. Después de todo no había sido tan malo el día, después de trabajar había conseguido cambiarse, arreglarse, tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta  llegar al auditorio en esa tarde que presagiaba una tormenta. Había asistido a un raro espectáculo y se había detenido a mirar los espectadores...

Esa noche Lucy  soñó con el mar: estaba en una habitación que luego se convertía en playa. La arena amarilla la sostenía ahora frente al agua verde y transparente donde niños con globos de colores nadaban cerca y lejos de la orilla. Parecía que estaba ahí desde hacia mucho tiempo aunque nadie podía asegurárselo. La arena era fina y limpia y ella caminaba sin dejar de mirar el mar que poco a poco se iba deslizando hacia adentro. Poco después, los globos azules, lilas, violeta volaban en el cielo azul como pájaros. Después de ese sueño tuvo varios más. También soñó con peces, peces de color naranja que Paul atrapaba con una cesta y luego volvían a salir al agua y Paul se divertía en dejarlos salir de ahí. Si bien el espectáculo que ofrecía Paul le parecía gracioso y bellísimo, no comprendía bien por qué Paul se ocupaba de atrapar peces en el agua para dejarlos ir. ¡Pero qué peces! Jamás había visto unos colores tan brillantes, un naranja tan nítido, unos peces tan bellos como si los hubieran pintado en  una estampa japonesa. 
         
    ¡Qué peces! ¡Qué  extraordinario color naranja!, se repetía a sí misma mientras escribía el informe tecleando en la máquina en  la oficina, sólo se detuvo para atender el teléfono, sonaba con un timbre monótono, insistente... ¿sería Paul?

© Araceli Otamendi- Archivos del Sur

viernes, 15 de octubre de 2010

Lucía y la adivina - relato

La suma sacerdotisa - (Silke, Arcanos en seda)




Lucía y la adivina*

Acompaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.
En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien.
El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella.
La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas, con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.
Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más recónditos sueños.
Lucía, como siempre, está expectante por lo que le depara el porvenir, por saber si su marido la engañará, si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Teme que él la deje y ella se quede en la calle.
La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina es una eximia profesional, podría ser la secretaria de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto tan desaliñado. Se defiende hablando.
Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas, temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.
Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones mientras Lucía se retuerce en el asiento con sus miedos, sus ansiedades, su inseguridad.
La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso si no será como en algunos programas cómicos y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien que se entera primero de los secretos para después confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué no?
—¿Y vos, por qué venís? Se intriga la secretaria.
—Acompaño a mi amiga.
—Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas, abogadas, contadoras…
—¡Qué bien! —digo, y pienso, no alcanza con ser profesional, con haber estudiado para tener certezas, la magia también es posible. Pero no lo digo.
—¡Que pase el que sigue! —dice la voz de una mujer desde adentro de una habitación.
Ha llegado el turno de Lucía. Ahora tengo tiempo de escuchar con más atención las conversaciones. Han quedado cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación se anima con la secretaria.
—¿Y saben por qué vienen principalmente aquí? —dice la secretaria.
—No —digo.
—Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio. Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí para allá como paquetes. Y los problemas son porque no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas. Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!
Casi todas asentimos, es una lección de sentido común. La maestra ha dado la lección, ¿para qué consultar a la adivina? Mientras espero a que Lucía salga de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.

© Araceli Otamendi

 *Lucía y la adivina corresponde a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

jueves, 7 de octubre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá
Novela
(fragmento de un capítulo)

Ya en el hotel, veía la cara de un caballo contra el vidrio de la ventana. Tenía los dientes tan blancos como la ropa de las mujeres que limpiaban los bungalows. Me detuve a mirar a una de ellas. Parecía salida de una plantación de café del siglo diecinueve, en algún lugar sureño. Pero no, estábamos en el siglo veinte, casi a fines y la escena se me antojaba irreal. Encendí un cigarrillo en forma casi automática y pensé en una novela de Carlos Fuentes.
Casi enseguida, aparecieron dos mujeres más vestidas de blanco: turbantes blancos en la cabeza, vestidos de una blancura nívea, sus dientes también blancos. Los ojos oscuros miraban fijo, parecían mirar a la distancia y al mirarlos uno recorría un pasillo largo, extremadamente largo y oscuro, casi infinito, seguramente habitado por mujeres de todas las edades, de todas las condiciones sociales, mujeres de piel blanca y también de piel negra. Yo también había habitado algunos de esos pasillos, pensaba. Es más, tenían puerta ¿y eran varias? Cuando quería, podía abrir una de esas puertas y escapar de todo: del desamor, de la soledad, de la violencia, del desprecio. Todas las mujeres, pensaba, teníamos una o varias de esas puertas.
Porque no había peor servidumbre que la esperanza de ser feliz ¿la frase era de Pascal?
Frente a la habitación pasaba un río, un río de aguas azules y sereno, casi ordenado, que desembocaba en el mar. Pensaba si realmente Willy Agastizábal había estado ahí, en ese hotel. Solo o con alguien. Pensaba también si habría mirado el mismo paisaje que ahora yo miraba. Pensaba en el río, en Willy, en quién lo habría matado. Y también pensaba ¿y si hubiera sido Willy solo quien hubiera estado ahí. Era un buen escondite….

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 1 de octubre de 2010

Septiembre, un buen fin de semana*





Dos ojos brillan como escarabajos en la noche inusualmente cálida de Septiembre. Son oscuros, casi negros y alumbran una carita redonda y fresca, de la niña más chica. Tendrá alrededor de tres años y una expresión dulce y triste a la vez. El pelo es oscuro como los ojos. La otra niña, más grande, tiene el pelo lacio y rojizo, en sus ojos el brillo casi no existe y ocupa su lugar una opacidad gris, por momentos tiene una expresión de angustia. Las dos nenas juegan en un rincón del living, pisos de madera encerados, muebles Luis XVI, todo muy prolijito, todo muy ordenado.

Sentadas en posición de buda visten y desvisten a varios muñecos de plástico. No miran hacia la ventana ni ven el azul profundo del cielo, tal vez ni siquiera escuchan los molestísimos ruidos de los escapes de los autos que corren a toda velocidad por la Avenida Nueve de Julio. El aire, naturalmente viciado de la gran ciudad se ha tornado caliente y hay un aroma dulzón que a lo mejor proviene de los árboles florecidos. Ahora la campanilla del teléfono ha interrumpido el juego. Las niñas dejan lo que estaban haciendo y corren, se abalanzan sobre el aparato. ¡Es mamá! Gritan al unísono. Les gana de mano una muchacha joven, petisa, de cola grande y chata, con forma de pera. Mientras habla, los ojos redondos de la mujer se mueven inquietos, el rasgo más notorio de la cara de la niñera es una pelusa gris que cierra la forma del labio superior. Sí señora, Rosita habla. Bien ¿y usted?
—¿Hola Rosita? ¿Cómo estás? ¿Y las nenas? ¿Están todos bien?

Para entablar esta conversación la mujer ha cruzado el Río de la Plata. No está sola. La mujer parece preocupada, mientras el hombre joven que la acompaña mira el BMW estacionado en el parque. El aroma de los pinos llega a la habitación mezclado con el aire fresco del mar, un mar espumoso, rugiente, hacía llegar su canto. La mujer seguía hablando. Del otro lado, la voz de la niñera llegaba algo confusa. Cruzar el Río de la Plata no es un gran salto pero alivia la presión de los lazos familiares, tal vez diluye algo, cuando se cruza el río parecería que todo queda demasiado lejos. Las habitaciones del hotel están decoradas con gusto. Marcela y su amante ocupan un cuarto empapelado en tonos de azul y violeta. De espaldas Marcela tiene un aire juvenil, el pelo largo, es delgada. De frente, una fina red semejante a una tela de araña delata el roce de los cuarenta o más, tal vez menos, tal vez el efecto del sol. El hombre fuma ahora un cigarrillo. Es joven, alrededor de treinta años, el pelo muy corto. Tiene un aire a Antonio Banderas. Alternadamente mira a Marcela y al BMW estacionado en el parque. Ahora es el turno de Marcela que dice:
—Cuidálas, no las dejes solas para nada, cualquier cosa tenés anotado el número de mamá. Acordáte.
—Sí señora, las voy a cuidar —se escucha apenas la voz de Rosita.

Marcela tiene la voz ronca, a veces cuando se ríe ofrece una sonrisa parecida a la de un caballo. Está harta de inspeccionar negocios, empresas, de caminar todo el día por Buenos Aires e investigar si realmente esas empresas han pagado los impuestos. Desde que se separó del padre de las nenas no tiene otra vida más que ésa, le dice muchas veces a la madre. También soy hija de padres separados, piensa, justificándose. Marcela está a punto de colgar el auricular cuando el hombre se lo quita de la mano y lo cuelga él.
En la cocina todo es muy blanco, el piso, las paredes, el techo. Los muñecos yacen en el suelo exhaustos de jugar. Los muñecos no tienen mamá, tampoco tienen papá. La mamá soy yo —dice la pelirroja—. La risa de las nenas fresca como una naranja recién cortada se interrumpe cuando suena la campanilla del teléfono.

—¿Está tu mamá? —dice una voz masculina
—Mi mamá no está, está de vacaciones, se fue a Punta del Este ¿y vos quién sos?
—¿Está Rosita?

—Sí, pero ¿y vos quién sos? Insiste la voz infantil.
—Un amigo, pasáme con Rosita.
El auricular queda suspendido, se hamaca, se desenrosca en un tirabuzón hasta que las manos regordetas de Rosita lo atrapan. Con el auricular apretado contra la oreja, la mujer se sienta en una silla, se distiende con las piernas abiertas mientras habla.
—Sí, estoy con las dos. Hasta el domingo, sí. Solas, sí. No hay problema.
Los cuatro ojos se fijan ahora en los labios de la mujer.
—No, no me dijo, no sé. Sí ... No, no sé, bueno....
La conversación sigue con monosílabos, entrecortada hasta que varios pedacitos de vidrio se esparcen en el piso. Las nenas se miran calladas.
—Tengo que cortar, chau.
—¿Quién era? —preguntan las dos
—Un amigo responde la muchacha mientras recoge los restos de una botella de coca cola.
—¿Qué amigo? Insiste la nena más chica.
—Toni, vos ya lo viste en la plaza.
—¿Ese era Toni? —pregunta la nena más chica con aire 

incrédulo.
—Sí ¿qué tiene?
—No me gusta, dice la pelirroja.
—Laváme los dientes —pide la nena más chica.
—¿Por qué no te gusta Toni?
—Es feo, no me gusta.
—¿A vos te gusta? —pregunta la pelirroja.
—Sí, a mi me gusta.
—Laváme los dientes —insiste la nena más chica.


—No es tu amigo, contesta la muchacha mirando a la pelirroja mientras se lame el dedo índice hasta que una gotita de sangre desaparece dentro de la boca. Me salió sangre ¿vieron? Dejemén tranquila y vayan a la cama. Vamos que las voy a acostar. Vamos a dormir y mañana jugamos otra vez.
—Qué me importa dice la pelirroja. Mamá no quiere que llame ningún hombre a casa.
—Está bien, dice Rosita. No tiene nada de malo. Por favor no le vayas a contar.


Las persianas están bajas, las ventanas abiertas. La luna redonda, enorme, se recorta amarilla en el azul profundo de la noche. Las dos nenas duermen abrazadas en la misma cama. Los muñecos están acostados junto a ellas mientras la luz pálida de un perrito de plástico ilumina los objetos del cuarto. Solamente se escucha el sonido apagado, metódico de una gota de agua. A veces ese sonido se combina con otros ruidos que de noche se tornan extraños. Son ruidos que intranquilizan. De vez en cuando los ojos de la pelirroja interceptan un círculo en el techo de la habitación y vuelven a cerrarse. El calor no le permite un sueño tranquilo. La respiración pausada de la nena pequeña calma los miedos de la pelirroja.

Ahora, el sonido de una llave girando en la puerta de calle interrumpe algo del silencio nocturno. Sostiene la llave una mano ruda, de dedos nudosos y piel brillante. Un cigarrillo muere aplastado por una zapatilla blanca, de suela de goma y de marca. Los pisos van pasando y la luz del tablero cambia de lugar hasta llegar al piso trece. El hombre se mete la mano en el bolsillo y cuenta algunas monedas. Segundos después introduce la mano dentro de la campera y toca el arma debajo del sobaco.
La luz del tablero indica el piso trece. La puerta apenas hace ruido cuando Rosita la abre. Apenas se besan, caminan rápidamente hasta el cuarto.
La pelirroja ha abierto apenas la puerta del dormitorio, apenas para ver a Rosita y al hombre entrando en la habitación. Ahora no sólo la gota de agua interrumpe el silencio nocturno, también hay ahora ruidos distintos, como los de una lucha cuerpo a cuerpo. La pelirroja está sentada en la cama. ¿Escuchás? le dice a la nena más chica. Afuera hay un fantasma. Tengo miedo, dice la otra nena. Mamá no está dice la pelirroja. ¿Y Rosita? ¿dónde está? Pregunta. Quiero que venga mamá, dice la nena.

Shhh, chista la pelirroja imitando el sonido de una lechuza. Calláte que hay un hombre, está con Rosita. Si me dijiste que había un fantasma. Lo dije para que te despertaras. Hay un hombre y está en la pieza con Rosita. Tengo miedo dice la nena más chica. ¿Y si nos mata? Esperá, esperá, dice la pelirroja. Si no se va enseguida, llamamos a la abuela. ¿Por qué no la llamamos ahora? dice la nena más chica. Está bien, vamos a llamarla.
Las dos nenas caminan descalzas, sigilosas hasta la cocina. Ahí está el teléfono. Mientras la pelirroja marca los números la nena más chica mira la puerta, cerrada sin llave. En la casa hay ahora un silencio absoluto. Solamente el ruido del motor de la heladera se escucha rítmico. La nena más chica se detiene a observar los imanes, son de formas variadas: frutillas, peras, heidi, snoopy, y hasta un ratón hecho de caracoles comprado en una playa del Uruguay. En la casa de la abuela el teléfono suena una y otra vez. Sonará varias veces más. La casa sigue en silencio, un silencio interrumpido apenas por el goteo de una canilla.

(c) Araceli Otamendi


* Septiembre, un buen fin de semana pertenece a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

viernes, 24 de septiembre de 2010

Cuento: Elsa en el blog de narrativa

Mimmo Paladino  Piccolo animale della notte, 1984


http://archivosdelsurnarrativa.blogspot.com/2010/09/araceli-otamendi.html



imagen:
Mimmo Paladino
Piccolo animale della notte, 1984
ó leo sobre tela y madera
cm 178x120
Colección Guntis Brands, Suiza


(de la muestra en la Fundación Proa)

viernes, 17 de septiembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)


También Ludwig pensaba en el odio, esa pasión triste según Spinoza, el odio que vive en distintas formas y generalmente no se deja aprisionar por las palabras, tiene claroscuros como las fotografías, flujos, movimientos, como ese barco donde navegaban. El odio, ese sentimiento que consigue a veces, hasta desear realmente la muerte de una persona. Pero esta última frase no la había dicho, se la había guardado. Esperaría, en cambio dijo:
                 - ¿Apareció alguna mujer?
                 - No sé - contestó Marta. - Pero hubo alguien
                 -¿En su vida?
                 - Tal vez - dijo ella, parecía arrepentida de haberlo dicho.
                 
                 El detective no pareció sorprenderse ante esta última frase. Seguramente esperaba algo así. Estaban en aguas peligrosas se dijo. Los dos se quedaron callados, para no mirarse a los ojos. Sus miradas fueron de objeto en objeto hasta que la mirada de los dos se posó en una gota que caía por la canilla. Enseguida se escuchó el ruido de una lata que caía por la escalera. La mirada del detective fue hasta el ojo de buey. Ludwig levantó la lata de cerveza vacía y él y Marta se incorporaron y fueron hasta la cubierta. Ahí vieron como Mario Bruno dormitaba al lado de Cintia. Los dos estaban sentados contra las sogas de la cubierta. Cintia se había cerrado ahora los botones de la camisa y miraba el mar. Ludwig se acercó a Cintia  con la lata vacía en la mano y dijo:

               - Se le cayó esto.
               Cintia miró al detective con un gesto de desprecio, tomó la lata de cerveza y la arrojó al mar. Fue entonces cuando Marta dijo:

                - Algo más para contaminar el agua.
                Ludwig quiso detener la pelea en que seguramente se enfrascarían las dos mujeres y dijo:

                  - La lata seguramente irá al fondo del mar y se convertirá en el nido de los huevos de algún pez.
                  Marta le dedicó una mirada de odio a Cintia y Ludwig pensó que a pesar de la incipiente tormenta que se desataría entre las dos mujeres se sentía alegre. Siempre le ocurría eso cuando una mujer le confesaba sus secretos. Se convertía en un mago poderoso que podía jugar en su mente con los secretos de otros. ¿Acaso los psicoanalistas, los médicos, los abogados, los sacerdotes no hacían lo mismo? ¿Hasta cuándo podían guardar un secreto? ¿Por qué él que era un detective de ínfima categoría no podía hacer lo mismo? Pero no podía seguir pensando, un grito de Cintia lo había interrumpido. La chica se había acercado a la barandilla de cubierta y se asomaba como si quisiera arrojarse al mar y señalaba algo en el agua.

 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 13 de septiembre de 2010

Cuento Cartas al mediodía publicado en La Palabra

(Buenos Aires)

Mi cuento "Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar" ha sido publicado en el Suplemento La Palabra, del diario La Opinión (Rafaela, Provincia de Santa Fe), en la edición en papel y en internet.

¡Gracias Raúl Vigini!

http://www.laopinion-rafaela.com.ar/opinion/2010/09/11/u091102.php

La literatura y los personajes

(Buenos Aires)

En 1983, un año después de la Guerra de Malvinas, empecé impulsada por una necesidad extraordinaria el largo camino del arte. Decidí que mi vida iba a transitar por el camino de lo artístico.
Empecé pintando, después, en 1986, me di cuenta que finalmente había llegado el momento esperado desde los siete años: dedicarme a escribir. Me encaminé hacia ahí, descubrí que la literatura era el lenguaje que yo hablaba. Que me entendería con quienes hablaban el mismo lenguaje y que ya no había para mí posibilidades de otra cosa. Hoy, siento que el trabajo es inmenso, feroz, una cruzada, es casi derribar un árbol y ponerse a hacer una escultura en madera hasta encontrar la forma. Lo oculto detrás de lo banal, eso es lo que persigo. Descubro un personaje, real, lo observo, converso con él, lo elaboro  hasta que lo hago mío.
Después sólo me queda volcarlo al papel, darle vida, vida literaria. Entonces, ahí sí, se hace más real que el personaje de la vida cotidiana.

(c) Araceli Otamendi

domingo, 5 de septiembre de 2010

Freshwater de Virginia Woolf: estreno mundial en español en Buenos Aires

crédito: Luciana Damiao



(Buenos Aires)

Se estrenó mundialmente en Buenos Aires, en la Ciudad Cultural Konex y   en español, la obra Freshwater de Virginia Woolf.
La única obra de teatro que escribió la autora inglesa se representó en su idioma original en el cumpleaños de su sobrina Angélica Bell, como divertimento para una de las veladas teatrales que entrenan al grupo de Bloomsbury – al que pertencía Virginia Woolf -. De ella, participaron todos los miembros de dicho grupo, familiares y amigos de la autora.
En la Maison Francaise de la New York University, de la que participó Eugene Ionesco como actor, se estrenó fuera de Inglaterra en 1984, en los Estados Unidos.
En febrero del 2009, SITI Company, la compañía neoyorkina que dirigie Anne Bogart, realizó la primera producción profesional en el Women´s Project de esa ciudad.
Freshwater es una comedia donde el tiempo parece no transcurrir para los personajes. Ellos están inmersos en la cultura – pintura, fotografía, poesía, filosofía – y así pasan los días. Sólo dos personajes, el filósofo Charles Hay Cameron y la fotógrafa Julia Margaret Cameron piensan viajar a la India y encontrar allí una vida más cercana a la naturaleza y a la verdad. Pero, envueltos en la hipocresía de la sociedad conservadora británica, demoran el viaje y esperan la llegada de los ataúdes – que llevarán de viaje - . El poeta Alfred Lord Tenysson, el pintor Gerge Frederick Watts, son los personajes que reciben, al final, los reconocimientos reales. Ellos han persistido con sus obras  en ese mundo cultural y también ficticio.  Han huido de ese mundo la mujer de Watts, Ellen Terry, la musa, junto a un marino de la armada real – John Craig – y la señora y el señor Cameron.
Con guiños evidentemente al grupo de Bloomsbury – grupo literario al que pertenecía Virginia Woolf – y enmarcada en una época – 1935 – año en que fue representada por primera vez.
Hay guiños feministas como el del personaje de Ellen, quien huye junto a su amante vestida con pantalones a cuadros. El marido, George Watts la increpa duramente: si hubieras vestido de blanco hubiera sido distinto, ¡pero con pantalones a cuadros!
Resulta interesante la reconstrucción de una época y una sociedad en esta obra que hoy nos arranca una sonrisa, pero que evidentemente, cuando se estrenó, era un grito de liberación.
Se destacan las actuaciones de todo el elenco.
nota relacionada:

viernes, 3 de septiembre de 2010

novela: Extraños en la noche de Iemanjá (fragmento)



Capítulo 6 (fragmento)


La casa de Mirinha estaba a unos veinte kilómetros de ahí. Era una casa de material y techo de chapa, pobre como un gemido. Al frente había un camino hecho con maderas desprendidas de un naufragio. De tarde, cuando la marea subía se formaba al lado del camino algo así como un río finito con dos brazos, la arena mojada se iba encerrando en ellos y se convertía en una isla. A Bijou le gustaba atravesar descalza ese camino al bajar del auto. La seducía caminar sobre los granitos de arena aglutinados y mojados dejando sus huellas, e imaginaba que lo hacía sobre un reloj de arena cuya pared circular se hubiera roto y donde el tiempo se detenía en el preciso y precioso instante en que ella atravesaba ese lugar para entrar en la casa de Mirinha. ¿Podría detenerse el tiempo alguna vez? pensaba Bijou mientras caminaba por el último madero antes de golpear la puerta.
                    Mirinha abrió la puerta y se dirigió hacia la silla e indicó a Bijou que también se sentara. Ninguna de las dos pronunciaba palabra. Sentada frente a la adivina Bijou miraba cómo la vieja hechicera barajaba las cartas. Eran celestes y blancas como las velas que mantenía encendidas. Mirinha era una mujer vieja como el tiempo, tenía la piel descascarada como un árbol añoso y según decían sabía leer en las cartas el presente, el pasado y el futuro. Vivía todo el año en esa casa  y cuando no había turistas comía lo que el mar  le daba: peces y mejillones. También sabía preparar dulce de naranjas. Para prepararlo pedía a sus clientes que le trajeran frutas recolectadas de los árboles del pueblo o del campo, no tenían que ser compradas. Ese día Mirinha había decidido hacer dulce y había estado pelando naranjas hasta que sus manos se cansaron de pasar el cuchillo una y otra vez para despellejar las frutas. Después había puesto agua y azúcar a calentar y había agregado la pulpa y las cáscaras. Un olor a naranjas amargas había empezado a circular por la casa.
La hechicera puso el mazo de cartas frente a Bijou y le indicó que cortara en tres. Ninguna de las dos pronunciaba palabra, sin embargo, la inquietud de Bijou había entrado en la casa y había sacrificado la serenidad de aquél atardecer azul.

(fragmento del Capítulo 6)

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados


crédito de la fotografía: Araceli Otamendi

jueves, 2 de septiembre de 2010

Acerca de Un cuarto propio de Virginia Woolf



(Buenos Aires)

En el libro Un cuarto propio de la escritora inglesa Virginia Woolf,  habla acerca de  Las mujeres y la novela de su opinión sobre un tema menor: “para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”, dice.
Virginia Wolf considera, que cualquier tema donde interviene el sexo nadie puede esperar decir la verdad. Actualmente diríamos donde interviene el género y no el sexo.
En cuanto a mi experiencia personal, siempre escribí donde pude: en un bar, en el living, en la cocina, en el dormitorio y hasta en el baño, cuando mis hijos eran chicos.
Claro que nunca pretendí hacerlo todo perfecto como cuenta una biografía de la poeta Sylvia Plath: no sé cocinar bien, no sé tejer bien, no sé coser y menos hacer colchas de patchwork y otras complejidades.  Puedo resolver, eso sí, difíciles cálculos matemáticos – porque eso estudié en la universidad – y analizar y diseñar un sistema de información porque eso estudié en la universidad y en eso trabajé muchos años. Puedo imaginar y fundar una revista y dirigirla, escribir un cuento, un ensayo, una novela, tomar fotografías, pintar y dibujar. Me gustan los niños, crié dos, cultivar plantas y flores,  los jardines y  pasear por el campo. Pero no me pidan que me salga bien una comida complicada o que amase pan, pizza o fideos   porque no me saldrá bien.
Es que nunca pretendí escribir poemas como Sylvia Plath y ser un ama de casa perfecta. Nunca pude poner un pollo al horno y manejar un lavarropas al mismo tiempo. O el pollo se quemaba o la cocina se inundaba, si hacía las dos cosas simultáneamente. Por eso prefiero escribir cuentos aunque ya llevo escritas dos novelas y una en camino. No sé porque nunca me atuve a la fórmula de Virginia Woolf del cuarto propio y solucioné el tema del espacio como pude. Esa es mi manera de hacerlo.

 (c) Araceli Otamendi

bibliografía: Virginia Woolf, Traducción de Jorge Luis Borges, Un cuarto propio, Editorial Sur

miércoles, 1 de septiembre de 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

Con piloto automático - Col pilota automatico



El cuento Con piloto automático fue publicado inicialmente en la Biblioteca Cervantes Virtual y traducido al italiano por María Elena Spikerman para publicarse en la revista Il foglio clandestino (Milán, Italia).
Ahora publico la traducción al italiano por primera vez en un medio virtual:

http://archivosdelsur-cuartopropio.blogspot.com/2009/10/cuento-con-piloto-automatico.html

Col pilota automatico


Araceli Otamendi


Traducción: María Elena Spikerman


Scrivo come chi dorme e tutta la mia vita è una ricevuta ancora da firmare”.
“Mi lamento perché sono debole e perché sono artista, mi intrattengo tessendo con musicalità i miei lamenti e ritoccando i miei sogni conforme il modo che trovo di farli più belli. Solo lamento non essere un bambino, per poter credere nei miei sogni, non essere un matto per poter allontanare dall’anima tutti quanti mi circondano”.

Fernado Pessoa

Quanto mi piacerebbe poter scrivere su della seta, tazze di porcellana e altre bellezze, magari su dei liuti o luthiers, e invece suona la sveglia alle sei e mi tiro su dal letto disposta ad affrontare questa nuova giornata che spunta. Sì, spunta e il sole inizia a scaldare ed eccomi di nuovo in piedi a prendere il barattolo del caffé dal frigo, ad aprire il rubinetto per riempire la brocca di acqua fredda, premo l’accensione della caffettiera bianca e premo anche quella del pici, i mails aspettano di essere letti mentre vado a lavarmi il viso con l‘acqua fredda per togliermi il sonno, gli occhi ancora quasi chiusi. Mi sciacquo gli occhi guardandomi allo specchio, voglio lavare il ricordo di quei sogni che non sono ancora certa di aver sognato. E il delizioso aroma del caffé circola per la casa, la invade come un folletto invisibile, verso il caffé nella tazza bianca che non mi sognerei mai di usare se solo fosse crepata e mentre lo bevo apro il rubinetto della doccia e l’acqua scorre, tiepida, calda, e anche il sogno scorre. Sogno folle, sogno surrealista, quante stranezze si sognano. La luce entra dalla finestra del bagno come nella canzone di lenon e maccartney ma era lei, lei quella che entrava nella canzone di John e Paul, ed era anche Lucy nel cielo di diamanti. Ci sono dei ragazzi che camminano sui trampoli, la scena circense si illumina in un teatro, chi sono? Io sempre spettatrice del mondo, perfino nei più reconditi sogni. Vado in cucina e un coniglio bolle in pentola, si rigira su se stesso finendo a pezzi, si moltiplica come un clone, come in quel racconto di Cortázar ma in questo caso non c’è nessuno che vomiti un coniglietto, il coniglio solo bolle in pentola. Povero coniglio bianco. Vado altrove, se potessi tornare indietro... Per prima cosa bisogna galleggiare, mettersi pancia in su e galleggiare, affondare la testa, prendere aria e mettere la testa in acqua. E’ fredda, tanto fredda. Non importa, con la testa dentro galleggerai come un pesce, raddrizza le gambe e lasciale molli, posso aprire gli occhi? Sì, certo. Piastrelle blu, tocco fondo, esco, tiro fuori la testa ed eccolo lì seduto sul bordo. Ancora lì, ti tengo io, lascia le gambe molli e galleggia, galleggia, l’acqua nelle orecchie è una sensazione brutta, strana. Muovi le gambe, la testa lasciala galleggiare, dopo saprai nuotare, ma se non galleggi non nuoterai mai. Fino a quando? Quando saprò nuotare? Ancora una volta. Il sole è nel suo punto più alto, è mezzogiorno. L’acqua è più tiepida e mi stanco. Galleggia, prendi aria, immergiti, ancora una volta, e ancora, e ancora. E un’altra giornata, e un’altra. Fai la morta. Ora che nuoti vai fino all’altra punta, una vasca in larghezza e poi una in lunghezza. Attraversare a nuoto la vasca, arrivare fino alla parte fonda, continuare, resistere, trattenere l’aria sotto l’acqua, risalire, respirare. L’acqua ora è fredda, tiepida, fredda. E il suo sguardo, lì, nelle mosse come se il fatto che io avessi imparato a nuotare lo tranquillizzasse Forse gioia, non so. Dormire, dormire, sognare. Sognare l’acqua, sono in acqua, devo attraversare, bisogna irrimediabilmente attraversare il largo della vasca quando tutti rimangono aggrappati al bordo, galleggiando, sono nata Toro, cosa ci posso fare. Ora non è lì a guardare, ora non c’è. Non so dove sia, ma non c’è. Il tempo va di nuovo avanti. Sento altre voci, sono in altri ambiti. Ora è notte. La festa è iniziata, si sente della musica, delle voci e anche il silenzio, è tutta un’illusione, un sogno. Tornare a sognare, sarà mai possibile? Sognare suona a sogno, a impossibile e tuttavia quella parola pronunciata da qualcuno convincente mi induce a sognare. Quella notte dormo e sogno, volo, sono su un aereo sull’oceano ed a un certo punto precipito in acqua da mille metri sul mare. E’ l’oceano blu e scuro, indovino la profondità mentre mi domando se sopravviverò a una simile caduta, a quella velocità. E nonostante plano in aria come un uccello e cado e nuoto e nuoto tra le onde, sono a galla, salva. Allora mi sveglio.
Bisogna affrontare una nuova giornata, mi asciugo con la spugna bianca e trovo ad aspettarmi sul tavolo il caffé caldo e fragrante. Viaggerò in treno, guarderò il fiume, lavorerò se posso, tornerò su un altro treno. Salgo su un radio taxi meglio, sta cominciando ad imbrunire, devo andare a San Telmo. La nueve de julio è la migliore opzione per arrivarci e lo spettacolo inizia al semaforo.
Dei giocolieri fanno il loro intrattenimento davanti alle macchine, le sfere girano, aspetto la musica, la musica delle sfere non arriva, o sì? La mano allungata dell’adolescente, qualche moneta da una macchina e il taxi parte sgommando. Le luci accese della nueve de julio sono il miglior spettacolo della sera. Se arriverò viva, penso, se arriverò viva a destinazione berrò meno caffé, telefonerò a quella amica che non chiamo da tanto tempo. Ci si ferma ad un altro semaforo. Fiaccole in mano ad una ragazza, in canottiera e pantaloni neri, capelli corti, occhi scuri ride, chiacchiera, corre in mezzo al viale, mentre due giovani l’aspettano tetrabrik in mano, il dolce vino come un sogno in bocca ai due ragazzi. La rivedrò il giorno seguente seduta sul piazzale che divide la nueve de julio, col viso assonnato e occhiaie grigie, tetrabrik sulle giovani labbra, due uomini giovani al suo fianco, quale destino aspetta quella donna? Ed è già giorno, le fredde luci della notte si sono estinte, il sole entra dalla finestra, mi accomodo in un angolino dove batte il sole. Mi alzo e metto il pilota automatico.

(c) Araceli Otamendi


(c) de la Traducción de María Elena Spikerman




Araceli Otamendi nasce a Quilmes, provincia di Buenos Aires, Argentina. E’ scrittrice e giornalista. Attualmente dirige le riviste digitali Archivos del Sur e Barco de papel . Ha pubblicato il romanzo poliziesco Pájaros debajos de la piel y cerveza, vincitrice del Premio El libro-Edenor durante la XX Fiera Internazionale del Libro di Buenos Aires nel 1994.

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