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domingo, 25 de julio de 2010

Cuento El filicidio publicado en Literatura del mañana

El filicidio

Madrid, 1933. Noche. Doña Aurora se ata los cordones de los zapatos, acomoda el vestido. En uno de los bolsillos del ancho pollerón guarda la pistola cargada. Se acomoda el pelo y camina por la casa como si nada fuera a ocurrir.
En una de las habitaciones, la más grande y lejos del comedor, Hildegard, la hija de doña Aurora duerme. Ha preparado la conferencia sobre eugenesia que debe pronunciar al día siguiente. Está cansada y duerme. Sin adivinar que su madre, doña Aurora, percibe su respiración unos metros más allá. Hildegard, hija querida, me traicionaste, piensa Aurora mientras calibra en la mano el revólver que disparará minutos después. En mi vientre te engendré, para vengarme del absurdo destino que me negó tantas cosas: posición, apellido, fama, estudios. No tuviste padre, sólo progenitor. Tuve una hija sin ansiar nunca goces sexuales, al sólo efecto de vengarme de la realidad, y ella, que había logrado hacer lo que yo no pude me traiciona así, con un infeliz, un escribiente que trabaja en el despacho de un cagatintas. Apenas abre la puerta del dormitorio, Doña Aurora dispara cerca de la sien de Hildegard, descerrajándole el tiro mortal.

(c) Araceli Otamendi








http://literaturadart.blogspot.com/2010/07/autoras-de-relatos-breves-de-suspense.html

jueves, 15 de julio de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 5 (fragmento)





En ese momento Leonor y Ludwig se sorprendieron y cada uno buscó  la misma expresión de sorpresa en los ojos del otro,  el agua había llegado hasta adentro del círculo de sombra que los protegía y Ludwig preguntó: 
                   - ¿Quiere que lleve la sombrilla más cerca de los médanos? 
                   La mujer asintió agradecida mientras el detective desenterraba el soporte metálico y plegaba la sombrilla. El albatros nadaba a unos cien metros de la playa y Ludwig decidió que era el momento de insistir con su preguntas. 
                    - ¿Hace mucho que está en esta playa, Leonor?
                    - ¿Cómo sabe mi nombre?
                     - Ya le dije que soy guía de turismo y conversando con los turistas se saben muchas cosas.
                     Leonor lo miraba con desconfianza y dijo: 
                    - Paso todo el verano aquí
                    - Entonces debe conocer a muchas personas que veranean en este lugar - contestó el detective.
                    - No muchas señor Ludwig, pero usted a mí no me engaña.  Usted es policía. Yo ya soy vieja y le digo en la cara lo que pienso.
                     - Cálmese, Leonor, cálmese. Sólo quiero saber algo.
                     - Está bien - dijo Leonor mientras los dos caminaban hacia los médanos. El sol hacía arder la piel y la arena caliente quemaba las plantas de los pies. Ludwig volvió a enterrar el soporte metálico en la arena y desplegó la sombrilla. Los dos se sentaron. 
                       - Señor Ludwig le voy a decir una sola cosa: si alguien quiere saber algo de este lugar tiene que ir a ver a Mirinha, la tarotista y vidente, Esquina del viento y calle dos.
                        - Esquina del viento y calle dos - repitió Ludwig.
                        El círculo de sombra se había achicado y los dos, Ludwig y la mujer estaban protegidos por él. Un viento cálido soplaba con fuerza desde los médanos.
El detective no se preguntó  por qué Leonor conocía a Mirinha, si tal vez se habría hecho leer el futuro por esa mujer. Pero Leonor sí se lo preguntaba, porque había perdido la cuenta de las veces que indagó al futuro para saber cuánto tiempo le quedaba. Tenía una extraña sonrisa triste cuando pensaba esto y ahora, bajo la sombrilla continuaba arrojando los buzios al aire. Ludwig la miraba.  
                           - "Todo el mundo y todas las cosas son parte de la vida, pero, cuando se han sumado todos, todavía falta no sé qué para que sea vida" - dijo Leonor
                          
                            - Hemingway - dijo Ludwig 
                            - Frío, señor Ludwig, frío - contestó Leonor y después dijo: "No es gris el mundo, sino falto de lascivia, el ligero sueño de bambú de la inocencia suave como la superficie de una cuchara"
                            - Capote - insistió Ludwig 
                            Leonor soltó una carcajada y Ludwig la miró. ¿De qué diablos hablaba esta mujer? ¿de qué hablarían con el amante? Eso se lo preguntaba casi siempre cuando veía una pareja. Porque él casi nunca sabía de qué hablar con una mujer, especialmente cuando estaba casado. El alegre gusano de la juventud ya no lo carcomía. Se sentía joven pero no tanto como para hacer algunas locuras.  Aunque muchas veces las hacía.  
                         Ludwig  agradeció el dato a Leonor  y se alejó  caminando por la playa. Caminaba por el borde de la arena mojada pisando las puntillas blancas de espuma. El mar era verde unido a un cielo azul intenso donde el sol, en lo más alto parecía penetrar en las cabezas llenándolo todo de luz a tal punto que parecía enceguecer. Cerca del horizonte se veía una franja azul más oscura que el azul cobalto del cielo. Visto desde arriba el paisaje podría parecerse a un cuadro de David Hockney con sus planos de colores intensos reclamando cada uno su propio espacio.  
                    
                            - Vaya a ver a Mirinha, la vidente. Ella sabe todo lo que ocurre en este lugar - volvió a decir Leonor. Ludwig se despidió entonces de la mujer, tomó el bollo del pantalón, la camisa y los zapatos y se fue caminando por el borde de la arena pisando las puntillas blancas de espuma. Ludwig aún no se había puesto los zapatos y la arena ardía. Se sentía en armonía consigo mismo, sentía el orden vivo de la continuidad de la existencia. Creía no recordar un estado así. Ahora la mirada de Ludwig se posó en un pájaro recostado en la arena mojada. Parecía una gaviota. El detective se agachó y lo tomó en sus manos. Lo sostuvo durante unos minutos. Sentía las plumas frías y el corazón del animal palpitando. El pájaro empezó a moverse en las manos del detective. Movía las alas y Ludwig iba a soltarlo pero antes formuló en silencio tres deseos.  


(c) Araceli Otamendi- Todos los derechos reservados

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 6 (fragmento)

                             


El primero de los deseos de Ludwig fue que se cumpliera uno de sus sueños recurrentes: una mujer le entregaba un papel con símbolos que él no podía descifrar. Tal vez fuera un mensaje. En todo caso era imposible descifrarlo sin ayuda. Al final del sueño alguien le descubría el significado. El segundo deseo era terminar de una vez y para siempre la investigación del caso de Willy Agastizábal. El tercero era ver a Mónica, su ex- mujer cuanto antes y hablar con ella. Y mientras sentía  las plumas cálidas del pájaro  entre sus manos cerró los ojos y pensó en los tres deseos varias veces. Después, el detective abrió sus manos y dejó volar al pájaro quien se alejó hacia el mar. Se había llevado en su vuelo sus deseos más secretos, esos que no deben contarse a nadie.
                            Ludwig sintió que la arena caliente le quemaba los pies y se puso los zapatos. Ahora, caminando por la playa escuchaba el murmullo del viento y le parecía que le susurraba palabras en los oídos. ¿Qué clase de palabras podría murmurarle el viento al oído? ¿No eran acaso más que voces llegadas de lejos, tal vez con respuestas? ¿Qué estaba haciendo en esa playa? ¿A quién le importaba el asesinato, si es que lo era, del hombre ahogado? Nadie sabía nada, nadie lo había visto y si lo sabían o lo habían visto lo ocultaban. ¿Y si no hubiera sido un asesinato sino un suicidio?
                           
 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 4 de julio de 2010

La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas



La muñeca de cristal o la fragilidad de las cosas

El estado de gravidez o la panza, como se prefiera, es avanzado. Falta poco para el nacimiento, es una extraña sensación de que voy a reventar, mi panza explotará y quedaré vacía aunque tendré como compensación en mis manos un niño o una niña  ¿Cómo será?
A duras penas puedo salir a la calle y detener un taxi. Antes, una mujer no ha dejado de tocar el timbre, de llamarme por teléfono, de encararme en la calle … pero ¿quién es? Me he escapado de ella y aquí estoy camino a la clínica. Siento las patadas muy adentro, las contracciones, son cada vez más fuertes, me duele la espalda y no sé si voy a llegar a tiempo. No se preocupe, no me mire así, no lo voy a tener aquí adentro, no le voy a ensuciar el tapizado de su auto pero apúrese…

Las contracciones son muy fuertes, doctor. Va a nacer enseguida, dice. La veo, la he visto a través de la piel, digo. La piel de mi panza es transparente como un papel de celofán. La he visto y ya sé como es, aunque usted todavía no la vea, doctor. Es preciosa, es como una muñeca. ¡Fantasías! La imaginación vuela. ¿Por qué tengo que explicarle a usted cómo la he visto? La cabecita es redonda y el cuerpo se parece a un muñeco, lleno de curvas. ¿Y tiene manos? ¿y tiene pies? Es preciosa le digo, porque la he visto, ella es rosada, redonda, bellísima.  Las contracciones son cada vez más seguidas y va naciendo, doctor, no la deje caer, ya sale, ya sale… ya salió.

¡Es una muñeca! Sí, es una muñeca. He parido una muñeca de cristal. Redonda, chiquita, preciosa, la cabeza es como  una naranja, transparente. Mueve los ojos, ¿los mueve? Pero señor ¿de qué se asombra? Si es una muñeca de cristal, nada más. Mírele las manos, ah, pero…una de las manos ¿qué ha pasado? Es que se ha roto, se ha roto la pequeña mano. El doctor tiene la solución: la pegaremos con un pegamento especial y todo se va a solucionar, todo.
¿Se solucionará? Todo se va a solucionar …

El pegado de la mano al bracito se realiza sin mayores dificultades. Todo es cuestión de esperar. No me parece raro haber parido una muñeca de cristal, tan redonda y bella. Es transparente y hasta podría estar en una vitrina, pero no la pondría ahí, se moriría, necesita respirar, está viva. Hay que darle de comer y enseguida empieza a mamar y luego llora, grita, y otras cosas más. ¡Hermosa muñequita mía! Te miro embelesada, soy tu mamá. Mirémonos al espejo. ¡Qué belleza, hermosita! ¡qué belleza! Nunca había soñado con una muñeca así y ahora la tengo, hermosita, linda, muñequita de mamá. ¿qué te pasa?
Me siento extraña. He parido una muñeca de cristal que come, duerme, se ensucia, llora, grita. ¡Ay, cómo duele! Y ¡qué vacía estoy ahora sin la muñeca en mi panza!

Pero tengo la compensación en mis manos, en mis brazos, es esta muñeca de cristal que dormida se parece a una muñeca que tuve alguna vez, cuando era niña y me gustaba jugar a las muñecas. ¿Te hacía dormir, te acordás? Dormías junto a mi, al lado de mi panza, tapada con las sábanas. Juntas dormíamos las dos. Te apretaba fuerte cuando los maullidos sonaban durante la noche en el techo. Aquella noche, antes de la mudanza,  cuando todos los objetos estaban contenidos en cajas, cómo maullaban, Dios mío, cómo maullaban, parecían bestias salvajes corriendo de un lado al otro de la casa. Tenía miedo, la oscuridad, sombras en el jardín y los maullidos entonces te tomé muy fuerte para que me acompañaras hasta que amaneciera y los gritos de los gatos se callaran definitivamente.

Pero después me hice grande y te olvidé, te quedaste sentada en la cama o en alguna silla, después de la mudanza perdiste tu significado y no sé qué lugar ocupaste, pero ya no era el mismo de antes.
Y ahora, no sé si es el recuerdo o la niña que ha empezado a llorar otra vez lo que me impulsa a buscar ese juguete viejo y comparar su imagen con la que tengo guardada en la memoria.
He tenido una muñeca de cristal, la he parido en mi imaginación y en mi sueño se devela como una niña de carne y hueso. Y en mi realidad se devela como una muñeca de cristal, como un sueño. Extraño sueño éste, como extraña e impredecible es también la realidad.


© Araceli Otamendi
Julio de 2010

imagen: Mimmo Paladino
Senza titolo, 1998
óleo sobre tela
cm 132 x 94
Colección Caleffi 
(de la muestra La Transvanguardia italiana en la Fundación Proa)

lunes, 10 de mayo de 2010

Cuento: Vuelta a la casa tomada




Vuelta a la Casa Tomada  - Araceli Otamendi



El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es  una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

-          Orfeo – le digo
-          ¿Qué? Contesta
-          Quiero ver tu cara sin la máscara.
-          Eso no es posible – contesta
-          ¿Por qué?
-          Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
-          ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
-          Hay que seguir el juego…
-          Hoy se termina.
-          ¿Qué cosa?
-          El Carnaval, se termina…
-          El Carnaval sí, pero la vida no.
-          Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
-          Como la vida ¿no?
-          Casi
-          ¿Querés volver a casa tomada?
-          Es sólo una casa
-          Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

© Araceli Otamendi – Julio de 2008

imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).

miércoles, 21 de abril de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 12







Diego Velázquez era un pintor de moda en Buenos Aires, había adquirido cierta notoriedad en algunas galerías de New York se había vuelto famoso en pocos años. Sus pinturas se vendían a precios increíblemente altos. Pero a los treinta años no sabía si seguir pintando o dedicar todo su tiempo  a invertir el dinero ganado en distintas actividades. Durante toda su vida no tendría ninguna necesidad de trabajar ni hacer nada más si invertía bien la plata. ¿Adónde habían ido a parar sus ideales? Su arte se deshacía como los sueños cuando llega el día y la luz entra por la ventana para avisar que la noche pasó, lo que  hemos visto no ha sido más que un sueño o una pesadilla. Había cambiado los sueños por dinero y eso puede ser mortífero para un artista. ¿Dónde estaban Van Gogh, Cezanne, Gauguin? Ellos habían sido llamados y estaban entre los pocos elegidos, ¿y él?
                                    Diego parecía convencido de cada una de las palabras que decía, como si las hubiera rumiado en su mente. Ludwig pensó en cuál sería la manera más indicada de introducirse en la conversación y dijo:
                                    - Perdón que me entrometa pero ¿usted está esperando una señal?
                                    - Sí, dijo el hombre.
                                    - ¿A qué se refiere?
                                    - Señor Ludwig, explicó Lila, todos los seres humanos tenemos algo de niños y nuestro pensamiento de vez en cuando se vuelve mágico. Sobre todo cuando tenemos miedo o nos sentimos inseguros o no sabemos lo que queremos.
                                     Ludwig  miró  a Lila y a Diego y tomó un trago de caipirinha
                                     - Qué interesante, esta noche, antes de venir aquí, estuve pensando en lo mismo.
                                     El detective buscaba una señal, cualquier cosa que le indicara cómo seguir la investigación de Willy Agastizábal.
                                     - ¿Usted también busca otro medio para expresarse? - preguntó  Diego.
                                     - Sí, desde hace tiempo lo estoy buscando - contestó. El que esté aquí, en esta fiesta esta noche no es más que obra del azar, pensaba. Pero no sabía si ese azar lo conduciría a algún resultado. La mirada de Ludwig se detuvo en el monito que inquieto se había trepado a una lámpara.
                                      Lila, concentrada en la conversación, no había advertido las piruetas del mono que ahora se balanceaba. En la mesa se podían ver algunas de las comidas y la torta de cumpleaños que Albertina y Rosa Té habían preparado para su madre.  Había alfajores, trozos de pollo, carne al horno cortada en finos pedazos, canapés, y algunos bocaditos salados. También habían preparado un ananá como centro de mesa y pinchados al ananá había pedazos de queso y cerezas. Pero en lo que más habían trabajado tanto Rosa Té como Albertina era en el pastel de cumpleaños. El pastel era de biscochuelo y chocolate, no le habían puesto crema para que no se derritiera. Las dos hijas de Leonor se habían convencido a sí mismas que lo mejor era poner el número sesenta en letras de azúcar, para convencer al amante de su madre de la verdadera fecha de cumpleaños. Más que una torta de cumpleaños parecía una torta de bodas, porque Albertina había tenido la ocurrencia de ponerle cintas y dijes en cada una de ellas.. Así le darían la sorpresa a su madre, convenciéndola de que todavía era posible una boda más. 
                                   Lila mantenía la mirada fija en su acompañante, parecía atrapar cada una de las palabras que él pronunciaba. El monito se había quitado la ropa y ésta había caído en algún rincón.  Ludwig se preguntó por qué motivo Lila había elegido un mono como mascota en lugar de un perro. Pero tal vez no había sido una elección, tal vez alguien se lo había regalado y no había podido rechazarlo.
                                     En una de las esquinas del living, la mano derecha abierta de Leonor se sometía a la atenta mirada de Mirinha.
                                     - Dos matrimonios - dijo Mirinha mirando las líneas de la mano de Leonor quien había abierto los ojos tan redondos ahora como las rodajas del abacaxi que adornaban las jarras del jugo.
                                     - Sí, es cierto, me casé dos veces y también enviudé dos veces- dijo Leonor y se quedó pensativa.
                                     - Alguien viene por un camino largo - dijo Mirinha
                                     - ¿Quién? - preguntó Leonor.
                                     - No se ponga ansiosa- contestó Mirinha. 
                                      Seguramente Leonor se preguntaba de quién estaría hablando Mirinha, quién era la persona que llegaría a ella nuevamente ¿había que pensar en el amante o sería, quizá alguien nuevo en su vida? . Mirinha miró a Ludwig quien en ese momento estaba mirando a las dos mujeres. Rosa Té había salido de la casa y descalza se había encaminado hacia el mar. El detective vio a Rosa Té por la ventana, pisando la arena fría y la noche iluminada por esos numerosos ojos brillantes  suspendidos en el fondo oscuro y salió de la casa.
                                      Ludwig llegó hasta donde estaba la psicoanalista, quien había sumergido los pies en el agua y ahora se mojaba la cabeza con agua de mar. El detective preguntó:
                                      -¿Por qué salió de la fiesta?
                                      
                                      - Es el aparato psíquico, hay cosas que usted no puede entender, señor Ludwig.
                                      - ¿Qué cosas?
-         Esta fiesta …

                                       - Si usted no tenía ganas de hacerlo, ¿por qué lo hizo entonces?
                                       La psicoanalista pensó durante algunos momentos. Ahora no era el momento de darse un baño de descarga, el más puro y completo baño de Iemanjá en el mar, el cual debe ser tomado con recogimiento, decencia, respeto y seguridad absoluta de lo que se está haciendo, ya que las aguas del mar son sagradas.
Para eso debía haber llevado pétalos de rosas blancas, pétalos de claveles blancos, lavanda, pétalos de jazmín, flores de naranjo, lirios, angélicas, Palma de San José - blanca -, Guiné - flor blanca -, hortensias blancas, romero de campo, menta, camalote, albahaca y mangerona. Este baño no podía cocinarse. Había que tomarlo como si se preparara un amací y preferentemente había que tomarlo un sábado o un domingo.
                                      
                                          Rosa Té dijo: 
                                        - A lo mejor tenía ganas cuando organicé la fiesta pero ahora hay que esperar que termine. Me resulta insoportable la espera.
                                        Ahora los dos caminaban por la playa alejándose de la casa. La noche tenía una luna redonda y blanca y a lo lejos se veían algunas personas reunidas en la playa junto a una fogata.
                                        Entonces Ludwig dijo:
                                         - Yo también hago cosas que quiero hacer, después me doy cuenta de que no quería hacerlas.
                                         - Son los conflictos con el superyo - dijo Rosa Té. ¿Conoce usted a su superyo?- preguntó. El pelo mojado con agua de mar chorreaba el vestido blanco de la psicoanalista y su expresión se había reanimado al salir del agua.
                                          - No tengo idea - contestó el detective y agregó: - Debe ser alguien sumamente jodido para que le haga hacer a uno cosas que no tiene ganas de hacer.
                                           - Lo psicoanalizaría, tendría que pagarme por el trabajo - dijo ella con voz alegre. Era una de las pocas veces en que Ludwig le oía un tono de voz distinto a Rosa Té.
                                           - Por ahora no puedo gastar en algo así - contestó Ludwig. Pensaba cómo salir elegantemente de esa conversación.
                                           La psicoanalista no contestó.
                                            La arena estaba fría y mojada, la luz de la puerta de la casa de Rosa Té iluminaba las letras púrpura del cartel de bienvenida y se oía una melodía que llegaba hasta la playa. Tal vez el alcohol circulando por las venas de los invitados había logrado una alegría efímera que se diluiría en cualquier momento. Además de la melodía, mientras se acercaban, se podían escuchar las risas y el parloteo y el entrechocar de los vasos, y algunos vidrios que se estrellaban en el piso. La luz cálida e intensa iluminaba las caras rojizas de los invitados.
                                            Cuando volvieron a la casa, Ludwig pudo ver al hombre joven que acompañaba a Leonor en la posada Los Hipocampos. El hombre se llamaba Carlos y era más bien callado. Ludwig lo recordaba agitando los brazos como un pájaro en la playa y se preguntó cuándo emprendería el vuelo.
En ese momento, el hombre conversaba con Albertina y Leonor. Albertina, la hermana de Rosa Té hablaba y reía, ahora parecía despreocupada. Con un encendedor dorado en una mano, Albertina se disponía a encender ahora  la gran vela blanca incrustada junto al número 60 en la  torta de cumpleaños.
                                            El amante de Leonor, Carlos, se veía tan fresco como la espuma del mar que hacía unos minutos había pisado Ludwig. Mientras Albertina daba vueltas a la mesa con el encendedor en la mano, porque la vela se prendía y se apagaba y no lograba que se quedara encendida, Seguramente esto era lo que provocaba esa alegría en la hija de Leonor.
                                          Lila intentaba arrancarlo de la lámpara pero el animal se aferraba con la cola al picaporte de la puerta. El monito quería ser el centro de la fiesta y había desplazado a Leonor de ese lugar. Después, cuando la cola prensil soltó el picaporte, el mono se subió a la mesa y de un manotazo quitó el número 60 de azúcar blanco y se lo comió. Lo había hecho en forma ordenada, como si supiera contar. Primero masticó el seis, cuando terminó, se limpió con una de las manos el azúcar de los labios y de un solo bocado se tragó el cero. Algunas lágrimas asomaron entonces en los ojos de Rosa Té.
                                        - Se arruinó, la fiesta de mamá se arruinó - gritaba la psicoanalista.
                                        - Fuera de aquí - ordenó y tomando al monito como a un trapo se lo entregó a Lila. El monito chilló y Lila se fue con el mono y su acompañante hacia la playa.
                                         Mientras, Albertina, intentaba salvar la fiesta del naufragio en que se había convertido y había empezado a servir champagne.
                                         - Es una tradición familiar, casarse varias veces ya es  costumbre en esta familia - aseguraba Albertina y para reafirmar esto dijo:
                                         - Mamá y yo nos casamos dos veces cada una.
 

                                         Había llegado el momento de tirar de las cintas y para eso Albertina convocó a las invitadas a que tomaran cada una cinta y tiraran hacia afuera. Rosa Té contó hasta cinco y entonces Leonor, Albertina, Mirinha y dos invitadas más de las que Ludwig no sabía sus nombres tiraron de las cintitas. Pedazos de biscochuelo y chocolate salieron junto con los dijes y cada una de las mujeres ahí presentes se dedicó a limpiar la sorpresa que le había tocado en suerte.
                                          A Leonor le tocó un peine, a Mirinha un molinillo de café, a Rosa Té un pequeño revólver. A las otras dos mujeres, un trébol a cada una. El anillo había sido para Albertina. La hermana de Rosa Té se veía tan alegre como si la que cumpliera años fuese ella.
                                          Rosa Té fue hasta la cocina, ahí estaba Albertina buscando más botellas de champagne, tarareaba una canción y esto hizo encolerizar a Rosa Té quien dijo:
                                         
                                          - Mamá no se va a casar otra vez porque tiene ochenta años.
                                          El amante de Leonor abrió los ojos redondos como la luna de esa noche que se veía por la ventana. Leonor, sentada cerca de la mesa junto a Mirinha se había puesto pálida.
                                           Un viento fuerte había empezado a soplar y arrastraba arena y movía las ventanas y las puertas. -         ¡Envidia! ¡envidia! eso es lo que tenés  gritaba Albertina, porque mamá y yo ya nos casamos dos veces. Rosa Té empujó  a su hermana con el brazo y salió rápidamente de la cocina. Pero no llegó muy lejos.

                                          En ese momento, una jarra de clericó cayó al suelo y se apagó la luz de la casa. Ludwig quería encontrar la vela de la torta de cumpleaños para iluminar la casa y encendió un fósforo. A media luz pudo ver los ojos desorbitados de Leonor quien tenía una mueca en sus labios. Mirinha parecía absorta en el paisaje nocturno que se podía ver por la ventana. Ludwig pudo encender la vela a pesar del viento. Pero a la luz de la vela nada era igual al inicio de la fiesta. Rosa Té advirtió que su madre se había desmayado y Albertina fue hacia el baño en busca de las sales aromáticas.
                                           Después de pasar varias veces las sales por la nariz de Leonor y comprobar que tenía pulso, Albertina acompañó a su madre hasta la cama de Rosa Té. La psicoanalista se había sentado afuera, en la arena fría, jugando con el pequeño dije con forma de revólver que había obtenido al tirar de la cinta. Ludwig se despidió rápidamente y salió a caminar por la playa. Se dio cuenta de que estaba descalzo y que había estado así durante toda la fiesta.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

sábado, 3 de abril de 2010

Prólogo de Luis Gregorich a la novela Pájaros debajo de la piel y cerveza


    Prólogo de Luis Gregorich

    a la novela policial Pájaros debajo de la piel y cerveza  de Araceli Otamendi - Premio Fundación El Libro a escritores noveles en el marco de la XX Feria internacional del Libro de Buenos Aires

          Los concursos literarios no siempre deparan placer a quienes forman parte de sus jurados. Tampoco es habitual la sensación de sorpresa, motivada por la aparición de nuevos talentos literarios, sobre todo cuando se trata de escritores inéditos, a menudo tanto o más convencionales que los ya conocidos.Ambas circunstancias auspiciosas se han dado en el concurso de novela organizado en forma conjunta – feliz asociación que esperamos tenga continuidad en el tiempo- por la Fundación El Libro y la empresa Edenor. La obra premiada revela una madurez inesperada para quien aún no ha publicado libro. No hay aquì vacilaciones de escritura ni los típicos excesos del principiante que acumula materiales sin jerarquización ni medida. Tampoco se advierten las experimentaciones inútiles de los que creen seguir una preceptiva de vanguardia y se instalan, en realidad, en una rutina de capillas fatigadas. La autora nos cuenta una historia. Esa historia adopta las formas de la narración policial, se inicia en la Argentina y continúa en una germánica Europa, y utiliza el humor, la parodia y las alusiones literarias y culturales para desarrollarse y crecer. El lector está protegido por una discreta estrategia de relato transparente y fluido, aunque haya de pronto saltos e incisiones en la realidad que sugieren que no todo es como parece, o, en todo caso, que vale la pena indagar más allá de las apariencias. Como el singular detective de la novela, será el propio lector el que dé su versión final cuando acabe de leer el libro. Hemos mencinado un elemento clave de la obra (incluso presente en el curioso y original tìtulo de la novela): el humor. Se trata más bien de una clave de humor negro, de guiños paródicos, de ironía en forma de retazos que otorgan al texto un sabor peculiar. Las lecturas de la autora están presentes en lo que escribe, pero no se han sobrepuesto a su propia voluntad de construcción ni le han impedido a erigir un tono personal. Es satisfactorio augurar a Araceli Otamendi un prometedor futuro en el arduo campo de la creación literaria. Valgan las huellas de este primer paso como la marca inicial de un camino fecundo en imaginación, amor por la palabra y libertad expresiva. 
(c) Luis Gregorich