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viernes, 15 de octubre de 2010

Lucía y la adivina - relato

La suma sacerdotisa - (Silke, Arcanos en seda)




Lucía y la adivina*

Acompaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.
En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien.
El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella.
La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas, con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.
Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más recónditos sueños.
Lucía, como siempre, está expectante por lo que le depara el porvenir, por saber si su marido la engañará, si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Teme que él la deje y ella se quede en la calle.
La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina es una eximia profesional, podría ser la secretaria de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto tan desaliñado. Se defiende hablando.
Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas, temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.
Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones mientras Lucía se retuerce en el asiento con sus miedos, sus ansiedades, su inseguridad.
La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso si no será como en algunos programas cómicos y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien que se entera primero de los secretos para después confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué no?
—¿Y vos, por qué venís? Se intriga la secretaria.
—Acompaño a mi amiga.
—Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas, abogadas, contadoras…
—¡Qué bien! —digo, y pienso, no alcanza con ser profesional, con haber estudiado para tener certezas, la magia también es posible. Pero no lo digo.
—¡Que pase el que sigue! —dice la voz de una mujer desde adentro de una habitación.
Ha llegado el turno de Lucía. Ahora tengo tiempo de escuchar con más atención las conversaciones. Han quedado cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación se anima con la secretaria.
—¿Y saben por qué vienen principalmente aquí? —dice la secretaria.
—No —digo.
—Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio. Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí para allá como paquetes. Y los problemas son porque no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas. Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!
Casi todas asentimos, es una lección de sentido común. La maestra ha dado la lección, ¿para qué consultar a la adivina? Mientras espero a que Lucía salga de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.

© Araceli Otamendi

 *Lucía y la adivina corresponde a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

jueves, 7 de octubre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - novela - (fragmento)



Extraños en la noche de Iemanjá
Novela
(fragmento de un capítulo)

Ya en el hotel, veía la cara de un caballo contra el vidrio de la ventana. Tenía los dientes tan blancos como la ropa de las mujeres que limpiaban los bungalows. Me detuve a mirar a una de ellas. Parecía salida de una plantación de café del siglo diecinueve, en algún lugar sureño. Pero no, estábamos en el siglo veinte, casi a fines y la escena se me antojaba irreal. Encendí un cigarrillo en forma casi automática y pensé en una novela de Carlos Fuentes.
Casi enseguida, aparecieron dos mujeres más vestidas de blanco: turbantes blancos en la cabeza, vestidos de una blancura nívea, sus dientes también blancos. Los ojos oscuros miraban fijo, parecían mirar a la distancia y al mirarlos uno recorría un pasillo largo, extremadamente largo y oscuro, casi infinito, seguramente habitado por mujeres de todas las edades, de todas las condiciones sociales, mujeres de piel blanca y también de piel negra. Yo también había habitado algunos de esos pasillos, pensaba. Es más, tenían puerta ¿y eran varias? Cuando quería, podía abrir una de esas puertas y escapar de todo: del desamor, de la soledad, de la violencia, del desprecio. Todas las mujeres, pensaba, teníamos una o varias de esas puertas.
Porque no había peor servidumbre que la esperanza de ser feliz ¿la frase era de Pascal?
Frente a la habitación pasaba un río, un río de aguas azules y sereno, casi ordenado, que desembocaba en el mar. Pensaba si realmente Willy Agastizábal había estado ahí, en ese hotel. Solo o con alguien. Pensaba también si habría mirado el mismo paisaje que ahora yo miraba. Pensaba en el río, en Willy, en quién lo habría matado. Y también pensaba ¿y si hubiera sido Willy solo quien hubiera estado ahí. Era un buen escondite….

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 1 de octubre de 2010

Septiembre, un buen fin de semana*





Dos ojos brillan como escarabajos en la noche inusualmente cálida de Septiembre. Son oscuros, casi negros y alumbran una carita redonda y fresca, de la niña más chica. Tendrá alrededor de tres años y una expresión dulce y triste a la vez. El pelo es oscuro como los ojos. La otra niña, más grande, tiene el pelo lacio y rojizo, en sus ojos el brillo casi no existe y ocupa su lugar una opacidad gris, por momentos tiene una expresión de angustia. Las dos nenas juegan en un rincón del living, pisos de madera encerados, muebles Luis XVI, todo muy prolijito, todo muy ordenado.

Sentadas en posición de buda visten y desvisten a varios muñecos de plástico. No miran hacia la ventana ni ven el azul profundo del cielo, tal vez ni siquiera escuchan los molestísimos ruidos de los escapes de los autos que corren a toda velocidad por la Avenida Nueve de Julio. El aire, naturalmente viciado de la gran ciudad se ha tornado caliente y hay un aroma dulzón que a lo mejor proviene de los árboles florecidos. Ahora la campanilla del teléfono ha interrumpido el juego. Las niñas dejan lo que estaban haciendo y corren, se abalanzan sobre el aparato. ¡Es mamá! Gritan al unísono. Les gana de mano una muchacha joven, petisa, de cola grande y chata, con forma de pera. Mientras habla, los ojos redondos de la mujer se mueven inquietos, el rasgo más notorio de la cara de la niñera es una pelusa gris que cierra la forma del labio superior. Sí señora, Rosita habla. Bien ¿y usted?
—¿Hola Rosita? ¿Cómo estás? ¿Y las nenas? ¿Están todos bien?

Para entablar esta conversación la mujer ha cruzado el Río de la Plata. No está sola. La mujer parece preocupada, mientras el hombre joven que la acompaña mira el BMW estacionado en el parque. El aroma de los pinos llega a la habitación mezclado con el aire fresco del mar, un mar espumoso, rugiente, hacía llegar su canto. La mujer seguía hablando. Del otro lado, la voz de la niñera llegaba algo confusa. Cruzar el Río de la Plata no es un gran salto pero alivia la presión de los lazos familiares, tal vez diluye algo, cuando se cruza el río parecería que todo queda demasiado lejos. Las habitaciones del hotel están decoradas con gusto. Marcela y su amante ocupan un cuarto empapelado en tonos de azul y violeta. De espaldas Marcela tiene un aire juvenil, el pelo largo, es delgada. De frente, una fina red semejante a una tela de araña delata el roce de los cuarenta o más, tal vez menos, tal vez el efecto del sol. El hombre fuma ahora un cigarrillo. Es joven, alrededor de treinta años, el pelo muy corto. Tiene un aire a Antonio Banderas. Alternadamente mira a Marcela y al BMW estacionado en el parque. Ahora es el turno de Marcela que dice:
—Cuidálas, no las dejes solas para nada, cualquier cosa tenés anotado el número de mamá. Acordáte.
—Sí señora, las voy a cuidar —se escucha apenas la voz de Rosita.

Marcela tiene la voz ronca, a veces cuando se ríe ofrece una sonrisa parecida a la de un caballo. Está harta de inspeccionar negocios, empresas, de caminar todo el día por Buenos Aires e investigar si realmente esas empresas han pagado los impuestos. Desde que se separó del padre de las nenas no tiene otra vida más que ésa, le dice muchas veces a la madre. También soy hija de padres separados, piensa, justificándose. Marcela está a punto de colgar el auricular cuando el hombre se lo quita de la mano y lo cuelga él.
En la cocina todo es muy blanco, el piso, las paredes, el techo. Los muñecos yacen en el suelo exhaustos de jugar. Los muñecos no tienen mamá, tampoco tienen papá. La mamá soy yo —dice la pelirroja—. La risa de las nenas fresca como una naranja recién cortada se interrumpe cuando suena la campanilla del teléfono.

—¿Está tu mamá? —dice una voz masculina
—Mi mamá no está, está de vacaciones, se fue a Punta del Este ¿y vos quién sos?
—¿Está Rosita?

—Sí, pero ¿y vos quién sos? Insiste la voz infantil.
—Un amigo, pasáme con Rosita.
El auricular queda suspendido, se hamaca, se desenrosca en un tirabuzón hasta que las manos regordetas de Rosita lo atrapan. Con el auricular apretado contra la oreja, la mujer se sienta en una silla, se distiende con las piernas abiertas mientras habla.
—Sí, estoy con las dos. Hasta el domingo, sí. Solas, sí. No hay problema.
Los cuatro ojos se fijan ahora en los labios de la mujer.
—No, no me dijo, no sé. Sí ... No, no sé, bueno....
La conversación sigue con monosílabos, entrecortada hasta que varios pedacitos de vidrio se esparcen en el piso. Las nenas se miran calladas.
—Tengo que cortar, chau.
—¿Quién era? —preguntan las dos
—Un amigo responde la muchacha mientras recoge los restos de una botella de coca cola.
—¿Qué amigo? Insiste la nena más chica.
—Toni, vos ya lo viste en la plaza.
—¿Ese era Toni? —pregunta la nena más chica con aire 

incrédulo.
—Sí ¿qué tiene?
—No me gusta, dice la pelirroja.
—Laváme los dientes —pide la nena más chica.
—¿Por qué no te gusta Toni?
—Es feo, no me gusta.
—¿A vos te gusta? —pregunta la pelirroja.
—Sí, a mi me gusta.
—Laváme los dientes —insiste la nena más chica.


—No es tu amigo, contesta la muchacha mirando a la pelirroja mientras se lame el dedo índice hasta que una gotita de sangre desaparece dentro de la boca. Me salió sangre ¿vieron? Dejemén tranquila y vayan a la cama. Vamos que las voy a acostar. Vamos a dormir y mañana jugamos otra vez.
—Qué me importa dice la pelirroja. Mamá no quiere que llame ningún hombre a casa.
—Está bien, dice Rosita. No tiene nada de malo. Por favor no le vayas a contar.


Las persianas están bajas, las ventanas abiertas. La luna redonda, enorme, se recorta amarilla en el azul profundo de la noche. Las dos nenas duermen abrazadas en la misma cama. Los muñecos están acostados junto a ellas mientras la luz pálida de un perrito de plástico ilumina los objetos del cuarto. Solamente se escucha el sonido apagado, metódico de una gota de agua. A veces ese sonido se combina con otros ruidos que de noche se tornan extraños. Son ruidos que intranquilizan. De vez en cuando los ojos de la pelirroja interceptan un círculo en el techo de la habitación y vuelven a cerrarse. El calor no le permite un sueño tranquilo. La respiración pausada de la nena pequeña calma los miedos de la pelirroja.

Ahora, el sonido de una llave girando en la puerta de calle interrumpe algo del silencio nocturno. Sostiene la llave una mano ruda, de dedos nudosos y piel brillante. Un cigarrillo muere aplastado por una zapatilla blanca, de suela de goma y de marca. Los pisos van pasando y la luz del tablero cambia de lugar hasta llegar al piso trece. El hombre se mete la mano en el bolsillo y cuenta algunas monedas. Segundos después introduce la mano dentro de la campera y toca el arma debajo del sobaco.
La luz del tablero indica el piso trece. La puerta apenas hace ruido cuando Rosita la abre. Apenas se besan, caminan rápidamente hasta el cuarto.
La pelirroja ha abierto apenas la puerta del dormitorio, apenas para ver a Rosita y al hombre entrando en la habitación. Ahora no sólo la gota de agua interrumpe el silencio nocturno, también hay ahora ruidos distintos, como los de una lucha cuerpo a cuerpo. La pelirroja está sentada en la cama. ¿Escuchás? le dice a la nena más chica. Afuera hay un fantasma. Tengo miedo, dice la otra nena. Mamá no está dice la pelirroja. ¿Y Rosita? ¿dónde está? Pregunta. Quiero que venga mamá, dice la nena.

Shhh, chista la pelirroja imitando el sonido de una lechuza. Calláte que hay un hombre, está con Rosita. Si me dijiste que había un fantasma. Lo dije para que te despertaras. Hay un hombre y está en la pieza con Rosita. Tengo miedo dice la nena más chica. ¿Y si nos mata? Esperá, esperá, dice la pelirroja. Si no se va enseguida, llamamos a la abuela. ¿Por qué no la llamamos ahora? dice la nena más chica. Está bien, vamos a llamarla.
Las dos nenas caminan descalzas, sigilosas hasta la cocina. Ahí está el teléfono. Mientras la pelirroja marca los números la nena más chica mira la puerta, cerrada sin llave. En la casa hay ahora un silencio absoluto. Solamente el ruido del motor de la heladera se escucha rítmico. La nena más chica se detiene a observar los imanes, son de formas variadas: frutillas, peras, heidi, snoopy, y hasta un ratón hecho de caracoles comprado en una playa del Uruguay. En la casa de la abuela el teléfono suena una y otra vez. Sonará varias veces más. La casa sigue en silencio, un silencio interrumpido apenas por el goteo de una canilla.

(c) Araceli Otamendi


* Septiembre, un buen fin de semana pertenece a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

viernes, 24 de septiembre de 2010

Cuento: Elsa en el blog de narrativa

Mimmo Paladino  Piccolo animale della notte, 1984


http://archivosdelsurnarrativa.blogspot.com/2010/09/araceli-otamendi.html



imagen:
Mimmo Paladino
Piccolo animale della notte, 1984
ó leo sobre tela y madera
cm 178x120
Colección Guntis Brands, Suiza


(de la muestra en la Fundación Proa)

viernes, 17 de septiembre de 2010

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)

Extraños en la noche de Iemanjá - Capítulo 8 (fragmento)


También Ludwig pensaba en el odio, esa pasión triste según Spinoza, el odio que vive en distintas formas y generalmente no se deja aprisionar por las palabras, tiene claroscuros como las fotografías, flujos, movimientos, como ese barco donde navegaban. El odio, ese sentimiento que consigue a veces, hasta desear realmente la muerte de una persona. Pero esta última frase no la había dicho, se la había guardado. Esperaría, en cambio dijo:
                 - ¿Apareció alguna mujer?
                 - No sé - contestó Marta. - Pero hubo alguien
                 -¿En su vida?
                 - Tal vez - dijo ella, parecía arrepentida de haberlo dicho.
                 
                 El detective no pareció sorprenderse ante esta última frase. Seguramente esperaba algo así. Estaban en aguas peligrosas se dijo. Los dos se quedaron callados, para no mirarse a los ojos. Sus miradas fueron de objeto en objeto hasta que la mirada de los dos se posó en una gota que caía por la canilla. Enseguida se escuchó el ruido de una lata que caía por la escalera. La mirada del detective fue hasta el ojo de buey. Ludwig levantó la lata de cerveza vacía y él y Marta se incorporaron y fueron hasta la cubierta. Ahí vieron como Mario Bruno dormitaba al lado de Cintia. Los dos estaban sentados contra las sogas de la cubierta. Cintia se había cerrado ahora los botones de la camisa y miraba el mar. Ludwig se acercó a Cintia  con la lata vacía en la mano y dijo:

               - Se le cayó esto.
               Cintia miró al detective con un gesto de desprecio, tomó la lata de cerveza y la arrojó al mar. Fue entonces cuando Marta dijo:

                - Algo más para contaminar el agua.
                Ludwig quiso detener la pelea en que seguramente se enfrascarían las dos mujeres y dijo:

                  - La lata seguramente irá al fondo del mar y se convertirá en el nido de los huevos de algún pez.
                  Marta le dedicó una mirada de odio a Cintia y Ludwig pensó que a pesar de la incipiente tormenta que se desataría entre las dos mujeres se sentía alegre. Siempre le ocurría eso cuando una mujer le confesaba sus secretos. Se convertía en un mago poderoso que podía jugar en su mente con los secretos de otros. ¿Acaso los psicoanalistas, los médicos, los abogados, los sacerdotes no hacían lo mismo? ¿Hasta cuándo podían guardar un secreto? ¿Por qué él que era un detective de ínfima categoría no podía hacer lo mismo? Pero no podía seguir pensando, un grito de Cintia lo había interrumpido. La chica se había acercado a la barandilla de cubierta y se asomaba como si quisiera arrojarse al mar y señalaba algo en el agua.

 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 13 de septiembre de 2010

Cuento Cartas al mediodía publicado en La Palabra

(Buenos Aires)

Mi cuento "Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar" ha sido publicado en el Suplemento La Palabra, del diario La Opinión (Rafaela, Provincia de Santa Fe), en la edición en papel y en internet.

¡Gracias Raúl Vigini!

http://www.laopinion-rafaela.com.ar/opinion/2010/09/11/u091102.php

La literatura y los personajes

(Buenos Aires)

En 1983, un año después de la Guerra de Malvinas, empecé impulsada por una necesidad extraordinaria el largo camino del arte. Decidí que mi vida iba a transitar por el camino de lo artístico.
Empecé pintando, después, en 1986, me di cuenta que finalmente había llegado el momento esperado desde los siete años: dedicarme a escribir. Me encaminé hacia ahí, descubrí que la literatura era el lenguaje que yo hablaba. Que me entendería con quienes hablaban el mismo lenguaje y que ya no había para mí posibilidades de otra cosa. Hoy, siento que el trabajo es inmenso, feroz, una cruzada, es casi derribar un árbol y ponerse a hacer una escultura en madera hasta encontrar la forma. Lo oculto detrás de lo banal, eso es lo que persigo. Descubro un personaje, real, lo observo, converso con él, lo elaboro  hasta que lo hago mío.
Después sólo me queda volcarlo al papel, darle vida, vida literaria. Entonces, ahí sí, se hace más real que el personaje de la vida cotidiana.

(c) Araceli Otamendi